Conteniendo una nueva maldición,
habida cuento de lo inútil que en aquella situación era tratar
de desahogarse dando rienda suelta a su lengua, Reena se secó nuevamente
el sudor de su frente. A su espalda, Gaudi se abría paso como podía
sufriendo como ella el inclemente ambiente que los rodeaba, mientras Zellgadys
cerraba la marcha. El joven mago-guerrero, soportaba mejor que sus compañeros
el asfixiante calor y bochorno de la exuberante y aparentemente infinita jungla
en la cual se habían internado, gracias curiosamente a su piel pétrea
que tanto maldecía.
Los tres compañeros se habían reencontrado en la ciudad portuaria
de Taravos después de haberse separado en el cruce de caminos entre Retalion
(destino de Reena y Gaudi) y Bratvlasia (destino de Zellgadys). En sus peripecias
por separado, los tres compañeros habían disfrutado de diversas
peripecias íntimas y en absoluto esperadas que no estaban dispuestos
a relevar a los demás (¡Qué leches! Reena se lió
con una sacerdotisa y más tarde con Gaudi, mientras que Zellgadys tuvo
un apasionado trío con una condesa y su criada). De hecho, cuando Zellgadys
se encontró con sus compañeros en Taravos, por muy poco no sorprendió
a Reena y Gaudi haciendo el amor. Gracias a que llamó a la puerta de
la habitación que ambos ocupaban, la pareja de amantes logró esquivar
el peligro de ser descubiertos por Zellgadys. Aunque finalmente Reena y Gaudi
habían admitido el uno al otro sus sentimientos de amor, no estaban preparados
para admitirlos o mostrarlos ante Zellgadys, Amelia y demás compañeros
de aventuras, motivo por el cual mantenían su relación en secreto.
Por su parte, debido a lo reservado de su carácter, Zellgadys tampoco
tenía la mínima intención de relatar sus aventuras en Bratvlasia.
Así pues, tras reencontrarse pasaron tres días conociendo la bulliciosa
ciudad de Taravos hasta que decidieron embarcar como pasajeros en un barco mercante
rumbo al norte del continente. Sin embargo, no pudieron llegar a su destino:
poco antes de llegar al Cuerno Dentado, una gran península de peligrosas
costas erizada de acantilados que separaba el Mar Inferior del gran océano,
fueron atacados por una embarcación pirata. Inmediatamente los tres compañeros
decidieron enfrentarse a los bandidos de mar, pero con excesivo entusiasmo,
de modo que al final de la breve batalla, el buque pirata se hundía partido
por la mitad por un ataque mágico de Zellgadys mientras la tripulación
del buque mercante intentaba reparar los graves desperfectos sufridos en su
nave cuando Reena atacó a los piratas que ya habían abordado la
nave mercante con su conocido entusiasmo destructivo.
Después de esto, el capitán tuvo que poner inmediatamente rumbo
al puerto más cercano debido a la gravedad de los daños. Este
resulto ser una pequeña ciudad situada en una exigua bahía, donde
apenas tenían las instalaciones necesarias para las reparaciones que
necesitaba el gran buque. De hecho, el capitán estimó que como
muy pronto podrían volver a la mar en dos semanas.
Puesto que habían pagado por anticipado el importe de sus pasajes, Reena
decidió que se quedarían en la ciudad mientras reparaban el buque,
pero al mediodía de su segundo día de estancia no pudo soportar
por más tiempo el tedio y la inactividad de aquel lugar, y de acuerdo
con Zellgadys, que también encontraba aquel lugar soporífero decidió
proseguir sus viajes por tierra hacía la costa septentrional del continente,
sin tener así que doblar el Cuerno Dentado. Tras proveerse de un mapa
y de las provisiones necesarias, el trío de compañeros se internó
tierra adentro.
Su ruta, con rumbo Noreste, les llevaba a cruzar una escarpada cadena montañosa,
que atravesaron sin demasiados problemas para cruzar el gran valle que estas
montañas rodeaban conjuntamente a una segunda cadena montañosa
situada ya cerca de su objetivo. Era en este valle, donde ahora se encontraban,
y donde el viaje se tornó en no tan divertido. El valle encerraba una
exuberante jungla cruzada por una extensa red de riachuelos y afluentes del
gran río que lo cruzaba. Esto, unido a la salvaje y enorme flora y fauna
del lugar, hacía que la humedad del ambiente fuere infernal, provocando
un inmediato sentimiento de asfixia y sofoco en los compañeros al internarse
en la jungla. Al poco de internarse en la jungla, tuvieron que cambiar de indumentaria
para combatir el increíble bochorno. Gaudi prácticamente se quedó
en calzoncillos: se quitó su armadura, sus pantalones y su camisa, internándose
en la jungla únicamente con unos calzones largos. Zellgadys, que no acusaba
tanto el bochorno y el calor como sus compañeros, se limitó a
desvestirse de cintura para arriba. Reena, por el contrario, tuvo que cambiar
completamente de indumentaria: detrás de unos matorrales, se desvistió
por completo, quedando únicamente con sus bragas. Con una tira de fina
y liviana seda que había comprado en Taravos, improvisó un sujetador
para cubrir sus pechos a la mirada de Zellgadys (a Gaudi no tenía nada
que ocultar después de sus noches de pasión amorosa y sexual)
y cubrió sus piernas con una tela liguera a modo de sarong.
Ya habían pasado tres días desde que se habían internado
en la jungla y aún les quedaba camino. Además del bochorno y de
la densa vegetación que dificultaba su avance, Reena y Gaudi tenían
que soportar el acoso de una nube de insectos que revoloteaban sobre ellos acosándolos
sin piedad. Tenían que aplicarse varias veces al día hechizos
curativos para curar las innumerables picaduras de los insectos, que traían
sin cuidado a Zellgadys, habida cuenta que ninguno de aquellos insectos era
capaz de morder su dura piel.
Todo esto, naturalmente, hacía que el humor de Reena estuviese en peligrosa
efervescencia.
"¡Maldita sea! ¡Morios de una puta vez, condenados mosquitos!
¡Idos a dar la lata a Zellgadys!" pensó mientras daba un manotazo
a uno de ellos. "Por tu culpa, desde que llegaste apenas he podido estar
a solas con Gaudi" recriminó mentalmente al mago-guerrero. "¡Las
ganas que tengo de que me folle como es debido, tan irresistible como está,
así, casi desnudo...¡" Pensó observando con lujuria
el sudoroso y musculoso cuerpo de Gaudi. Deseaba como pocas veces en su vida
atraer hacía si la rubia cabeza de su amante a sus pechos desnudos para
poder sentir su lengua, su aliento, sus caricias, sus manos... Pero con Zellgadys
junto a ellos, era imposible. Debido al estar en medio de aquella salvaje e
increíble frondura, no podían correr el riesgo de alejarse lo
suficiente de Zellgadys para tener un momento de intimidad, y en las noches,
tras la agotadora jornada de viaje, lo menos que convenía era dedicarse
a placenteros pero más agotadores encuentros nocturnos.
"Maldito calor" maldijo por infinitesima vez. "Ojala pudiera
hacer al respecto. Ahora mismo me enterraría desnuda en nieve virgen"
Fue nada más pensar en la nieve cuando una idea cruzó su mente.
Inmediatamente se aparto del camino que seguían sus compañeros.
- Reena, ¿a dónde vas? -preguntó Zellgadys al percatarse
del movimiento de la hechicera.
- No os preocupéis -le respondió-. Voy a hacer ciertas... necesidades.
No tardaré demasiado.
- Te esperamos un poco más adelante -contestó Zellgadys abriendo
el camino.
Cuando Reena estuvo seguro de que no la podían ver, se deshizo rápidamente
de las telas que la cubrían y alzó las manos con las palmas extendidas
hacía el cielo.
- ¡AZOTE DE ESCARCHA!
Inmediatamente la energía mágica se concentró en sus manos,
de las cuales empezó a surgir con un viento helado copos de nieves y
escarcha. Sin perder tiempo, dispuesta a aprovechar cada segundo de duración
del hechizo, empezó a acariciar todo su cuerpo con sus gélidas
manos. Cuando sintió el contacto del hechizo en su piel, un estremecimiento
recorrió todo su cuerpo mientras su piel de erizaba de frío.
- ¡Aaaahhhh...! Dioses, que placer... pero que placer... -murmuró
Reena mientras con el hechizo combatía el agobiante ambiente que la rodeaba,
por fin con éxito.
Acarició todo su cuerpo: su tórax, su cintura, su cuello, sus
pechos... Sintió como sus pezones se endurecían y erguían.
Su frente, sus brazos, sus hermosas piernas, su monte de Venus... Dioses, como
lo necesitaba. Ahora sus manos bajaron más allá de su monte de
Venus, mientras sentía como todo su ser se calentaba nuevamente pero
no por la terrible atmósfera que la rodeaba.
- Oh, Gaudi -murmuró mientras aceleraba el ritmo de sus manos dentro
de sus bragas-, ojala pudieras estar aquí ahora conmigo, sin Zellgadys...
El mágico instante de placer se rompió de repente. Sin saber como,
una sensación de alarma la asaltó. Rápidamente miró
al su alrededor con todos sus sentidos alertas. A su alrededor no percibió
ninguna amenaza, pero sentía que algo había cambiado. Le pareció
que el ruido de la selva, que les había acompañado desde el inicio
de su periplo, había cambiado, se había silenciado, pero por más
que intentaba concretar ese cambio o silenciamiento, no podía. Era como
si por un segundo todo se hubiera detenido a su alrededor para posteriormente
volver a la normalidad, pero tan rápido que ni siquiera podía
estar segura de que algo hubiera sucedido realmente.
"Será mejor que me deje de tonterías. No debería de
perder más tiempo del necesario si no quiero perder a Gaudi y Zellgadys"
se dijo mientras se volvía a vestir lo más rápido posible
y volvía a la senda que habían abierto sus compañeros.
Al poco de abandonar el lugar donde se había refrescado, unos arbustos
se movieron y una figura abandonó el lugar rápidamente, portadora
de muy importantes noticias.
Finalmente la noche llegaba nuevamente y los
tres compañeros preparaban la cena.
- ¿Otra vez carne picada y mendrugo de pan? -se quejó Reena a
Zellgadys-. ¡Yo no soy ningún animal de carga para que me alimentes
con las sobras de comida intragables!
- ¿Intragables? -preguntó Zellgadys-. Reena, es carne y pan, ¡no
boñigas de cerdo!
- ¡Las boñigas de cerdo al menos no están tan duras como
este pan! ¿Cuándo lo compraste, antes de la Guerra de Sabran´
y Gudu?
- ¿Crees que es culpa mía que las demás provisiones se
perdieran por culpa de ese alud en las montañas? -replicó Zellgadys.
- No, pero por tu culpa no podemos comer frutas de la selva.
- Sé razonable, Reena. Son completamente desconocidas para nosotros,
podrían sentarnos mal, en el mejor de los casos.
"¡GRRROOOOOOOOOOAAAAAAAAAAAAGGGGGGH!" Reena y Zellgadys se volvieron
hacía Gaudi, que los miraba lastimosamente mientras intentaba acallar
a su rugiente estómago.
- ¿Os vais a poner de acuerdo de una vez? -preguntó el guerrero-.
Mi estómago no va a poder aguantar mucho más sin algo que comer.
- Está bien -se rindió Zellgadys-. Yo tampoco soy capaz de tragar
este pan así sin nada más. Gaudi, ¿recuerdas donde viste
a aquel animal comiendo frutas en una árbol? Probablemente esa fruta
no sea peligrosa. Si recuerdas donde lo viste, podemos ir a buscar unas pocas.
- Creo que sí. Era en un pequeño claro en el que había
una roca cubierta de líquenes de un riachuelo, como a media hora de aquí.
- Bien, en tal caso vamos hacía allá. Reena, tu te quedas aquí
esperándonos y preparando el fuego, ¿de acuerdo?
- Por mi de acuerdo -aceptó Reena. Estaba cansada de la jornada de marcha
y lo mejor, al quedarse sola podría refrescarse nuevamente con el hechizo
de Azote de Escarcha.
De este modo, Gaudi y Zellgadys abandonaron en la creciente oscuridad el campamento
de vuelta sobre sus pasos hacía donde Gaudi había visto al animal.
Cuando Reena se aseguró que ambos no la podían ver, volvió
a desvestirse e invocó nuevamente el hechizo. Rápidamente se dejó
embargar por el alivio y placer que su frío masaje le proporcionaba después
de aquel duro día de marcha. Como deseaba abandonar de una vez esa maldita
selva. Con un poco de suerte en dos o tres días abandonarían aquel
maldito lugar. Reena sonrió al pensar que con un poco más de suerte,
quizá ella y Gaudi podrían escapar un momento de la compañía
de Zellgadys, lo suficiente como para poder disfrutar de su compañía
breve pero muy intensamente como aquel primer día a bordo del barco.
Gaudi había encontrado un rincón en la bodega donde tenían
la suficiente privacidad. Recordó las prisas con las cuales ambos se
habían desnudado, sin cesar de besarse y acariciarse frenéticamente.
Cuanto más se besaban, más ansiedad, más hambre de sexo
sentían, de modo que ambos no tardaron en exhibir sus desnudos cuerpos
ante su amado. Por un momento, ambos hicieron una pausa para contemplarse mutuamente:
Reena observaba el gran y hermoso cuerpo de Gaudi, su amplio y musculoso pecho,
sus poderosos brazos, su magnífico pene, preparado para la inminente
batalla que se avecinaba, mientras que Gaudi contemplaba la esbelta figura de
Reena, su hermosa piel desnuda, sus pechos pequeños que hermosos, sus
bonitas piernas, su hermosa melena pelirroja... Finalmente, las miradas de ambas
convergieron en sus rostros, en sus miradas. Aquel acto de intimidad compartida
duró más que su mutua contemplación, incrementando aún
más el deseo de ambos hasta que finalmente dieron rienda suelta a este
con un prolongado y apasionado beso, mientras se acariciaban mutuamente con
frenesí. A diferencia de las anteriores ocasiones, en que habían
hecho el amor de manera suave pero apasionada, la forzosa abstinencia a la cual
la presencia de Zellgadys parecía haberles condenado había hecho
que su deseo se incrementara. Reena no había tardado en tragarse el formidable
miembro viril de Gaudi para chuparlo y mamarlo con un ritmo que casi hizo acabar
en dos ocasiones a Gaudi antes de que este la sentara sobre él para penetrarla.
Apenas se introdujo su pene en la vagina de Reena, empezó a empujar como
si estuviera a punto de acabar, haciendo enloquecer de placer rápidamente
a Reena. Esta, de hecho, rápidamente tuvo su primer orgasmo, que la hizo
gritar de puro placer. Sin pausa para Reena, Gaudi aceleró aún
más el ritmo, no tardando demasiado en proporcionarle a Reena otro orgasmo,
tan increíble como el primero. Llevado por la impaciencia, Gaudi tumbó
en el suelo, donde continuaron, con un nuevo orgasmo para Reena hasta que Zellgadys
no pudo aguantar más, y rugiendo de placer, sacó su polla de la
vagina de Reena en el momento justo en que esta explotaba y derramó mediante
poderosos chorros su carga de leche, bañando a Reena desde su ombligo
a sus pechos y finalmente hasta su cara y su boca, en la cual Reena saboreó
todo el preciado liquido de la polla de Gaudi sin desperdiciar una sola gota.
Había sido un encuentro breve, debido al desgaste físico que les
impuso su ansiedad por dar rienda suelta a sus deseos, pero quizá por
ese mismo motivo, había sido uno de los mejores polvos que habían
tenido hasta entonces. El resto del tiempo lo pasaron juntos, abrazados el uno
al otro acariciándose con cariño. Desgraciadamente, no habían
podido repetir aquel encuentro, puesto que al día siguiente se encontraron
con que uno de los marineros había hecho de aquel espacio entre las cajas
y sacos de mercancías su camarote.
"También pudo haberse alojado en el fondo del mar" pensó
enojada Reena al rememorar el momento en que ella y Gaudi se introdujeron a
trompicones en aquel rincón besándose y desnudándose ya
apasionadamente y se encontraron de cara con un gordo marinero desdentado limpiándose
las ladillas.
- ¡Manda huevos! -exclamó el sorprendido marinero-. ¿Venís
para invitarme a vuestra fiesta privada?
Ningún miembro de la tripulación se explicó como aquel
marinero pudo tropezar en la bodega de modo que rompiera el casco del barco
y su cara ahora más desdentada asomara al mar. Cuando lo sacaron de aquel
improvisado cepo, no quiso dar ninguna explicación salvo esa, puesto
que las amenazas de Reena cuando se enfada no son para tomar en vano por muy
física o anatómicamente imposibles que puedan parecer.
Pero ahora eso no importaba. Por fin tenía tiempo para atender a sus
necesidades con tiempo, y a falta de la compañía de Gaudi, tendría
que arreglárselas ella solita. Sus manos bajaron a su entrepierna y poco
a poco empezaron a moverse abriendo su vagina, acariciando su interior, el botón
de su clítoris mientras se dejaba caer sobre el suelo cuando poco a poco
el placer fue inundando su ser. Dioses, que bueno, tras tanto tiempo. Entusiasmada,
empezó a acelerar más el ritmo y poco a poco su cuerpo se estremecía
cada vez más intensamente, revolviéndose en el sulo cubierto de
hierba y acercándola al orgasmo que no sentía hacía tanto
tiempo y que tanto necesitaba. Cada parte de su ser reaccionaba a su excitación
aportando más placer, como en una reacción en cadena que llegó
a su punto álgido cuando finalmente llegó el orgasmo que tanto
buscaba.
- ¡¡Aaaaaaaaaaaahhhhhaaaaaaaaaaaaaaaahhhhh!! ¡¡Aaaaaaaaaaaaahhhhhh!!
¡¡Si señor!!
Saciada, se dejó estirar perezosamente en el suelo.
- ¡Huuuumm! Esto sienta de maravilla...
De repente, oyó cerca un ruido, una rama rompiéndose.
- ¡Maldición! -exclamó Reena-. ¿Ya vuelven tan pronto?
La hechicera se lanzó rápidamente hacía donde había
dejado sus ropas, pero se detuvo de golpe cuando las alcanzó.
Aquel ruido procedía de la dirección contraria en la cual habían
partido sus compañeros.
Ahora alerta, se percibió que la jungla a su alrededor estaba demasiado
silenciosa.
Alguien la espiaba, y en ese preciso momento se preparaba para atacarla.
- ¡¡BOLA DE FUEGO!! -sin preocuparse de su desnudez, sino más
bien dispuesta a castigar a quien la había espiado, Reena invocó
el hechizo dispuesta a dar ella el primer golpe, pero cuando la bola de fuego
surgió en sus manos, se dio cuenta de su error.
- Oh, mierda.
En aquella exuberante selva, lanzar su ataque podría causar fácilmente
un incendio incontrolable que pusiera en peligro a todos los que se hallaban
en ella, de modo que rápidamente corrigió la dirección
de su ataque hacía el cielo, cuidando de que no rozara las copas de los
árboles que rodeaban el claro, para que estallase en el cielo sin causar
daño.
Su exhibición de magia provocó un autentico revuelo de gritos
de asombro y terror a su alrededor, lo cual dio a Reena una idea de lo numerosos
que eran sus atacantes. Más enfadada al saber cuanta gente la había
espiado mientras se masturbaba, repasó su repertorio de hechizos en busca
del más adecuado para esa situación.
- ¡Vais a saber lo que pasa cuando me enfadáis! -exclamó
Reena cuando decidió el hechizo a utilizar. Rápidamente se preparó
para invocarlo... y bostezó-. ¡Oooouuuaaaaaahh! ¿Qué...
qué me pasa?
Luchando contra el sueño que súbitamente la invadía, se
llevó su mano a su espalda.
- ¿De... de dónde ha salido esto? -preguntó observando
el pequeño y afilado dardo que tenía clavado en la espalda. Antes
de que pudiera reaccionar, Reena cayó al suelo, profundamente dormida.
"Oh, mi cabeza, como me duele" pensó
Reena al despertar. Intentó llevarse las manos a la cabeza, pero no pudo.
"¿Qué...?" Nuevamente intentó moverse, pero no
podía. Tenía sus manos atadas a la espalda.
- ¡¿Qué demonios...?! -exclamó Reena. Entonces recordó
lo que había sucedido al anochecer- ¡Maldición, me han capturado!
Desesperada, Reena se revolvió. Estaba desnuda, no solamente atada de
manos sino también de pies, en el centro de lo que parecía ser
una espaciosa choza llena hasta el techo de numerosísimos objetos de
lo más variopinto: máscaras, huesos de animales, recipientes llenos
de vaya usted a saber que, hierbas... iluminadas por varias antorchas, puesto
que aún era de noche. Así mismo, se dio cuenta de que alguien
le había colocado una incomoda diadema de piedra en la cabeza, de la
colgaban marchitos flecos de plumas.
- No. Únicamente te hemos recogido y te hemos traído a nuestro
pueblo, hechicera de los rojos cabellos.
Reena se volvió. A su espalda había una menuda pero esbelta joven
de aproximadamente su edad, que vestía de manera parecida a Reena cuando
se interno en la jungla, pero sin sostén. En su cuello y brazos portaba
numerosos colgantes y brazaletes, tanto de metales preciosos como de plumas
o pieles de serpientes, en tal cantidad que cubrían sus antebrazos y
casi escamoteaban sus pechos a su visión. Tenía una piel brillante
y morena, que resaltaban el resplandeciente cristalino azul de sus ojos, a pesar
de la larga mata de cabello azulado que caía sobre ellos y su espalda
hasta llegar a sus piernas.
- ¡Ja! ¿Y cual es la diferencia? -replicó Reena- ¡Me
habéis acechado en medio de la noche para caer sobre a traición
y llevarme a vuestro pueblucho de ...!
- Si lo prefieres expresar así, eres libre de hacerlo. Pero la realidad
es que te hemos traído hasta el Corazón de Ctuchaltz para honrarte
-respondió la otra joven ante el asombro de Reena-. Y yo, Tziqal, última
descendiente de Mínfalas y hechicera de los ctukals, la primera.
- ¿Honrarme? ¡Pues vaya una forma más rara de honrarme que
tenéis! Para empezar, ¿qué tal si me desatas y me dejas
libre? -propuso Reena con una sonrisa-. Con un poco de suerte no te atacaré
con mis más potentes hechizos.
- Lo siento, pero no es posible.
- ¡¡Serás...!! ¡Maldita loca! -respondió Reena
luchando por liberarse de las firmes ataduras que la aprisionaban-. ¿Entonces
cómo me vais a honrar? ¿Metiéndome en algún calabozo?
¡Respóndeme, pedazo de...!
- Serás la madre de nuestros hechiceros.
- ¡...!
- Y por ello serás honrada como merece aquella que devuelve al pueblo
ctukal su poder en la hechicería.
- Perdóname...
- ¿Si?
- Aún debo de estar bajo los efectos de esa droga que usasteis para capturarme...
- ¿Por qué lo dices? ¿Te sientes mal? -preguntó
solicita la hechicera, agachándose a su lado.
- No, pero creo que se me va la cabeza un poco, que deliro...
- ¿Delirar? -preguntó preocupada.
- Si, porque me pareció escuchar...
- ¿Qué?
- Qué yo sería la madre de vuestros hechiceros.
- ¡Ah, eso! -respondió aliviada Tziqal-. ¡No te preocupes,
vaya una tontería!
- Uf, que alivio.
- En realidad no deliras, ese es el motivo exacto por el que te trajimos aquí.
- ¡¡¡¿¿¿¿QUEEEEEEEEEEEEEEEEEEE????!!!
- En un tiempo lejano, hace miles de lunas, el nuestro era un poderoso pueblo
que contaba con grandes guerreros y, lo que era más valioso, grandes
hechiceros. Pero un día, sin previó aviso, los Espíritus
Resentidos, o el dios Rogat, enfadado por una ofensa de nuestro pueblo, robó
a nuestros hechiceros la facultad de hacer magia. Los hechiceros vieron limitados
su poder a hechizos de escaso poder, y el caos cayó sobre el pueblo de
ctukal. Sin embargo, el dios Rogat nos dijo que un día la antigua y poderosa
magia volvería un día, y que deberíamos de estar atentos
al momento.
Reena escuchaba la historia de Tziqal sin poder reaccionar. Lo que le relataba
Tziqal era sin duda los efectos de la Guerra de Sabran´y Gudu entre dioses
y demonios, que había concentrado toda la energía mágica
del mundo en la reducida esfera del continente del cual procedía Reena.
- Durante muchas generaciones -prosiguió Tziqal-, los herederos de aquellos
hechiceros que perdieron la Gran Magia esperaron la señal que profetizó
el dios Rogat, y finalmente, hoy por la mañana, un cazador te divisó
en la jungla, invocando con tus poderes el frío eterno de las montañas.
Él acudió a avisarnos, y cuando rodeamos tu campamento, nos mostraste
tu poder mágico sobre el fuego. No cabe duda de que la Gran Magia habita
en ti, y que tus hijos la heredarán, como en su momento heredamos todos
los descendientes de la estirpe de Mínfalas, primer hechicero de Ctukal
heredaron su magia hasta que nos fue arrebatada. A través de ti, Rogat
nos concede de nuevo el uso de la Gran Magia.
- Tziqal -dijo Reena con el temor de quién ya conoce de antemano la respuesta-,
¿cómo piensas hacer que yo sea la madre de vuestros nuevos hechiceros?
- Sencillo: de hoy en adelante, los guerreros te visitaran para follarte hasta
que concibas. Tus hijos, conforme vayan naciendo, serán instruidos para
su destino como hechiceros del pueblo de Ctukal.
- ¡Estás loca! -exclamó Reena-. ¡Yo no soy ninguna
enviada de tu dios Rogat, ni la puta particular del pueblo de Ctukal, ni una
coneja para parir hijos ni estoy destinada a devolveros la magia! ¡La
magia vuelve a circular por todo el mundo desde la muerte de Fibrizzo!
- ¿En serio? -preguntó Tziqal mientras recogía un cuenco
de un rincón de la choza-. ¿Entonces por qué yo, Tzical,
descendiente de Mínfalas, y por tanto portadora de la Magia, no puedo
realizar tus poderosos conjuros? ¿Por qué desde los tiempos de
la desaparición de la magia mis antepasados hechiceros no fueron capaces
más que de invocar y usar magias menores?
- ¡Qué se yo! ¡Supongo que después de tanto tiempo
sin usar la magia más poderosa, habéis olvidado como realizar
los hechizos más poderosos! -respondió Reena perdiendo ya la paciencia-.
¡Suéltame de inmediato o te reduciré a cenizas a ti y a
tu Ctukal a pesar de estar atada.
- Lo dudo -respondió sonriente Tziqal-. Esa diadema de piedra que vistes
es una antigua reliquia anterior a la desaparición de la Gran Magia.
Tiene el poder de inhibir la capacidad de concentración de quién
la posea, impidiéndole conjurar cualquier hechizo, además de limitar
su fuerza física y destreza.
Desesperada, Reena comprobó que la hermosa y salvaje hechicera no mentía.
Al intentar decidir que hechizo podría utilizar, sintió que algo
le impedía concentrarse, sumiendo su mente en una neblina que no podía
traspasar. Mientras, Tziqal se inclinó sobre ella y empezó a embadurnarla
por la espalda después de recoger la larga melena de Reena a un lado,
con una sustancia aceitosa contenida en el cuenco que había recogido
antes.
- ¿Qué me haces? -preguntó Reena.
- Prepararte para la ceremonia.
Viendo que no tenía ninguna opción de escapar, Reena se dejó
hacer por Tziqal, mientras intentaba hallar algún modo de escapar al
destino que le reservaban. Por ello, cuando Tziqal le dio la vuelta para embadurnarla
con aquel aceite por delante, apenas prestó atención cuando las
manos de Tziqal embadurnaron sus pechos, deteniéndose más tiempo
del necesario. De hecho, esta se recreó satisfecha en los pechos de Reena:
pequeños pero bien formados y firmes, muy bonitos, con pezones discretos
pero bien proporcionados y con encanto. Las manos de la joven de brillante y
morena piel bajaron lentamente hasta el vientre de Reena y después al
Monte de Venus, donde se volvió a detener más de la cuenta, provocando
que los pezones de Reena se endurecieran y irguieran inconscientemente. De ahí
paso a embadurnar las piernas de la hechicera pelirroja de manera muy sensual,
despertando a Reena de su estado de concentración al sentir la placentera
sensación que empezaba a recorrer su cuerpo. Finalmente, Tziqal desató
parte de las cuerdas que inmovilizaban las piernas de Reena para abrir sus piernas
y llevar sus manos a la entrada de su vagina.
- Tziqal, ¿qué me haces? -volvió a preguntar Reena-. ¿Qué
es ese aceite?
- Algo -respondió Tziqal con un tono de voz un poco apagado (¿remordimiento,
culpa? ¿Ella?)- que espero haga más llevadera tu carga. Ahora
verás.
Tziqal terminó de extender aquella sustancia por el cuerpo de Reena pero
no alejó sus manos de la vagina de Reena. De hecho, siguió masajeándola
acercando sus manos cada vez más a la entrada de la vagina y abriéndola
poco a poco con un dedo que pasaba acariciando entre sus labios.
- ¡Tziqal! -exclamó Reena- ¡¿Pero... qué me
haces?!
Poco a poco una deliciosa sensación de placer y calor recorría
su cuerpo, pero no solo ahí donde la indígena propiciaba sus caricias,
sino por todo su cuerpo, esa sensación se extendía por igual.
Reena era incapaz de distinguir donde en su cuerpo era más intensa esa
sensación. Cuando Tziqal llevó sus labios a la vagina de Reena,
empezando a besar delicadamente y a acariciar con la lengua su vagina ya abierta
y el clítoris en su interior, que a esas alturas estaba tan erguido y
duro como los pezones de Reena, que parecían querer alcanzar el cielo,
esta no podía dar crédito a lo que sentía en todo su cuerpo,
que se estremecía en cada rincón con una sensación de placer
tan intensa como la que sentía en su vagina, que no era poca cosa.
- ¡Oh, Tziqal! ¡Sigue así, no pares, no pares...!
Tziqal no tenía intención de parar. Sin abandonar la ya muy húmeda
vagina de Reena, se deslizó sobre esta besando con intensidad y pasión
su vientre, subiendo poco a poco hasta los pechos de Reena, que subían
y bajaban al ritmo de su entrecortada respiración. Al llegar allí,
empezó a no solamente a besarlos, sino también a acariciarlos,
chuparlos; primero uno y después el otro. Después intentaba chupar
los pezones y su aureola como si fueran un flan, mientras Reena, atada de pies
y manos, no podía hacer otra cosa más que revolverse en el suelo
al ritmo de Tziqal víctima de un placer que embargaba cada centímetro
de su piel por igual, sin importar que su amante no hubiera posado en él
ni un dedo desde que la untó con aquel aceite ceremonial. Deseaba ardientemente
liberarse de las cuerdas que la ataban para poder devolver el increíblemente
intenso placer que la hechicera de azulada melena le daba, pues sentía
que así atada de manos y pies, sin hacer nada por corresponder a Tziqal,
terminaría por morir de puro placer.
- Tziqal... suéltame, por favor... liberar al menos mis manos -suplicó
Reena casi llorando.
- No puedo -respondió entrecortadamente Tziqal-. Es mi deber, mi obligación
con Ctukal.
Para sellar cualquier inicio de conversación entre ambas, Tziqal empezó
nuevamente a subir por el cuerpo de Reena con sus labios, deteniéndose
especialmente en el cuello, provocando lágrimas de tan intenso que era
el placer que sentía Reena. Sus hombros, la base del cuello, detrás
de la oreja... En cada parte Tziqal se esmeró en proporcionar a Reena
el más intenso de los placeres que había sentido en su vida hasta
que finalmente llegó a los labios de Reena. Esta por fin vio llegar la
oportunidad de corresponder a su carcelera amante y no la desaprovechó
en absoluto. Poniendo todo su ardor y pasión contenida en la tarea, Reena
correspondió a los besos de Tziqal con un apasionadísimo beso
en el que ambas mujeres enzarzaron sus bocas y sus lenguas ininterrumpidamente
por más de dos minutos seguidos, casi tres. Ahora Tziqal no solo estaba
sobre Reena boca con boca, sino también pechos desnudos sobre pechos
desnudos, respirando acalaroradamente, y sexo sobre sexo, con una mano acariciando
la mata de rojo cabello tras la cabeza de Reena y otra en su vagina, moviéndose
con celeridad y criterio buscando desencadenar el torrente de placer de Reena,
que ya no tardó mucho en llegar. Cuando llegó, Reena gritó
y gritó de placer, revolviéndose víctima del frenesí
mientras Tziqal volvía a concentrarse en un ultimo esfuerzo en la base
del cuello de Reena con una ferocidad casi animal.
Reena respiraba ahora como su la vida le fuera en ello, cosa que después
de lo que acababa de sentir quizá fuera cierto. Afortunadamente para
ella, Tziqal se incorporó sin aparente interés de continuar lo
que había empezada. Ambas estaban en silencio reponiéndose del
esfuerzo, especialmente Reena. Tziqal, evitaba su mirada.
- El aceite ya debe estar en su punto.
Reena miró a la otra hechicera.
- La sustancia con la que te he embadurnado es un antiguo secreto de nuestro
pueblo. Incrementa la sensibilidad de tu piel y extiende el calor y sensaciones
que sientas al resto de cuerpo. Creo que comprenderás a que me refiero
-explicó Tziqal.
Sin añadir más, se incorporó sobre y Reena y juntó
sus manos sobre ella mientras musita para si palabras que Reena no entendió
hasta que poco después sus manos empezaron a emitir un tenue resplandor.
Reena identifico aquello como un hechizo curativo que Tziqal invocaba para reestablecer
a Reena. Ciertamente, si aquel era el mejor hechizo curativo que posea Tziqal,
no cabía duda de que en Ctukal se habían perdido con el paso del
tiempo los hechizos más poderosos, o la confianza de los hechiceros en
su propia habilidad para ejecutarlos.
- La necesitarás -dijo Tziqal mientras se alejaba de Reena aún
en el suelo y atada al oír voces fuera de la choza-. Los guerreros llegarán
aquí dentro de poco para cumplir su tarea. Creo que sabes a que me refiero
-dijo tras dedicar a Reena una última mirada antes de salir de la choza.
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