PASEANDO A TIGRE
Hetero, polvazo. Disfrutó del paseo como nunca tras conocer a una chica que al igual que él estaba con su perro.


Tigre, como habrán podido suponer, es mi perro. A pesar de ser muy cariñoso y nada agresivo -como la mayoría de los boxer- , su aspecto y tamaño son amenazadores, lo que me impide soltarlo en lugares concurridos. Por ello, suelo pasear con él por el margen del río, fuera de la ciudad. La poca gente que va por allí suelen ser pescadores o señores de edad avanzada de paseo. Por fortuna, ninguno de estos colectivos suele tener miedo de los perros, así que puedo dejarlo libre y relajarme. Dando uno de estos paseos y perdido en mis elucubraciones oí de pronto que Tigre bufaba como suele hacer cuando ve a alguien acercarse lejos. Le miré y me lo encontré estirado hacia adelante, señalando el sitio por donde se acercaba un bobtail al trote y lo que me pareció una niña detrás. Sin hacer caso a mis llamadas, echó a correr hacia ellos, obligándome a mi a hacer lo propio mientras gritaba para tranquilizar a la niña diciéndole que no se preocupara, que no hacía nada (el perro, claro). Cuando llegué allí Tigre ya estaba persiguiendo al bobtail ,que resultó ser hembra, enzarzados los dos en los juegos de dominación propios de los perros. - ¡Vaya carrerón que te has pegado! Reparé entonces en la chica que venía con el perro. La verdad es que a distancia no me había fijado mucho, pero un rápido repaso de abajo arriba me deparó una turbadora sorpresa. La chica era más bien bajita pero tenía un cuerpo de impresión , quizás algo voluptuoso en exceso, enfundado en unos shorts ajustados negros y un top de algodón gris de los típicos de gimnasio. Además debía de ser algo mayor de lo que yo pensaba mientras corría -debía de tener unos 18-19 años-, lo cuál la alejaba de ser una tentación prohibida y la convertía de pronto en una tentación de esas en las que estarías deseando caer. Una carita pícara rodeada de pelo negro muy liso redondeaba el conjunto de lo que parecía la típica belleza andaluza, racial y exuberante. - ¡Sí, es que este cuando echa a correr no hay quien lo pare, y la gente se asusta! - dije, algo sofocado todavía y con un poco de retraso. - ¡Ya, ya! Es que es un poco grande... Me estaba mirando con una expresión entre curiosidad y diversión que aproveché para sonreírle tratando de distender un poquito la situación. Ella se rió mostrando una sonrisa amplia; y comenzó una típica conversación de "chucheros". Que si el perro era muy bonito. Que si como se llamaba... Yo comenzaba a sentirme excitado viendo aquellos pechos bronceados asomar insolentes, perfectamente hemisféricos bajo el dichoso top, pero acertaba aún a seguirle la conversación. Seguimos charlando y la sorprendí un par de veces dejando caer sus ojos por mi cuerpo con un gesto que parecía indicar que le gustaba lo que veía. Yo estaba muy bronceado y más en forma de lo habitual porque en verano salía mucho en bicicleta con el club. Creo que también le gustó el detalle de las piernas depiladas. Ya estaba empezando a quedarme bizco mirándola jugar aparentemente despreocupada con el piercing que llevaba en el ombligo cuando de pronto perdimos de vista a los perros y no volvieron cuando los llamamos. Decidimos acercarnos por allí. Mientras mi musa del día (cuyo nombre aún no sabía) caminaba delante mía la temperatura de mi cuerpo empezó a subir vertiginosamente. Si por delante era atractiva, por detrás la cintura muy marcada y el trasero de esta chica rozaban lo irresistible. Podía apreciar el borde de las braguitas bajo los shorts, definiendo un culo firme y perfectamente redondeado, con una presencia imponente. Me adelanté por miedo a que se diera la vuelta y me sorprendiera clavados los ojos en sus prominentes glúteos. Fui apartando un poco los arbustos, siendo moderadamente cortés si cabía algo así en la situación. Nos metimos entre unas cañas y una sensación de fuerte excitación me recorrió entero cuando sentí su mano apoyada en la parte baja de mi espalda. Íbamos despacio apartando ramas y noté que se acercaba cada vez más a mí. Cuando estábamos a punto de salir a un claro noté que me empujaba y tropecé torpemente cayendo al suelo con ella prácticamente encima. Rodamos un poco. - ¡Lo siento, he tropezado! dijimos los dos a la vez. Nos reímos sonoramente y nos quedamos callados casi de inmediato. Estábamos de lado sobre la hierba mirándonos desde muy cerca. Podía sentir sus rodillas tocarse con las mías, sus pechos a escasos centímetros de mí - sus pezones cada vez más evidentes - y una de sus manos atrapada bajo mi cuerpo a la altura de la cintura. Me quedé mirando sus ojos, tratando de saber si realmente me estaban diciendo lo que yo creía. Bajé mi vista a sus labios, y al ver entreabrirse su boca fue como si el mundo se hubiera esfumado alrededor. Acerqué la mía con una decisión inesperada y ella me respondió aceptando de inmediato. Nos besamos con un ansia repentinamente liberada, absortos chupando nuestros labios y lenguas, suaves y calientes, húmedos y enloquecidos. Estiré mi mano hasta colocarla en su cintura, recorriendo su circunferencia y luego hacia abajo, percibiendo la exquisita curvatura de sus nalgas, firmes y redondas. Noté una mano suya en mi nuca, urgiéndome a que la besara sin detenerme, y más tarde en mi culo, primero acariciándolo de arriba a abajo, luego metiendo sus dedos entre mis glúteos y finalmente jalándome con fuerza hacia ella. Pegados nuestros cuerpos, nos besábamos sin pausa mientras nos acariciábamos el trasero mutuamente. Yo podía sentir ya sus pezones duros, sobresalientes, mientras se apretaban contra mi pecho. No me cabe la menor duda de que ella percibía con claridad mi verga, aprisionada bajo los pantalones, pugnando por salir y exacerbada por el contacto de su vientre, por el calor que emanaba de su cercano pubis. Borrachos de excitación, nos detuvimos para comenzar a desnudarnos medio incorporados sobre la hierba. Le saqué el ajustado top por arriba, sólo para ver que sus pechos eran aún más bellos y turgentes de los que imaginaba: grávidos, perfectamente formados, con unos lujuriosos pezones oscuros que me apuntaban con soberbia. Me lancé a ellos, ahora lamiéndolos, ahora chupando y sorbiendo sus pezones, ahora abarcándolos a duras penas y amasándolos despacio en mis manos, sin perder detalle de su tacto, de su consistencia. La medio sostenía sentada encima mío mientras ella, excitada como yo hasta el límite, me agarraba por detrás del cuello y movía su pelvis rítmicamente restregándola contra mis pantalones. Me separó la cabeza y con una mirada y un gesto me indicó que me levantara. Me quitó la camiseta despacio, dejando sus manos tantear mis costillas y mi pecho. Bajó después mordiéndome delicadamente el cuello, lo que me provocó ligeros espasmos de placer; luego las morenas tetillas, mientras sus manos bajaban por mi abdomen y pasaban luego de abajo a arriba presionando ligeramente sobre mis testículos y mi hinchada verga. Desabotonó el pantalón, que cayó al suelo y aparté a un lado. Bajó mis boxers expectante, despacio pero con decisión. Mi verga saltó libre y apareció ante sus ojos libre, tersa y brillante. Ella la miró, la admiró con sus ojos. Lamió la palpitante punta mientras me miraba a los ojos y luego hizo desparecer mi mástil casi al completo en su boca durante unos instantes. La chupó luego lentamente hasta llegar a mis testículos que chupeteó con delicadeza y abarcó por turnos en su boca, jugando suavemente con ellos. Volvió a chupar mi pene entero cogiéndome con las dos manos por los glúteos, y finalmente haciéndome subir al techo de la excitación al juguetear al tiempo con un dedo en la entrada de mi ano. La detuve antes de alcanzar un orgasmo inminente, pensando en hacer durar aquella experiencia el máximo posible. Me agaché y ella se puso de pie invitándome a desnudarla por completo. Pasé antes mis manos por la mitad inferior de su cuerpo, buscando percibir cada curva, cada rincón. Ella cerraba los ojos invitándome a continuar libremente y daba ligeros respingos al acariciar yo sus zonas más sensibles. Le bajé los shorts y los tiré lejos, volviéndome para admirar su piel perfecta, sus caderas marcadas pero redondas, el triángulo de vello de su sexo apenas perceptible bajo las pequeñas bragas negras y brillantes. Besé su sexo sobre las bragas empapadas ya del néctar del placer, oyéndola gemir levemente. La despojé de la poca ropa que quedaba y recorrí su pubis de abajo arriba con mi lengua, sintiendo el sabor de su flujo, tirando con los labios ligeramente del vello. Deseosa de algo más, se tumbó y abrió completamente las piernas permitiéndome contemplar la flor de su sexo brillante y apetecible. Apoyé mis manos en la parte interior de sus muslos, deslizándolas suavemente, y hundí mi rostro entre sus piernas acercándome todo lo despacio que pude, dejándola percibir mi aliento cálido. Besé primero sus ingles con delicadeza. Lamí los labios de su coño alternativamente arriba y abajo disfrutando de su sedoso tacto, impregnándome de su sabor. Me detuve un segundo para después introducir mi lengua con fuerza entre ellos, separándolos, inundando mi boca, penetrándola unos centímetros mientras sentía su cuerpo tensarse. Dirigí la punta hacia su clítoris, que encontré hinchado y sensible, y lo lamí despacio, apenas tocándolo, reteniendo mis impulsos. Ella respondió con gemidos entrecortados, echando la cabeza hacia atrás y cogiéndose los pechos con ambas manos, levantando ligeramente su pelvis hacia mi boca. Continué lamiendo su clítoris mientras con un dedo penetraba acompasadamente su vagina completamente lubricada. Comenzó a jadear más fuerte y aumenté ligeramente el ritmo. Se movía cada vez más deprisa, con una cadencia que hablaba inequívocamente de su creciente excitación. Cuando noté que su orgasmo se acercaba le metí un segundo dedo y abarqué por unos instantes su clítoris entre mis labios succionándolo un poquito mientras lamía la punta con el ápice de mi lengua. Hube de soltarlo cuando ella se derramó en mi rostro entre gritos ahogados, moviéndose desaforadamente, dejándome sólo tratar de seguir chupándola a duras penas, en un intento de prolongar su clímax. Me tumbé a su lado y la besé despacio juntando mi cuerpo con el suyo. Ella abarcó mi verga en su mano y me masturbó suavemente mientras me susurraba al oído lo mucho que estaba disfrutando. De vez en cuando acariciaba mi escroto y abarcaba mis testículos apretándolos levemente. El deseo de penetrarla me consumía y me hacía mover las caderas inconscientemente. Se lo dije y ella me sonrió y se puso a cuatro patas de espaldas a mí, invitándome a tomarla de aquella manera. Complacido, me puse detrás y tomando mi verga con la mano, pasé la punta arriba y abajo por los labios de su sexo empapado. Empujé hasta que mi glande quedó aprisionado en su estrecho agujero. Me detuve allí para coger su cintura con mis manos y de un solo empellón penetrarla completamente, hasta que una ligera presión me indicó que estaba tocando la entrada de su útero. Comencé un vaivén muy lento y controlado, sintiendo las apretadas paredes de su vagina en mi verga, el increíble calor que me transmitían. La montaba de rodillas con mis manos en sus caderas, erguido dejando que sólo mi pelvis la tocara a veces. Me regodeaba mientras en la visión de su espalda arqueada y su nuca pálida entonces visible entre sus cabellos abiertos. Comencé entonces a aumentar el ritmo y la fuerza de mis embestidas, moviéndola más. Me agarraba ocasionalmente a sus tetas bamboleantes unos segundos, disminuyendo la velocidad para no caernos, y acercaba mi pecho a su espalda sudada. Soltaba luego sus pechos pero mantenía mis manos cerca, dejando que sus pezones rozaran mis manos en cada balanceo. Agarré su cintura con firmeza y puse mi empeño en penetrarla con la mayor profundidad posible. Sentía la piel rugosa de mi escroto rozar sus nalgas en cada embite mientras mi verga se adentraba cada vez más en su ardiente coño. Ella gemía absorta en las sensaciones que la embriagaban. En un último intento por retrasar mi clímax, la saqué y le pasé el glande por los labios otra vez mientras le pedía que cabalgara sobre mí si le apetecía. Con evidente agrado aceptó la propuesta e inmediatamente me tumbé y ella se subió encima mío para ensartarse con urgencia en mi mástil. Me montaba con maestría, moviéndose adelante y atrás para amplificar al máximo el roce de mi miembro en las zonas más sensibles de su interior. Yo acariciaba sus caderas mientras mis ojos se regodeaban en aquella hembra extraordinaria, de pechos turgentes, hinchados y perlados de sudor, que me batía con las manos apoyadas en mi pecho. Nuestros gemidos entrecortados se mezclaban, mi excitación iba subiendo y sentía como mi polla estaba cada vez más apretada entre las paredes de su vagina. Ella se echó hacia atrás y metió su mano entre mis piernas para manosear mis testículos, que se endurecían por momentos. Sentí que la presión subía en mi interior y pronto, no aguantando más, me corrí perdiendo completamente la noción de lo que me rodeaba, mientras hundía la cara en sus suaves pechos y me vaciaba por entero a borbotones. Tras unos segundos abrí los ojos y me quedé mirando su sonrisa con el embobamiento propio del que acaba de sentir un orgasmo extraordinario. De pronto, ví que ella apartaba la mirada, y, mirando en esa dirección, comprobé que nuestras dos mascotas nos estaban mirando a unos pocos metros con lo que parecía una expresión de gran extrañeza, si es que cabe en la expresión de dos perros algo así... Y es que no todos los días los amos disfrutan más que ellos del paseo.

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