A pedido de mi tio

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Todo comenzó un día en que compartí un café con mi tío en un bar céntrico.

Todo comenzó un día en que compartí un café con mi tío en un bar céntrico.

Él es el hermano menor de mi madre y siempre había sido afectivamente cercano a mí a pesar de llevarme unos 20 años de diferencia.

En realidad su invitación se debía a que quería pedirme un favor. Mi tío pretendía que su esposa, mi tía Mariela, trabajase en mi despacho de abogado.

Me contó que ella siempre había sido muy activa, pero que últimamente la notaba algo deprimida y que pensaba que ocupándola tal vez recuperaría su natural alegría.

En realidad mi tía no necesitaba trabajar. Mi tío era hombre de una fortuna que, si bien no era la de un multimillonario, sí alcanzaba para cubrir lujosamente las necesidades de su esposa.

Y la verdad es que yo no necesitaba una asistente (ese era el único puesto en el que imaginaba a la tía Mariela dentro de mi entorno laboral), pero en ningún momento se me ocurrió negarme al pedido que mi tío me hacía. Y la razón, que era muy clara y que jamás diría a mi tío, es que mi tía Mariela había sido la madrina de todas mis fantasías desde que yo tenía uso de razón.

Así que simple y pacientemente escuché a mi tío con la expresión uno (atención, seriedad y comprensión) dibujada en mi cara hasta que terminó con su monólogo y luego de unos segundos de silencio forzado (ya que mi interior no salía de su excitación ante lo que estaba escuchando y lo que imaginaba como posibilidades de futura intimidad con Mariela) simplemente dije: “Si tío. Encantado. No hay problemas. Dile que puede comenzar mañana mismo.”

El resto de la tarde y parte de la noche fueron para mí de una vigilia muy optimista. Mi tía Mariela contaba entonces con unos 42 años y poseía un cuerpo espectacular. Yo lo conocía muy bien, dado que uno de mis pasatiempos en las aburridas fiestas familiares era radiografiar cada centímetro de su humanidad, rozarla “casualmente” en cuanta oportunidad se presentaba, apreciar su exquisito buen gusto al vestir y gozar con el aroma que su cuerpo despedía.

Les cuento.

Mariela medirá como 1,75 metros y es esbelta, ya saben: no es una flaca desnutrida ni una gorda celulítica. A decir verdad su cuerpo era muy firme porque siempre (y hasta hoy) ha sido devota del gym. Eso es notorio en sus torneadas pantorrillas (hecho que resalta aún más cuando usa zapatos de finísimo tacón), en sus largas piernas, en su culito redondo y en sus senos, que sin ser gigantes, aparecen muy firmes bajo sus entallados vestidos.

Su cabello es negro, lacio y cortado hasta la base del cuello por detrás, con flequillo hasta las cejas.

He escuchado a algunos primos míos decir que el punto más flojo de Mariela es que tiene cara de puta. Yo no creo que sea así. O al menos no creo que sea su punto flojo. Quizás, de haber sido yo su esposo, le hubiese sugerido que no resaltara tanto sus ojos con el delineador negro.

Pero claro, yo no era su esposo. Y su cara de puta no solo me excitaba enormemente, sino que la imagen de esos ojos resaltados mirándome fijo mientras lamía mi pene con su lengua me acompañaba en mis sueños desde hacía años.

Así es que, no creo, insisto, que su cara fuese un problema. A mí me gustaba su manera de vestir cortas faldas, sus largas piernas y sus modales de muñeca siempre lista a ser cogida por un buen semental. Y mi tío, al que yo quiero mucho pero eso no hace a la cuestión, nunca tuvo facha de ser un buen semental. Tal vez tuviera mucho dinero, pero como modelo publicitario se hubiese muerto de hambre.

Y si me preguntan, dicho sea de paso, creo que la infelicidad de mi tía distaba mucho de ser causada por una ocasional falta de trabajo sino, más bien, al hecho de que empezaba a sospechar (tal vez inconscientemente, seamos inocentes por un segundo) que era una hembra insatisfecha.

Retomando la cuestión, recuerdo que una vez, ocurrida también en una de esas reuniones familiares) ella estaba levemente pasada de copas. Durante un buen rato la observé vacilante dentro de su cuerpo de diosa y esa sola vez me sirvió como argumento de infinitas pajas posteriores. No me malentiendan. En aquel momento yo era tan solo un dieciséis añero calentón y med

roso a quien solo le quedaba la masturbación como único recurso.

Pero ahora la cuestión cambiaba. Yo ya era un hombre hacía tiempo y tenía bastante experiencia en temas sexuales. Además, el ejercicio de mi profesión como abogado litigante me había dado una seguridad argumental tan elevada que me hubiera permitido convencer a un muerto de la necesidad de regresarlo a la vida. Otra cosa a favor, sin que me crean engreído, es que nunca tuve dificultad en conquistar a la mujer que se me pusiera a tiro.

Y eso era, precisamente, lo que mi tío acababa de hacer. Mi tía Mariela era el blanco.

Ahora la cuestión sería encontrar la manera de convencerla de que en realidad ella había nacido para ser mi putita personal. No podía fallar. Contaba con todas las ventajas del mundo y con mi habilidad. Solo era una cuestión de tiempo.

Mariela se presentó puntualmente a las 9am. Estaba radiante dentro de un vestido ejecutivo, de falda entallada solo un par de dedos sobre sus rodillas. Su trasero redondo resaltaba a cada paso que daba sobre unos zapatos negros, clásicos, de tacón fino. Y sus pechos parecían reventar dentro de su ajustada camisa blanca.

Yo la recibí con mi mejor expresión dos (medida alegría, cordialidad y afectuosa caballerosidad) y la invité a compartir un café en mi despacho para explicarle sus nuevas funciones y deleitarme viéndola cruzar y descruzar las piernas.

Mientras le hablaba, mi lengua se movía con rapidez acerca de temas profesionales, pero mi cerebro seguía delineando mi perfecto plan de emputecimiento.

Ella se notaba contenta ante este desafío, e insistió un par de veces en que tenía muy en claro que la familiaridad se acomodaría a las circunstancias laborales. Estaba convencida de poder actuar con total profesionalismo.

Una vez terminadas las formalidades, la acomodé en su escritorio y comenzamos a trabajar.

Me costó mucho concentrarme en mis labores ese día. La oficina olía a mujer. Mi polla reventaba y me incomodaba bajo el traje. El taconeo de Mariela resonaba en mis oídos y tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para no saltar sobre ella y poseerla por la fuerza en la intimidad de mi despacho.

Con el correr de los días fuimos construyendo una nueva clase de relación más allá de la familiar. Mucho se ha hablado de ello en cientos de foros. Los efectos que causa el hecho de que las secretarias pasan más tiempo con su jefe en la oficina que con sus maridos en el hogar.

En pocos días aprendimos a complementarnos laboralmente y a entendernos con más miradas que palabras. Ella seguía viéndome como su sobrino 18 años menor y mis acercamientos eran tan lentos y prudentes que impedían a Mariela ver más allá de mis intenciones secretas.

Una rutina que establecimos fue particularmente provechosa. Surgió casualmente, cuando ella comentó que los jueves, mi tío solía salir de su trabajo a tomar unas copas con sus amigos y luego a cenar, por lo que llegaba a casa muy de madrugada los viernes. Y un poco después, me confesó que esa situación le causaba algo de soledad. Yo no dudé, le dije que era común que los hombres adoptaran esa costumbre los jueves, que era natural y que yo mismo lo practicaba, aunque claro, yo no era casado.

Ella mostró interés por saber que hacía en esas ocasiones y percibiendo una oportunidad la invité a ir conmigo al otro día y comprobarlo con sus propios ojos..

Así fué. Salimos a eso de las 19 y conduje mi automóvil a un discreto pero concurrido pub de la City donde los ejecutivos y sus secretarias solían hacer alto para entonarse con unos tragos antes de dedicarse a la fornicación y el adulterio.

Esa noche Mariela estaba despampanante. Tanto que cuando entré pude percatarme de que los hombres desviaban su mirada a nuestro paso.

A mí se me iban las manos por acariciar las medias de mi tía mientras tomábamos champagne sentados en la barra. El cotorreo de los parroquianos forzaba a que nuestros diálogos fuesen casi mejilla a mejilla y su aroma me dejaba extasiado.

Ella, por su parte, daba todo el aspecto de ser una dama elegante disfrutando de un paseo no habitual. No parecía perturbarla el hecho de que estábamos, quiérase o no, como pareja y bebía (yo lo noté) sin demasiado complejo.

Con el correr de los minutos y de las copas nos fuimos relajando aún más. Eso hizo que me animara a tocarla en su brazo, o que distraídamente me animara a pon

er mi mano sobre su pierna sin que ella hiciera ningún gesto de rechazo. Al contrario, parecía divertida mezclada en esa fauna de ejecutivos trajeados y secretarias jóvenes.

Sin darnos cuenta, se hicieron las 11 de la noche y fue ella quien sugirió no beber más (“me empiezan a hacer efecto las copas”) por lo que yo opté por retirarnos. Al hacerlo la tomé de la cintura para conducirla al guardarropas y gentilmente le coloqué el abrigo antes de salir a la calle.

Cuando detuve el auto frente a su casa, ella comentó que mi tío aún tardaría en llegar y yo, sintiendo que la invadía el desasosiego (y porque no, a pedido de mi polla), le pregunté si no quería que la acompañara un rato más, una última copa.

Mariela aún no daba señales de percatarse de lo peligroso que se ponía el asunto. Aún hoy creo que nunca siquiera sospechó mis intenciones. Si bien nuestra relación se había profundizado, yo era a sus ojos el sobrino de su esposo.

La casa de mi Tío es grande y muy bien arreglada. Entramos, encendió la luz del living y se disculpó por dejarme solo unos minutos y pasar al baño.

Yo Serví dos vasos de escocés con hielo y cambié la iluminación del techo por una más apagada.

Cuando regresó la sorprendí con la copa y la luz tenue.

Ella sonrió y me dijo “Con tanto alcohol esta noche dormiré muy bien”.

Yo apenas la escuché. El efecto del licor también se notaba en mi manera de mirarla.

Miraba sus piernas enfundadas en medias negras y sus tacones, que le daban un aspecto bellísimo.

Mariela caminó a encender un poco de música y yo no aguanté más.

Me coloqué detrás de ella y tomándola de la cintura por su espalda, arrimé mi paquete a su culito respingado al tiempo que mis labios le daban un corto beso a su cuello.

Ella sintió el impacto. Noté que se tensaba tratando suavemente de separarme.

“Oye,¿Qué haces?” ,me dijo en tono normal pero que era de indudable rechazo.

Yo la puse frente a mí sin retroceder un milímetro e intenté besar sus labios con un pico suave.

“Manuel, estás borracho. No me gusta esto, soy tu tía. No me faltes el respeto”.

Yo no hice fuerza. Pero acerqué mis labios a su oído “Es que sos una hembra que me pone a cien”.

Ella me apartó con sus dos manos sobre mi pecho, pero no lo consiguió porqué aún la tenía tomada por la cintura.

Mariela forcejeó, pero no podía conmigo en un duelo de fuerza.

Al fin fue cediendo y pude introducir mi lengua en su boca. Sentí que ella se entregaba y que las lenguas calientes se mezclaban con lascivia.

Mis manos comenzaron a tocar su culito y las de ella a abrir la cremallera de mi pantalón para liberar a mi polla de su prisión.

Poco a poco se puso de rodillas frente a mí y empezó a lamerla sin dejar de mirarme a los ojos.

Era mi sueño.

“Vamos putita, cómela. Cómesela a tu sobrinito”.

Ella mamaba como una experta y con deseo. Pero yo no quería acabarme. Así que cuando sentí que ya no podría aguantar más el lechazo, la incorporé y mientras besaba su boca desprendí su falda que se deslizó suavemente al piso.

Si Mariela era un infierno de mujer vestida, desnuda superaba todo lo que hubiese imaginado antes.

La tenía entregada, en braguitas de hilo dental que se perdían entre los cachetes duros de su culito paradito, con medias negras y zapatos de tacón, luz y música tenue, algo borracha y enteramente entregada a mis perversiones.

La giré y la apoyé sobre la pared, aparté su hilo dental y mis dedos palparon su conchita… ¡depiladita! Y muy, muy mojada.

Mi polla entró en su chochita como si conociera el camino desde siempre. Se deslizó con facilidad. Mis manos acariciaban su culito y mis oídos escuchaban sus grititos de placer que eran la respuesta a mi suave bombeo.

Tuve que forzarme un poco para que acabara antes que yo.

Quería satisfacerla. Quería hacerla esclava de mi polla. Y para eso debía cogerla muy bien.

Después de una acabada interminable, cuando percibí que sus jadeos estaban declinando, entonces descargué toda la carga de mi polla en su interior y acompañé mi orgasmo con un grito en su oído.

“Toma putita. Llévate puesta mi carga.” Fue un polvo magistral. Con la mejor mujer. Y con el morbo de ser mujer ajena.

Tardó un poco en r

ecuperarse. Aún así tuvo tiempo de arrodillarse a mis pies para lamer mi polla y dejarla reluciente.

Luego se incorporó silenciosamente, se acomodó la braga de hilo dental y tuve el placer de verla caminar con el paso vacilante típico de las mujeres bebidas hasta recuperar su vaso de whisky y beber de ella con rostro de puta bien cogida y satisfecha.

Esa visión me empalmó otra vez. Me acerqué a ella, me hinqué y mi lengua recorrió su concha. La mezcla de jugos innundó mi boca. Ella entreabrió sus piernas para facilitarm el trabajo y eso me excitó más.

“Tómame por el culo” escucharon mis oídos sin poder creerlo.

Nuevamente la giré, mis dedos empapados de semen y flujo lubricaron hábilmente su ano y mi pija una vez más la penetró con fuerza hasta las pelotas.

Esta vez fui despiadado. No solo bobeé sin ningún miramiento. También mi lengua se desbocó en su oído.

“Siempre supe que eras una putita calentona,¿Qué sientes al cuernear así a tu esposo?” Ella jadeaba, gozaba y aún así me contestaba: “Mi esposo es un borracho que no me coge hace meses. Yo quería que me cogieras vos. Por eso pedí el trabajo”.

¡Eso era!. ¡Ella lo había manejado todo el tiempo!. ¡Y yo que me creía un campeón!.

Su afirmación destruyó mis barreras. Al oírla, al comprenderla, mi polla explotó en una catarata de semen. Y ella explotó conmigo. Le había hecho el culo a mi tía Mariela y yo era feliz.

Un rato después, cuando ya distendidos solo nos besábamos tiernamente, comprendí que lo difícil no había sido coger a mi tía. Lo difícil sería encarar la vida de ahí en más, con ella siendo mi tía casada y con mi deseo de hacer morir mi polla dentro de su cuerpo eternamente.

Pero como solucioné esa cuestión es parte del siguiente relato.

Autor: afonsocapone_7

afonsocapone_7 ( arroba ) hotmail.com

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Escrito por Marqueze

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