11 de abril

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Un calor abrasador y un escozor impropio fueron la antesala del placer que de inmediato comencé a sentir. Mi boca succionaba sus pezones con ternura. Mis manos acariciaban sus nalgas. Ella abrazaba mi cuerpo con sus brazos. La sincronía de nuestros movimientos no era la correcta, pero no importaba. En unos instantes mi eyaculación se puso de manifiesto y me vertí dentro de ella.

La primavera la sangre altera. Es un buen refrán (o dichos comunes y populares empleados para hacer referencia a una situación y que suelen contener una moraleja). No hay duda. Y en abril aguas mil. Otro de ellos. Y abril saca la espiga a relucir. Y Abril, Abrilillo, siempre fuiste pillo. Y abril, abril, tu agua para otro, tu sol para mí. Y por último haré referencia a otro más, abril encapulla las rosas y mayo las luce abiertas y hermosas. La vida esta llena de dichos y refranes. Pero nos vamos a quedar con estos que hacen referencia al mes de abril. Y nos quedaremos con estos porque les voy a contar lo que me sucedió un 11 de abril.

Aquella mañana me desperté lleno de vida. Un  sol radiante me saludaba a través de los cristales de la ventana de mi habitación. Me sentí bien. Joven, optimista, alegre. Y con la sangre alterada. Ya se sabe, la primavera….la sangre altera. Después de desayunar copiosamente, marché a mi trabajo como todos los días. Y ese 11 de abril no iba a ser una excepción. Con las manos en los bolsillos salí a la calle a enfrentarme al largo camino que me había de llevar a mi lugar de trabajo.

Al llegar a mi empresa, me esperaba una agradable sorpresa. Una nueva compañera. Su nombre…bueno, su nombre no tiene importancia. Ella nació un 11 de abril. Era su cumpleaños. Y su primer día de trabajo. Cumplía 19 años. Después de las presentaciones de rigor y enterarme del detalle de lo que significaba ese día para ella, la felicité. Ella muy amablemente, me invitó a una fiesta que daban sus amigas en su honor, por ser su onomástica. Como la chica era muy guapa y tenía buen tipo, acepté rápidamente pese a no conocernos de nada. Anduvimos todo el día con bromas por mi parte y sonrisas por la suya. Si, me gustaba esa chica. Desde el momento en que la vi me dije “Tiene que ser mía”. Y al parecer ella estaba por la labor. Me dijo que resultaba muy agradable y simpático. Todo a pedir de boca. Todo perfecto. A lo largo del día me dio muestras reiteradas de que yo también le gustaba. Yo flotaba en una nube. Ansiaba que llegara la tarde para poder disfrutar con ella en su fiesta. Y llegó la tarde, al fin.

Nos marchamos del trabajo juntos. La acompañé a su casa, pues se quería cambiar de ropa y arreglarse un poco. Vivía en una casa bonita y con un olor especial. Tal vez el olor era a rosas de primavera. No me centré en averiguar ese olor debido a los nervios que despertaban en mí la presencia de sus padres en aquel salón. Pero quedó grabado en mi mente. Ellos me hicieron todo tipo de preguntas, todas ellas relacionadas con el nuevo trabajo de su hija. Amablemente fui contestando una a una todas sus interrogantes. Cuando decidieron que ya estaba saciada su curiosidad, se interesaron por mí. Relaté que llevaba un año casi, desde los 18, en aquella empresa. Buenos pagadores, con proyección de futuro y  amables y atentos con sus empleados. Entre cigarrillo y cigarrillo, pues me consumían los nervios en su presencia, apareció ella. Radiante. Espléndida. Preciosa. Como una rosa de abril.

Una vez estuvo lista, nos marchamos a su fiesta. La fiesta se celebraba en una céntrica discoteca. Al llegar, ya estaban allí sus amigas y amigos. Me presentó a ellos y todos nos caímos muy bien rápidamente. Observé como algunas de sus amigas gastaban bromas con ella hacia mi persona. Me halagaba. Era claro que yo le gustaba. Un par de copas, un par de bailes. Y un par de besos clandestinos. Fue todo lo que necesitamos para fijar en nuestras mentes y nuestros cuerpos el deseo que sentíamos ambos. Yo nunca había tenido sexo con una chica. Me había matado a pajas día tras día. Lo pasaba bien, pero suponía que con una chica, lógicamente lo pasaría mejor. Y si esa chica me gustaba, más todavía.

Ardiente por descubrir el amor, cuando terminó la fiesta, me ofrecí llevarla a su casa. Ella aceptó gustosamente. Por nada del mundo me quería separar de aquella chica. Ella estaba encantada conmigo y yo con ella. Al llegar a su calle, nos quedamos dentro del coche un buen rato. Nos besábamos tiernamente. Los besos dieron paso a las caricias, las caricias al deseo. Las interrogantes planeaban sobre nuestras mentes. Ambos queríamos más. Cada lapso, cada instante, acentuaba más nuestro deseo. Sus labios rojos como rosa de abril se posaban en los míos con tanta ternura que por un momento pensé que me iba a correr allí mismo. Agitados y deseosos llegó la hora de la despedida. Ella salió del coche y se encaminó a la puerta de su casa, seguida por mi mirada. A mitad de camino se frenó y giró sobre sí misma ofreciéndome una imagen imborrable de su figura. Retrocedió con pasos decididos. Abrió la puerta del coche y entró de nuevo a ese cubículo de amor donde nuestros besos aún se respiraban en el ambiente.

Me tomó por la nuca y me besó furtivamente. Unos instantes para reaccionar y tomándola del talle la abracé y correspondí a sus besos con pasión. Una gota de semen atrevida hizo acto de presencia en mi calzoncillo. Levanté el borde de su vestido blanco y mi mano se posó en aquel muslo tierno. Sus pechos eran inabordables para mí. El corte del vestido que llevaba me impedía acceder a ellos. Pero mi mano acariciaba su muslo con deseo irrefrenable. Los ruidos que emitían nuestras bocas resonaban en mi mente mientras nuestras lenguas seguían con su particular lucha. Ella, probablemente más versada que yo en esos asuntos, dejó caer su mano en mi entrepierna y jugando con  el cursor de la cremallera de mi pantalón, la bajó. La dureza de aquella masa de carne la excitó más. A duras penas pudo liberar el falo que guardaba dentro. Enseguida notó la mancha. Esa gota delatora de mi deseo. Sus dedos menudos y finos envolvieron mi pene  en un abrazo a la vez que me miraba a los ojos. Miró su reloj. Eran las 11 de la noche. De un 11 de abril.

Liberando el titán de su mano, se incorporó en el asiento, ahuecó su vestido e introdujo ambas manos dentro de él. Al sacarlas de debajo, sus bragas rosas me golpearon en la vista. Humilladas fueron a parar encima del salpicadero. Aquello era una invitación. No podía optar por interpretarlo de distinta forma. La señal se produjo cuando ella tomó el tallo de nuevo y comenzó a agitarlo de arriba abajo lentamente. Guió con su mano la mía y una vez que estuvo bajo su vestido la abandonó para que explorara las rutas del placer del tacto. Mi mano reptó por la cara interior de su muslo izquierdo lentamente. Jactándose del contacto con su piel. Y ascendió más. Con nervios y prisas. Nuestras bocas seguían pugnando en una lucha particular. Mi brazo derecho abrazaba su cuerpo por la cintura. Mi mano izquierda alcanzó la meta.

Al llegar a ella fue recibida con la humedad propia del deseo. Mis dedos juguetones comenzaron a desperezarse y se solazaron con su lubricación. Los movimientos de su mano en mi pene fueron más intensos, más descarados. Su grieta suave dejaba escapar sus fluidos para mayor deleite de mis dedos. Quizá el más osado, el más largo, quizá el más indicado, tomó posición en el centro de aquella raja. Corazón se llama ese dedo. Como si de un lenguaje especial se tratara dió órdenes a los demás compañeros para que flexionaran sus falanges y como jefe estatutario penetró dentro de aquella cueva sin explorar. Los jadeos de ella se hicieron intensos. Con sus dientes mordía mis labios y nuestras salivas se confundían en una sola. Mi dedo entró y salio, y volvió a entrar y salir. El dedo pulgar acudió en su ayuda y mientras corazón estaba dentro explorando, pulgar presionaba de izquierda a derecha sobre aquel micropene erizado. Aquello era demasiado para ambos. Y ambos lo comprendimos.

Giré la llave del contacto del vehículo y este se puso en marcha. Había que huir de aquella calle. Arranqué con cierta prisa. Pasé un semáforo en rojo más pendiente de su mano izquierda que se afanaba en mantener aquella erección de mi polla, mientras con su mano derecha exploraba bajo su vestido. Miré sus bragas rosas descansando sobre el salpicadero. Dos calles a derecha, una a izquierda y un paseo largo, nos condujo hasta una zona poco frecuentada y oscura. Tiré de la palanca del freno de mano y mi coche negro quedó perfectamente camuflado bajo aquel árbol grueso y frondoso. Me giré hacia ella y la besé.

Como dos autómatas abrimos ambas puertas y salímos del vehículo, penetrando nuevamente en el por las de atrás. Sin dilación nos fundimos en un  nuevo beso. Mis zapatos fueron desalojados de mis pies y ella ayudó a bajar mi pantalón y mis calzoncillos hasta mis tobillos. Se puso de pie agachando su espalda para no chocar su cabeza con el techo. Remangó su vestido desde el borde, y con sus rodillas se hincó en el asiento dejando mis piernas protegidas por sus muslos. Se sentó sobre mí, más cercana a mis rodillas que a mi pene. Rápidamente introduje mi mano dentro de su vestido y el roce de su vello púbico en la palma de mi mano fue una sensación nueva para mí hasta entonces.

En esa postura su grieta se había abierto más. El entusiasmo de sus carnes se hacía patente en mis dedos. Bajé el botón de los seguros de las puertas y alcé su vestido hasta la cintura dejando ante mi vista aquella perla negra que cumplía 19 años. Sus pechos seguían siendo inalcanzables para mis manos. Levanté más el borde de su vestido como inquiriendo lo que quería de ella. Comprendió y su vestido fue espoleado de su cuerpo. Esa primera visión de ella en la penumbra del interior del coche, sentada sobre mis piernas, desnuda casi por completo y con su cuerpo sólo adornado por el sujetador blanco, hicieron que experimentara una sacudida en mi interior, más parecida a una taquicardia que al triunfo de la meta alcanzada. La breve visión del sujetador blanco dio paso a la hermosa perspectiva de sus pechos empinados y bellos provocando que mis manos acudieran al reclamo de aquellos pezones turgentes.

Con mis manos sobre aquellos pechos, ella incorporó sus nalgas y tomando entre su mano suave mi miembro, lo apuntó a la raja de mi deseo. El primer contacto con su sexo fue especial. El roce de mi glande en su vello y la posterior absorción de aquel por su vagina, hicieron que dos o tres gotas de semen resbalasen hacia el exterior. Un calor abrasador y un escozor impropio fueron la antesala del placer que de inmediato comencé a sentir. Mi boca succionaba sus pezones con ternura. Mis manos acariciaban sus nalgas. Ella abrazaba mi cuerpo con sus brazos. La sincronía de nuestros movimientos no era la correcta, pero no importaba. En unos instantes mi eyaculación se puso de manifiesto y me vertí dentro de ella. Al notar como había terminado, se frenó en su cabalgada dislocada. Me miró y me sonrió. Supe que ella no había terminado. Era visible. Venció su cabeza sobre mi hombro y permaneció así unos minutos. Luego, me besó de nuevo con la misma ternura de antes. Saqué mi pene mojado y pringoso de su interior, y con unos klineex nos limpiamos. Las partículas de papel quedaron pegadas en mi verga. Con cariño y ternura la besé de nuevo.

Ser agradecido es de ser bien nacido. Otro refrán. Y yo lo soy. Y en ese instante lo fui. La tumbé en el asiento del coche, abrí sus piernas y me acerqué a su sexo con mi boca. Ella lo había limpiado, pero vencí todo pudor que me reportaba su estado. El amor que sentía por ella podía más. Mi lengua se abrió paso entre mis dientes y con el mimo que sólo el amor puede conseguir, lamí aquella grieta muy lentamente. Como mejor sabía. Como mejor podía. Con mis manos separé sus labios exteriores hasta dejar franco su clítoris. Jugueteé con la punta de mi lengua en ese botón. Provocaba en ella jadeos y más deseo. Ante la inminente llegada del orgasmo, introduje dos dedos dentro de su vagina a la vez que con mi lengua seguía relamiendo aquella raja de perdición. Unos estertores más parecidos a unas convulsiones, me indicaban que ella estaba disfrutando del orgasmo proporcionado por mí. Con 19 años dejé de ser virgen. Ella se había encargado de todo. Y había sucedido con alguien a quien quería. Con una rosa de abril.

Una vez recompuestos, y mientras fumaba, grabé con la punta de mi navaja en aquel árbol frondoso aquella fecha. Montamos en el coche y tomé dirección hacia su calle. La acompañé hasta la puerta de su casa. La besé con ternura en sus labios rojos. Nos despedimos con una mirada tierna, dulce y feliz. Camino del coche, me giré dos o tres veces para volver a verla. Deseaba que fueran las 7 de la mañana para volver a verla en el trabajo. Miré el reloj sentado frente a mi volante, eran las 12 de la noche. Las doce de la noche de mí último 11 de abril, pero yo aún no la sabía.

Aquella mañana del 12 de abril me desperté lleno de vida. Un  sol resplandeciente me visitaba a través de los cristales de la ventana de mi habitación. Me sentí bien. Nuevo, contento, alborozado. Y con la sangre trastornada. Ya se sabe, la primavera….la sangre altera.  Me duché corriendo y me vestí para encaminarme a mi trabajo y, sobre todo, a encontrarme con mi amor.

Al llegar a mi trabajo pregunté por ella. No había ido a trabajar. Había llamado a las 6,45 de la mañana para decir que dejaba el trabajo. Me quedé anonadado. No sabía reaccionar. El día pasó de una manera soporífera y cuando llegaron las 6 de la tarde, tomé mi coche y conduje hasta su casa. Con paso decidido me planté en su puerta. Cuando iba a llamar la vi llegando. Pero no venía sola, la acompañaba un muchacho más o menos como yo. Rubio, bien vestido. A lo lejos los vi parar en su caminar y con un abrazo recibieron un beso que me pareció tierno y lleno de amor.

Rápidamente eché a andar para que no me vieran y me escabullí de allí. Escondido tras un árbol, aún pude ver como los dos entraban en la casa mientras se hacían arrumacos. Unas lágrimas brotaron de mis ojos y sin darme cuenta me encontré sentado al frente del volante de mi coche. Recorrí varias calles de esa pequeña ciudad. No veía nada. Sólo veía su mirada tierna de la noche anterior cuando nos despedimos en la puerta de su casa. Y frente a mi volante acudió a mi mente ese refrán “Abril encapulla las rosas y mayo las luce abiertas y hermosas”. Yo era abril y había encapullado a esa niña y el rubio la lucía abierta y hermosa. Borré de mi mente el 11 de abril. Me juré que jamás tendría en cuenta que existía ese día en el calendario. Seguí acudiendo a mi trabajo día a día, mes a mes, año tras año. Solo la vi un día, un 11 de abril.

Diez años más tarde, al llegar a mi trabajo, mi encargado me entregó una carta. Olía a algo conocido por mí. Tal vez era olor a rosas de primavera. Creí conocerlo. Miré el sobre, no había remitente. Sólo una reseña que indicaba “Entregar a Pablo”. Con nervios e intriga abrí el sobre. Era ese olor. A rosas de primavera. Y al leer las primeras palabras recordé aquel aroma en casa de ella aquel 11 de Abril.

“Como sé que te gustan mucho los refranes, me permito enviarte este << Abril, los almendros en flor, los pájaros al sol, los jovencitos al amor>> y aunque ya tengamos casi 30 años, no olvido aquel 11 de abril. Si tu vida te permite acudir a mi encuentro, si aún deseas verme, te espero esta noche bajo el árbol donde grabaste 11 de abril.”

Mis lágrimas inundaron mis ojos. Empañaron la visión de su hermosa letra. Me veía corriendo a su encuentro y ella esperándome bajo aquel árbol grueso y frondoso, donde después de sentirme un hombre realizado, y  mientras me fumaba un cigarro, grabé con la punta de mi navaja la fecha en que perdí mi virginidad. Me aclaré la visión secando mis lágrimas con mi mano y miré el calendario. Era 11 de abril. Había recuperado la fecha borrada diez años atrás. Y por la noche, recuperaría 10 años de ausencia del 11 de abril. Recuperaría a 11 de abril.

Tal día como ese perdí mi virginidad y entregué mi ilusión. Y un 11 de abril sacó mi espiga a relucir, pues abril, abrilillo, siempre fue pillo. (Con todo mi afecto para 11deabril)

Autor: Coronelwinston

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Escrito por Marqueze

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