Soy
un Gigoló. Sí, uno de esos tipos que se ganan la vida intentando
satisfacer
las exigencias y fantasías sexuales de las clientas que acuden en
busca
de puro e intenso placer.
Adopto cualquier rol, lo que sea (aunque dentro de
ciertos límites), puesto
que el objetivo es materializar las fantasías
sexuales de mujeres de
distinta condición. Algunas acuden a mí
porque no encuentran en sus parejas
lo que ellas buscan, otras porque necesitan
diversión a secas de modo
inmediato y urgente, y otras porque por distintas
razones no consiguen
alguien que satisfaga sus más íntimos deseos.
Así
que para eso estoy yo, para proporcionarles lo que necesitan, lo que
ansían,
lo que me piden. Y créeme si te digo que quedan muy contentas tras
cada
sesión, ya que aparte de ser mi trabajo, también supone un auténtico
placer
para mí. Sencillamente, disfruto con lo que hago.
Las fantasías
que me solicitan realizar son muy variadas, pero una de las
más excitantes
para un servidor fue la seudo-interpretación que realicé de
un
sumiso fetichista. Esta es la historia:
Una
mujer contactó conmigo por teléfono utilizando el número
que,
supongo, le proporcionaría algún colega de profesión
o alguna de mis
numerosas, aunque seleccionadas (fijándome en el físico),
clientas
habituales. Me contó sin vergüenza alguna la fantasía
que deseaba
materializar. Yo debía asumir el rol de sirviente muy sumiso
y ella sería mi
Señora, el objeto de mi adoración y profunda
obediencia. Me dejó
meridianamente claro que ella sería la dominante,
yo sería su servidor y que
mi función consistiría, básicamente,
en adorar lenta y sumisamente sus
piernas, pies y calzado de un modo fetichista
al 100%.
En algunas ocasiones anteriores, yo ya había adoptado ese papel
y lo cierto
es que había disfrutado con creces de la experiencia. En
el fondo, no hacía
falta ser un buen actor ni fingir bien, ya que me
dejaba llevar por mis más
elementales impulsos naturales. Ni que decir
tiene que la propuesta me
sedujo tanto que incluso pensé no cobrarle,
sin embargo sé positivamente que
a algunas clientas les excita el utilizar
a un hombre que actúa por dinero
con el ánimo de sobrevivir.
Ellas creen que el rol que interpreto no es de
mi agrado, pero que debo hacerlo
porque no tengo más remedio. De ese modo,
sienten que me están
obligando y, en definitiva, sometiendo. Por eso, debía
estar en mi lugar
y no hacerle ningún favor, ya que mi clienta debía sentir
que
me estaba utilizando en contra de mi verdadera voluntad.
El procedimiento normal
consistía en ver en persona a las mujeres
interesadas en contratar mis
servicios. Tras echarle un vistazo a su físico,
hablaba cara a cara
con ellas y tomaba la decisión de aceptarlas o no. Para
que yo aceptara,
la mujer debía parecerme atractiva, de lo contrario la
rechazaba. Podía
permitirme el lujo de elegir a mis clientas, teniendo en
cuenta que la demanda
a la que un gigoló de prestigio como yo estaba
expuesto era muy grande.
Realizo
mis servicios tanto en mi apartamento como en hoteles, casas
particulares u
otros lugares. En esta ocasión, mi clienta (que rechazó
proporcionarme
su nombre) prefería que yo me desplazara a su chalet de
montaña,
dado que quería utilizar su piscina y alrededores como decorado o
escenario
de nuestro encuentro sexual. "Por mi parte, no hay ningún
problema.
Sus deseos son órdenes para mí", le dije con tono sumiso.
Nos citamos a cierta hora en su chalet, siendo absolutamente necesaria la
puntualidad.
Llegué con mi coche tras dar varias vueltas buscando el lugar
de destino,
puesto que la dirección que me había dado era un tanto confusa.
El
sitio indicado era un moderno y lujoso gran chalet ubicado en las faldas
de
cierta montaña, ocupando un lugar ciertamente inhóspito y difícilmente
localizable.
El silencio era total y absoluto, casi sepulcral.
Cumpliendo a pies juntillas
las instrucciones que me había proporcionado en
nuestra conversación
telefónica, me dirigí al interior del chalet. La gran y
pesada
puerta principal estaba abierta, pasé a través de ella, y vi en
primera
instancia una silla sobre la que estaba cuidadosamente depositada la
ropa de
sirviente que un servidor debía vestir. A unos pocos metros de tal
silla,
observé que encima de una mesa de diseño había una bandeja
de
camarero con unas copas de champagne y una enorme botella de la citada
bebida.
En el otro extremo de la alargada mesa, localicé con la vista otra
bandeja
que contenía unas botas blancas de cuero no rígido de caña
alta de
las que llegan por encima de las rodillas, con una larga cremallera
en sus
laterales, y también un par de medias blancas de un material
más grueso que
el nylon, pero cuyo nombre no lograba recordar.
A
continuación, me despojé de mis ropas y me puse el vestuario que
había
preparado la clienta dominante de marras. El traje era similar
al que puede
llevar un camarero de un bar o pub de lujo, compuesto por chaleco
coloreado
con extrañas formas de diseño, pajarita negra, camisa
blanca muy fina,
pantalones negros de franela y zapatos de charol. No llevaba
ni calcetines
ni calzoncillos, ya que sólo debía vestir las prendas
que me había dejado.
Localicé un espejo y me miré en él.
Mi aspecto era un tanto hortera e,
incluso, irrisorio. Me replanteé
mi primera impresión: Después de todo, no
parecía ser
el uniforme de un camarero de un bar de lujo, sino una especie
de disfraz más
bien. A pesar de todo, mi presencia física era tan
apabullante que hasta
un saco roto como vestido me hubiera sentado bien. Si
la intención de
mi ocasional Ama era ridiculizarme, no lo había conseguido
demasiado.
Parecía que no sabía con quién estaba tratando.
Ya vestido,
y portando el traje con el mayor orgullo posible para parecer
apuesto, con
una mano cogí la bandeja que contenía las copas y la botella y
con
la otra mano agarré la bandeja sobre la que estaban depositadas las
botas
y las medias. Gracias a mis protuberantes músculos formados en el
gimnasio
no me fue excesivamente difícil soportar el dolor que me causaba el
peso
de todos esos elementos.
Como me había indicado, salí por una
puerta situada al fondo de un corredor
a mi derecha y me encontré con
una gran piscina rellena de agua cristalina
que permitía ver el dibujo
de un delfín en el fondo. A su alrededor, observé
varias tumbonas,
mesas y sombrillas muy exóticas. En una de estas tumbonas,
estaba estirada
una mujer. Obviamente, debía ser la que me contrató, puesto
que
me dirigió un silbido como signo para que me acercara hasta su posición.
La
mujer estaba totalmente desnuda, completamente expuesta a mi libidinosa
vista.
Su físico era de impresión: Debía medir alrededor de 1,80
, estaba
perfectamente bronceada sin mostrar ninguna marca blanca, su vello
púbico
estaba muy bien cuidado, sus pechos eran bastante grandes y firmes
(sospeché
que podía tener algún implante de silicona,
porque de verdad que eran de
grandes proporciones), su trasero se adivinaba
enorme, sus piernas eran
largas y estilizadas, llevaba unas enormes gafas de
sol que tapaban una
buena parte de su bello rostro y su cabello era rubio (apostaría
que
natural). Así pues, la impresión que me causó fue
casi inmejorable. Una
mujer tremenda y bastante curvilínea.
Me
acerqué lentamente y cuando llegué hasta la tumbona en la que ella
estaba
acostada dejé encima de una mesa cercana ambas bandejas. Me arrodillé
y
esperé sus órdenes. Mi clienta no dijo nada, tan sólo
levantó ligeramente su
pierna izquierda y acercó su pie a mi
cara. Enseguida comprendí que la
sesión de adoración había
dado inicio sin necesidad de mandato ni comentario
alguno (sobraban las palabras).
Entonces, me tiré manos a la obra, o lengua
a la obra en este caso.
Aguanté
con mis manos el considerable peso de su morena pierna y me
introduje sensual
y lentamente los dedos de su pie en mi boca. Chupé con
deleite cada
uno de sus largos y fornidos dedos durante varios minutos como
si fueran apetitosos
"caramelos", pasé mi lengua extendida a lo largo y
ancho
de su planta y su empeine como quien le da lametazos a un helado,
jugué
con sus dedos mordiéndolos e introduciendo mi lengua entre ellos, me
metí
en la boca su talón, lamí y besuqueé toda la superficie de
su pierna y
pie, me metí su pie hasta el fondo de mi garganta absorbiendo
todo lo que
podía, ella movía sus deditos en el interior de mi
boca... En definitiva, la
succioné todo lo que pude, al estilo de un
caníbal hambriento a punto de
hincar el diente a su manjar. Sentí
el inmenso placer que mis acciones le
producían, cuanto más suspiraba
y jadeaba, más excitación me causaba y con
mayor empeño
la adoraba. Realicé la misma maniobra de adoración con su otra
pierna
y pie. La llené de saliva, casi la dejé como si acabara de salir
de
darse un remojón en su inmensa piscina de millonaria caprichosa.
Además,
hacía un calor asfixiante, con lo cual tanto ella como
yo sudábamos
salvajemente. En ocasiones, me cercioraba de que estaba
lamiendo las gotas
de sudor que aparecían en las piernas y pies del
"pedazo" de mujer que tenía
ante mí. De todos modos,
el saborcillo salado no me molestaba ni repugnaba,
sino que me motivaba aún
más. La situación podía no ser excesivamente
glamorosa
ni refinada, pero era racial, salvaje, rabiosa y auténtica.
Parecíamos
estar en el agobiante clima ambiental de la tórrida Florida
retratada
en una famosa película de cine negro con femme fatale y pobre
amante
masculino engañado y manipulado.
Estábamos
entregados totalmente, a mí me hubieran podido dar el mismísimo
Oscar,
puesto que mi actuación no podía ser más convincente, lógicamente
por
la sencilla razón de que no estaba interpretando nada, simplemente
disfrutaba
como un enano adorando con sumisión y erotismo a una hembra
satisfecha
y gloriosa por tener a sus pies a un "prostituto" al que podía
ordenarle
lo que le viniera en gana, sin que yo rechistara en ningún
momento.
Tras
adorar por tiempo indefinido sus excitantes extremidades inferiores, me
acerqué
a sus portentosos pechos con el fin de mamarlos bien, pero... ella
me lo impidió
con un empujón que me propinó con una pierna. Me decepcionó
su
negativa, aunque, al mismo tiempo, me excitó el que me impidiera
acceder a
sus maravillosos atributos. Seguro que sus tetas habían sido
mamadas por
muchos otros, sin embargo no creo que sus pies y piernas hubieran
sido
adoradas antes de tal manera. A mí me quería para esa adoración
atípica, y
no para hacer lo que los demás ya le hacían
(tenía aspecto de ser una de
esas tías que se casan con un millonario
lelo para que las mantengan),
aburriéndola por repetir siempre lo mismo.
Se
rió a carcajadas tras propinarme el empujón y señaló
con su dedo índice
las copas y la botella de champagne. Deducí
que lo que quería era que
llenase las copas y así lo hice. Tras
ello, me hizo signos de que me
acercara a ella otra vez con las copas llenas.
Entonces, mi domina cogió una
de las copas e introdujo los dedos de
sus manos en ellas, los sacó y me los
metió en mi boca. Repitió
la operación muchas veces, mojando sus dedos e
introduciéndomelos
en mi boca para que yo pudiera lamer el líquido y
consiguiera apagar
en parte mi inmensa sed. El calor y los lametazos me
habían dejado seco,
y ella me premiaba con las gotitas de champagne que
mojaban sus largos dedos
acabados en largas uñas rojas capaces de desgarrar
como las zarpas de
un león. Cuando metía sus dedos en mi boca, intentaba
introducir
todo lo que podía de su mano, sin embargo mi boca abierta hasta
el límite
no abarcaba la amplia superficie de su zarpa. También le divertía
cogerme
la lengua y estirármela con fuertes tirones que me causaban algún
dolor.
Tras
ello, cogió la segunda copa y me arrojó su contenido en mi cara
repentinamente,
sin yo esperarlo. Como tampoco esperaba el escupitajo que me
profirió
en plena cara. En otra circunstancias, el escupir habría sido
determinante
para cesar la sesión en seco, pero en esta ocasión lo soporté
y
me ¡¡¡ gustó !!!... Estaba entregado, a su completa
merced, ya dispuesto no
a cobrarle, sino incluso a pagarle lo que me pidiera
por tener el privilegio
de repetir la experiencia.
Todavía sorprendido
por su sorprendente acción, mi dómina cogió la botella
de
champagne, se quedó sentada en la tumbona y me dio a entender que debía
agacharme
más con el objetivo de lamer, chupar y beber el caudal de champagne
que
se deslizaba por su pierna y acababa en su pie por el que se derramaba
en mi
boca el líquido. Ella vertía el contenido de la botella para que
cayera
a lo largo de su pierna y yo bebiera sin parar. A veces, me
atragantaba, y
temía emborracharme por ingerir tal dosis de champagne. La
mujer terminó
con la botella y, seguidamente, me indicó que la secase del
líquido.
Lamí otra vez sus piernas y pies, me quité el chaleco y la camisa,
y
con esas prendas la sequé.
A continuación, me indicó que
cogiera la otra bandeja. Obviamente, se
trataba de que yo debía calzarla
con las botas y enfundar sus piernas con
las medias. Ella se volvió
a acostar en la tumbona y me dejó hacer: Cogí una
de las medias,
la desplegué y se la fui colocando lentamente, con suavidad y
erotismo.
Una vez colocada la media, volví a someter a su pierna y pie a una
sesión
de adoración que pareció excitarla aún más que la
adoración de su
extremidad desnuda, lo que demuestra que las medias
son un elemento erótico
de primer orden. Lo mismo hice con su otra pierna.
Una vez enfundada en
medias, la calcé con sus botas blancas. Como en
el caso de las medias, se
las coloqué con infinita lentitud, recreándome
en el momento, armándola con
elementos que posiblemente luego me clavara
en la espalda. Con bastante maña
y elegancia se las calcé y subí
las cremalleras. Seguidamente, chupé sus
tacones, momento en el que
mi clienta se tocó con mayor insistencia sus
pezones y dejó escapar
los suspiros más intensos. Me dí cuenta del placer
que le producía
e intensifiqué mis lamidas y chupadas tanto en sus tacones
como en sus
impolutas suelas.
Naturalmente, mi erección era evidente, puesto que
el bulto en mis
pantalones era enorme, producto de no llevar calzoncillos que
mantuvieran
más disimulada mi excitación. Mientras, la mujer
continuaba llevando puestas
sus enormes y opacas gafas de sol que le atribuían
un halo misterioso,
anónimo e inquietante. No poder ver la expresión
de sus ojos era
perturbador, como también lo era el percatarme de su
lengua que mojaba
repetidamente sus carnosos labios rojos como el infierno.
De
repente, se levantó y me señaló el suelo. Entendí
que debía tumbarme boca
arriba, entonces ella se sentó bruscamente
en mi cara, exponiéndome todo su
depilado y mojado coño en el
que hundí mi rostro e hice trabajar a mi lengua
a tope. Me perdí
en un océano indomable en el que casi me ahogo. Mi Ama
dominante se
movía con tal de facilitarme o permitirme adorar su culo o su
sagrado
orificio según su voluntad, de modo que se corrió repetidas veces
(o,
al menos, esa fue mi sensación). Al mismo tiempo, la domina me había
desabrochado
el pantalón, liberando mi arsenal prisionero y magreándolo con
su
mano. Yo tenía miedo de correrme antes de hora, pero ella aflojaba su
acción
consciente del peligro de forzar el fin. En el momento de aflojar,
ella adelantaba
su posición encima de mi cuerpo, posando su culo en mi pecho
y situando
sus tacones a la altura de mi cara, de modo que yo los seguía
chupando
con avidez y llenándolos de babas propias del perro sarnoso en el
que
me había convertido en ese momento.
Cuando
se cansó, se levantó, se dio la vuelta y situó cada una de
sus
piernas a cada lado de mi sudoroso, excitado y vigoroso cuerpo. La visión
que
tuve de mi clienta convertida en domina inalcanzablemente alta, esbelta,
con
interminables piernas, con pechos en los que unos podría emplear días
enteros
chupándolos, con puntiagudos y altos tacones que la elevaban del
suelo
como a una Diosa... es una imagen recurrente que mantengo grabada en
mi calenturienta
memoria.
Ya empezaba a pensar que no iba a permitirme correrme (aguantar en
ese punto
la eyaculación era poco más que imposible), sin embargo
posó la suela de su
bota encima de mi pene y testículos. Los
pisó y los aplastó ligeramente, de
forma que la simple imagen
de una domina pisándome me hizo correrme como
nunca antes había
podido soñar. Exploté a lo bestia, simulando un surtidor y
bombeando
sin parar. La suela de su bota quedó manchada por mi semen, con lo
cual
la acercó a mi boca para que yo se lo limpiase. A esas alturas, con el
corazón
a toda máquina, exhausto y agotado, no me importó nada tragarme
mi
propio semen.
Después,
pasó algo sorprendente, ya que la misteriosa clienta habló por
primera
y última vez: - El dinero está en el primer cajón de la mesita
de la
entrada. Cógelo y márchate ya. Ha sido divertido jugar
contigo.
Así de escueta fue. Yo ni siquiera contesté, pues no
sabía qué decir y,
además, ella había desaparecido
con rapidez en un visto y no visto,
dejándome todavía tumbado
con la respiración agitada y con mi cuerpo bañado
por un sol
caótico que había disparado mi temperatura corporal más allá
de
lo imaginable.
Sobran las palabras, ¿no es cierto?
Aviso:
La historia es fruto de mi calenturienta imaginación en torno al
mundo
del fetichismo y la dominación femenina. Si eres una mujer amante de
la
dominación, no dudes en ponerte en contacto conmigo para darme tu
impresión.
Mi dirección es: adorador_implacable@hotmail.com
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