Continuación del relato erótico
" Slayers (III)" publicado en "El Rincón de Marqueze.net"
el día 16 de Noviembre de 2001.
Frustrado, Zellgadys contuvo una maldición y apartó el fajo de
antiguos pergaminos que había esparcidos sobre la mesa.
Estaba en una de las salas de la Gran Biblioteca de Orasitan, en la ciudad de
Bratvlasia, a la cual había llegado dos días después de
separarse de Reena y Gaudi cuando estos se mostraron inamovibles en su propósito
de visitar Retalion, otra ciudad del desconocido Mundo Exterior. Había
llegado a Orasitan para reiniciar su búsqueda de ejemplares de la Biblia
Claire, la gran enciclopedia en la cual estaba escrita todo el conocimiento
de la magia del Universo en busca de la cura para la maldición que había
lanzado contra él su antiguo tutor, Rezzo el Monje Rojo. Dicha maldición
había transformado el cuerpo del joven mago-guerrero volviéndolo
duro como la piedra, y desde aquel día no había cejado en su empeño
de recuperar su aspecto humano. Cuando llegó a Bratvlasia, se hospedó
en el monasterio de la orden religiosa que albergaba el edificio de la Gran
Biblioteca y solicitó permiso a los religiosos para examinar la Biblioteca
en búsqueda de alguna posible referencia a los textos de la Biblia Claire
con la cual reiniciar su búsqueda tras las ultimas aventuras corridas
con sus compañeros contra Estrella Oscura. Gracias a sus conocimientos
sobre bibliotecologia y libros extraños y curiosos fruto de sus años
de búsqueda, logro que la reticencia de los monjes se disipara y le concedieron
el permiso, de lo cual Zellgadys se alegró: si tenía que investigar,
prefería hacerlo a la luz del día con plena libertad que de noche
y procurando no ser descubierto al infiltrarse a escondidas en la biblioteca.
Su alegría fue mayor cuando al empezar su investigación al día
siguiente, uno de los monjes, llamado, le indicó una serie de tomos escritos
hace siglos por Saval, uno de los monjes fundadores de la biblioteca dedicados
exclusivamente a la Biblia Claire, y mayor fue su alegría cuando entre
estos libros encontró una traducción literal de la Biblia Claire
en cuyo índice figuraba "Las magia mutante: transformaciones y cambios
fisiológicos". Viendo la cura a su mal al alcance de la mano, empezó
a devorar el libro en busca del apartado que le interesaba, pero cuando acabo
de ojear el primer libro y buscó el segundo, rugió de rabia y
frustración: la colección de Saval estaba incompleta, faltaban
varios libros. Desesperado, examinó cada uno de los libros de Saval que
tenía y pergaminos sueltos que había entre ellos, pero su búsqueda
fue en vano: el libro que buscaba no estaba en la biblioteca.
- ¿No ha encontrado lo que buscaba? -preguntó un anciano monje
que estaba también en la biblioteca trabajando en la copia de unos pergaminos
demasiado desgastados.
- No -respondió Zellgadys-. Por favor, ¿podría decirme
donde está el segundo volumen de las Transcripciones de Saval? ¿Están
guardadas en otra sala de la biblioteca? -preguntó tratando de no perder
la esperanza.
- Las Transcripciones de Saval... -murmuró el anciano mientras se levantaba
y se dirigió a una ventana en busca del calor del sol. Gaudi lo siguió
respetuosamente-. Lo siento, pero no. Hace varios siglos que esos volúmenes
que faltan fueron robados. No los tenemos, esos son los únicos volúmenes
que conservamos.
Zellgadys rechinó los dientes. Había estado tan cerca...
- Vaya... -murmuró el venerable monje mientras miraba a traves de la
ventana al patio-. También es casualidad.
- ¿El qué? -preguntó Zellgadys ausente.
-¿Ves a aquel hombre bajo y grueso junto la puerta de la sacristía?
El que está con una joven de dorados cabellos.
Zellgadys observó. Localizó inmediatamente al hombre al cual el
monje se refería entre la multitud de gente que salía de una capilla
tras un oficio religioso. Más que bajo y grueso, era un hombre achaparrado
y mayor, entre cincuenta y cincuenta y cinco años, casi calvo que vestía
con riqueza. A su lado, había una joven que no llegaba a los veinticinco
años de dorada y peinada melena dorada que también vestía
con lujo. A su espalda había otra joven, quizá algo mayor que
la primera, de corto cabello castaño oscuro y con ropas más humildes,
propias de una dama de compañía.
- Se llama Truhasell, y es uno de los más influyentes hombres de negocios
y comerciantes del reino. La joven de cabello dorado a su lado es su esposa,
perteneciente a una de las más nobles familias de Bratvlasia -explicó
el monje.
- Aha -fue todo cuanto dijo Zellgadys. Un mercachifle rico y poderoso que se
concertaba un matrimonio de conveniencia con una familia noble ansiosa de dinero
para tener un vinculo de nobleza y un lindo florero que exhibir ante los demás
comerciantes y habitantes de la ciudad, si bien Zellgadys debía admitir
que se trataba de un "florero" realmente hermoso: la hermosa melena
dorada de la joven enmarcaban unos rasgos hermosos y delicados entre los que
destacaban una nariz recta y fina, labios dulces y sensuales, mirada inocente
y un lujoso y carísimo vestido y repertorio de joyas que sin embargo
no era ostentoso como el de buena parte de las demás damas que había
en el patio. ¿Pero eso a que puñetas venia? Ellos estaban hablando
de libros.
- Pues bien, si la memoria no me falla, él tiene ese volumen que buscas.
- ¡¿Cómo dice?!
- Hace tres años, cuando se casó con lady Mistrata, mandó
llamar a un monje de la hermandad para que tasara y catalogara varios libros
que formaban parte de la dote de la novia. Yo fui el encargado y descubrí
que entre ellos estaba una edición tercera del segundo volumen de las
Transcripciones de Saval (en la biblioteca tenemos la edición original).
Un hallazgo increíble, recuerdo incluso que tenía una grave errata
en uno de sus apartados, lo cual a efectos de bibliografía y coleccionismo
aumente incluso su valor e interés -Zellgadys atendía a cada palabra
del monje con renacidas esperanzas-. Al descubrir la importancia del hallazgo,
la hermandad decidió comprar el volumen para la biblioteca. Sin embargo,
Truhasell se negó en redondo a vendérnoslo a precio razonable
y tuvimos que desistir. Tampoco nos dio permiso para copiar el contenido del
libro: o lo comprábamos o nunca más lo veríamos.
- Muy interesante -respondió Zellgadys-. Sin embargo, yo si conseguiré
echarle el ojo a ese libro, no lo quepa duda.
- Sin intención de entrometerme en cuestiones privadas; duda que tenga
el dinero o la persuasión suficiente para conseguir que Truhasell le
permita ver el libro.
Encaminándose hacía la salida, Zellgadys sonrió ante la
ingenuidad del monje. El dinero probablemente no lo tenía, pero la capacidad
de persuasión estaba seguro de poseerla, pues a fin de cuentas su magia
era muy "persuasiva", y también tenía la habilidad suficiente
para robarle el volumen sin que el avaro mercader se enterara de nada. De todos
modos, decidió primero intentarlo por la vía diplomática
y legal.
Ya en el patio, busco a Truhasell. Lo encontró a la salido del recinto
de monasterio despidiéndose de otro mercader. Su mujer y la dama de compañía
acababan de subir a un lujoso carruaje cerrado cuando Zellgadys abordó
al mercader. Este lo miró con una cara de asombro ante el extraordinario
aspecto de la piel de Zellgadys, pero cuando este le dijo que deseaba hablar
con él de negocios, se recompuso y su mirada se volvió interesada.
- Estoy en Bratvlasia indagando en busca de la información contenida
en ciertos volúmenes antiguos, razón por la cual la hermandad
accedió muy amablemente a permitirme examinar la biblioteca. También
me han indicado que posee usted un libro que puede contener datos interesantes
en mi investigación. Por ello me gustaría solicitarle permiso
para examinar dicho libro.
"¡La de vueltas que hay que dar para pedir a mercader ricachón
que te deje un libro!" pensó Zellgadys al terminar "¡Y
probablemente solo sea el principio!"
- Si no me equivoco -respondió Truhasell-, se refiere usted al volumen
segundo de... de... las Transcripciones de Saval. Estaré encantado de
proporcionárselo en un intercambio justo.
"O sea, que no piensa cambiar de postura en cuanto a venderlo y no prestarlo"
- Le agradezco su amabilidad -respondió Zellgadys-. Estoy seguro que
será ciertamente un intercambio justo.
Zellgadys levantó la mirada. La dama de compañía había
bajado del carruaje para comprobar por que se retrasaba tanto Truhasell, y cuando
vio a Zellgadys se estremeció. Este suspiró: estaba acostumbrado
a que su aspecto provocará tales reacciones en la gente, pero no por
ello dejaba de ser hasta cierto punto doloroso. La joven físicamente
le recordaba a Reena, en la figura y altura, pero ahí acababan los parecidos.
No solo tenía una recortada medía melena castaña oscura,
sino que también en cada uno de sus gestos, en sus grandes ojos azules
y su hermosa sonrisa se apreciaba una buena voluntad y buen carácter
que en opinión de Zellgadys, no encajaba en la imagen de la hechicera.
Al percibir la presencia de la dama de compañía, Truhasell decidió
dejarse de rodeos y no hacer esperar más a las mujeres.
- Estaré encantado de proporcionarle el volumen por un precio justo -dijo
mientras le pasaba a Zellgadys una nota con el precio.
Zellgadys dio la vuelta a la nota y los ojos se le abrieron como platos, quedándose
sin habla.
- Es... es una cantidad... ligeramente considerable -dijo al fin tras varios
intentos por recuperar el habla. "¡Será posible! ¿Pero
que tiene el dichoso libro para tener este precio? ¿Incluye la biblioteca
de la casa y veinte habitaciones de lujo con jardín y servidumbre incluida?"
- Bien, si le interesa, le ruego contacte conmigo en mi hogar antes de mediodía
-le dijo el mercader-. A esa hora he de partir inexcusablemente en viaje de
negocios al norte y no volveré en al menos un mes.
"¡Estupendo!" pensó Zellgadys "Podré robarlo
esta misma noche y cuando te des cuenta, medio mundo nos separará".
- Me lo pensaré -respondió-, pero creo que este precio está
hoy por hoy, muy encima de mis posibilidades. De todos modos -aquí Zellgadys
se permitió un atisbo de sarcasmo-, aprecio su voluntad de ayudarme.
Truhasell no pareció darse cuenta, pero si la dama de compañía,
quién a pesar de estar intimidada por el aspecto de Zellgadys, a este
le pareció que se sonreía, si bien desvió prontamente la
mirada cuando se dio cuenta de que Zellgadys la observaba.
Cuando el coche de Truhasell abandonó la abadía, Zellgadys procedió
a seguirlo discretamente en la distancia sin demasiados problemas, pues el cochero
no parecía tener prisa y la marcha apenas pasaba de un trote ligero.
Finalmente entraron en una lujosa casa rodeada de un cuidado jardín en
uno de los mejores barrios de la ciudad. Tras memorizar la situación
de la casa y tras un breve vistazo a la misma, Zellgadys se marcho de paseo
por la ciudad.
A mediodía estaba en la puerta principal de la ciudad, sentado junto
la ventana en una taberna desde la cual veía a todos los que pasaban
para entrar y salir de la misma. Llevaba esperando casi una hora cuando finalmente
vio a Truhasell, al frente de una nutrida caravana fuertemente escoltada abandonar
la ciudad. Cuando el ultimo de los miembros de la misma salió de la ciudad,
Zellgadys pagó su consumición y volvió al monasterio.
Ese mismo día, cuando caía la noche sobre la ciudad, Zellgadys
abandonó el monasterio y bajó hacia la ciudad. Aunque intentaba
estar completamente sereno, no podía evitar la excitación que
le provocaba el pensar que quizá para mañana mismo podía
recuperar su aspecto original, y esto hacía que le costase moderar su
paso para no llamar la atención de los demás transeúntes
nocturnos de la ciudad.
La noche ya cubría por completa la ciudad cuando Zellgadys llegó
a la casa de Truhasell. Mirando a ambos lados de calle para descubrir si había
alguien a la vista, invocó un hechizo de levitación y amparado
en la oscuridad cruzó velozmente la verja cuando constató que
en la calle no había nadie. Oculto entre los árboles del jardín,
esperó a que la ultima de las luces de la casa se apagase y aún
esperó media hora más antes de acercarse al edificio, para dar
tiempo a los últimos criados a acabar sus rondas nocturnas por la casa
antes de acostarse. Finalmente abandonó el refugió del jardín
y se acercó al edificio. Iba a examinar las ventanas para juzgar por
cual sería mejor entrar cuando un ruido a su derecha lo alertó.
Conteniendo el aliento, se encogió y observó entre los setos.
Allí había la figura de un hombre, enfundado en una capa oscura
y al igual que Zellgadys, escondiéndose entre los arbustos. "¿Otro
ladrón?" se dijo Zellgadys.
- ¡Eh, tu, quienquiera que seas! -exclamó la figura oscura dirigiéndose
a Zellgadys, quien resopló: había sido muy optimista al pensar
que todo saldría rodado y sin problemas; sin haber entrado siquiera en
la casa se encontraba con otro ladrón que para empeorar la situación
no parecía tener el menor sentido del silencio y discreción propio
de allanador de mansiones-. ¡No sé quien te ha invitado a esta
casa, pero esta noche su botín es mío y no tengo intención
de compartirlo! ¡Si quieres conseguir un buen botín vete a...!
El hombre no pudo terminar su frase, pues cuando se acercó amenazadoramente
a Zellgadys este lo golpeó rápidamente con su puño e invocó
inmediatamente un hechizo de sueño para el intruso. Cuidando de que no
hiciera ruido al caer para no alertar más a los habitantes de la casa,
lo escondió rápidamente entre un rosal y un seto recortado. Afortunadamente,
la casa seguía en silencio absoluto, y Zellgadys procedió rápidamente
a examinar las ventanas. Tuvo suerte y observó en el primer piso una
ventana al parecer entreabierta. Tras subir con la levitación, entró
en la habitación, al parecer un cuarto de invitados vacío, temeroso
de que fuese una trampa, pero nada pasó; dentro de la casa todo estaba
a oscuras y no se oía ningún ruido, por lo que su confianza aumentó.
Dispuesto a no perder tiempo, Zellgadys se dispuso a buscar la biblioteca de
la casa, donde probablemente encontraría el libro de Saval. La biblioteca
probablemente se encontraría en la planta baja, pero tampoco era desechable
la idea de que estuviese en aquella planta, por lo que se decidió a comprobar
todas las habitaciones.
A pesar de la oscuridad, Zellgadys percibió que la casa era realmente
lujosa. Se veía que a Truhasell los negocios le iban bien. "Con
lo que pide por un simple libro no me extraña" se dijo Zellgadys.
Tras examinar tres habitaciones, se encaminó a otra puerta, pero se detuvo
antes de tocar siquiera la manecilla. Algo le decía que esa habitación
no era como las anteriores. Miró el suelo; ningún rastro de luz
se filtraba por debajo de la puerta. Aplicó suavemente el oído
a ella; dentro solo oía el sonido del silencio. Percibió, sin
embargo, un misterioso olor proveniente de dentro, casi un aroma que acariciaba
sus sentidos. Finalmente, desestimando sus temores, se decidió a entrar.
Una vez dentro, cerró con cuidado la puerta a sus espaldas.
- Bienvenido, querido.
Zellgadys se sobresaltó. De repente surgió una luz que iluminó
en una vela. Bañada en la tenue luz, Zellgadys distinguió la figura
de Mistrata Truhasell vestida con una lujosa bata.
"¡Maldición, me han descubierto!" pensó Zellgadys.
Sin embargo, en la habitación no aparecieron guardias armados presto
a atacarlo ni se activaron trampas. Él y Mistrata, que seguía
encendiendo velas, eran los únicos que había en la habitación.
Entonces advirtió algo extraño: Mistrata llevaba los ojos cubiertos
por una gruesa tela negra, y su actitud era completamente despreocupada mientras
seguía encendiendo velas por toda la habitación, a pesar de que
evidentemente no podía ver nada, si bien parecía conocer al milímetro
la distribución de la habitación, pues no erró ni una vez.
"¿Me estará confundiendo con otra persona?" pensó
Zellgadys.
- Está muy callado, querido amigo -dijo Mistrata apagando la cerilla
cuando terminó de encender las velas.
- Perdóneme, señora -respondió Zellgadys intentado seguir
la corriente a la joven-, pero... ¿por qué lleva esa venda en
los ojos?
"Es más, ¿por qué enciende velas por toda la habitación
cuando ella no puede ver? ¿Habré ido a tropezar con una loca?
¿O las enciende por mi?"
- Oh, es muy simple, querido -respondió ella mientras se acercaba lentamente
a él-: así es más excitante.
- ¿Excitante?
- Si, excitante -respondió ella ya a su lado y deshaciendo el nudo de
la bata.
Zellgadys se quedó sin habla y sintió como de repente su sangre
hervía. Debajo de la bata, la hermosa Mistrata no exhibía más
que su desnuda y hermosa piel bañada por la tenue luz de las velas encendidas.
"¡Maldición! ¿Pero donde me he metido yo?" se
preguntó el asombrado mago. Confundido como estaba, no hizo el menor
movimiento por desembarazarse de la mujer, que ahora lo acariciaba y palpaba
para examinarlo. Por su reacción parecía sorprendida al tacto,
pero no preocupada.
- Vallista me dijo que erais un hombre peculiar, muy duro. Pero he de admitir
que no creía que hablase en un sentido tan literal.
Zellgadys estaba completamente desorientado en un mar de dudas y temores: ¿Vallista?
¿Quién era esa? Le estaba esperando, ¿entonces que haría
si aparecía el autentico invitado? Es más, aunque no llegara este
(¡Un momento! ¿No estaría esperando al intruso del jardín?),
¿qué se supone que había venido a hacer aquí y como
saldría de este embrollo? Sin embargo, cuando Mistrata le rozó
sus labios seductoramente con un dedo, Zellgadys lo vio todo claro: ¡Le
estaba confundiendo con un amante! Aprovechando la marcha de Truhasell, Vallista
(quienquiera que fuera) había concertado a instancias de Mistrata una
cita para esta con el intruso del jardín, pero él al hechizarlo
e introducirse en la casa por la ventana abierta para el amante, había
ocupado su lugar. "¡Maldita sea! ¿Por qué no pueden
salir nunca las cosas como las planeo?"
Antes de que Zellgadys pudiera separase de la mujer, esta se apoyó en
él y lo beso en los labios, primero suavemente, pero después,
poco a poco, de forma más apasionada hasta que tras un minuto separó
sus labios.
Zellgadys ahora no se movía, atónito por el beso. Despacio, observó
lentamente a la mujer que tenía a su lado. Sus delicadas y hermosas facciones,
sus carnosos labios, su cuello de cisne, su hermoso cabello dorado suelto que
le llegaba hasta la cintura, su piel desnuda a través de la abertura
de la bata, sus firmes y redondos pechos, su vientre llano y liso, su monte
de Venus...
- ¿Qué sucede? -preguntó la mujer.
Zellgadys no respondió. La atrajo hacía si abrazándola
por la cintura y la besó en la boca apasionadamente. El racional, sensato
y prudente Zellgadys se abandonó a aquel momento en el que una bellísima
se ofrecía libre y voluntariamente a él encendiendo toda su pasión
acumulada durante años desde que su piel se volvió de piedra.
Ella también lo abrazó por los hombros y pronto correspondió
a su beso de manera deliciosa y experta. Pronto, según sus besos se hacían
más apasionado, Zellgadys introdujo sus manos dentro de la bata de Mistrata
para acariciar la suave piel de su cintura, y no tardó en ir más
abajo, a su firme culo. Ella le besó delicadamente la punta de la nariz
y bajó a su cuello. Zellgadys, asombrado, sentía todas los besos
y caricias de Mistrata con una intensidad que no hubiera creído posible
debido a su piel de piedra, pero no estaba soñando, y no se cuestionó
su suerte.
Mistrata rompió el abrazo y cogiendo las manos de Zellgadys de su culo,
lo arrastró hacía un mullido y amplio lecho que había en
la habitación. Una vez allí, ella se sentó sobre él
y atrajo a Zellgadys hacía sus pechos mientras acariciaba su nuca (ya
había constatado la increíble "fortaleza" del cabello
de Zellgadys y había renunciado a juguetear y acariciarlo) y le desabrochaba
la capa y capucha que Zellgadys siempre llevaba. Sin embargo, cuando la soltó,
no se oyó caer la tela sobre el suelo de la habitación.
Enfrascado como estaba besando, lamiendo y mordisqueando suavemente los hermosos
pechos y vientre de Mistrata mientras sus manos seguían acariciando su
cintura y culo, Zellgadys no se dio cuenta del detalle. Finalmente, dejó
los pechos de la mujer para subir lentamente, deteniéndose en cada centímetro
de piel de su hermoso cuello, de su delicada mandíbula hasta llegar nuevamente
a sus labios, en los cuales descargó intensamente toda su pasión
con un extraordinario beso. Mistrata ahora acariciaba por encima de las ropas
de Zellgadys su duro abdomen, y no tardó en intentar quitarle la camisa
al mago. Echándolo hacía atrás de rodillas, le levantó
la camisa hasta que Zellgadys levantó los brazos para quitársela
definitivamente, pero la amante Mistrata no esperó a ello para bajar
del lecho y mientras besaba y besaba en la boca a Zellgadys empezó a
acariciar con la punta de sus sabios dedos el torso del mago, en una sutil caricia
increíblemente deliciosa que embargó al mago, de modo que al principio
no se dio cuenta de cuando le quitaban finalmente la camisa. Sin embargo, pese
a estar su mente ocupada por completo en el placer, no tardó en darse
cuenta de que algo no encajaba:
- ¡Pero...! ¿Quién me ha quitado mi...? -dijo mientras se
volvía alarmado. A su espalda, doblando la camisa junto a su capa, estaba
la dama de compañía de Mistrata.
- Bienvenido a esta alcoba, señor -le saludó educadamente la doncella-.
Os ruego no os sintáis intimidado por mi presencia aquí, y prosigáis
con vuestro encuentro.
Al oír la voz de la doncella, Mistrata se detuvo.
- Vallista, ¿estás aquí?
- Si, mi señora. Disculpad mi intromisión, no era mi intención
molestaros. Estoy doblando y cuidando las ropas de nuestro invitado.
- Vallista -dijo con un fingido tono recriminatorio-, no me gusta que me mientan.
La falta de honestidad y sinceridad es lo más detesto. ¿Qué
es lo que quieres en realidad?
- No quisiera molestar...
- Querida, tu nunca me molestas.
- Mi señora es muy amable -respondió Vallista. Zellgadys, que
observaba intrigado, percibió un atisbo de sonrisa traviesa en el rostro
de Vallista, y quizá algo más; ¿preocupación por
saber que hacía aquel desconocido en lugar del hombre con quien realmente
había concertado la cita? ¿Por qué no le decía nada
de ello a Mistrata?
- En realidad quieres estar con nosotros ahora, ¿verdad? -Zellgadys miró
asombrado a Mistrata, que sonreía seductoramente a Vallista.
- Si -respondió escuetamente y con ardor esta acercándose a la
pareja de amantes.
- Pues haberlo dicho antes, mi amor -dijo Mistrata mientras la atraía
de la mano hacia ambos. Zellgadys apenas podía reaccionar a causa de
la sorpresa y la confusión, pero sin embargo, su excitación crecía
por momentos cuando Vallista se sentó entre ambos apoyada en el regazo
de Zellgadys. Cuando Vallista empezó a besuquearlo cariñosamente
mientras Mistrata se acariciaba su rostro contra el cuello de la otra mujer
como un gato, todo remoto pensamiento que aún tuviera Zellgadys sobre
la Biblia Claire y el volumen de Saval desaparecieron definitivamente de su
mente, con la misma fuerza que su excitación alcanzaba cotas que jamás
había creído posibles. Estuvieron en esa postura un buen rato;
Mistrata acariciando a su criada a través de sus vestiduras mientras
besaba y lamía toda la piel que estas dejaban al descubierto: el cuello,
el escote que poco a poco se agrandaba conforme cedían los botones de
su blusa a la pasión de su señora, sus manos, sus esbeltos dedos...
Mientras que Vallista y Zellgadys se acarician y besaban cada vez con mayor
ardor y lujuria. Por fin, Mistrata empezó a pelear con las ropas de Vallista
para desnudarla. Primero su recatada y formal falda, de la cual tiró
hasta dejar las piernas al descubierto, cubiertas por un par de medias de buena
calidad. Tras quitarle unas engorrosas enaguas, al final quedo a la vista su
sexo, cubierto por unas exiguas bragas. Ansiosa, abrió las piernas de
Vallista y echándose sobre la mullida alfombra en la que estaba el trío,
empezó a besar la zona interior de sus muslos no tapada por las medias
mientras Vallista se echaba de espaldas sobre Zellgadys con una mano a la espalda,
con la cual masajeaba la entrepierna de Zellgadys, el cual aprovechaba para
besarle el cuello y sus hombros mientras le acariciaba sus pechos. Mistrata
poco a poco se acercaba cada vez más al sexo de Vallista, y finalmente,
desgarró con los dientes las ya humedecidas bragas de Vallista y hundió
su boca en la entrada de su vagina.
Vallista se arqueó de placer cuando Mistrata empezó a trabajar
en su sexo. El nuevo ritmo y cadencia de sus caricias al miembro de Zellgadys
eran una evidencia para este de que Mistrata estaba haciendo un muy buen trabajo.
Poco a poco, Zellgadys fue bajando la camisa y mantos que aún cubrían
el cuerpo de Vallista, dejando al descubierto unos pequeños pero hermosos
senos que palpitaban al ritmo de la caprichosa lengua de Mistrata en su sexo.
Esta apenas repetía una misma caricia en el misma porción de piel:
acariciaba los labios vaginales con la suavidad de la más delicada de
las sedas, besaba el interior de las paredes vaginales, chupaba la punta del
clítoris, ahora lo lamía con su lengua y después empezó
a besar y mordisquear suavemente los labios vaginales de Vallista mientras con
la yema de sus dedos masajeaba el clítoris. Por su parte, Vallista mientras
Zellgadys exploraba con sus manos cada nuevo centímetro de su piel desnuda
sin dejar de besarla apartando su suave cabello, empezó a acariciar la
hermosa melena dorada de su señora escorríendo sus dedos entre
los suaves y largos mechones de dorado cabello. Al fin, el sonido de jadeos
que se escuchaba en la habitación se rompió cuando un orgasmo
se apodero del cuerpo de Vallista. Sujetando con fuerza la cabeza de Mistrata
con sus manos y piernas cerradas, Vallista aulló de placer sin inhibirse.
Rápidamente atrajo hacía si a la otra mujer y ambas se fundieron
en un apasionado beso, ocasión en la que Zellgadys aprovechó para
volver a acariciar la suave y hermosa piel de Mistrata.
Tras un apasionado beso de más de un minuto, ambas mujeres centraron
su atención en Zellgadys.
- Dime, mi tímido pero apasionado amante -preguntó Mistrata mientras
acariciaba su duro pectoral-: ¿disfrutas de nuestro encuentro? ¿Te
es grata nuestra compañía?
- Sobran las palabras, mi señora -respondió Vallista antes de
que Zellgadys pudiera responder-. La emoción y la pasión le embargan
y no puede responder.
- Quiero comprobarlo por mi misma -dijo con picardía Mistrata bajando
los pantalones de Zellgadys y buscando su miembro-. ¡Dios mio, que miembro!
-exclamó asombrada al palparlo-. ¡Qué dura está,
ni que fuera de piedra!
Ante aquel comentario, ni Zellgadys ni Vallista pudieron evitar un ataque de
hilaridad que confundió a Mistrata. Sin embargo, no tardó en desecharlo
y poco a poco, fue introduciendo el miembro en su boca, chupándolo y
lamiéndolo. Cuando sintió su miembro en la acogedora boca de Mistrata,
Zellgadys estuvo en un tris de correrse, si bien logró recuperarse y
acostumbrar su miembro a aquel maravilloso trato, pues estaba seguro de que
aquello solo sería el principio de un inolvidable placer que la hermosa
joven de dorados cabellos le proporcionaría aquella noche, ella y Vallista,
porque la joven doncella no tardó en unirse a su compañera de
amante, mordisqueando, lamiendo y besando los testículos de Zellgadys.
De este modo, ambas mujeres se turnaron, una en la polla y la otra en los testículos,
y ahora la otra en los testículos y su compañera en la polla de
Zellgadys, que estaba firme y erguida, desafiando a aquellas hembras hambrientas
de sexo. Ambas le mamaban la polla de una manera magistral, sabían como
estimular la glande, el tronco y los testículos en el momento preciso,
como bajar la excitación del miembro cuando percibían que el hombre
estaba a punto de correrse, como mantener contante la excitación... Ambas,
pese a los aproximadamente 19 cm (quizá 20) del miembro de Zellgadys,
llegaban a introducir el duro miembro por completo en sus bocas, momento en
que cual Zellgadys no podía evitar alzar la mirada a causa del placer.
- Tiene un sabor diferente a todo lo que he probado antes, demasiado rugoso,
al principio -comentó Mistrata, pasando provocativamente la punto de
su lengua por la glande de Zellgadys-, pero no está mal. Una vez listo,
es incluso... dulce, como el azúcar.
- Ya sabéis -respondió Zellgadys mientras le acariciaba su delicada
barbilla-... que soy un hombre... muy peculiar.
- ¡Indudablemente es cierto! -respondieron ambas mujeres entre risas,
mucho más intensas las de Vallista, la única que sabía
hasta que punto Zellgadys era "peculiar"-. Espero que vuestra peculiaridad
también se refiera a vuestra extraordinaria resistencia como amante -dijo
Vallista.
- Porque te advertimos que ambas somos muy, pero que muy exigentes -añadió
Mistrata al tiempo que se sentaba con las piernas abiertas sobre una de las
piernas de Zellgadys, que se hallaba sentado sobre el lecho de la habitación.
La mujer empezó a rozar su sexo con la pierna de Zellgadys con movimientos
de arriba abajo, siendo pronto imitada por Vallista en la pierna libre de Zellgadys.
Ambas mujeres intercambiaban apasionadamente besos entre los demás integrantes
del trío y acariciaban con sus manos la polla que había entre
ambas ofreciendo al mismo tiempo sus pechos a la hambrienta boca de Zellgadys.
Mientras besaba y chupaba los hermosos pechos de ambas mujeres, especialmente
los de Mistrata, grandes y hermosos, no podía evitar que su miembro temblara
de excitación ante las caricias de ambas mujeres y que sus piernas le
temblaran a causa del masaje que ambas mujeres le proporcionaban con sus cada
vez más humedecidos sexos.
Finalmente, Vallista se cansó de aquel juego y apartó a su compañera
de las piernas de Zellgadys. Este comprendió inmediatamente cuales eran
sus intenciones, de modo que se recostó sobre la cama para mayor comodidad,
y dejó que la joven, vestida únicamente con sus medias, que Mistrata
no le había quitado, se acomodara sobre su polla erecta, y lentamente,
a horcajadas y manteniendo su vagina abierta con una mano, se acomodó
sobre el pétreo falo.
- Dios mío -murmuró con la voz entrecortada Vallista-, pero que
dura, que dura está... -lentamente Vallista hundió más
la polla de Zellgadys en su cuerpo mientras Mistrata, a su lado, la ayudaba,
acariciándola y besándola con cariño, animándola.
Le costaba acostumbrar su vagina a la polla de Zellgadys, mucho más dura
y rígida de lo que nunca había probado. Sin embargo, su vagina
poco a poco iba acostumbrándose a ella y poco a poco empezó a
moverse sobre ella. Mientras, ahora Mistrata se había tumbado en el lecho
junto a Zellgadys y ambos se besaban y acariciaban sus desnudos cuerpos, si
bien Zellgadys no perdía de vista a Vallista y poco a poco sentía
como su acogedora vagina se amoldaba cada vez más a su polla transmitiéndole
más y más placer.
Poco a poco Vallista aceleraba el ritmo de sus movimientos, ya su vagina bien
amoldada a la dura polla de piel pétrea de Zellgadys. Inclinándose
sobre Zellgadys, se unió a Mistrata mientras llevaba las manos de Zellgadys
a su culo. Este no protestó prosiguió besando alternativamente
a Mistrata y Vallista al tiempo que envestía a esta última ayudado
de su manos. Sin embargo, finalmente Mistrata se cansó de estar relegada
un segundo plano en el trío y tomó la iniciativa.
- Échate para atrás, por favor -reclamó a Vallista. Esta
obedeció tras un último y prolongadísimo beso a Zellgadys
y se echó hacía atrás sin dejar de cabalgar a Zellgadys.
Mistrata aprovechó entonces para situarse sobre Zellgadys dejando su
exquisito sexo al alcance de su boca y recostándose sobre el regazo de
Vallista. Esta no necesito ninguna indicación de su señora para
saber que quería y enderezándose empezó a acariciar y a
apretar con fuerza sus abundantes pechos. Zellgadys, mientras, volvía
a saborear aquella deliciosa vagina al mismo frenético ritmo en que ambas
mujeres se amaban sin perder detalle de ellas. De este modo, Mistrata no tardó
en incorporarse a cuatro patas sobre Zellgadys. Adivinando nuevamente sus intenciones,
Vallista se incorporó y dejó vía libre a Mistrata para
que Zellgadys la penetrara sin dejar de acariciar su polla.
Lentamente Mistrata introdujo ayudada por Vallista aquel duro falo en su vagina.
Al igual que a aquella, al principio sentía dolor al introducirlo en
su cuerpo debido a su extraordinaria dureza y rigidez, pero afortunadamente
para ella, ahí estaba Vallista, que lubricaba aún más la
polla de Zellgadys al tiempo que ocasionalmente pasaba su lengua por su hermoso
y redondeado culo. Pronto Mistrata estuvo preparada de modo que pronto ella
y Zellgadys empezaron sus acometidas, más intensas que con Vallista,
puesto que ahora no había otra mujer entre ambos, sino que Vallista estaba
ahora detrás de Mistrata, mamando y besando la polla de Zellgadys, haciendo
sus acometidas aún más vigorosas. El joven mago estaba prácticamente
en la gloria: ambas mujeres le estaban proporcionando un placer que nunca había
creído que pudiera experimentar y mucho menos con su cuerpo mutado. Jamás
habría creído que con su aspecto pudiera despertar no el deseo,
sino tan solo el interés de una mujer por él, pero aquello ahora
no importaba, solo importaba el momento, el presente, y en ese momento estaba
follando con una hermosísima mujer mientras otra le mamaba la polla.
¿Realmente podía pedir más?
Mistrata era infatigable, una amante sapientísima: sabía como
moverse con la polla de Zellgadys en su cuerpo, que ritmo adoptar para obtener
el máximo placer mutuo, como mostrarse en aquel momento a su amante acariciándose
sus hermosos pechos o acariciando su sexo invadido por Zellgadys. Sabía
incluso cuando deseaba Zellgadys besarla, ya fuera en la boca o en su hermoso
cuello o incluso en sus pechos. Zellgadys tenía la impresión de
que en cualquier momento podía acabar corriéndose, pero no tenía
razón por la que preocuparse, pues si Mistrata se complementaba a él
a la perfección, Vallista también. De modo que poco antes de que
Mistrata tuviera su primer orgasmo, Vallista abandonó la polla de Zellgadys
y beso apasionada y largamente a este en la boca para evitar que este se corriera
al ver como se desencadenaba el placer en Mistrata.
Zellgadys apenas se dio cuenta de lo sucedido cuando sin permitir que su verga
abandonara su cuerpo, Mistrata lentamente se dio la vuelta, gimiendo intensamente
debido a la maniobra, de hecho, parecía disfrutar especialmente de ella.
Cuando finalmente daba la espalda a Zellgadys, inclinó hacía atrás
su cabeza, dejando que su dorada melena cayera sobre el abdomen de su amante.
Poco a poco, al tiempo que cabalgaba lentamente sobre Zellgadys, movía
su cabeza para acariciarlo con su larga melena provocándole un cosquilleo
sumamente grato. Sin embargo, aquello terminó conforme Mistrata acelero
el ritmo y Zellgadys la secundó. Ahora Vallista volvía a estar
entre las piernas de Zellgadys besando y chupando los sexos de la pareja, pero
poco a poco, sin dejar un rincón huérfano de su atención,
fue subiendo ahora por el cuerpo de Mistrata, besando y masajeando con intensidad
su monte de Venus, lamiendo su estómago, besando y chupando sus pechos,
lamiéndolos, hasta que finalmente aprisionó a Mistrata en un bocadillo
contra Zellgadys de cuya fortaleza se aseguraba Mistrata acariciando el culo
y la raja de Vallista y rozando sus pechos contra los de esta. Los tres estaban
enredados en una intensísima maraña de pasión y deseo que
finalmente solo se rompió cuando ambas mujeres tuvieron un orgasmo al
mismo tiempo.
Cuando se separaron, Zellgadys creyó que ya había acabado todo,
a pesar de que aún no se había corrido, pero estaba equivocado.
Vallista se colocó a cuatro patas sobre el lecho dando la espalda a Zellgadys
mientras Mistrata se situaba junto a ella, con sus dedos en el orificio de entrada
de su ano. Besándolo, le dijo a Zellgadys:
- No estarás ya cansado, ¿verdad? Nosotras aún no hemos
terminado.
- No, solo quería ver que deseabais -respondió Zellgadys incorporándose
y acercándose a las mujeres. Mistrata cogió su verga para besarla
y después, para sorpresa de Zellgadys, la dirigió al culo de la
otra mujer.
- Le gusta mucho -explicó a Zellgadys- y nunca le ha costado demasiado.
Una polla tan especial como la tuya... debe desear tenerla en ella desde que
la probó en su coño.
Muy poco a poco, Mistrata fue introduciendo la polla de Zellgadys en aquel acogedor
agujero, mientras Vallista gemía, mezcla de placer y dolor. Zellgadys
sentía la presión de aquel estrecho agujero sobre su polla, y
aunque cuanto más se introducía dentro, más le costaba
mantener la compostura. ¡Aquel culo era increíble! Aquella noche
había probado increíbles placeres, pero en aquel momento sabía
que el culo de Vallista iba a superar todo lo vivido hasta entonces. Embargado
por la excitación, no pudo esperar más e introdujo los aproximadamente
8 o 9 cm de verga que aún tenía fuera dentro cogiendo desprevenida
a Vallista:
- ¡¡¡Aaaaaaaaaaaaaaahhh!!! ¡¡¡Aaaaaaahh!!
No tardó en acoplarse por completa a Zellgadys mientras iniciaban un
ritmo lento pero acelerado. Vallista dejó resbalar sus brazos sobre la
cama y atrajo hacia su boca el sexo de Mistrata, que permanecía junto
a Zellgadys e inició un extraño 69 (ella tumbada de rodillas sobre
la cama boca abajo y Mistrata recostado de lado) introduciendo poco a poco sus
dedos en la vagina de su señora. En aquel momento, los tres amantes estaban
completamente entregados a su mutuo placer; Zellgadys al contrario que en las
anteriores ocasiones, imprimió pronto un rápido ritmo al culo
de Vallista, que jadeaba y gemía de placer con intensidad mientras con
su boca, dedos e incluso manos proporcionaba todo el placer que podía
a la otra mujer, que le correspondía usando solo sus dedos con igual
eficacia, siendo de este modo Vallista el vértice principal del trío
recibiendo la mayor cantidad de placer, de modo que no tardó en rugir
de placer cuando le asaltó un nuevo orgasmo. Zellgadys y Mistrata sintieron
como todo el cuerpo de la joven temblaba y se compulsaba debido a la brutal
oleada de placer que la embargó. Pero a pesar de que las fuerzas ya empezaban
a fallarles, especialmente a Zellgadys (él cual asombrosamente aún
no se había corrido en toda aquella noche de placer) y en Vallista (debido
a la violencia de su último orgasmo), ninguno de los tres hizo ademán
de rendirse. Era más, Vallista rápidamente empezó a introducir
más dedos de sus manos en la vagina de Mistrata, la cual empezó
a gemir cada vez más fuerte conforme se llenaba su vagina. Zellgadys,
ya apenas era consciente de lo que ambas mujeres hacían: el largo día,
el esfuerzo físico de la noche y el propio placer del momento nublaban
su mente, que solo se podía centrar en la procura de más placer.
Pero a pesar de todo, los tres tenían sus limites y estos llegaron prácticamente
al mismo tiempo: Vallista sintió un nuevo orgasmo y ya no pudo continuar:
la última oleada de placer que invadió su cuerpo agotó
definitivamente sus fuerzas en el mismo momento en que conseguía lo propio
con Mistrata, la cual tenía la mano derecha de Vallista prácticamente
introducida en su coño. Deshaciéndose rápidamente de la
venda se lanzó directamente a la verga de Zellgadys que salía
del agotado culo de la otra mujer. Apenas la agarro y se la llevo a la boca,
Zellgadys ya no pudo resistir más y finalmente se corrió.
- ¡¡¡¡OOOOOOOOAAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHOOAAAAAAAAHHHHH!!!!
La leche salió a presión y continuamente de su polla en cantidades
industriales, por un tubo (o sea, muchísima). La boca de Mistrata no
pudo alojar tanta cantidad y pronto se le escurría por la comisura de
sus labios y bañaba su hermoso rostro. Lo último que vio Zellgadys
antes de sumirse en la oscuridad de un bien merecido reposo fue a las dos mujeres
ya rendidas de inmediato al sueño: Vallista boca abajo sobre la cama
con su rostro vuelto hacia él y Mistrata, que sin haber abierto los ojos
en toda la noche, se sumía también en el sueño.
Frustrado, Zellgadys contuvo una maldición
y apartó el fajo de antiguos pergaminos que había esparcidos sobre
la mesa.
Estaba de nuevo en una de las salas de la Gran Biblioteca de Orasitan, echándose
pestes mientras intentaba aclarar sus impresiones sobre la noche anterior: "Bravo,
osado y experimentado ladrón, esta noche has desperdiciado la oportunidad
de tu vida de hacerte con la Biblia Claire y todo para te menearan a gusto la
polla." Al despertar cuando los rayos del sol empezaban a aclarar la oscuridad
de la habitación, Zellgadys recogió rápidamente su ropa
y tras vestirse abandonó rápidamente la mansión antes de
que algún criado o una de las dos mujeres se despertara. Con sus pensamientos
confusos, no se acordó de la Biblia Claire hasta que llegó al
monasterio. "Y tu que creías tener el cerebro en la cabeza..."
se recriminó a si mismo. Lo que más enfadaba al mago de todo lo
sucedido era el haber perdido su rígido y férreo autocontrol y
disciplina "¡Esto no tendría que haberme ocurrido, hace días
que deje a Reena y Gaudi!" y es que Zellgadys creía que únicamente
la alocada, atolondrada, inconsciente y ambiciosa hechicera era capaz de romperlo,
aunque se recordó que también Theros sabía como marearlo
a mala manera. Incluso se le ocurrió que todo aquello podía ser
una broma del maldito demonio que había contado con la ayuda de dos súcubos,
pero la desecho. Si era una broma, carecía del retorcido sentido del
humor que había mostrado Theros en sus aventuras compartidas con él
mismo y los demás miembros de la compañía de Reena. "¡Es
más, ójala me gastaran más bromas del mismo estilo que
la de esta noche!" Penso el joven mago. A pesar de su enfado, tampoco podía
evitar recordar la noche pasada, él placer, las dos mujeres que había
amado, Mistrata y Vallista...
- Buenos días, Zellgadys -le saludó en tono bajo una voz.
Sorprendido, Zellgadys levantó la vista asombrado ante la presencia de
Vallista.
- ¡Vallista! -exclamó asombrado Zellgadys, intentando mantener
la compostura-. Yo... ¿Qué se os ofrece, señora?
Sonriendo, Vallista le tendió un bulto de entre sus ropas.
- Mi señora, Mistrata me ha solicitado os entregue esto. Desea asimismo
que os sea de utilidad.
Zellgadys se quedó atónito cuando vio lo que Vallista le entregaba:
¡el segundo volumen de las Transcripciones de Saval! Iba a preguntar como
sabían que era lo que buscaba en realidad cuando recordó que el
día anterior Vallista le había oído conversar con Truhasell
sobre el volumen. Evidentemente, ambas mujeres no habían tardado en atar
cabos y ahora se lo enviaban como "agradecimiento".
- Os estoy a vos a vuestra señora muy agradecido -respondió emocionado
Zellgadys mientras recogía el libro y rápidamente lo habría
por el índice. "¡Al fin! ¡Después de tanto tiempo,
volveré a ser yo mismo, no un monstruo de roca!" Tras encontrar
la referencia de las transformaciones, fue directamente a ese capítulo
y empezó a leer, pero de repente se detuvo con su animo sacudido. Inmediatamente
volvió al índice y volvió a leer la nota al pie de página
que había encontrado: "Debemos aclarar que la información
de transformaciones y cambios fisiológicos pétreos han sido retirados
de esta edición debido a la desorganizada y errática forma en
que el Maestro Saval redactó esta parte de los conocimientos de la Biblia
Claire. La información referida a esta parte, se haya en una anexo en
este mismo volumen." ¡Pero no había anexo! ¡La información
que tanto buscaba no estaba en el libro!
- No puede ser... No puede ser... Tan cerca... y tan lejos... -dijo Zellgadys
intentando contener su frustración.
- ¿Qué sucede? -preguntó Vallista preocupada- ¿No
es lo que deseabais?
- Si, es el libro que buscaba, pero no tiene la información que deseo
encontrar -respondió Zellgadys-, la que me indique como recuperar mi
cuerpo humano.
- ¿Vuestro cuerpo humano? -preguntó asombrada Vallista.
- Si... Hace tiempo, cuando era más joven, me adiestraba duramente para
volverme más fuerte. Pero un día, mi maestro el Monje Rojo Rezzo,
qué conocía mis anhelos me lanzó un hechizo, o maldición,
según se mire -relató Zellgadys con amargura-, que me transformó
en lo que ahora soy. Desde ese día he buscado sin cesar documentos de
la Biblia Claire en busca del remedio a mi aspecto.
- ¿Por qué deseas ser como antes? -preguntó Vallista. Asombrado
ante la pregunta, Zellgadys la miró atónito, creyendo haber oído
mal- ¿Acaso tus amigos reniegan de ti desde entonces? ¿O tu cuerpo
os produce dolor o alguna clase de enfermedad?
- ¡No!
- ¿Te duele el rechazo de los demás, sus reacciones?
- Si, pero no es algo que me quite el sueño. No soy demasiado comunicativo;
si ellos no desean conocerme por quien soy y no por lo que soy, es problema
suyo.
- Zellgadys, ¿te llamas así, no? -preguntó Vallista- Admito
que cuando te vi por primera vez ayer, me asuste de ti, de tu aspecto. Pensé
que eras una especie de monstruo. Cuando te vi por la noche junto a Mistrata
me asuste y tuve miedo. Fue por eso por lo que entre en la habitación,
para protegerla. Ninguno de los dos os disteis cuenta, pero tenía un
cuchillo entre mis ropas.
Zellgadys permanecía en silencio, atendiendo a cada una de sus palabras.
- ¿No es gracioso? -sonrió Vallista- Pensar en lo que hicimos
ayer y que no supiéramos como te llamas. Pero no nos desviemos. Cuando
Mistrata me invitó a unirme a vosotros, acepte por no dejarla sola, y
fue entonces cuando te conocí.
- ¿Me conociste? -preguntó extrañado Zellgadys.
- Cuando me di cuenta de que no te diferencias en nada de cualquier otro hombre
a pesar de tu aspecto. Comprendí que el miedo por Mistrata era infundado
y entonces pude unirme en verdad a vosotros, a disfrutar. Lo que quiero decir,
es que no necesitas negarte tal como eres ahora para vivir felizmente si las
personas que te importan realmente te aceptan tal como eres, monstruo o humano.
Eso es -dijo ruborizándose- solo mi opinión, pero creo que tienes
que saberla.
Zellgadys no respondió. Su mente se volvió un torbellino de ideas
y pensamientos: Pensar que había sido transformado por Rezzo de semejante
modo le causa una gran rabia, ¿pero realmente necesitaba tanto recuperar
su antigua apariencia? Ciertamente, nunca se había sentido discriminado
o despreciado por sus auténticos compañeros y amigos a causa de
su apariencia, de hecho, por ejemplo, Amelia nunca le había hecho sentirse
diferente de cualquier otro hombre y aunque Reena a veces le tomaba el pelo
por ello, sabía que era una fiel compañera y amiga. ¿Merecía
la pena que dedicara toda su vida a recuperar su cuerpo humano?
- ¿Qué me dices, Zellgadys? -preguntó Vallista- Por favor,
dímelo. Para mí puede significar mucho.
Zellgadys la miró asombrado.
- No... no sé -respondió-. Nunca me plantee de este modo los hechos.
Estoy... confundido, no sé a ciencia cierta que decirte. Pero, ¿qué
quieres decir con... qué puede significar mucho para ti?
- Tampoco lo sé a ciencia cierta -respondió Vallista-, pero...
Desde que te conocí como eres y más ahora... Creo que podría
enamorarme de ti.
Se hizo un silencio mientras ambos se miraban fijamente. Sin aviso previo, ambos
se abrazaron y empezaron a besarse con pasión. Rápidamente fueron
a un rincón oscuro de la sala y ahí empezaron a besarse y abrazarse
con más pasión. Allí Zellgadys levantó rápidamente
las faldas de Vallista y acarició sus hermosas piernas mientras intentaba
deshacerse de las enojosas enaguas que esta llevaba. Cuando lo logró,
apoyó a Vallista contra una pared y empezó a lamerle y chuparle
su sexo al tiempo que bajaba y acariciaba sus hermosas piernas. Vallista, contra
la pared, se limitaba a jadear mientras acariciaba la cabeza de Zellgadys, pero
pronto tuvo que empezar a desabotonar el ajustado corpiño de su camisa,
que no le dejaba respirar con comodidad, permitiendo entrever cada vez más
su escote. Zellgadys poco a poco fue ascendiendo hasta esa zona, que inundó
que besos y lametones mientras sus manos se perdían en el culo de Vallista.
Esta no tardó en voltearse salvajemente de modo que ahora era Zellgadys
quien estaba contra la pared. Vallista no perdió ni un segundo y se agachó,
bajando el pantalón de Zellgadys y llevando su ya endurecida polla directamente
a su boca, empezando a mamarla y chuparla con un vigoroso frenesí, mientras
Zellgadys intentaba no rugir de placer. A diferencia de la noche anterior, parecía
que un ansía y apetito incontrolable se había apoderado de ellos.
Quizá, pensó Zellgadys días más tarde, la diferencia
con la noche anterior, era que esta vez eran ellos solos.
Zellgadys tuvo que esforzarse por no correrse en aquel momento, hasta que de
golpe, levantó a Mistrata, la volteó otra vez y cuando estaba
contra la pared, la sujetó por las piernas, abriéndolas y de golpe
introdujo su pene ya completamente erguido en su vagina. Vallista abrió
la boca en un grito silencioso que nunca se escucho, pues antes de que pudiera
recuperarse y emitir algún ruido, Zellgadys selló su boca con
un vehemente beso, mientras poco a poco a empezaba a doblar y extender los brazos
para iniciar el mete y saca.
Si algún monje hubiera entrado en la sala en aquel momento, tendría
que ser sordo para no oír y descubrir lo que sucedía, habida cuenta
del ruido que hacían, pero afortunadamente aquella era hora de otras
tareas en el convento y las gruesas paredes no permitían que se escuchara
nada fuera de la sala, de modo que aprovechando esta circunstancia, Zellgadys
y Vallista prosiguieron en esa postura largo tiempo con un ritmo endiablado,
durante el cual Vallista encadenó uno tras otro hasta tres orgasmos.
Tras el segundo, sin dejar de besar a Zellgadys, empezó a ensalivarse
un dedo, que ofreció incluso a Zellgadys, el cual llevaba a su espalda.
Al terminó del último orgasmo, Vallista se bajó de Zellgadys,
y mientras lo cubría literalmente de besos, se situó de espaldas
a él contra la pared.
- ¿Sabes lo que quiero ahora? -preguntó.
- Por supuesto que si -respondió Zellgadys. Levantándola nuevamente
por las piernas, la penetró directamente por el culo, ya lubricado por
su dedo y la saliva de ambos. Esta vez, el grito de Vallista resonó por
toda la sala, y sus gemidos y jadeos fueron más intensos que nunca. Cada
vez que Zellgadys la levantaba sobre su miembro y la bajaba, ambos gemían,
jadeaban, resoplaban y rugían al unísono. Finalmente llegó
un momento en que ninguno podía ya más y Vallista tuvo su cuarto
orgasmo, brutal, que el eco de la amplia sala redobló largo rato.
- ¡No te corras aún, Zellgadys, por favor! ¡No te corras!
Lo más rápido que pudo, Vallista se arrodilló y llevó
su boca a la polla de Zellgadys en el momento en que este ya no pudo aguantar
más y se corrió antes de que ella pudiera siquiera cogerla en
su mano. La leche surgió a chorro, bañando todo el lado derecho
de su cara. Rápidamente se la llevó a la boca y allí exprimió
cuanta quedaba aún en él miembro mientras Zellgadys se doblaba
de placer gritando. Finalmente el silencio volvió a hacerse en la biblioteca,
Zellgadys, limpiando con sus dedos la cara de Vallista, dejó que esta
aprovechara las gotas de lechas que limpió de su cara y arrodillándose
junto a ella, la beso tiernamente.
Al día siguiente, aunque agotado, pues había pasado todo el día en compañía de Vallista, Zellgadys a primera hora abandonó Bratvlasia tras despedirse de esta. Zellgadys tenía en su cabeza un cúmulo de pensamientos y sentimientos que no era capaz de ordenar: al igual que Vallista, sabía que podía enamorarse de esta, pero no sabía como reaccionar ante esta situación: ¿qué pasaba si no era así? ¿O si era Vallista quien no se enamoraba? Tampoco podía olvidar su deseo de volver a recuperar su cuerpo humano, a pesar del discurso de Vallista. ¿O era solo una excusa para ocultar su miedo a una autentica relación? A fin de cuentas, después de lo que Vallista le dijera, no creía que su búsqueda fuera para él algo tan prioritario como lo había sido hasta ahora... Suspirando, Zellgadys se volvió un momento hacía la ciudad. Tenía intención de dirigirse hacía Retalion y en su defecto a la ciudad portuaria de Taravos, para reunirse con Reena y Gaudi. Uno vez los encontrara, no sabía hacía donde encaminarían sus pasos, pero si sabía y así se lo había dicho a Vallista al despedirse, que un día no muy lejano volverían a encontrarse en Bratvlasia con las ideas y los sentimientos más claros.
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