MI VECINO VIENE DEL PASADO
Filial, hetero, hermano y hermana. Su hermano le trae sensaciones nuevas, nunca experimentadas con ningún otro hombre, ni siquiera su marido.


HORTE

Hola Negra. Así que te casaste?

Ese fue su saludo, sin soltar el martillo con el cual trataba inútilmente de golpear el gancho del que pretendía suspender un macetero.

A mi me pareció un saludo mas o menos despectivo, pero no me causo mayor malestar porque Oscar había sido siempre un hombre muy poco simpático y no solo eso sino que diría francamente desagradable.

Hacía a lo menos quince años que no lo veía y los dos seguramente reconocíamos que nunca nos fuimos agradables el uno al otro.

Al comienzo las típicas peleas de niño.

Yo soy su hermana dos años mayor que él. Siendo los dos de temperamento ambicioso, nuestra relación estuvo siempre basada en la competencia primero y en al envidia luego, de modo que cuando cada uno de nosotros fue enviado a estudiar a ciudades distintas, creo que los dos tomamos esta situación como un alivio para terminar con una convivencia familiar que esa francamente desagradable.

Durante los primeros años de estudio solamente nos veíamos unas semanas durante las vacaciones, cuando ambos íbamos a la casa paterna, pero luego terminada la universidad dejamos de vernos.

Así las cosas, cuando me trasladé a mi nueva casa en el barrio residencial de los Plátanos, debo reconocer que la sorpresa fue grande al darme cuenta que mi vecino seria nada menos que mi hermano Oscar

El hombre se había mudado allí hacia solamente una semana y al parecer ignoraba absolutamente que yo seria su vecina. Como las casas eran grandes y estaban separadas por jardines, no veía mayor contrariedad en esto, aunque debía reconocer que habría preferido francamente otro vecino.

Cuando le conté esta situación a mi marido, apenas logré que levantara la vista del documento que estaba corrigiendo y que me explicó, con un murmullo, que era el trabajo que debía presentar en el congreso de Barcelona hacia donde se marcharía al día siguiente.
Esta ausencia me resultaría sin duda agradable por cuanto quería preocuparme personalmente de los detalles de instalación en la nueva casa y en esos menesteres mi marido era francamente un estorbo.

Así, a la mañana siguiente estaba completamente sumergida en mis labores cuando mi hermano, sin darse la molestia de tocar el timbre, apareció en el hall de mi flamante casa para preguntarme si yo podía prestarle una escalera que necesitaba con urgencia para instalar una lámpara. La verdad era yo quien, en ese momento estaba sobre la escalera solicitada y él me miraba desde abajo.

Me incomodó su mirada pues era evidente que mi figura lucia grotesca bajo ese ángulo, pues soy bien desarrollada de pechos y de trasero.
Yo no soy para nada pacata, pero mi marido si y toda la frescura y el desplante que eran mis características a los veinte años han ido extinguiéndose bajo las constantes censuras con que él ha tratado de darme a entender que nada le importaban mis atributos físicos y me ha convertido en una mujer casi sin cuerpo.
De modo que la mirada de mi hermano me perturbó, porque hacía años que un hombre no me miraba de ese modo, o si me habían mirado yo no me había dado cuenta, pero ahora era imposible no hacerlo, sobre todo que Oscar me seguía mirando mientras yo descendía como si ya no le importara tanto la escalera sino el cuerpo que bajaba por ella.

Siempre tuviste buenas tetas, negra - me dijo, mientras se llevaba la escalera, dejándome muda en medio de la sala.


Recordando los años de adolescencia, como en un golpe de la memoria, me vinieron a la mente los comentarios que en esa época él hacía sobre mi cuerpo cuando comenzaban a aparecer violentamente mis atributos de mujer. Y él con la naturalidad y el ímpetu propio de ese tiempo, hablaba de mis pechos, de mis muslos y de mis nalgas como quien habla de objetos inanimados que simplemente estaban ahí para ser mirados.

Pero ahora no era el caso. Ahora éramos maduros y la verdad es que cuando lo escuché quedé perturbada, aunque nada dije.
Pero un rato después me encontré vagando por la casa vacía con olor a limpio y a nuevo y entrando en uno de los baños solitarios e impecables, me vi en el espejo con mi figura envuelta en pantalones viejos y blusas raídas que a pesar de su desaliño no podían disimular las formas exuberantes que yo trataba día a día de ocultar. Y fue en ese contexto que las frases rudas y burdas de mi hermano comenzaron a parecerme simplemente un comentario real y estimulante.

Me estimulaba porque era un comentario sobre mí, sobre mi cuerpo de mujer. Eso me hacia sentir que estaba viva y que quizás podría ser atractiva y capaz de despertar siquiera pensamientos excitantes en cualquier hombre.

De esta forma la solitaria presencia de mi hermano en la casa contigua fue paulatinamente transformándose en una forma de ocupación mental que me excitaba.

Así comencé a imaginar que mi hermano, solo en su casa vacía seguramente vagaba, como yo, despreocupado y alegre y me parecía verlo, seguro de su soledad, sin ningún tipo de inhibición quizás recordando mi figura a la que el mismo había aludido.

Seguramente recordaba mi trasero y mis pechos y quizás si me viera y me recordara como una mujer, mas que como una hermana y quizás si intentara volver a verme con el pretexto de conseguir alguna herramienta o preguntarme cosas sin importancia.

En la mañana siguiente desperté temprano y me di cuenta que permanecía atenta a cualquiera señal que viniese de su casa. No quería expiarlo, simplemente quería sentir que estaba allí.

Imaginaba que a esa hora estaría en el baño, quizás en la ducha como yo. Imagine que el perfil de su cuerpo desnudo podría reflejarse de alguna manera en la ventana del baño a cuya visión yo tenia acceso desde el segundo piso de mi casa y me acerqué a la ventana, tratando de ocultarme, pues no quería que de ninguna manera el se diese cuenta de lo que me estaba pasando.

Efectivamente un perfil difuso se podía apreciar en la ventana esmerilada, pero ninguna forma reconocible, por la situación misma de la luz. Me di cuenta que me estaba excitando con la pobre visión a la que mi imaginación agregaba detalles en los que nunca había reparado en el cuerpo de mi marido, que era el único hombre que había visto desnudo.

Me di cuenta que desde la ventana del segundo piso de su casa él tenia una visión directa a la ventana de mi cuarto de baño y me sentí embriagada morbosamente con la idea de darle la oportunidad de verme desnuda.

Esperé un momento prudencial y me metí al cuarto de baño. Con la ventana cerrada, traté de que mi figura se proyectara sobre el cristal Pensaba que la visión seria perfecta aunque no sabia en absoluto si él me estaba mirando. Todo estaba en mi mente y yo sabia que quería ser vista por el. Mis pechos exuberantes parecían inflamados por el deseo, mis manos los acariciaban sensualmente bajo el agua de la ducha.

No me atrevía a mirar directamente, pero deseaba que el me estuviese viendo y con la audacia que da la soledad y el deseo fui abriendo lentamente la ventana hasta dejarla completamente abierta. Estaba expuesta desnuda a sus miradas, me recorría el cuerpo tratando de proyectar mis pechos insolentes, mis muslos y mi trasero e imaginando que podría verlos los exponía con impudicia ante los ojos de mi hermano. Nunca sabría si en realidad me estaba mirando, pero el placer que yo sentía al pensar que así era me ocasionó un monumental orgasmo que me hizo doblarme sobre mi misma.

Al mediodía había recobrado la calma y había dejado de pensar en lo ocurrido, pero avanzada la media tarde me di cuenta que estaba demasiado atenta a cualquier ruido que proviniese de la casa del lado. Era una sensación extraña, Estaba envuelta en una especie de estimulo abrasador que me hacia desentenderme de cualquiera otra cosa que no fuese el poder darme cuenta si mi hermano entraba o salía de su casa. Cualquier ruido en mi propio entorno me hacía correr hacia la puerta pensando que era él quien venía.
No había comido desde el desayuno y no tenia hambre, me había arreglado y maquillado como si fuese a salir a la ciudad sin que en realidad tuviese ningún proyecto de hacerlo.

Todo esto ocurría en mi sin tener la menor señal de que mi hermano tuviese algún interés en verme o hablarme y las únicas dos frases que me había hablado en las ultimas 24 horas resonaban en mis oídos tornándose en el recuerdo como dos provocaciones eróticas destempladas cuando a lo mejor el no había tenido intención alguna de ese tipo.

Había intentado inútilmente concentrarme en la lectura de algunas revistas de moda que ahora estaban ante mí sin que significaran ningún atractivo, cuando sentí sonar el timbre de la puerta del jardín.

Instantáneamente me puse de pie y en forma automática desordene mi pelo porque no quería aparecer ante él como si me hubiese arreglado para esperarlo.

Entonces lo vi ahí en la puerta del jardín.

Accione el portero automático y el ruido seco de la chapa precedió a sus pasos al entrar en la casa cuya puerta había abierto. El corazón me palpitaba como si este fuese el primer hombre que yo hubiese visto en mi vida y mi expectación era tan evidente que casi me sorprendí al verlo entrar con su naturalidad apabullante.

No me dijo nada, no venia a pedirme ninguna herramienta, ni una opinión, ni un consejo. Nada.

Simplemente entró y casi sin mirarme comenzó a caminar por el amplio living de grandes ventanales mirando algunos cuadros, reparando en las alfombras como si el objeto de su visita fuese la casa simplemente y como si yo en realidad no existiera.

Para mí sin embargo no era así.

Desde que entró, yo lo estaba mirando con la mirada mas impúdica y exploratoria que jamás había dirigido a hombre alguno. Ese hombre, al parecer, lo había descubierto en este momento, nada tenia que ver con la imagen de mi hermano que guardaba en el recuerdo. Este era un hombre real, de brazos fuertes muslos duros que apretadamente llenaban las piernas de su pequeño corto pantalón de verano.
Era bien formado, de rostro agraciado de vello abundante en el pecho que se exhibía impúdicamente por su camisa abierta.
Yo me había detenido frente a una gran planta al lado derecho de la ventana que daba al jardín interior, Estaba allí como clavada en el piso mientras sentía sus pasos recorrer el amplio espacio de living. Un silencio pesado había llenado el lugar, ninguno de los dos decía nada como si no lográramos encontrar la explicación para este encuentro tan absurdo después de quince años en que no nos habíamos visto.
Con los ojos cerrados pude escuchar los suaves pasos de sus zapatillas deportivas acercándose a mí.
Me sentía sudar intensamente, percibía mi ropa estrecha aprisionando mi cuerpo. Me había inmovilizado, cuando sentí su respiración cerca de mi nuca y pensé que él debería estar escuchando mi respiración anhelante cuando sentí el contacto increíblemente duro sobre mis nalgas.

Un estremecimiento venido de mi adolescencia me recorrió al reconocer sin duda alguna de que se trataba y en forma automática, como para defenderme, estiré mi mano hacia atrás y lo toqué. Era increíble, era inimaginable, pero por sobre todo era real.

No me contuve, ya no era necesario porque me apretaba contra él y sus manos habían penetrado entre mis ropas aprisionando mis pechos calientes y duros y supe que él había estado pasando por los mismos estados que yo durante las horas precedentes.

Estábamos casi en una caricia geométrica. Yo con mi mano asida a ese mástil grueso y duro como nunca lo imagine y él apretando mis pechos con una violencia arrebatadora.
Ni una sola palabra, ni siquiera un gemido o un murmullo. Habrían estado absolutamente demás porque nuestros cuerpos habían encontrado la comunicación directa y total que con cualquier otro complemento se habría deteriorado.

Él latía en mi mano y yo latía en las suyas mientras fuimos cambiando de posición, doblándonos, inclinándonos, cayendo hacia la alfombra o mejor dicho terminando de caer porque estaba claro que nos habíamos precipitado en este precipicio desde el momento en que él me había dicho " negra ", el día anterior.

Así llegamos por fin a la posición hacia la cual seguramente veníamos caminando desde nuestra juventud, aplastada de prejuicios y tabúes y cuando me abrí para él, como nunca me abrí para mi marido y cuando él entró en mi como nunca entraría hombre alguno antes ni después de esa tarde, sentí que el verdadero deseo, el mas grande, es aquel que mas tiempo ha estado retenido en la historia de una mujer, el mas prohibido, que una vez desatado nos lleva a un mundo nuevo tan maravillosamente diabólico,
que incita a prolongar el éxtasis libre de todas las inhibiciones.

vital231@yahoo.com

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