LA NIEBLA DEL DESEO
Filial, lésbico, hermanas. De cómo empezó a ver a su hermana como una mujer.


Horte

Recuerdo con claridad como el rubor fue invadiendo lentamente el hermoso rostro de Herna cuando le dije que me gustaría que nos ducháramos juntas.

Su rostro no era en absoluto de enojo, ni siquiera de critica, era mas bien un semblante de sorpresa, como si ella si ella hubiese sido sorprendida en un acto reprochable y allí centelleando como dos brasas sus hermosos ojos negros.

No me dijo nada, solo a los pocos segundos una carcajada nos agitó a las dos espontáneamente y al parecer el momento de mi impertinencia fue olvidado en ese instante.

Pero no había sido así.

Herna era mi hermana mayor y todos los sábados, con una puntualidad abrumadora, pasaba por el internado del colegio para llevarme en su auto hasta la casa de mis padres.

Para mí era la liberación semanal que me sacaba de una rutina odiosa que solamente estaba soportando por el hecho de ser el ultimo año de colegio.

Había cumplido los 18 años y tenia la cabeza llena de ideas mal elaboradas, rebeldías espontáneas y deseos inconfesables. Estos deseos eran alimentados noche a noche con las conversaciones entre susurros de las compañeras de mi dormitorio, en las cuales se entremezclaban experiencias puntuales de sexo incompleto, con las fantasías inagotables salidas de la imaginación contendida de doce hembras en flor en las que la naturaleza ya no se contenía en si misma.

Nos habíamos contado mentiras ardientes, inventado enfermedades tremendas, descrito innumerables amantes inexistentes y cada una de esas cosas no hacía sino aumentar la presión de esa caldera malsana que sentía yo hervir en mi cuerpo.

Era por eso que para mi la imagen de Herna era el refugio real de todas mis fantasías.

Sí. Porque Herna era una mujer real a la que yo consideraba el prototipo de una mujer hermosa, simpática, encantadora.

Ella alternaba con sus novios que eran hombres de verdad y se manejaba con ellos de tal modo, accionando una coquetería siniestra, que los volvía locos y yo no supe nunca si realmente tenía sexo con ellos, pero verdad o no, yo me imaginaba que si y desde mi imaginación con esa mujer real, sacaba yo toda mi fortaleza para hablarle de igual a igual, como si yo también tuviese esas aventuras, sin lograr sino las carcajadas de mi hermana.

Y como yo no podía tener un hombre de verdad que recorriera mi piel con su lengua y besara mis labios apasionadamente o tratara de alcanzar mis muslos bajo mis faldas o me espiara para tratar de verme desnuda, fue que se me ocurrió que algo de todo eso pudiera vivir si podía estar desnuda con mi hermana bajo la ducha.

La idea me pareció excitante y no era original, porque yo la había encontrado en una revista que leí en la antesala del dentista y desde ese día se fijo en mi mente esa imagen que cada vez me parecía más seductora, más deseable y mas posible.

Lo que mas me atraía de la idea era justamente la posibilidad cierta de llevarse a cabo, porque las dos compartíamos la habitación y teníamos un cuarto de baño común.

Nuestra disputa diaria todos los fines de semana era cual de las dos se duchaba primero para poder la otra permanecer mas tiempo en el lecho tibio, de modo que el ducharnos juntas me parecía hasta una idea genial para terminar con esta controversia.
Yo nada sabia de lo que podría pasar por la mente de mi hermana, pero el hecho de que no hubiese efectuado mayor comentario de mi propuesta, aparte de su carcajada, me había animado a reforzar mi idea y como lógico resultado a aumentar mi deseo.

Así las cosas, esa semana en el internado era yo la más entusiasta en las promiscuas conversaciones nocturnas y era yo quien narraba cada noche mi imaginario encuentro con un amigo de la casa con el cual habría tenido unas sesiones eróticas descomunales de las cuales terminaba poco menos que destrozada por la pasión de este macho fantasma.
Mis amigas, que por supuesto no me creían nada de nada, si veían que yo me excitaba en mi cama hasta el borde de lo permitido y por mis suspiros seguramente deberían deducir lo que yo hacia bajo mis sabanas sin saber que la inspiración de todas estas maniobras no era sino la imagen del mojado cuerpo desnudo de Herna.

Cuando el sábado siguiente esperaba en el recibidor del colegio que llegara Herna a buscarme, no era yo la misma de otros sábados.

En ese momento me sentía una mujer madura, como si de pronto en una sola semana, mi cuerpo y mi mente hubiesen traspasado la barrera desde un mundo imaginario y fantástico hacia un mundo real pleno de estímulos, de tactos, de olores y de visiones abrasadoras.

Sentía que mi corazón latía con mas fuerza y que mi sostén era casi incapaz de contener mis pechos y que mis pezones me dolían aprisionados contra su estrecho marco y que mis muslos estaban húmedos y que algo en mi vientre trataba de hacerme sentir su presencia, como si de pronto me hubiese embarazado de un deseo casi molesto pero muy concreto y placentero.

Y esta percepción no era solo respecto a mi cuerpo sino que cuando apareció Herna me di cuenta que la percibía también diferente y ya no la veía como mi hermana mayor, sino que la estaba viendo ahora como una mujer impresionante en su desenvoltura, con un cuerpo perfecto de hembra madura y con una gracia cautivante, de la cual uno no podía desentenderse, de modo que cuando la abrace como todos los sábados, nuestro abrazo fue diferente porque me pareció que nuestros pechos establecían un dialogo a través de la ropa y el perfume de ella me envolvió de una forma que me costó alejarme.

En la evocación de hoy, el tiempo de ese día parece acortarse. Porque no recuerdo ni la hora del almuerzo, ni tampoco que hicimos en la tarde, ni tampoco la hora de la cena. Solamente recuerdo nuestra conversación ya acostadas cada una en su lecho y yo hablándole de las cosas que las compañeras del colegio hablaban en las noches. De esas aventuras eróticas inventadas con todos su detalles y como esas historias lo único que hacían en mi era desear cada vez mas que ella y yo estuviésemos desnudas en la ducha.

Cuando dije eso no escuché la carcajada de Herna sino un silencio pesado y largo y luego una frase suya que recordare por siempre

Duérmete Horte... y que tengas hermosos sueños.


Un zumbido persistente y suave me invadió en medio de la noche. No era molesto, pero si bastaba para mantenerme despierta. Había una oscuridad absoluta y en medio de esa modorra propia de un despertar indeseado, traté de identificar el lugar desde donde provenía y el corazón me dio un vuelco sobrehumano cuando me di cuenta que ese zumbido no era sino el que hace la regadera de la ducha.

Me quede paralizada. Casi con temor me volví hacia la cama de mi hermana. Sus cubiertas estaban separadas y Herna no estaba allí. Un palpitar raro se me estableció definitivamente en la cabeza y por un instante no supe que hacer ni como interpretar lo que pasaba, hasta que se me instaló en la mente la idea mas esperada y deseada. Lo que estaba viviendo era sin duda una invitación.

Con una cuidadosa agilidad salté desnuda de la cama y ardiendo caminé lentamente hasta el cuarto de baño. Con cada paso que daba mi agitación aumentaba y mi cuerpo latía y yo estaba temiendo que de pronto el tiempo se terminara y no alcanzara a llegar a su lado porque entendía que estaba llegando por fin al momento que había anhelado e iba a tener una experiencia erótica real, cautivante y una serie de palabras se me venían a la mente mientras el murmullo de la ducha se me hacia mas nítido.

Al llegar al cuarto de baño una claridad muy débil me permitió reconocer el perfil deseado de Herna en medio de una niebla candente que rodeaba su figura. Esto de poder percibir solamente su perfil la hacía para mi mas deseable porque se me aparecía como toda suavidad, como toda deseo y fui recorriendo los pocos pasos que me separaban de ese perfil deseado sintiendo en mi vientre como se agitaban estructuras que ni yo sabia que podía tener allí

Buscar el cuerpo desnudo de mi hermana bajo la ducha en medio de la oscuridad es lo más impresionante que he vivido en el terreno erótico y es así porque el momento en que sin verla mis manos encontraron las suaves curvas mojadas de sus caderas, casi me tumba de placer, de modo que me dejé abandonar en sus brazos que me esperaban y en sus manos que me buscaron y en disfrutar este buscarse a puros tactos y besos primero suaves e insinuados y luego apasionados y desmedidos en que nuestras bocas eran mas rápidas que nuestros deseos y nuestras manos mas permisivas que nuestras mentes.

El agua caía sobre nosotras sin lograr disminuir un ápice nuestro deseo porque yo había logrado infundirle esta pasión, no se si malsana o biensana, porque nada había logrado detenernos en este avance hacia un encuentro que parecía inevitable desde que yo se lo confesé y que aún nos hace estremecer de placeres cada vez que tenemos la preciosa oportunidad de volver a buscarnos en la oscuridad en medio de la niebla de la ducha.


vital231@yahoo.com

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