A los pies de mi esposa

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Cuando mi actual mujer aceptó casarse conmigo, estaba seguro que sería capaz de hacerla feliz por el resto de mi vida. Yo estaba perdidamente enamorado de ella y, por consiguiente, haría todo lo posible para satisfacer cada uno de sus deseos, anhelos y caprichos. Creía firmemente que el amor incontenible que sentía y siento por ella podría romper con cualquier barrera que nos pusiera la vida.
Eso era lo que pensaba cuando aún no habíamos tenido la que para ella fue una muy decepcionante noche de bodas. Ambos veníamos de familias ultra católicas y tremendamente conservadoras, por lo que los dos habíamos decidido llegar vírgenes al matrimonio. Aunque eso significara que nuestra única actividad hasta la noche de bodas, durante dos años noviazgo, fuera darnos besos con lengua, abrazos, y uno que otro toqueteo en el trasero, pero siempre sobre la ropa.

Por ello eso es que al llegar el momento de vernos desnudos, yo casi me voy de espalda al verla sin ropa. Era espectacular, de película, a sus 22 años era dueña de una belleza fulminante. Pequeña pero muy voluptuosa, con pechos grandes y firmes, trasero redondo y lleno de carne, cintura de avispa, blanquita como la leche y una cara de traviesa sensualidad. Yo era increiblemente afortunado.
El problema fue que ella no pudo sentirse igualmente bienaventurada cuando me vio desnudo. Sino que al contrario. A los 24 años mi cuerpo estaba bien, pero ni siquiera pudo ocultar su cara de decepción cuando vio a mi pene en su máxima expresión. Once breves centímetros que ni siquiera eran gruesos sino que muy por el contrario, era una verga pequeña y delgada, arriba de unas diminutas bolitas que terminaban de avergonzar tan humilde aparato..
Al frente mío tenía una belleza cinematográfica que toqué, besé y lamí por todos lados, pero cuando llego el momento de penetrarla mis endebles embestidas no le permitieron obtener el placer que debiera haber tenido, ni que decir de llegar al orgasmo. Pero no me preocupé en ese momento. Dicen que el primer polvo nunca es glorioso, y este claramente no lo fue. Le salió un poquito de sangre pero según me comentó no le dolió mucho, “sentí poquito” me dijo al confesarme que no le había dolido casi nada su pérdida de la virginidad.
Nuestra luna de miel fue una maratón de sexo y placer para mí, pero de mucha insatisfacción para ella. Me obsesionaba la hermosura de su cuerpo y por eso la lamia entera, desde los pies bien formados y pequeños hasta su culo carnoso, su vagina llena de sabor, su sensible clítoris y sus inabarcables pechos, todo. Era un lamedor empedernido y eso la hacía gozar, pero cuando se trataba de meterle mi verga, no pasaba mucho.
Tampoco podemos decir que yo durara durante largos periodos, a lo más 2 o 3 minutos. En ese breve momento ella sacaba un par de gemidos que más parecían emitidos por lástima que por placer, hasta que una noche me empezó a decir.
– Más adentro, más al fondo.
– Estoy entero amor – le respondí avergonzado.
– Dale más adentro por favor, trata, has algo, me pica mucho al fondo – me lo dijo con un dejo de angustia.
– Cariño no llego más adentro.
– Necesito más adentro, al fondo amor, que me pica, me pica mucho, necesito hasta el fondo – me decía ya desesperada.
Y no alcance a responderle ya que procedía a eyacular sin haberla dejado libre de su “picazón”. Ella quedó con una evidente cara de insatisfacción, y yo con vergüenza me fui al baño a mojarme un poco. Nuestra vida sexual no andaba bien, pero veníamos de familias ultra-conservadoras en donde el tema del sexo es tabú, así que no hablábamos mucho de ello.
El tiempo pasó y nuestra vida sexual no mejoró, por el contrario. Nuestros coitos fueron más esporádicos. A ella le gustaba que yo le lamiera cada centímetro de su cuerpo, sobre todo el clítoris, el culo, las tetas y los pies. Pero si se trataba de meterle la verga, no se entusiasmaba nada. Según me decía, si se calentaba mucho le empezaba a picar la entrepierna, pero por el fondo, muy adentro, y yo no llegaba ni cerca. Así que en un intento de darle un giro a nuestra vida sexual, y asumiendo que yo no era capaz de “rascarle” su cuevita, le pedí que me contara sus fantasías (aparte de recibir verga hasta el fondo claro), que yo trataría de hacerla realidad.
Tras vacilar un poco, me confesó que le excitaba mucho sentirse dominada, estar amarrada recibiendo verga y ella siendo la esclava de un buen pedazo de…
– ¿De qué mi amor? – le pregunté intrigado.
– Eeeh, nada cariño, eso, que me gustaría sentirme dominada. – me dijo no sin un dejo de vergüenza.
Y ese mismo fin de semana decidí llevar a cabo su fantasía, compre un par de cosas en un sex-shop (una cadena y unas cuerdas) y me apresté a cumplirle la fantasía a mi mujer. La esperé en la casa y al llegar la conduje con suavidad al dormitorio. No se entusiasmó mucho cuando la desnudé y la amarré, pero se dejó hacer. Y yo más que darle órdenes como un macho dominante, parecía más bien pidiéndole favores a un superior jerárquico.
Empecé a lamer su cuerpo desnudo y amarrado. Era la gloria. Sus pechos enormes, de esos que no caben en una mano, con unos pezones rosados y grandes que ruegan por ser mordidos y succionados. Un trasero que dan ganas de meter la nariz hasta el fondo, lleno de carne, parado, redondo, grande y que pide ser langüeteado sin cesar, y como yo disfrutaba de su cuerpo al máximo, ella se comenzó a calentar, a mover más, a pedir más placer, y yo en mi papel de “macho dominante” no sabía muy bien qué hacer.
Le pegué una palmada tímida que no consiguió nada, y luego procedí a intentar penetrarla, pero los nervios, y lo raro que me sentía en el papel dominante hicieron que mis once centímetros de verga fueran ahora no más de cuatro. Por lo que yo figuraba arriba de la cama, con una verguita minúscula y fláccida, y un pedazo espectacular de mujer amarrada pidiendo ser follada con una comezón adentro de su vagina que la tenia desesperada, pero que yo no tenía herramientas como para poder aplacar. No llegaba con mi verga, ni con mi lengua, ni con mis dedos. Mi cuerpo sencillamente no podía hacer rascarle su comezón.
 2
Luego de ese papelón, me volví todavía más inseguro sexualmente, ya no solo me complicaba el tamaño de mi pene y el hecho de que mi esposa estaba muy insatisfecha, con una comezón constante en su vagina que yo no podía rascar, sino que además me rondaba la impotencia. Empezó a pasar de forma recurrente que yo no lograba tener una erección como para penetrarla. Y por ende, si es que era posible, mi esposa estaba aún más insatisfecha. Llevábamos más de 2 años de casados y jamás había logrado sacarle un orgasmo con mi pene.
Nuestra vida sexual estaba llegando a niveles escandalosamente negativos, hasta que un día mi mujer llego con una solución.
 – Amor, he pasado por el sex-shop y he comprado algo que debí conseguir hace mucho tiempo. Espero que entiendas que es algo que necesito, y confío en que seas lo suficiente maduro como para compartir esto conmigo.
Dicho esto, saca de la bolsa un consolador que si lo comparamos con mi polla es enorme. Unos 16 o 17 centímetros y de muy buen grosor. Yo al verlo entendí de inmediato que no podía ni chistar. Ella ha sido siempre reprimida sexualmente por su educación católica, muy moderada. Así que si ha tenido que pasar por un sex-shop a comprar algo que le ocultaría a cualquiera de sus conocidos, es porque realmente ella necesitaba que le metieran algo más contundente. Por lo que con la mejor sonrisa, me presté a jugar con ella.
Debo decir que nunca jamás la había visto jadear de la forma en que lo hizo. Lo que estaba sintiendo mientras yo le metía y le sacaba el consolador con la mano, era algo nuevo y glorioso para ella. Lo disfrutó a más no poder, me dijo que por fin se había sacado la comezón de adentro de su entrepierna (que la tenía vuelta loca), y al terminar me dio las gracias. Como si yo hubiera hecho mucho.
El consolador trajo vientos frescos a nuestra relación. Empezamos a tener sexo más seguido y siempre, pero siempre teníamos que terminar con el consolador adentro de ella. Incluso se puso más atrevida y me pidió que compráramos uno de los canales porno del tv cable, “para aliñar un poco las cosas” según dijo. Yo no me compliqué así que gustoso acepté comprarlo. Y obviamente que lo primero que hicimos al comprarlo fue verlo y ponernos a hacer el amor.
La lógica de ahora era que yo la lamia por todas partes, luego la penetraba con mi pene (ella ni se molestaba en fingir), la lamia un poco más y posteriormente, entraba el consolador. Pero ahora nos pusimos a ver la porno y mientras ella estaba encima de mí, recibiendo una verguita que apenas sentía, en la pantalla había un tipo muy bien dotado que recibía una felación de una linda rubia. La escena era tranquila. La verga en primer plano y la mujer chupando y lamiendo con calma. Y ante eso, mientras yo estaba adentro de ella, mi mujer comenzó.
– Mi amor, mira esa verga – me dijo golosa.
– Ssssi linda, si la veo – le respondí
 – Es grande, gorda, linda. – Bueno mi amor.
– le dije para decir algo.
– Que rica se ve, yo nunca he visto una verga así. – me dijo con un pucherito.
– Hey!! Has visto la mía
– Jajaja, pero no compares ternura, lo tuyo es como un juguetito al lado de eso. Eso es una verga de verdad – hasta gesticuló mostrando la tele.
– Pero la mía también puedes lamerla así. – le dije sin convicción.
– Noooo, eso es imposible, ahí hay mucho más para lamer, para englutirse, uff, que rico seria lamer esa verga mi amor. -y empezó a calentarse- ay lindo me encantaría poder lamer esas vergas, debe ser tan rico sentir la boca llena de carne, y no estar como ahora, que siento que salto encima de nada amor.
Yo solo pude escuchar un poco más y ya me estaba corriendo, no pude aguantar más. Así que como todas las veces que teníamos sexo, agarré el consolador y me puse a metérselo, pero ella no sacaba la vista de la pantalla.
– Quiero una verga así, mi amor, necesito una verga así.
 – Pero mi amor, con este juguete estás bien, ahora tienes orgasmos, ahora puedo rascarte.
– Nooo, yo quiero chupar una verga, sentir la carne dentro de mí. Mi amor, yo necesito sentir una verga de verdad, soy una mujer candente, lo merezco – afirmó con convicción. Ahí fue cuando me desarmo, “lo merezco”. Era la mujer más sexy que podía imaginar, por supuesto que merecía lo mejor, lo mejor en todo. Y eso incluía la parte sexual.
 3
Pasaron un par de días y la pornografía se instaló en nuestro hogar. A veces yo llegaba a la casa y ella estaba viendo una porno con su juguete adentro de ella, y con total desfachatez me decía “amor, mira que rica se ve esa verga, ufff, como están follando a esa mujer, que envidia”.
Y yo simplemente agachaba al cabeza, aunque debo reconocer que me excitaba mucho ver a mi mujer así de caliente, y fue en esa circunstancia cuando me di cuenta que había sido reemplazado completamente por ese pedazo de plástico. Ella estaba masturbándose viendo una porno de tipos que dominaban a mujeres esclavas sedientas de verga, y cuando yo me acerque para penetrarla, me paró en seco.
– ¡¡No!! Que no ves que estoy gozando – me dijo en tono de reto.
– Déjame metértela un poquito amor – le rogué.
– Sí sé que sería un poquito, siempre es solo un poquito, porque tienes poquito cariño. Ven, mejor láme mi cuerpo, que en eso eres bueno, y si quieres puedes pajearte. – me dijo con un tono magnánimo mientras seguía jugando con el consolador.
 Y eso hice, me puse a lamerla. Primero el coño, después el culo, le chupe las tetas, y terminé lamiendo sus pies. Los succionaba, lamía, y me metía los dedos a la boca mientras ella seguía metiéndose frenéticamente el consolador, y en la tele un tipo le pegaba con la verga en la cara a una hermosa y sumisa mujer.
Al terminar cada uno y al bajar el calentón, nos dimos cuenta de la posición en la que habíamos terminado. Ella estaba sentada en el sofá, y yo de rodillas aun besando sus pies. Me miro hacia abajo y mientras movía su pie refregándomelo por la cara, me dijo.
– Cariño, yo no puedo seguir así, estoy cansada del juguetito. Yo avergonzado solo atinaba a seguir lamiendo sus pies, sentía que mientras más lamiera, más satisfecha iba a estar, pero aunque a ella le encantara que yo le lamiera sus pies, no necesitaba un lamedor, necesitaba verga, nada más que eso , mucha, mucha verga.
– Amor, tu sabes que te amo, eres el hombre de mi vida, pero mira (mientras dijo esto, con su otro pie se puso a tocar mi miembro), mira esta cosita, este gusanito. Es tan pequeño, tan blandito, liviano, flaco, mi amor, lo siento pero tu gusanito es insignificante. – No lo decía con rabia, ni con pena, era simplemente una afirmación.
No sé porque, pero mientras dijo eso nuevamente se me puso dura. Ella jugueteaba con “el gusanito” por entre sus dedos, y me seguía diciendo lo mucho que necesitaba algo de verdad. Pero yo deje de prestarle atención ya que mientras ella agarraba al gusanito con su dedo gordo, vi la oportunidad de agarrar su pie, y meterle el gusanito entre el dedo gordo y el dedo que lo sigue, y me puse a “follarle” su pie.
– Jajajaja, mi amor, que estás haciendo, uuuy , no tan brusco que me haces daño jajaja – me dijo con carcajadas.
Mientras ella se burlaba de forma juguetona, yo empecé a calentarme como pocas veces. Estaba follándome a su pie derecho, al izquierdo lo lamia de forma frenética, y ella aprovechó mi calentón para continuar diciéndome que necesitaba verga, y que quería mi aprobación.
– Amor, mientras tú me follas mis deditos, mi chochito y mi boca siguen con ganas de verga, no de gusanito. ¿qué vamos a hacer? -Yo seguía lamiendo y follando.
– Responde cariño, ¿qué vamos a hacer? Sigo con ganas de verga, estoy caliente cariño, muy caliente. – me dijo poniendo tono de calentura.
 Al ver que no había respuesta, saco su pie follado y dejó solo el que estaba siendo lamido. Ante lo cual yo me angustié, estaba demasiado caliente y le empecé a rogar de forma desesperada que me dejara seguir follando. Mi posición de inferioridad era absoluta, y mis ruegos me hacían aún más sumiso
– Déjame seguir, por favor, haré lo que quieras – le supliqué.
– No quiero que hagas nada lindo, solo tienes que dejarme hacer. –afirmó con autoridad.
– Sí amor, lo que tú quieras hazlo, pero déjame seguir follando por favor – a estas alturas yo lamia y lamia su pie para buscar su aprobación.
– Bueno, entonces vas a tener que aceptar que venga un macho de verdad, y me dé a probar de una vez por todas lo que es una buena verga. Quiero lamerla, quiero que me follen, quiero sentirme mujer. Algo que tu jamás has logrado hacerme sentir.
– Si amor, dale, haz lo que quieras, que te folle quien quiera, pero déjame seguir metiéndosela a tus deditos. – mi angustia era real.
– Bueno futuro cornudín, ahí tienes. Tú me follas los pies, y algún macho vendrá a follarme todo el resto de mi cuerpo. – dijo satisfecha.
 Y diciendo eso me pasa su pie y yo me pongo a bombear como loco. Era un placer indescriptible, ya que su vagina siempre la había sentido un poco ancha, no tenía mucho rose, pero ahora sus dedos apretaban al gusanito abarcándolo entero de carne que le quedaba apretadita volviéndome loco de placer. A los pocos segundos de eyacular explosivamente, me di cuenta de lo que había dicho, y mientras ella se paraba, me dice: “ya no hay vuelta atrás cariño”.

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