SLAYERS (V)
Parodia, lésbico. Nuevas aventuras de Reena y Gaudi


Conteniendo una nueva maldición, habida cuento de lo inútil que en aquella situación era tratar de desahogarse dando rienda suelta a su lengua, Reena se secó nuevamente el sudor de su frente. A su espalda, Gaudi se abría paso como podía sufriendo como ella el inclemente ambiente que los rodeaba, mientras Zellgadys cerraba la marcha. El joven mago-guerrero, soportaba mejor que sus compañeros el asfixiante calor y bochorno de la exuberante y aparentemente infinita jungla en la cual se habían internado, gracias curiosamente a su piel pétrea que tanto maldecía.
Los tres compañeros se habían reencontrado en la ciudad portuaria de Taravos después de haberse separado en el cruce de caminos entre Retalion (destino de Reena y Gaudi) y Bratvlasia (destino de Zellgadys). En sus peripecias por separado, los tres compañeros habían disfrutado de diversas peripecias íntimas y en absoluto esperadas que no estaban dispuestos a relevar a los demás (¡Qué leches! Reena se lió con una sacerdotisa y más tarde con Gaudi, mientras que Zellgadys tuvo un apasionado trío con una condesa y su criada). De hecho, cuando Zellgadys se encontró con sus compañeros en Taravos, por muy poco no sorprendió a Reena y Gaudi haciendo el amor. Gracias a que llamó a la puerta de la habitación que ambos ocupaban, la pareja de amantes logró esquivar el peligro de ser descubiertos por Zellgadys. Aunque finalmente Reena y Gaudi habían admitido el uno al otro sus sentimientos de amor, no estaban preparados para admitirlos o mostrarlos ante Zellgadys, Amelia y demás compañeros de aventuras, motivo por el cual mantenían su relación en secreto. Por su parte, debido a lo reservado de su carácter, Zellgadys tampoco tenía la mínima intención de relatar sus aventuras en Bratvlasia.
Así pues, tras reencontrarse pasaron tres días conociendo la bulliciosa ciudad de Taravos hasta que decidieron embarcar como pasajeros en un barco mercante rumbo al norte del continente. Sin embargo, no pudieron llegar a su destino: poco antes de llegar al Cuerno Dentado, una gran península de peligrosas costas erizada de acantilados que separaba el Mar Inferior del gran océano, fueron atacados por una embarcación pirata. Inmediatamente los tres compañeros decidieron enfrentarse a los bandidos de mar, pero con excesivo entusiasmo, de modo que al final de la breve batalla, el buque pirata se hundía partido por la mitad por un ataque mágico de Zellgadys mientras la tripulación del buque mercante intentaba reparar los graves desperfectos sufridos en su nave cuando Reena atacó a los piratas que ya habían abordado la nave mercante con su conocido entusiasmo destructivo.
Después de esto, el capitán tuvo que poner inmediatamente rumbo al puerto más cercano debido a la gravedad de los daños. Este resulto ser una pequeña ciudad situada en una exigua bahía, donde apenas tenían las instalaciones necesarias para las reparaciones que necesitaba el gran buque. De hecho, el capitán estimó que como muy pronto podrían volver a la mar en dos semanas.
Puesto que habían pagado por anticipado el importe de sus pasajes, Reena decidió que se quedarían en la ciudad mientras reparaban el buque, pero al mediodía de su segundo día de estancia no pudo soportar por más tiempo el tedio y la inactividad de aquel lugar, y de acuerdo con Zellgadys, que también encontraba aquel lugar soporífero decidió proseguir sus viajes por tierra hacía la costa septentrional del continente, sin tener así que doblar el Cuerno Dentado. Tras proveerse de un mapa y de las provisiones necesarias, el trío de compañeros se internó tierra adentro.
Su ruta, con rumbo Noreste, les llevaba a cruzar una escarpada cadena montañosa, que atravesaron sin demasiados problemas para cruzar el gran valle que estas montañas rodeaban conjuntamente a una segunda cadena montañosa situada ya cerca de su objetivo. Era en este valle, donde ahora se encontraban, y donde el viaje se tornó en no tan divertido. El valle encerraba una exuberante jungla cruzada por una extensa red de riachuelos y afluentes del gran río que lo cruzaba. Esto, unido a la salvaje y enorme flora y fauna del lugar, hacía que la humedad del ambiente fuere infernal, provocando un inmediato sentimiento de asfixia y sofoco en los compañeros al internarse en la jungla. Al poco de internarse en la jungla, tuvieron que cambiar de indumentaria para combatir el increíble bochorno. Gaudi prácticamente se quedó en calzoncillos: se quitó su armadura, sus pantalones y su camisa, internándose en la jungla únicamente con unos calzones largos. Zellgadys, que no acusaba tanto el bochorno y el calor como sus compañeros, se limitó a desvestirse de cintura para arriba. Reena, por el contrario, tuvo que cambiar completamente de indumentaria: detrás de unos matorrales, se desvistió por completo, quedando únicamente con sus bragas. Con una tira de fina y liviana seda que había comprado en Taravos, improvisó un sujetador para cubrir sus pechos a la mirada de Zellgadys (a Gaudi no tenía nada que ocultar después de sus noches de pasión amorosa y sexual) y cubrió sus piernas con una tela liguera a modo de sarong.
Ya habían pasado tres días desde que se habían internado en la jungla y aún les quedaba camino. Además del bochorno y de la densa vegetación que dificultaba su avance, Reena y Gaudi tenían que soportar el acoso de una nube de insectos que revoloteaban sobre ellos acosándolos sin piedad. Tenían que aplicarse varias veces al día hechizos curativos para curar las innumerables picaduras de los insectos, que traían sin cuidado a Zellgadys, habida cuenta que ninguno de aquellos insectos era capaz de morder su dura piel.
Todo esto, naturalmente, hacía que el humor de Reena estuviese en peligrosa efervescencia.
"¡Maldita sea! ¡Morios de una puta vez, condenados mosquitos! ¡Idos a dar la lata a Zellgadys!" pensó mientras daba un manotazo a uno de ellos. "Por tu culpa, desde que llegaste apenas he podido estar a solas con Gaudi" recriminó mentalmente al mago-guerrero. "¡Las ganas que tengo de que me folle como es debido, tan irresistible como está, así, casi desnudo...¡" Pensó observando con lujuria el sudoroso y musculoso cuerpo de Gaudi. Deseaba como pocas veces en su vida atraer hacía si la rubia cabeza de su amante a sus pechos desnudos para poder sentir su lengua, su aliento, sus caricias, sus manos... Pero con Zellgadys junto a ellos, era imposible. Debido al estar en medio de aquella salvaje e increíble frondura, no podían correr el riesgo de alejarse lo suficiente de Zellgadys para tener un momento de intimidad, y en las noches, tras la agotadora jornada de viaje, lo menos que convenía era dedicarse a placenteros pero más agotadores encuentros nocturnos.
"Maldito calor" maldijo por infinitesima vez. "Ojala pudiera hacer al respecto. Ahora mismo me enterraría desnuda en nieve virgen" Fue nada más pensar en la nieve cuando una idea cruzó su mente. Inmediatamente se aparto del camino que seguían sus compañeros.
- Reena, ¿a dónde vas? -preguntó Zellgadys al percatarse del movimiento de la hechicera.
- No os preocupéis -le respondió-. Voy a hacer ciertas... necesidades. No tardaré demasiado.
- Te esperamos un poco más adelante -contestó Zellgadys abriendo el camino.
Cuando Reena estuvo seguro de que no la podían ver, se deshizo rápidamente de las telas que la cubrían y alzó las manos con las palmas extendidas hacía el cielo.
- ¡AZOTE DE ESCARCHA!
Inmediatamente la energía mágica se concentró en sus manos, de las cuales empezó a surgir con un viento helado copos de nieves y escarcha. Sin perder tiempo, dispuesta a aprovechar cada segundo de duración del hechizo, empezó a acariciar todo su cuerpo con sus gélidas manos. Cuando sintió el contacto del hechizo en su piel, un estremecimiento recorrió todo su cuerpo mientras su piel de erizaba de frío.
- ¡Aaaahhhh...! Dioses, que placer... pero que placer... -murmuró Reena mientras con el hechizo combatía el agobiante ambiente que la rodeaba, por fin con éxito.
Acarició todo su cuerpo: su tórax, su cintura, su cuello, sus pechos... Sintió como sus pezones se endurecían y erguían. Su frente, sus brazos, sus hermosas piernas, su monte de Venus... Dioses, como lo necesitaba. Ahora sus manos bajaron más allá de su monte de Venus, mientras sentía como todo su ser se calentaba nuevamente pero no por la terrible atmósfera que la rodeaba.
- Oh, Gaudi -murmuró mientras aceleraba el ritmo de sus manos dentro de sus bragas-, ojala pudieras estar aquí ahora conmigo, sin Zellgadys...
El mágico instante de placer se rompió de repente. Sin saber como, una sensación de alarma la asaltó. Rápidamente miró al su alrededor con todos sus sentidos alertas. A su alrededor no percibió ninguna amenaza, pero sentía que algo había cambiado. Le pareció que el ruido de la selva, que les había acompañado desde el inicio de su periplo, había cambiado, se había silenciado, pero por más que intentaba concretar ese cambio o silenciamiento, no podía. Era como si por un segundo todo se hubiera detenido a su alrededor para posteriormente volver a la normalidad, pero tan rápido que ni siquiera podía estar segura de que algo hubiera sucedido realmente.
"Será mejor que me deje de tonterías. No debería de perder más tiempo del necesario si no quiero perder a Gaudi y Zellgadys" se dijo mientras se volvía a vestir lo más rápido posible y volvía a la senda que habían abierto sus compañeros. Al poco de abandonar el lugar donde se había refrescado, unos arbustos se movieron y una figura abandonó el lugar rápidamente, portadora de muy importantes noticias.

Finalmente la noche llegaba nuevamente y los tres compañeros preparaban la cena.
- ¿Otra vez carne picada y mendrugo de pan? -se quejó Reena a Zellgadys-. ¡Yo no soy ningún animal de carga para que me alimentes con las sobras de comida intragables!
- ¿Intragables? -preguntó Zellgadys-. Reena, es carne y pan, ¡no boñigas de cerdo!
- ¡Las boñigas de cerdo al menos no están tan duras como este pan! ¿Cuándo lo compraste, antes de la Guerra de Sabran´ y Gudu?
- ¿Crees que es culpa mía que las demás provisiones se perdieran por culpa de ese alud en las montañas? -replicó Zellgadys.
- No, pero por tu culpa no podemos comer frutas de la selva.
- Sé razonable, Reena. Son completamente desconocidas para nosotros, podrían sentarnos mal, en el mejor de los casos.
"¡GRRROOOOOOOOOOAAAAAAAAAAAAGGGGGGH!" Reena y Zellgadys se volvieron hacía Gaudi, que los miraba lastimosamente mientras intentaba acallar a su rugiente estómago.
- ¿Os vais a poner de acuerdo de una vez? -preguntó el guerrero-. Mi estómago no va a poder aguantar mucho más sin algo que comer.
- Está bien -se rindió Zellgadys-. Yo tampoco soy capaz de tragar este pan así sin nada más. Gaudi, ¿recuerdas donde viste a aquel animal comiendo frutas en una árbol? Probablemente esa fruta no sea peligrosa. Si recuerdas donde lo viste, podemos ir a buscar unas pocas.
- Creo que sí. Era en un pequeño claro en el que había una roca cubierta de líquenes de un riachuelo, como a media hora de aquí.
- Bien, en tal caso vamos hacía allá. Reena, tu te quedas aquí esperándonos y preparando el fuego, ¿de acuerdo?
- Por mi de acuerdo -aceptó Reena. Estaba cansada de la jornada de marcha y lo mejor, al quedarse sola podría refrescarse nuevamente con el hechizo de Azote de Escarcha.
De este modo, Gaudi y Zellgadys abandonaron en la creciente oscuridad el campamento de vuelta sobre sus pasos hacía donde Gaudi había visto al animal. Cuando Reena se aseguró que ambos no la podían ver, volvió a desvestirse e invocó nuevamente el hechizo. Rápidamente se dejó embargar por el alivio y placer que su frío masaje le proporcionaba después de aquel duro día de marcha. Como deseaba abandonar de una vez esa maldita selva. Con un poco de suerte en dos o tres días abandonarían aquel maldito lugar. Reena sonrió al pensar que con un poco más de suerte, quizá ella y Gaudi podrían escapar un momento de la compañía de Zellgadys, lo suficiente como para poder disfrutar de su compañía breve pero muy intensamente como aquel primer día a bordo del barco. Gaudi había encontrado un rincón en la bodega donde tenían la suficiente privacidad. Recordó las prisas con las cuales ambos se habían desnudado, sin cesar de besarse y acariciarse frenéticamente. Cuanto más se besaban, más ansiedad, más hambre de sexo sentían, de modo que ambos no tardaron en exhibir sus desnudos cuerpos ante su amado. Por un momento, ambos hicieron una pausa para contemplarse mutuamente: Reena observaba el gran y hermoso cuerpo de Gaudi, su amplio y musculoso pecho, sus poderosos brazos, su magnífico pene, preparado para la inminente batalla que se avecinaba, mientras que Gaudi contemplaba la esbelta figura de Reena, su hermosa piel desnuda, sus pechos pequeños que hermosos, sus bonitas piernas, su hermosa melena pelirroja... Finalmente, las miradas de ambas convergieron en sus rostros, en sus miradas. Aquel acto de intimidad compartida duró más que su mutua contemplación, incrementando aún más el deseo de ambos hasta que finalmente dieron rienda suelta a este con un prolongado y apasionado beso, mientras se acariciaban mutuamente con frenesí. A diferencia de las anteriores ocasiones, en que habían hecho el amor de manera suave pero apasionada, la forzosa abstinencia a la cual la presencia de Zellgadys parecía haberles condenado había hecho que su deseo se incrementara. Reena no había tardado en tragarse el formidable miembro viril de Gaudi para chuparlo y mamarlo con un ritmo que casi hizo acabar en dos ocasiones a Gaudi antes de que este la sentara sobre él para penetrarla. Apenas se introdujo su pene en la vagina de Reena, empezó a empujar como si estuviera a punto de acabar, haciendo enloquecer de placer rápidamente a Reena. Esta, de hecho, rápidamente tuvo su primer orgasmo, que la hizo gritar de puro placer. Sin pausa para Reena, Gaudi aceleró aún más el ritmo, no tardando demasiado en proporcionarle a Reena otro orgasmo, tan increíble como el primero. Llevado por la impaciencia, Gaudi tumbó en el suelo, donde continuaron, con un nuevo orgasmo para Reena hasta que Zellgadys no pudo aguantar más, y rugiendo de placer, sacó su polla de la vagina de Reena en el momento justo en que esta explotaba y derramó mediante poderosos chorros su carga de leche, bañando a Reena desde su ombligo a sus pechos y finalmente hasta su cara y su boca, en la cual Reena saboreó todo el preciado liquido de la polla de Gaudi sin desperdiciar una sola gota. Había sido un encuentro breve, debido al desgaste físico que les impuso su ansiedad por dar rienda suelta a sus deseos, pero quizá por ese mismo motivo, había sido uno de los mejores polvos que habían tenido hasta entonces. El resto del tiempo lo pasaron juntos, abrazados el uno al otro acariciándose con cariño. Desgraciadamente, no habían podido repetir aquel encuentro, puesto que al día siguiente se encontraron con que uno de los marineros había hecho de aquel espacio entre las cajas y sacos de mercancías su camarote.
"También pudo haberse alojado en el fondo del mar" pensó enojada Reena al rememorar el momento en que ella y Gaudi se introdujeron a trompicones en aquel rincón besándose y desnudándose ya apasionadamente y se encontraron de cara con un gordo marinero desdentado limpiándose las ladillas.
- ¡Manda huevos! -exclamó el sorprendido marinero-. ¿Venís para invitarme a vuestra fiesta privada?
Ningún miembro de la tripulación se explicó como aquel marinero pudo tropezar en la bodega de modo que rompiera el casco del barco y su cara ahora más desdentada asomara al mar. Cuando lo sacaron de aquel improvisado cepo, no quiso dar ninguna explicación salvo esa, puesto que las amenazas de Reena cuando se enfada no son para tomar en vano por muy física o anatómicamente imposibles que puedan parecer.
Pero ahora eso no importaba. Por fin tenía tiempo para atender a sus necesidades con tiempo, y a falta de la compañía de Gaudi, tendría que arreglárselas ella solita. Sus manos bajaron a su entrepierna y poco a poco empezaron a moverse abriendo su vagina, acariciando su interior, el botón de su clítoris mientras se dejaba caer sobre el suelo cuando poco a poco el placer fue inundando su ser. Dioses, que bueno, tras tanto tiempo. Entusiasmada, empezó a acelerar más el ritmo y poco a poco su cuerpo se estremecía cada vez más intensamente, revolviéndose en el sulo cubierto de hierba y acercándola al orgasmo que no sentía hacía tanto tiempo y que tanto necesitaba. Cada parte de su ser reaccionaba a su excitación aportando más placer, como en una reacción en cadena que llegó a su punto álgido cuando finalmente llegó el orgasmo que tanto buscaba.
- ¡¡Aaaaaaaaaaaahhhhhaaaaaaaaaaaaaaaahhhhh!! ¡¡Aaaaaaaaaaaaahhhhhh!! ¡¡Si señor!!
Saciada, se dejó estirar perezosamente en el suelo.
- ¡Huuuumm! Esto sienta de maravilla...
De repente, oyó cerca un ruido, una rama rompiéndose.
- ¡Maldición! -exclamó Reena-. ¿Ya vuelven tan pronto?
La hechicera se lanzó rápidamente hacía donde había dejado sus ropas, pero se detuvo de golpe cuando las alcanzó.
Aquel ruido procedía de la dirección contraria en la cual habían partido sus compañeros.
Ahora alerta, se percibió que la jungla a su alrededor estaba demasiado silenciosa.
Alguien la espiaba, y en ese preciso momento se preparaba para atacarla.
- ¡¡BOLA DE FUEGO!! -sin preocuparse de su desnudez, sino más bien dispuesta a castigar a quien la había espiado, Reena invocó el hechizo dispuesta a dar ella el primer golpe, pero cuando la bola de fuego surgió en sus manos, se dio cuenta de su error.
- Oh, mierda.
En aquella exuberante selva, lanzar su ataque podría causar fácilmente un incendio incontrolable que pusiera en peligro a todos los que se hallaban en ella, de modo que rápidamente corrigió la dirección de su ataque hacía el cielo, cuidando de que no rozara las copas de los árboles que rodeaban el claro, para que estallase en el cielo sin causar daño.
Su exhibición de magia provocó un autentico revuelo de gritos de asombro y terror a su alrededor, lo cual dio a Reena una idea de lo numerosos que eran sus atacantes. Más enfadada al saber cuanta gente la había espiado mientras se masturbaba, repasó su repertorio de hechizos en busca del más adecuado para esa situación.
- ¡Vais a saber lo que pasa cuando me enfadáis! -exclamó Reena cuando decidió el hechizo a utilizar. Rápidamente se preparó para invocarlo... y bostezó-. ¡Oooouuuaaaaaahh! ¿Qué... qué me pasa?
Luchando contra el sueño que súbitamente la invadía, se llevó su mano a su espalda.
- ¿De... de dónde ha salido esto? -preguntó observando el pequeño y afilado dardo que tenía clavado en la espalda. Antes de que pudiera reaccionar, Reena cayó al suelo, profundamente dormida.

"Oh, mi cabeza, como me duele" pensó Reena al despertar. Intentó llevarse las manos a la cabeza, pero no pudo. "¿Qué...?" Nuevamente intentó moverse, pero no podía. Tenía sus manos atadas a la espalda.
- ¡¿Qué demonios...?! -exclamó Reena. Entonces recordó lo que había sucedido al anochecer- ¡Maldición, me han capturado!
Desesperada, Reena se revolvió. Estaba desnuda, no solamente atada de manos sino también de pies, en el centro de lo que parecía ser una espaciosa choza llena hasta el techo de numerosísimos objetos de lo más variopinto: máscaras, huesos de animales, recipientes llenos de vaya usted a saber que, hierbas... iluminadas por varias antorchas, puesto que aún era de noche. Así mismo, se dio cuenta de que alguien le había colocado una incomoda diadema de piedra en la cabeza, de la colgaban marchitos flecos de plumas.
- No. Únicamente te hemos recogido y te hemos traído a nuestro pueblo, hechicera de los rojos cabellos.
Reena se volvió. A su espalda había una menuda pero esbelta joven de aproximadamente su edad, que vestía de manera parecida a Reena cuando se interno en la jungla, pero sin sostén. En su cuello y brazos portaba numerosos colgantes y brazaletes, tanto de metales preciosos como de plumas o pieles de serpientes, en tal cantidad que cubrían sus antebrazos y casi escamoteaban sus pechos a su visión. Tenía una piel brillante y morena, que resaltaban el resplandeciente cristalino azul de sus ojos, a pesar de la larga mata de cabello azulado que caía sobre ellos y su espalda hasta llegar a sus piernas.
- ¡Ja! ¿Y cual es la diferencia? -replicó Reena- ¡Me habéis acechado en medio de la noche para caer sobre a traición y llevarme a vuestro pueblucho de ...!
- Si lo prefieres expresar así, eres libre de hacerlo. Pero la realidad es que te hemos traído hasta el Corazón de Ctuchaltz para honrarte -respondió la otra joven ante el asombro de Reena-. Y yo, Tziqal, última descendiente de Mínfalas y hechicera de los ctukals, la primera.
- ¿Honrarme? ¡Pues vaya una forma más rara de honrarme que tenéis! Para empezar, ¿qué tal si me desatas y me dejas libre? -propuso Reena con una sonrisa-. Con un poco de suerte no te atacaré con mis más potentes hechizos.
- Lo siento, pero no es posible.
- ¡¡Serás...!! ¡Maldita loca! -respondió Reena luchando por liberarse de las firmes ataduras que la aprisionaban-. ¿Entonces cómo me vais a honrar? ¿Metiéndome en algún calabozo? ¡Respóndeme, pedazo de...!
- Serás la madre de nuestros hechiceros.
- ¡...!
- Y por ello serás honrada como merece aquella que devuelve al pueblo ctukal su poder en la hechicería.
- Perdóname...
- ¿Si?
- Aún debo de estar bajo los efectos de esa droga que usasteis para capturarme...
- ¿Por qué lo dices? ¿Te sientes mal? -preguntó solicita la hechicera, agachándose a su lado.
- No, pero creo que se me va la cabeza un poco, que deliro...
- ¿Delirar? -preguntó preocupada.
- Si, porque me pareció escuchar...
- ¿Qué?
- Qué yo sería la madre de vuestros hechiceros.
- ¡Ah, eso! -respondió aliviada Tziqal-. ¡No te preocupes, vaya una tontería!
- Uf, que alivio.
- En realidad no deliras, ese es el motivo exacto por el que te trajimos aquí.
- ¡¡¡¿¿¿¿QUEEEEEEEEEEEEEEEEEEE????!!!
- En un tiempo lejano, hace miles de lunas, el nuestro era un poderoso pueblo que contaba con grandes guerreros y, lo que era más valioso, grandes hechiceros. Pero un día, sin previó aviso, los Espíritus Resentidos, o el dios Rogat, enfadado por una ofensa de nuestro pueblo, robó a nuestros hechiceros la facultad de hacer magia. Los hechiceros vieron limitados su poder a hechizos de escaso poder, y el caos cayó sobre el pueblo de ctukal. Sin embargo, el dios Rogat nos dijo que un día la antigua y poderosa magia volvería un día, y que deberíamos de estar atentos al momento.
Reena escuchaba la historia de Tziqal sin poder reaccionar. Lo que le relataba Tziqal era sin duda los efectos de la Guerra de Sabran´y Gudu entre dioses y demonios, que había concentrado toda la energía mágica del mundo en la reducida esfera del continente del cual procedía Reena.
- Durante muchas generaciones -prosiguió Tziqal-, los herederos de aquellos hechiceros que perdieron la Gran Magia esperaron la señal que profetizó el dios Rogat, y finalmente, hoy por la mañana, un cazador te divisó en la jungla, invocando con tus poderes el frío eterno de las montañas. Él acudió a avisarnos, y cuando rodeamos tu campamento, nos mostraste tu poder mágico sobre el fuego. No cabe duda de que la Gran Magia habita en ti, y que tus hijos la heredarán, como en su momento heredamos todos los descendientes de la estirpe de Mínfalas, primer hechicero de Ctukal heredaron su magia hasta que nos fue arrebatada. A través de ti, Rogat nos concede de nuevo el uso de la Gran Magia.
- Tziqal -dijo Reena con el temor de quién ya conoce de antemano la respuesta-, ¿cómo piensas hacer que yo sea la madre de vuestros nuevos hechiceros?
- Sencillo: de hoy en adelante, los guerreros te visitaran para follarte hasta que concibas. Tus hijos, conforme vayan naciendo, serán instruidos para su destino como hechiceros del pueblo de Ctukal.
- ¡Estás loca! -exclamó Reena-. ¡Yo no soy ninguna enviada de tu dios Rogat, ni la puta particular del pueblo de Ctukal, ni una coneja para parir hijos ni estoy destinada a devolveros la magia! ¡La magia vuelve a circular por todo el mundo desde la muerte de Fibrizzo!
- ¿En serio? -preguntó Tziqal mientras recogía un cuenco de un rincón de la choza-. ¿Entonces por qué yo, Tzical, descendiente de Mínfalas, y por tanto portadora de la Magia, no puedo realizar tus poderosos conjuros? ¿Por qué desde los tiempos de la desaparición de la magia mis antepasados hechiceros no fueron capaces más que de invocar y usar magias menores?
- ¡Qué se yo! ¡Supongo que después de tanto tiempo sin usar la magia más poderosa, habéis olvidado como realizar los hechizos más poderosos! -respondió Reena perdiendo ya la paciencia-. ¡Suéltame de inmediato o te reduciré a cenizas a ti y a tu Ctukal a pesar de estar atada.
- Lo dudo -respondió sonriente Tziqal-. Esa diadema de piedra que vistes es una antigua reliquia anterior a la desaparición de la Gran Magia. Tiene el poder de inhibir la capacidad de concentración de quién la posea, impidiéndole conjurar cualquier hechizo, además de limitar su fuerza física y destreza.
Desesperada, Reena comprobó que la hermosa y salvaje hechicera no mentía. Al intentar decidir que hechizo podría utilizar, sintió que algo le impedía concentrarse, sumiendo su mente en una neblina que no podía traspasar. Mientras, Tziqal se inclinó sobre ella y empezó a embadurnarla por la espalda después de recoger la larga melena de Reena a un lado, con una sustancia aceitosa contenida en el cuenco que había recogido antes.
- ¿Qué me haces? -preguntó Reena.
- Prepararte para la ceremonia.
Viendo que no tenía ninguna opción de escapar, Reena se dejó hacer por Tziqal, mientras intentaba hallar algún modo de escapar al destino que le reservaban. Por ello, cuando Tziqal le dio la vuelta para embadurnarla con aquel aceite por delante, apenas prestó atención cuando las manos de Tziqal embadurnaron sus pechos, deteniéndose más tiempo del necesario. De hecho, esta se recreó satisfecha en los pechos de Reena: pequeños pero bien formados y firmes, muy bonitos, con pezones discretos pero bien proporcionados y con encanto. Las manos de la joven de brillante y morena piel bajaron lentamente hasta el vientre de Reena y después al Monte de Venus, donde se volvió a detener más de la cuenta, provocando que los pezones de Reena se endurecieran y irguieran inconscientemente. De ahí paso a embadurnar las piernas de la hechicera pelirroja de manera muy sensual, despertando a Reena de su estado de concentración al sentir la placentera sensación que empezaba a recorrer su cuerpo. Finalmente, Tziqal desató parte de las cuerdas que inmovilizaban las piernas de Reena para abrir sus piernas y llevar sus manos a la entrada de su vagina.
- Tziqal, ¿qué me haces? -volvió a preguntar Reena-. ¿Qué es ese aceite?
- Algo -respondió Tziqal con un tono de voz un poco apagado (¿remordimiento, culpa? ¿Ella?)- que espero haga más llevadera tu carga. Ahora verás.
Tziqal terminó de extender aquella sustancia por el cuerpo de Reena pero no alejó sus manos de la vagina de Reena. De hecho, siguió masajeándola acercando sus manos cada vez más a la entrada de la vagina y abriéndola poco a poco con un dedo que pasaba acariciando entre sus labios.
- ¡Tziqal! -exclamó Reena- ¡¿Pero... qué me haces?!
Poco a poco una deliciosa sensación de placer y calor recorría su cuerpo, pero no solo ahí donde la indígena propiciaba sus caricias, sino por todo su cuerpo, esa sensación se extendía por igual. Reena era incapaz de distinguir donde en su cuerpo era más intensa esa sensación. Cuando Tziqal llevó sus labios a la vagina de Reena, empezando a besar delicadamente y a acariciar con la lengua su vagina ya abierta y el clítoris en su interior, que a esas alturas estaba tan erguido y duro como los pezones de Reena, que parecían querer alcanzar el cielo, esta no podía dar crédito a lo que sentía en todo su cuerpo, que se estremecía en cada rincón con una sensación de placer tan intensa como la que sentía en su vagina, que no era poca cosa.
- ¡Oh, Tziqal! ¡Sigue así, no pares, no pares...!
Tziqal no tenía intención de parar. Sin abandonar la ya muy húmeda vagina de Reena, se deslizó sobre esta besando con intensidad y pasión su vientre, subiendo poco a poco hasta los pechos de Reena, que subían y bajaban al ritmo de su entrecortada respiración. Al llegar allí, empezó a no solamente a besarlos, sino también a acariciarlos, chuparlos; primero uno y después el otro. Después intentaba chupar los pezones y su aureola como si fueran un flan, mientras Reena, atada de pies y manos, no podía hacer otra cosa más que revolverse en el suelo al ritmo de Tziqal víctima de un placer que embargaba cada centímetro de su piel por igual, sin importar que su amante no hubiera posado en él ni un dedo desde que la untó con aquel aceite ceremonial. Deseaba ardientemente liberarse de las cuerdas que la ataban para poder devolver el increíblemente intenso placer que la hechicera de azulada melena le daba, pues sentía que así atada de manos y pies, sin hacer nada por corresponder a Tziqal, terminaría por morir de puro placer.
- Tziqal... suéltame, por favor... liberar al menos mis manos -suplicó Reena casi llorando.
- No puedo -respondió entrecortadamente Tziqal-. Es mi deber, mi obligación con Ctukal.
Para sellar cualquier inicio de conversación entre ambas, Tziqal empezó nuevamente a subir por el cuerpo de Reena con sus labios, deteniéndose especialmente en el cuello, provocando lágrimas de tan intenso que era el placer que sentía Reena. Sus hombros, la base del cuello, detrás de la oreja... En cada parte Tziqal se esmeró en proporcionar a Reena el más intenso de los placeres que había sentido en su vida hasta que finalmente llegó a los labios de Reena. Esta por fin vio llegar la oportunidad de corresponder a su carcelera amante y no la desaprovechó en absoluto. Poniendo todo su ardor y pasión contenida en la tarea, Reena correspondió a los besos de Tziqal con un apasionadísimo beso en el que ambas mujeres enzarzaron sus bocas y sus lenguas ininterrumpidamente por más de dos minutos seguidos, casi tres. Ahora Tziqal no solo estaba sobre Reena boca con boca, sino también pechos desnudos sobre pechos desnudos, respirando acalaroradamente, y sexo sobre sexo, con una mano acariciando la mata de rojo cabello tras la cabeza de Reena y otra en su vagina, moviéndose con celeridad y criterio buscando desencadenar el torrente de placer de Reena, que ya no tardó mucho en llegar. Cuando llegó, Reena gritó y gritó de placer, revolviéndose víctima del frenesí mientras Tziqal volvía a concentrarse en un ultimo esfuerzo en la base del cuello de Reena con una ferocidad casi animal.
Reena respiraba ahora como su la vida le fuera en ello, cosa que después de lo que acababa de sentir quizá fuera cierto. Afortunadamente para ella, Tziqal se incorporó sin aparente interés de continuar lo que había empezada. Ambas estaban en silencio reponiéndose del esfuerzo, especialmente Reena. Tziqal, evitaba su mirada.
- El aceite ya debe estar en su punto.
Reena miró a la otra hechicera.
- La sustancia con la que te he embadurnado es un antiguo secreto de nuestro pueblo. Incrementa la sensibilidad de tu piel y extiende el calor y sensaciones que sientas al resto de cuerpo. Creo que comprenderás a que me refiero -explicó Tziqal.
Sin añadir más, se incorporó sobre y Reena y juntó sus manos sobre ella mientras musita para si palabras que Reena no entendió hasta que poco después sus manos empezaron a emitir un tenue resplandor. Reena identifico aquello como un hechizo curativo que Tziqal invocaba para reestablecer a Reena. Ciertamente, si aquel era el mejor hechizo curativo que posea Tziqal, no cabía duda de que en Ctukal se habían perdido con el paso del tiempo los hechizos más poderosos, o la confianza de los hechiceros en su propia habilidad para ejecutarlos.
- La necesitarás -dijo Tziqal mientras se alejaba de Reena aún en el suelo y atada al oír voces fuera de la choza-. Los guerreros llegarán aquí dentro de poco para cumplir su tarea. Creo que sabes a que me refiero -dijo tras dedicar a Reena una última mirada antes de salir de la choza.

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