A quien la suerte se la de

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Yo estaba ya bien calentita, no sólo le permití a Toño que se me pegara como una lapa, sino que ni siquiera le aparté la mano cuando empezó a acariciarme los pechos. Piluca estaba cabalgando como una posesa encima de Pepe, la pareja de Helena. Arturo, mi novio, estaba entre las piernas de Helena, y Juan tenía a Andrea sobre él, moviéndose como una condenada.

Faltaba un hombre para completar cuatro parejas. Y Toño (cosa rara), se acordó de mí.

– ¡Diga!- ¡Hola, Alex! Soy Toño. ¿Cómo te va, tío? Toño no llamaba nunca. De modo que, si lo había hecho, es que quería algo de mí. – Bien, hombre, como siempre. Y tú, ¿qué tal? – Tirando. Oye, te llamaba porque hace mucho que no nos vemos, y a lo mejor… Verás, este fin de semana hay una fiesta en el chalet de unos amigos, y he pensado que igual te apetecía. – ¿Los conozco? –pregunté. – No, pero son gente muy maja, ya verás. (Ahí había gato encerrado, seguro). – Oye, Toño. Nos conocemos desde la escuela, así que ¡déjate de chorradas! ¿Cómo es que me llamas al cabo de?… (Ni me acordaba de cuándo fue la última vez que hablamos). Clarito y al grano. ¿Qué fiesta es esa, y por qué me invitas?

– Tú siempre tan suspicaz. Bueno, por una vez tienes razón. Verás, es que normalmente coincidimos cuatro parejas en casa de esos amigos. Una de esas parejas eran Marina y Arturo. Pero resulta que se han tirado los trastos, a pesar de lo cual Marina se ha empeñado en venir, aunque sólo sea de mirona… (Se cortó claramente en ese punto). – ¿Cómo que de “mirona”? –pregunté. – Bueno, déjame que te explique. Es que se trata de una fiesta muy especial…

– ¿Qué tiene de especial? – Bueno, tío, que tú no has nacido ayer -explicó-. ¿Has oído hablar de “swinging”? (Claro que sabía el significado de la palabra. Aquello empezaba a ponerse interesante). – Sí, por supuesto. – Pues va de eso. Cuatro parejas, todos gente agradable, que nos reunimos unas cuantas veces, sobre todo durante el verano, para pasarlo bien… Sin complejos ni inhibiciones.

Se me levantó de inmediato. Uno había oído hablar de esas cosas, por supuesto. Pero si tuviera pareja, pues no me gustaría un pelo seguramente ver como se la follaba otro tío. Pero aquello era distinto, porque ni conocía a la tal Marina, así que… Se me ocurrió de repente una idea que consiguió que el pene volviera a su estado de reposo.

– Oye, Toño, ¿va de todos con todos, o sólo chico-chica? – Bueno, uno de los tíos es bisexual, pero los demás no nos prestamos, y eso quedó muy claro desde el principio Aunque, como tú eres nuevo, a lo mejor te hace alguna proposición, ¡je, je! – Mira, Toño, será mejor que lo olvides. – ¡Que no, tío, que no! Que es broma.

Total, que acabó convenciéndome (no le costó mucho, no). Había que recoger a Marina, que no tenía coche. No me importaba, y además me solucionaba otro problema, porque ella sabía donde era el sitio (un chalet en una zona exclusiva, fuera de la ciudad), pero yo no. Al día siguiente me llamó Toño de nuevo, y me dijo que la chica me esperaría el viernes a las 6 p.m. en… (Una dirección del centro). Total, que llegó el viernes. A lo largo de esos días, estuve varias veces a punto de arrepentirme. Pero luego venía a mi imaginación una escena de orgía que vi hace tiempo en una peli porno, y me empalmaba sólo con la imagen mental. Además, es que llevaba ya más de dos meses sin un buen conejo que se comiera mi nabo. Así que lo dejaba correr.

Cuando vi a la tal Marina, se me “cayeron los palos del sombrajo”. Uno se había imaginado una chica normal tirando a feíta, falta de sexo, pero nada más lejos de la realidad. Casi tan alta como yo, morena con el pelo cortito, ojos castaño muy claro, con unas pestañas más largas que mi hipoteca, una naricilla ligeramente respingona que le daba un aire travieso, boca llena, unas tetas redondas y altas muy bien puestas, cintura estrecha que dejaba paso a unas caderas muy apetitosas, a juego con su culito, de esos de nalgas bien diferenciadas. ¡Y qué muslos! Llevaba un vestido claro de una pieza, con la falda cortita, así que pude apreciar lo bien formados que los tenía. A juego con sus piernas, realzadas por unas sandalias con medio tacón.

Decididamente, su novio merecía un par de ostias, por dejar a una cosa así. Me quedé tan agilipollado, que ni reaccioné cuando ella me estrechó formalmente la mano. Luego conseguí salir del trance, le dije alguna pavada que no recuerdo, y nos sentamos en mi auto.

Yo estaba más “cortado” que la leche. Veréis, os lo explico: uno conoce a una chica que le gusta, y piensa en “llevársela al huerto”, si, pero en un futuro indeterminado, sin plazos. Pero aquello rompía todos mis esquemas porque, aunque acababa de conocerla ¡íbamos a follar!, y la idea me produjo una erección imparable. Ella también estaba un poco violenta, todo hay que decirlo. Rehusaba mirarme, y tenía que sacarle las palabras con sacacorchos. De todos modos, se le había subido la falda hasta bastante más arriba de lo que aconsejaba la decencia, y no había hecho ninguna intención de cubrirse, con lo que tenía una perspectiva increíble de sus apetecibles muslos, casi hasta las braguitas. (Si es que las llevaba). Me atraganté sólo de imaginar que dentro de un rato podría comprobar seguramente si se había puesto o no ropa interior. Decidí que lo mejor para romper el hielo, era “coger el toro por los cuernos”:

– Oye, Toño no me ha explicado prácticamente nada. ¿Te importaría ponerme al corriente?

Ahora sí me echó una larga mirada. Dudó unos instantes, y luego se decidió a hablar.

– Pues verás. Somos… éramos -corrigió- cuatro parejas muy liberales, incluyendo a Toño y Andrea, su novia. No hay apenas reglas, sólo una higiene estricta, y buen “rollo”.- Perdona…  -titubeé unos instantes, luego me decidí-. No me respondas si no quieres, pero se me hace un poco “cuesta arriba” que una chica tan bonita como tú… No iba bien. – Bueno, quiero decir que yo tenía la imagen de que esto era cosa de parejas ya maduritas, que se aburren haciéndolo solos, y buscan la variedad para mantenerse sexualmente activos.

Marina tardó en responderme. Luego pareció decidirse:

-Verás, no fue de golpe y porrazo, sino que la cosa fue derivando poco a poco. Al principio sólo nos reunimos un par de veces para cenar o tomar una copa. Llegó el verano, y una noche -sonrió- en la que todos habíamos bebido algo de más, alguien propuso bañarnos en la piscina. Hacía mucho calor, y apetecía. Pero claro, sólo los dueños de la casa tenían bañador. Fue Helena “con hache” -por primera vez oí su risa- (es que se presenta así ella misma, explicó), la primera que dijo que no le importaba bañarse en ropa interior, si nadie se fijaba mucho. Al final resultó que sólo llevaba unas braguitas muy pequeñas debajo del vestido, pero parece que no le importaron las miradas de todos los hombres, y se metió en el agua. Aquello fue como la señal.

Todos los hombres se las arreglaron para convencer a sus parejas, y el próximo recuerdo que tengo es que estaba nadando sólo con sujetador y tanga. Cuando se me pasó un poco la borrachera por efecto del agua fría, me avergoncé un tanto, pero ¡se estaba tan a gusto! Cuando salí fuera de la piscina, me quedé de piedra: Piluca y Juan (los anfitriones), completamente desnudos, me ofrecieron una toalla. Yo no sabía qué hacer, pero ellos actuaban con mucha naturalidad, y enseguida se apartaron para atender a otros. Otra vez fue Helena, la más decidida. Después de secarse ligeramente, dijo que le molestaba la humedad de las braguitas, y se las quitó. Y poco a poco, todos fueron siguiendo su ejemplo. Se echó a reír de nuevo.

– Yo estuve un buen rato tapándome los pechos con un brazo, y con la mano en… -carraspeó-. Bueno, finalmente, dos copas más, todo el mundo estaba desnudo, total, que se me fue pasando poco a poco el pudor. Aquella noche no sucedió nada más -continuó-. Pero el fin de semana siguiente volvimos. Nos habían citado a las 7, como hoy, o sea que era de día. Me extrañó que Piluca y Juan llevaran albornoces, porque hacía calor. Pero cuando habíamos llegado todos, se los quitaron, y estaban desnudos, como la otra noche. Luego Juan hizo un discursito hablando de nudismo, de que total, ya nos habíamos visto todos así…

En unos minutos estábamos todos en pelotas de nuevo. Otra vez me dio algo de vergüenza, porque la vez anterior, mal que bien, la oscuridad me hacía sentirme más oculta, pero mi novio me animó, y me daba reparo ser yo la única vestida, total que me desnudé también. Creo que Piluca y Juan lo tenían todo planeado. Después de la cena, pusieron música suave, y salieron a bailar, animándonos a que los imitáramos. Ya estábamos todos más o menos acostumbrados a estar sin ropa, pero bailar desnudos, bueno, todos nos fuimos excitando poco a poco. Y cuando vimos a Juan y Piluca haciendo el amor sin ningún reparo, abrazados sobre el césped… bueno, el paso siguiente fue más fácil, y al cabo de unos segundos estábamos mi novio y yo imitando a los anfitriones, como todo el mundo. Se detuvo unos segundos antes de continuar.

El paso siguiente vino rodado. Dos semanas después, ya nos pareció a todos de lo más natural desnudarnos nada más llegar. Todo se desarrolló lo mismo, hasta que a la hora del baile, en lugar de hacerlo con su mujer, Juan se acercó a Andrea y la sacó a bailar. La chica lo dudó un poco, miró a su pareja como pidiéndole permiso, pero luego se decidió. Y al final, terminamos bailando todas con todos, alternativamente. En un momento determinado estaba yo bailando con Toño, que por cierto estaba bastante… excitado. Yo trataba de mantenerme a distancia, pero su “cosa” me rozaba continuamente, y me fui excitando sin querer. Quise apartarme, pensando que a mi novio igual no le parecía bien, pero entonces le vi bailando con Helena, y no sólo estaba bien pegadito a ella, sino que tenía una mano metida entre sus piernas. Así que un poco por rabia de ver lo que estaba haciendo mi novio, un poco también porque a esas alturas yo estaba ya bien calentita, no sólo le permití a Toño que se me pegara como una lapa, sino que ni siquiera le aparté la mano cuando empezó a acariciarme los pechos.

Cuando me quise dar cuenta, éramos los únicos bailando. Piluca estaba cabalgando como una posesa encima de Pepe, la pareja de Helena. Arturo, mi novio, estaba entre las piernas de Helena, y Juan tenía a Andrea sobre él, moviéndose como una condenada. Casi sin pensarlo, me encontré tumbada en la hierba con Toño, y… (A estas alturas, el relato de la chica me había puesto ya “a mil”. Me estaba imaginando la escena, cuando rompió el encanto la voz de Marina).

– Tienes que dejar la autopista en la próxima salida. Luego ya te indicaré. – Entonces -pregunté- ¿la cosa va de que cada quién se empareje con quién quiera? (Yo no había visto a las otras, pero tenía muy claro con quién quería aparearme). – Bueno, con el tiempo, fuimos introduciendo juegos y variaciones, no sólo para la asignación de compañero, sino para hacerlo más interesante. También hubo un par de parejas más, pero después de unas cuantas fiestas, no volvieron. – ¿Juegos? -inquirí extrañado. – Sí, verás. Hay uno por ejemplo, la “botella femenina”. ¿Sabes eso de que se pone una botella en la mesa, se hace girar, y el elegido o elegida es aquél al que apunte la boca cuando se detiene? Pues Juan hizo construir una mesa que tiene encima una plataforma redonda, que gira sobre ruedas en un carril. Entonces, se ponen todos los varones alrededor, y las chicas nos vamos subiendo una a una a la plataforma, con las piernas encogidas y los brazos alrededor de las pantorrillas.

La idea de una chica en posición fetal, mostrando de seguro la vulva entre sus piernas, me estaba provocando sofocos.

– Alguien la hace girar, -prosiguió-, y lo mismo que con la botella. Te toca con el tío que quede más cerca de tu cabeza. – Otro juego es el de la oscuridad, pero hay que jugarlo en una habitación vacía, para que nadie se lastime. Apagan las luces, con todos alrededor de las paredes. Entonces Juan da una palmada, y todos paseamos por la habitación, andando muy despacio. De vez en cuando tropiezas con alguien. Compruebas si es varón, y entonces él te mete mano, y tú a él, a tientas, sin saber de quién se trata.

Otra vez se echó a reír con ganas.

– Una de las veces a alguien se le ocurrió encender la luz, y pillamos a Helena y Piluca muy abrazaditas, aunque debió ser un error, porque no te imagines que hay sexo homosexual; sólo hombres con mujeres. Bueno -concluyó-. Cuando ya estamos todos “a tono”, una nueva palmada de Juan, y entonces… bueno, digamos que te tumbas en la alfombra con quién estés en ese momento.

Tuve que colocarme el pene dentro del pantalón, porque estaba dolorosamente oprimido. Hacer eso conduciendo no puede ser disimulado, así que Marina lo advirtió, y me miró con cara de picardía. Estuve a punto de pedirle que se callara, pero ella, sonriendo irónicamente, continuó.

– Está también el de “todos contra una”. Todas las chicas, por turno, nos tumbamos en una mesa… este… bueno, abiertas de piernas. Los hombres van pasando uno a uno, y te… lo hacen, exactamente quince segundos, cronometrados por los demás mediante un reloj de pared. Esto dura hasta que la chica se corre. Entonces se baja, y otra ocupa su puesto. Los tíos suelen aguantar bastante, porque tienen quince segundos de actividad, seguidos de cuarenta y cinco de descanso. De vez en cuando, uno de ellos no se puede controlar, y termina dentro de la chica que está en la mesa. Piluca me dijo una vez, cuando acabó el juego, que ella se había venido seis veces.

Estuve tentado de preguntarle cual era su “score”, pero me callé, no fuera a mosquearse. Marina continuó:

– Está también “el día de las chicas”. Sacamos de una bolsa un número, del uno al cuatro. Y por el orden de los números que hemos sacado, escogemos a nuestra pareja para esa noche. Se quedó pensativa. – Eso fue parte del problema con Arturo, mi novio. Andrea tiene una suerte increíble, y casi siempre le escogía a él. Se debieron aficionar demasiado, porque un día llegué pronto a casa, y me los encontré en la cama. Luego supe que llevaban viéndose a solas varias semanas… Total, que tuvimos una discusión, y rompimos.

No pude por menos de sonreír ante lo que me parecía una inconsecuencia. O sea, que Andrea y Arturo habrían follado veinte veces delante de ella, pero que lo hicieran ellos solos… eso no, era infidelidad.

– Luego hacemos concursos y exhibiciones, aunque últimamente no, porque ya son previsibles los ganadores. No hubo tiempo de que me explicara lo de los “concursos y exhibiciones”. Se interrumpió cuando parecía que iba a continuar: – ¡Ahí, es esa casa de la izquierda!

Alguien debería estar al tanto de nuestra llegada, porque la puerta cochera se deslizó silenciosamente sobre un carril. Aquello no era una casa, era una mansión. Seguro que la mía cabría entera en la décima parte de una de sus dos plantas. Y rodeada toda de un tupido seto, impenetrable a la vista. Muy conveniente. Estacioné el coche bajo una cubierta, donde ya había otros dos, y nos bajamos. No se veía un alma, y yo no sabía qué hacer. Pero Marina, muy decidida, se encaminó hacia la parte trasera, rodeando la construcción.

Cuando terminamos de dar la vuelta y vimos a los invitados alrededor de una enorme piscina, para mi desilusión, advertí que todos estaban completamente vestidos. Bueno, esto hay que matizarlo. Piluca (luego supe que se trataba de la anfitriona que, por cierto, llevaba muy bien sus cuarenta y dos años), vestía una falda negra larga hasta los pies, pero en la parte superior, sólo una blusita finísima sin nada debajo, que dejaba admirar sus pechos como si no la llevara. Yo siempre había pensado, cuando veía transparencias como aquella en un desfile de moda, que ninguna mujer se atrevería a ponerse algo así, pero estaba equivocado al parecer.

Helena con Hache había elegido una blusa con escote muy amplio y abierto, por el que se asomaba de vez en cuando uno de sus pechos, de pezones erectos, que no se molestaba lo más mínimo en volver a cubrir. Por debajo, una falda hasta las rodillas, que se abría en un costado hasta la cintura, dejando ver casi permanentemente un muslo muy tostado y bien hecho. Y Andrea llevaba una minifalda vertiginosa, que mostraba en cuanto se movía lo más mínimo el inicio de sus nalgas, cuando estaba de espaldas, o su pubis cubierto por una braguita roja, cuando estaba de frente. En la parte superior, una blusa sin espalda anudada flojito al cuello y nada debajo, porque sus pechos eran claramente visibles cuando te ponías a su costado.

En cuanto a los hombres, sólo un pantalón corto -Juan, según supe después- y un par de torsos desnudos, incluido el del anfitrión. (Y es que en esto de la moda masculina hay menos imaginación, y nadie diseña pantalones abiertos por los que asome la polla, por ejemplo). Todas las mujeres, preciosas, y todos los hombres “bien hechos”. Pensé que aquel conjunto de “cuerpos Danone” no se había reunido por casualidad, sino que había sido fruto de una cuidadosa selección (después confirmaría que, efectivamente, Juan y Piluca había elegido a las parejas entre sus amistades o conocidos).

No tenía planeado hacer una serie, pero es que me han salido cinco páginas de Word con los preliminares. De forma que lo dejaré aquí, y otro día seguiré con lo que pasó después. No os lo perdáis.

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Autor: A.V.

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Escrito por Marqueze

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