Hetero-polvazo. Veamos lo que sucede a traves de lo que nuestra amiga la pulga nos cuenta..
Mis primeros se remontan a una época en que me encontraba en el interior de una iglesia. Había música, y se oían unos cantos lentos y monótonos que me llenaron de sorpresa y admiración. Pero desde entonces he aprendido a calibrar la verdadera importancia de tales influencias, y las actitudes de los devotos las tomo ahora como manifestaciones exteriores de un estado emocional interno, por lo general inexistente.
Estaba entregada a mi tarea profesional en la regordeta y blanca pierna de una joven de alrededor de 18 años, el sabor de cuya sangre todavía recuerdo, así como el aroma de su... pero estoy divagando.
Poco después de haber dado comienzo tranquila y amistosamente a mis pequeñas atenciones, la jovencita, así como el resto de la congregación, se levantó y se fue. Como es natural, decidí acompañarla.
Tengo muy aguzados los sentidos de la vista y el oído, y pude ver como, en el momento en que cruzaba el pórtico, un joven deslizaba en la enguantada mano de la jovencita una hoja doblada de papel blanco. Yo había percibido ya el nombre Debbie, bordado en la suave media de seda que en un principio me atrajo a mí, y pude ver que también dicho nombre aparecía en el exterior de la carta de amor. Iba con su tía, una señora alta y majestuosa, con la cual no me interesaba entrar en relaciones de intimidad.
Debbie era una preciosidad de figura perfecta. Sus dulces senos tenían proporciones como las que placen al sexo opuesto. Su rostro acusaba una candidez encantadora; su aliento era suave como los perfumes de Arabia, y su piel parecía de terciopelo. Debbie sabía, desde luego, cuales eran sus encantos, y erguía su cabeza con tanto orgullo y coquetería como pudiera hacerlo una reina. No resultaba difícil ver que despertaba admiración al observar las miradas de anhelo y lujuria que le dirigían los jóvenes, y a veces también a los hombres ya más maduros.
Sin embargo, sin prestar la menor intención a lo que era evidentemente un suceso de todos los días, la dama se encaminó con paso decidido hacía su hogar, en compañía de su tía, y al llegar a su pulcra y elegante morada se dirigió rápidamente a su alcoba. No diré que la seguí, puesto que iba con ella, y pude contemplar como la gentil dama alzaba una de sus exquisitas piernas para cruzarla sobre la otra con el fin de desatarse las elegantísimas botas de cabritilla.
Brinqué sobre la alfombra y me di a examinarla. Siguió la otra bota, y sin apartar una de otra sus rollizas pantorrillas, Debbie se quedó viendo la misiva plegada que yo advertí que el joven había depositado secretamente en sus manos.
Observándolo todo desde cerca, pude ver las curvas de los muslos que se desplegaban hacia arriba hasta su entrepiernas, firmemente sujetas, para perderse luego en la oscuridad, donde uno y otro se juntaban en el punto en que reunían con su hermoso bajo vientre para casi impedir la vista de una fina hendidura color durazno, que apenas asomaba sus labios por entre las sombras.
De pronto Debbie dejo caer la nota, y habiendo quedado abierta, me tome la libertad de verla también.
"Esta noche, a las ocho, estaré en el antiguo lugar." Eran las únicas palabras escritas en el papel, pero al parecer tenían un particular interés para ella, puesto que se mantuvo en la misma postura por algún tiempo, pensativa.
Se había despertado mi curiosidad, y deseosa de saber más acerca de la interesante joven, lo que me proporcionaba la agradable oportunidad de continuar en tal placentera promiscuidad, me apresuré a permanecer tranquilamente oculta en un lugar recóndito y cómodo, aunque algo húmedo, y no salí del mismo, con el fin de observar el desarrollo de los acontecimientos, hasta que se aproximó la hora de la cita.
Debbie se vistió con meticulosa atención, y se dispuso a trasladarse al jardín que rodeaba la casa de campo donde moraba.
Fui con ella.
Al llegar al extremo de una larga y sombreada avenida la muchacha se sentó en una banca rústica, y esperó la llegada de la persona con la que tenía que encontrarse.
No pasaron más de unos cuantos minutos antes de que se presentara el joven que por la mañana se había puesto en comunicación con mi deliciosa amiga.
Se entabló una conversación que, si debo juzgar por la abstracción que en ella se hacia de todo cuanto no se relacionara con ellos mismos, tenía un interés especial para ambos.
Anochecía, y estabamos entre dos luces. Soplaba un airecillo caliente y confortable, y la joven se mantenía entrelazada en el banco, olvidados de todo lo que no fuera su felicidad mutua.
No sabes cuanto te quiero, Debbie murmuró el joven, sellando tiernamente su declaración con un beso depositado sobre los labios que ella le ofrecía. Sí, lo sé contestó ella con aire inocente - ¿No me lo estás diciendo constantemente? Llegaré a cansarme de oír esa canción.
Bella agitaba inquietamente sus lindos pies, se veía meditabunda.
¿Cuándo me explicarás y enseñaras todas esas cosas divertidas de que me has hablado? Preguntó ella por fin, dirigiéndole una mirada para volver a clavar la vista en el suelo.
¡Ahora! Repuso el joven. Ahora, querida Debbie, que estamos a solas y libres de interrupciones. ¿Sabes, Debbie? Ya no somos unos chiquillos.
Debbie asintió con un movimiento de cabeza.
Bien; hay cosas que los amantes no solo deben conocer, sino también practicar.
¡Válgame Dios! Dijo ella, muy seria.
Sí continuó su compañero . Hay entre los que se aman cosas secretas que los hacen felices, y que son causa de la dicha de amar y ser amado.
¡Dios mío! Exclamó Debbie -. ¡Qué sentimental te has vuelto, Jaime! Todavía recuerdo cuando me decías que el sentimentalismo no era más que una patraña.
Así lo creía, hasta que me enamoré de ti Replicó el joven.
¡Tonterías! Repuso Debbie -. Pero sigamos adelante, y cuéntame lo que me tienes prometido.
No te puedo decir si al mismo tiempo no te lo enseño Contesto Jaime -. Los conocimientos sólo se aprenden observándolos en la práctica.
¡Anda, pues! ¡Sigue adelante y enséñame! Exclamó la muchacha en cuya brillante mirada y ardientes mejillas creí descubrir que tenía perfecto conocimiento de la clase de instrucción que demandaba.
En su impaciencia había un no sé qué cautivador. El joven cedió a este atractivo y, cubriendo con su cuerpo el de la bella damita, acercó sus labios a los de ella y la besó embelesado.
Debbie no opuso resistencia; por el contrario colaboró devolviendo las caricias de su amado.
Entretanto la noche avanzaba; los árboles desaparecían tras la oscuridad, y extendían sus altas copas como para proteger a los jóvenes contra la luz que se desvanecía.
De pronto Jaime se deslizó a un lado de ella y efectuó un ligero movimiento. Sin oposición de parte de Debbie pasó su mano por debajo de la falda de la muchacha. No satisfecho con el goce que le causó tener a su alcance sus medias de seda, intentó seguir más arriba, y sus dedos inquisitivos, entraron en contacto con las suaves y temblorosas carnes de los muslos de la muchacha.
El ritmo de la respiración de Debbie se apresuró ante este poco delicado ataque a sus encantos. Estaba, empero muy lejos de resistirse; indudablemente le placía el excitante jugueteo.
¡Tócalo! Murmuro -. Te lo permito.
Jaime no necesitaba otra invitación. En realidad se disponía a seguir adelante, y captando en el acto el alcance del permiso, introdujo sus adentro.
La complaciente muchacha abrió sus muslos cuando él lo hizo, y de inmediato su mano alcanzó los delicados labios rosados de su linda rendija.
Durante los diez minutos siguientes la pareja permaneció con los labios pegados, olvidada de todo. Sólo su respiración denotaba la intensidad de las sensaciones que los embargaban en aquella embriaguez de lascivia. Jaime sintió un delicado objeto que adquiría rigidez bajo sus ágiles dedos, y que sobresalía de un modo que le era desconocido.
En aquel momento Debbie cerró sus ojos, y dejando caer su cabeza hacia atrás se estremeció ligeramente, al tiempo que su cuerpo devenía ligero y lánguido, y su cabeza buscaba apoyo en el brazo de su amado.
¡Oh, Jaime! Murmuro -. ¿Qué me estás haciendo? ¡Que deliciosas sensaciones me proporcionas!
El muchacho no permanecía ocioso, pero habiendo ya explorado todo lo que le permitía la postura forzada en que se encontraba, se levantó, y comprendiendo la necesidad de satisfacer la pasión que con sus actos había despertado, le rogó a su compañera que le permitiera conducir su mano hacia un objeto querido, que le aseguró era capaz de producirle mucho mayor placer que el que le habían proporcionado sus dedos.
Nada renuente, Debbie se asió a un nuevo y delicioso objeto y, ya fuere porque experimentaba la curiosidad que simulaba, o porque realmente se sentía transportada por deseos recién nacidos, no pudo negarse a llevar de la sombra a la luz el objeto de su amigo.
Era la primera vez que Debbie contemplaba un miembro masculino en plena manifestación de poderío, y aunque no hubiera sido a sí, el que yo podía ver cómodamente era de tamaño formidable. Lo que más la incitaba a profundizar en sus conocimientos era la blancura del tronco y su roja cabeza, de la que se retiraba la suave piel cuando ella ejercía presión.
Jaime estaba igualmente enternecido. Sus ojos brillaban y su mano seguía recorriendo el juvenil tesoro del que se había tomado posesión.
Mientras tanto los jugueteos de la manecita sobre el juvenil miembro con el que había entrado en contacto habían producido los efectos que suelen observarse en circunstancias semejantes en cualquier organismo sano y vigoroso, como el del caso que nos ocupa.
Arrobado por la suave presión de la mano, los dulces y deliciosos apretones, y la inexperiencia con que la jovencita tiraba hacia atrás los pliegues que cubrían la exuberante fruta, para descubrir su cabeza roja encendida por el placer, y con su diminuto orificio en espera de la oportunidad de expeler su viscosa ofrenda, el joven estaba enloquecido de lujuria, y Debbie era presa de nuevas y raras sensaciones que la arrastraban hacia un torbellino de apasionada excitación que la hacia anhelar un desahogo todavía desconocido.
Con sus hermosos ojos entornados, entreabiertos sus húmedos labios, la piel caliente y enardecida a causa de los desconocidos impulsos que se habían apoderado de su persona, era víctima propicia para quienquiera que tuviese aquel momento la oportunidad, y quisiera lograr los favores y arrancarle su delicada rosa juvenil.
No obstante su juventud, Jaime no era tan ciego como para dejar escapar tan brillante oportunidad. Además su pasión, ahora a su máximo, lo incitaba a seguir adelante, desoyendo los consejos de prudencia que de otra manera hubiera escuchado.
Encontró palpitante y bien húmedo el centro que se agitaba bajo sus dedos; contempló a la hermosa muchacha tendida en una invitación al deporte del amor; observó sus hondos suspiros, que hacían subir y bajar sus senos, y las fuertes emociones sensuales que daban vida a las radiantes formas de su joven compañera.
Las suaves y turgentes piernas de la muchacha estaban expuestas a las apasionadas miradas del joven.
A medida que iba alzando cuidadosamente sus ropas intimas, Jaime descubría los secretos encantos de su adorable compañera, hasta que sus ojos en llamas se posaron en los rollizos miembros rematados en las blancas caderas y el vientre palpitante.
Su ardiente mirada se posó entonces en el centro mismo de atracción, en la rosada hendidura escondida al pie de un turgente monte de Venus, apenas sombreado por el más suave de los vellos.
El cosquilleo que le había administrado, y las caricias dispensadas al objeto codiciado, habían provocado el flujo de humedad que suele suceder a la excitación, y Debbie ofrecía una rendija que antojábase un durazno, bien rociado por el mejor y más dulce lubricante que pueda ofrecer la naturaleza.
Jaime captó su oportunidad, y apartando suavemente la mano con que ella asía el miembro, se lanzó furiosamente sobre la reclinada figura de ella.
Apresó con su brazo izquierdo su breve cintura; abrazó las mejillas de la muchacha con su cálido aliento, y sus labios apretaron los de ella en un largo, apasionado y apremiante beso. Tras de liberar a su mano izquierda, trató de juntar los cuerpos lo más posible en aquellas partes que desempeñan el papel activo en el placer sensual, esforzándose ansiosamente por completar la unión.
Debbie sintió por primera vez en su vida el contacto mágico del órgano masculino con los labios de su rosado orificio.
Tan pronto como percibió el ardiente contacto con la dura cabeza del miembro de Jaime se estremeció perceptiblemente, y anticipándose a los placeres de los actos venéreos, dejó escapar una abundante muestra de su susceptible naturaleza.
Jaime estaba embelesado, y se esforzaba en buscar la máxima perfección de la culminación del acto.
Ella era muy joven, inmadura incluso en el sentido de estas visitas mensuales que señalan el comienzo de la pubertad y sus partes, aún cuando estaban llenas de perfecciones y frescura, estaban poco preparadas para la admisión de los miembros masculinos, aún los más moderados como el que, con su redonda cabeza intrusa, se luchaba en aquel momento por buscar alojamiento, en ellas.
En vano se esforzaba Jaime presionando con su excitado miembro hacia el interior de las delicadas partes de la adorable muchachita.
Los rosados pliegues del estrecho orificio resistían todas las tentativas de penetración en la mística gruta. En vano también la linda Debbie, en aquellos momentos inflamada por una excitación que rayaba en la furia, y semienloquecida por efecto del cosquilleo que ya había resentido, secundaba por todos los medios los audaces esfuerzos de su joven amante.
La membrana era fuerte y resistía bravamente. Al fin, en un esfuerzo desesperado por alcanzar el objetivo propuesto, el joven se atrás por un momento, para lanzarse luego con todas sus fuerzas hacia delante, con lo que consiguió abrirse paso taladrando en la obstrucción, y adelantar la cabeza y parte de su endurecido miembro en el sexo de la muchacha que yacía bajo él.
Debbie dejó escapar un pequeño grito al sentir forzada la puerta que conducía a sus secretos encantos, pero lo delicioso del contacto le dio fuerzas para resistir el dolor con la esperanza de alivio que parecía estar a punto de llegar.
Se ha dicho que ce n est que le premier coup qui conte, pero cabe alegar que también es perfectamente posible que quelquefois il coute trop, como puede inferir el lector conmigo en el caso presente.
Sin embargo, y por muy extraño que pueda parecer, ninguno de nuestros amantes tenía la menor idea al respecto, pues entregados por entero a las deliciosas sensaciones que se habían apoderado de ellos, unían sus esfuerzos para llevar a cabo ardientes movimientos que ambos sentían que iban a llevarlos a un éxtasis.
Todo el cuerpo de Debbie se estremecía de delirante impaciencia, y de sus labios rojos escapaban cortas exclamaciones delatoras del supremo deleite; estaba entregada en cuerpo y alma a las delicias del coito. Sus contracciones musculares en el arma que en aquellos momentos la tenía ya ensartada, el firme abrazo con que sujetaba el contorsionado cuerpo del muchacho, la delicada estrechez de la húmeda funda, ajustada como un guante, todo ello excitaba los sentimientos de Jaime hasta la locura. Hundió su instrumento hasta la raíz en el cuerpo de ella, hasta que los dos globos que abastecían de masculinidad al campeón alcanzaron contacto con los firmes cachetes de las nalgas de ella. No pudo avanzar más, y se entregó de lleno a recoger la cosecha de sus esfuerzos.
Pero Debbie, insaciable en su pasión, tan pronto como vio realizada la completa unión que deseaba, entregándose al ansia de placer que el rígido y caliente miembro le proporcionaba, estaba demasiado excitada para interesarse o preocuparse por lo que pudiera ocurrir después. Poseída por locos espasmos de lujuria, apretujada contra el objeto de su placer y, acogiéndose a los brazos de su amado, con apagados quejidos de intensa emoción extática y grititos de sorpresa y deleite, dejó escapar una copiosa emisión que, en busca de salida inundó los testículos de Jaime.
Tan pronto como el joven pudo comprobar el placer que le procuraba a la hermosa Debbie, y advirtiendo el flujo que tan profusamente había derramado sobre él, fue presa también de un acceso de lujuria. Un rabioso torrente de deseo pareció inundarle las venas. Su instrumento se encontraba totalmente hundido en las entrañas de ella. Echándose hacia atrás, extrajo el ardiente miembro casi hasta la cabeza y volvió a hundirlo. Sintió un cosquilleo crispante, enloquecedor. Apretó el abrazo que le mantenía unido a su joven amante, y en el mismo instante en que otro grito de arrebatado placer se escapaba del palpitante pecho de ella, sintió su propio jadeo sobre el seno de Debbie, mientras derramaba en el interior de su agradecida matriz un verdadero torrente de vigor juvenil.
Un apagado gemido de lujuria satisfecha escapó de los labios entreabiertos de Debbie, al sentir en su interior el derrame de fluido seminal. Al propio tiempo el lascivo frenesí de la emisión le arrancó a Jaime un grito penetrante y apasionado mientras quedaba tendido con los ojos en blanco, como el acto final del drama sensual.
El grito fue la señal para una interrupción tan repentina como inesperada. Entre las ramas de los arbustos próximos se coló la siniestra figura de un hombre que se situó de pie delante de los jóvenes amantes.
El horror heló la sangre de ambos.
Jaime, escabulléndose del que había sido su lúbrico y cálido refugio, y con un esfuerzo por mantenerse en pie, retrocedió ante la aparición, como quien huye de una espantosa serpiente.
Por su parte la gentil Debbie, tan pronto como advirtió la presencia del intruso se cubrió el rostro con las manos, encogiéndose en el banco que había sido mudo testigo de su goce, e incapaz de emitir sonido alguno a causa del temor, se dispuso a esperar la tormenta que sin duda iba a desatarse, para enfrentarse a ella con toda la presencia de animo de que era capaz.
No se prolongó mucho su incertidumbre.
Avanzando rápidamente hacia la pareja culpable, el recién llegado tomó al jovencito por el brazo, mientras con una dura mirada autoritaria le ordenaba que pusiera en orden su vestimenta.
¡Muchacho imprudente! Murmuro entre dientes - ¿Qué hiciste? ¿Hasta que extremos te ha arrastrado tu pasión loca y salvaje? ¿Cómo podrás enfrentarte a la ira de tu ofendido padre? ¿Cómo apaciguaras su justo resentimiento ciando yo, en el ejercicio de mi deber moral, le haga saber el daño causado por su único hijo?
Cuando terminó de hablar, manteniendo a Jaime todavía sujeto por la muñeca, la luz de la luna descubrió la figura de un hombre de aproximadamente cuarenta y cinco años, bajo, gordo y más bien corpulento. So rostro, francamente hermoso, resultaba todavía más atractivo por efecto de un par de ojos brillantes que, negros como el azabache, lanzaban en torno a él adustas miradas de apasionado resentimiento. Vestía hábitos clericales, cuyo sombrío aspecto y limpieza hacían resaltar todavía más sus notables proporciones musculares y sorprendente fisonomía.
Jaime estaba confundido por completo, y se sintió egoísta e infinitamente aliviado cuando el fiero intruso se volvió hacia su joven compañera de goces libidinosos.
¡En cuanto a ti, infeliz muchacha, solo puedo expresarte mi máximo horror y mi justa indignación.! Olvidándote de los preceptos de nuestra santa madre iglesia, sin importarte el honor, has permitido a este perverso y presuntuoso muchacho que pruebe la fruta prohibida. ¿Qué te queda ahora? Escarnecida por tus amigos y arrojada del hogar de tu tío, tendrás que asociarte con las bestias del campo, y como Nabucodonosor, serás eludida por los tuyos para evitar la contaminación, y tendrás que implorar por los caminos del Señor un miserable sustento. ¡Ay, hija del pecado, criatura entregada a la lujuria y a Satán! Yo te digo...
El extraño había ido tan lejos en su amonestación a la infortunada muchacha que Debbie, abandonando su actitud encogida y levantándose, unió lágrimas y súplicas en demanda de perdón para ella y su joven amante.
No digas más siguió al cabo, el fiero sacerdote -. No digas más. Las confesiones no son válidas, y las humillaciones sólo añaden lodo a la ofensa. Mi mente no acierta a concretar cuál sea mi obligación en este sucio asunto, pero me encaminaría directamente hacia sus custodios naturales para hacerles saber de inmediato las infamias que por azar he descubierto.
¡Por piedad! ¡Compadeceos de mí! Suplicó Debbie, cuyas lágrimas se deslizaban por sus mejillas que hacía poco habían resplandecido de placer.
¡Perdonadnos Padre! ¡Perdonadnos a los dos! Haremos cuanto esté en nuestras manos como penitencia.
El sacerdote impuso silencio con un ademan. Después tomó la palabra, a veces en un tono piadoso que contrastaba con sus maneras resueltas y su natural dureza.
¡Basta! Dijo -. Necesito tiempo. Necesito invocar la ayuda de la Virgen, que no conoce pecado. Pasa a verme mañana a la sacristía, Debbie. Allí, en el recinto adecuado, te revelaré cuál es la voluntad divina con respecto a tu pecado. En cuanto a ti, joven impetuoso, me reservo todo juicio y toda acción hasta el día siguiente, en el que te espero a la misma hora.
Miles de gracias surgieron de las gargantas de ambos penitentes cuando el padre les advirtió que debían marcharse ya.
La noche hacía mucho que había caído, y se levantaba el relente.
¡Entretanto, buenas noches, y que la paz sea con vosotros. Vuestro secreto está a salvo conmigo hasta que nos volvamos a ver dijo el padre antes de desaparecer.
[Indice general] - [Sexo] - [linux] - [humor] - [hard] - [miscelanea] - [Novedades]
![]()