A Sus Ordenes Mi General (VI)

mi general

Cama matrimonial (II y final)

Al mismo tiempo que yo movía mi pelvis, Javier movía la suya. Yo no quería perderme de nada, por lo cual me agache y puse mi cabeza en la cama para así ver todo lo que Javier me estaba haciendo. Ver y sentir a la vez todo, me estaba llevando al Edén…, de repente Javier detuvo su meneo, sacó sus manos de mis caderas y se agachó. Yo quise saber y le pregunté:

– “¡Javier cariño!, dime…, ¿qué me harás?”.

– “Cosas muy ricas mi amor, cosas riquísimas…”.

No podía creerlo cuando vi que su cara se aproximaba muy de cerca de mi culo. Y lo mejor vino cuando su boca comenzó a acariciar los labios y el culo propiamente tal. La idea era que para la embestida trasera ambos estuviesen muy mojados, en condiciones óptimas para resistir y deleitarse con la clavada. Y no sólo fueron sus caricias orales que me estaban enloqueciendo, si no además las caricias manuales, digitales específicamente, porque Javier al percatarse de mi creciente y desbordante humedad, aprovechó de meter sus largos dedos dentro de mí, los tres dedos de al medio, el dedo corazón, el índice y el anular. Los movía como lanzas en mi interior, también los desplazaba independientemente, por lo cual la fricción fue única, maravillosa. Luego de estar varios minutos así, los sacó de mí, para pronto reemplazar los dedos por sus labios y su lengua, los mimos orales duraron sólo unos pocos minutos, ya que Javier decidió encargarse de otra parte de mi anatomía, la cual le interesaba en ese momento, mi culo. Sin perder tiempo, su lengua se dirigió a mi agujerito para brindarle mimos bucales, el propósito era que estuviese lo suficientemente húmedo para atravesarme. Para dilatar el espacio, Javier introdujo uno a uno sus dedos allí, hasta que los tres cupieron perfectamente dentro, los metía y los sacaba a un ritmo cada vez más frenético y demencial. Yo no soportaba más, quería que me partiese ya, y virtualmente le grité:

– “¡¡Javier métemelo ahora…!!”.

– “¡Te lo voy a incrustar bien profundo…!”

Javier se irguió a su posición original, aferrando sus manos a mis caderas y colocando su paquete pegado a mi culo. No pasaron muchos minutos cuando su pene se empalmó y directo me dio adentro. Como estaba húmeda, el roce de la atravesada fue magnifico, dentro de mis profundidades anales. Su pene me clavó en lo más profundo. Javier controlaba el ritmo y velocidad de la penetración, agitando mis caderas y las suyas, buscando la perfecta sincronía de los cuerpos. La metía y la sacaba, y con cada entrada y salida, Javier gemía de una forma gutural, casi estomacal, sus gemidos provenían desde muy dentro y todo eso me excitaba de sobremanera. El broche de oro fue, sin embargo, su exagerada y abundante acabada en mi culo, parte de aquel preciado líquido cayó en mis labios y parte de los muslos. Yo estaba con la cabeza apoyada en la cama, por lo que pude presenciar todo el espectáculo. Después de la embestida salvaje no resistí y caí de bruces sobre la cama, cayendo Javier encima de mí, exhausto.

Los latidos rápidos de su corazón los podía sentir en mi espalda como un tambor africano, junto con su respiración que me quemaba el oído derecho. Yo estaba cansada, pero aún encendida, mojada entera, por dentro y por fuera. Javier percibió mi estado y empezó a consentirme con sus pausadas pero efectivas caricias, él arriba de mí comenzó a agitar sus caderas, muy despacio, creando una fricción suave y grata. Al mismo tiempo sus manos me rodeaban entera, una por la cintura y la otra me maseajaba las tetas, también su boca besaba mi nuca, mi cuello, mi cara, mi boca. Estaba siendo estimulada por todos los frentes posibles, fue demasiado, tanto así que comencé a gritar incoherencias:

– “¡¡Javier, noo, siiiii, más, quiero, si, ay…!!”.

Yo quise y me di vuelta, quería darle la cara, besarlo, comérmelo de frente otra vez, demostrarle con mi cuerpo y mis ardientes palabras lo mucho que lo deseaba y cuan maravilloso amante era:

– “¡Te deseo mi amor!, ¡Eres el mejor, eres incomparable! …”, Le dije, a la vez que emitía un suspiro lleno de satisfacción.

Y él respondió:

– “¿¡Y qué puedo decir yo?!. Tú eres una mujer increíble, un regalo caído de

l cielo, una divinidad erótica, eres preciosa Helena y lo que más me alegra es que eres mía…”.

Él me abrazó de la cintura y del cuello, yo estaba abajo de él, rodeándolo con mis brazos y mimándolo con mis manos, me sentía en la gloria. Retomamos los siempre reconfortantes besos, besos profundos y calmados, tan ricos como los besos rápidos y superficiales. Nos besamos extendida e intensivamente, ambos sabíamos que era posible volver a subir a las cumbres más altas del placer con sólo nuestros besos. Sin embargo yo sabía que Javier necesitaría más tiempo para recuperarse, yo era la caliente multiorgásmica que no podía esperar, pero decidí esperarlo por el bien de ambos, es más, no me interesaba llegar a una nueva embestida, si no que me sentía igualmente dichosa disfrutando del momento, de las caricias y los besos. Este hombre era excepcional, yo creo que su señora no le sacaba el real provecho, no se daba cuenta del potencial amante que tenía, al menos que con la edad se haya puesto santa o aburrida, o lo que es peor para Javier, ambas. No obstante, esto me convenía, porque así YO me podía encargar del placer de Javier solita, además él lo aprobaba totalmente, por algo me escogió para cogerme, para hacerme su amante.

Realmente después de aquellos anteriores polvos quedamos casi muertos, contentos finalmente nos dormimos…, aunque solamente unas pocas horas, el show debía continuar…

Desperté hambrienta, parecía una leona que no comía en días. Sin despertar a Javier, me levanté de la cama y fui abajo a la cocina en busca de cosas ricas. Descaradamente me paseaba por su casa, desnuda, a mis anchas. Llegué a la cocina y me puse a revisar las despensas y el refrigerador. Escogí de todo para comer: Un pedazo de torta de piña, un poco de helado de vainilla, un vaso de coca-cola, me hice también un pan con jamón y queso, además de prepararme una paila con 4 huevos revueltos. Ese banquete sólo para mí, para mi frágil y delgado cuerpo, con un estomago de vaca. Me lo comí todo, quedando plenamente saciada; antes de subir a la pieza, decidí reposar unos minutos en el comedor de la cocina, me sentía como una bola y no subiría en esas condiciones a revolcarme con Javier.

– “¿A quién tenemos en la cocina comiéndose todo a su paso?”.

Creí morirme del susto cuando escuché eso. Era Javier que había bajado y entrado a la cocina sin que me percatara, entrando por la puerta trasera, la de la cocina…, ja, ja.

Me volteé automáticamente y Javier al verme la cara de espanto, se rió a mares, burlándose de mí. Se acercó y tomó asiento junto a mí, venía desnudo. Sentado ya, me dijo:

– “Precisamente yo venía a lo mismo que tú, a servirme algo contundente, estoy muerto de hambre, no sólo de mujeres bellas vive el hombre, linda, hermosa, ¿Por qué no complaces a este cansado ser que tienes al frente, sírveme tu algo de comer, ¿ya?”.

– “¿A sí?, ¿Acaso soy tu sirvienta?”, le dije para molestarlo, …mi amor claro que si, aunque después yo podría ser tu banquete…”.

– “Eso ni se dice primor, es OBVIO…”, respondió, a la vez que sonreía eróticamente.

Me levanté de mi asiento y busqué que prepararle a mi hombre. Desnuda como estaba me paseaba ante él, orgullosa de mis atributos que lo enfermaban de calentura. Él siempre me reiteraba cuan hermosa y deseable yo le parecía, mi pelo liso, dócil y largo, mi carita de mujer y de niña a la vez, que lo embobaba, mi boca carnosa, mi cuello largo, mis pechos de película, firmes, voluptuosos y erguidos, mi vientre liso, mis 58 cm de cintura, mis redondas caderas, mi casi no velluda concha, mi trasero parado, mis piernas, en realidad yo entera, junto con mi sensualidad para regalar.

Para aplacar el hambre de Javier, le hice un gran emparedado con jamón, queso, lechuga, tomate, mayonesa, en fin miles de cosas; también le serví un vaso repleto con bebida, para que pasara el pan. Se comió todo con gusto; y era comprensible, ya que habíamos gastado mucha energía en los polvos del comedor y de la cama, además este bocado nos ayudaría con lo que vendría…Javier después de haber despachado todo, se incorporó de su asiento y yo estando de espaldas en el refrigerador, no pude ver lo que hizo después, si no sentirlo. Yo me tenté con un vaso de bebida cuando de

repente sentí los brazos de Javier cercarme el cuerpo y sus labios besarme hasta el cansancio. Mientras me hacía todo eso, él me dijo extasiado:

– “¡Eres un bocado irresistible Helena!, sería imposible excluirte de un régimen de comidas, es más si me dieran a elegir entre mis alimentos favoritos y tú, me quedo definitivamente contigo!”, terminó de decirme para morderme el cuello…

– Javier se apegó tras de mí, no quería soltarme; su brazo izquierdo se situó en mis pechos y el otro en mi cintura, aunque estuvo ahí sólo unos momentos, porque después lo bajó poco a poco hasta llegar a mi entrepierna. Sus dedos se movían con agilidad allá abajo, procurándome gradualmente gozo en cantidades industriales. Para complementar los abrazos, Javier no cesaba sus besos por mi cuello, mi boca, los hombros, etc. Javier caminó unos pasos adelante para colocarme contra la puerta del refrigerador; el contraste de las temperaturas era exquisito, el cuerpo tibio, casi hirviente de Javier y la puerta del refrigerador fría. Él me tuvo por algunos minutos así, acosándome descarada y placenteramente. Yo estando ahí, a las 4 de la madrugada en la cocina de su casa, desnuda, él detrás de mi, apoyándome contra el refrigerador, se me ocurrió otra de mis locas, pero eróticas ideas…

Lo invité a que retrocediéramos un poco, lo suficiente para poder abrir la puerta del refrigerador y ver los contenidos de este. Al abrirla, exploré de un vistazo todo el interior y me encontré con varios alimentos, entre ellos una lata de crema batida. Mi imaginación dio rienda suelta, tomé la lata, me volteé, la dejé en la mesa y le dije a Javier:

– ” A ver mi estratega estrella. Tienes una lata de crema batida y a una mujer desnuda y caliente a tu entera disposición. ¿Qué se te ocurre hacer con ambas?”

Me miró feliz y sonriente. Apartó la lata, se dirigió a mí, me agarró de la cintura y me depositó en la mesa redonda, de 1 metro de diámetro. Por las dimensiones de esta, obviamente mi cuerpo no cupió entero en ella, mis piernas quedaron al aire. Javier me tomó de los tobillos, me hizo separarlas y luego me colocó las pantorrillas en sus hombros. Sentí gran curiosidad por lo que me haría, podría haber parecido obvio, pero quizás no tanto…Yo aferré mis manos a ambos lados de la mesa, la lata seguía ahí apartada, hasta que Javier la tomó en una de sus manos, la agitó y se untó gran cantidad en esta, para después frotar ambas manos con ella. Javier lucía muy seguro, determinado en sus actos y muy, pero muy caliente, y me dijo:

– “¡Qué rico, hay carne con crema…!”.

Y procedió a embetunarme con ella el cuerpo entero, desde el cuello hasta la entrepierna. Javier acercó su rostro a mí, llegando a mi cuello, el cual comenzó a besar y a lamer con delirio, este estaba bañado en crema, al igual que el resto de mis zonas estratégicas. Siguió bajando y deslizando su lengua por mis hombros, sus manos se encontraban firmes en mis caderas, pero en el momento que su boca llegó a mis pechos, estas los agarraron suave y vigorosamente, con utilizando sus labios y su lengua, me los succionó y chupó riquísimo los pezones y alrededores. Comencé a temblar y sentía que me estaba humedeciendo, o sea estaba contribuyendo con más crema hecha en casa, hecha por mamá, y crema natural por supuesto. Con su lengua Javier formó un ocho recorriéndome los pechos. Pronto se deleitó con mi vientre, lamiéndolo con arrebato, a la vez me hacía cosquillas en el con sus dedos, utilizando las yemas de estos y las uñas. Mi cuerpo se estremeció, pensé que la mesa no soportaría el agite de mi ser, me eché un poco hacia atrás, para tirar el cuello hacia atrás y quedar con la cabeza colgando. Gemía y balbuceaba cosas casi ininteligibles como una loca, loca de carne y de sexo sin control:

– “¡¡Ahhhhhhhh, Javier, siiiiiiiiiii, ahhhhhhhhh, me, me, no sé que…,… qué pasa…!!”

– “¡¡Y eso que esto aún no es siquiera la cuarta parte de lo que te haré! …”, Me dijo entre gemidos y controlados jadeos, continuando sus besos y lamidas por los alrededores.

Yo presentía la llegada pronta de un fantástico orgasmo, sólo faltaba la chispa que encendiera la bencina, y esta vino de la boquita de mi amor. Tomó mis piernas por los tobillos, la

s separó y me pidió que las echase hacia atrás, sin juntarlas, tomó la lata, la batió y sacó una gran cantidad de crema, la cual depositó en mi entrepierna, en mis labios, en mi concha. Comenzó a esparcirla en aquella zona con sumo agrado, estaba preparando el terreno para lo que ocurriría. Ya listo, dejó la lata por ahí, abrió mis piernas, acercó su cara a mis labios, no sin antes mirarme salvajemente. Con besos y lamidas varias, Javier se dispuso a remover la crema que él mismo había depositado allí. Lo más divertido era que yo estaba siendo tan estimulada, que empezó a brotar de mi más crema, crema natural de mi interior. Yo en un estado de locura sexual, le dije:

– “¡Acá tienes más crema, dale no dejes que quede nada de nada…!”.

Javier chupaba y chupaba, luego su lengua la plegó y la endureció para metérmela lo más adentro posible, a la vez que utilizaba algunos de sus dedos para realizar la misma función. ¡Este hombre realmente era y es una máquina sexual, toda una eminencia en asuntos bélicos…!. Ya aburrida de estar con mi cabeza en los abismos, la levanté y me levanté yo entera. Me afirmé de los hombros de él y me bajé de la mesa. Javier me agarró de la cintura, me acercó hacia él y me dijo:

– “¿Dónde va la chica insaciable?”, preguntó.

– “Tú mismo lo dices, yo soy una chica insaciable y te demostraré por qué…”.

Abrí el refrigerador y saqué algo de helado de vainilla; comí lo bastante para que mi boca estuviese helada. Ya satisfecha, me di vuelta hacia Javier, lo miré lujuriosa y puse mis manos debajo de sus hombros, a los lados. Luego las deslicé agachándome y llegué donde deseaba, a su entrepierna. Afirmé sus caderas con determinación y le dije:

– “¡¡Sujétate bien Javier porque esto va a ser bestial…!!”.

Sin perder más segundos, me metí su pene a la boca, como había comido helado, esta la tenía helada, por lo tanto el efecto que produjo el frío en su cuerpo fue inimaginable. Cuando la tuve bien adentro y Javier sintió el frío en todo su esplendor, no pudo evitar temblar como gelatina, fue tanto el contraste que de verdad tuvo que sujetarse de la mesa y me dijo casi gritando:

– “¡¡Helenaaaaa, oh mierda esto es, es, es……., oh sigue…….!!”.

Y seguí, no sólo porque él me lo dijera, además porque es una faena que me encanta realizar. Yo chupaba y chupaba, y también mis manos se paseaban por los alrededores, buscando botones de placer en su cuerpo. Mientras jugaba a complacer a mi hombre, él seguía gimiendo y estremeciéndose cada vez más alto y fuerte. Seguí, seguí sin clemencia hasta que obtuve lo que yo quería, su descarga blanca y lechosa. La recibí con júbilo dentro de mi boca. Con cuidado, la aparté de su pene para poder bebérmela con calma. Habiendo terminado, levanté la vista y lo miré sonriendo como niña que recibe un regalo. Luego él me levantó, tomándome de los hombros y me aproximó a su cuerpo. Yo lo rodeé de la cintura y él me abrazó por los hombros y nos besamos ahí de pie, junto a la mesa. Estuvimos minutos prolongados así, consintiéndonos con mimos y regalías varias. Después Javier me echó atrás poniendo mi parte superior contra la mesa. Al girar mi cabeza vi la lata, procedí a levantarme y la tomé en mis manos y dije:

– “¡Ahora es su turno mi general, vamos a la mesa ya!”.

Javier me obedeció sin chistar y se posó en la mesa, con las piernas abiertas y colgando, al igual como lo había estado yo momentos antes. Agité la lata, me eché una dosis bastante considerable, la batí en mis manos y finalmente le unté el cuerpo a mi hombre. Lo que había quedado en mis manos, me lo saqué a lamidas, haciéndolo sensual y provocativamente, del mismo modo que lo haría con Javier. La única diferencia fue que yo le unté crema en parte de la cara también. Inicié mis lengüetadas por las mejillas, en la parte del bigote, la barbilla para luego encargarme sin prisa alguna de sus labios, al mismo tiempo que me comía la crema, lo iba invadiendo con mi boca; él a su vez, iba quitando la crema que quedaba en mi boca. ¡Qué satisfacción más infinita!. Una mano la coloque en la mesa y la otra fue a manosearle la entrepie

rna a mi amor. Continué bajando, le lamí y le mordí el cuello, bajé a sus hombros, luego a su pecho, me detuve un instante en sus pezones y alrededores. Al quedar esas zonas húmedas por las lamidas, luego yo procedía a soplarlas suavemente, aunque lo que estos soplidos producían en Javier no era nada suave, si no al contrario…Él temblaba, las cosquillas lo sometían por completo. Javier se estaba yendo y su pene se estaba endureciendo…, se venía, se venía y yo seguí bajando hasta que me topé con su pene, aunque decidí darle sólo algunas caricias, no quería que acabara aún, en vez de eso, preferí montarme en él y recibir su estocada otra vez, arriba en la mesa de la cocina…

Javier era preso del descontrol, su cuerpo lo echó hacia atrás, quedando suspendido en el aire de la cintura hacia arriba, sus brazos los aferró en el borde de la mesa Yo me monté de tal modo, que mis piernas las puse al lado de las caderas de él, dobladas y apegadas a la mesa y por supuesto que mis labios quedaron muy unidos al paquete de Javier.

Mi torso estaba ligeramente inclinado hacia su cuerpo y mis brazos los apoyé al lado de la mesa, bajo las axilas de él. Ya en posición, comencé a menear mis caderas, persiguiendo como meta un polvo de lujo, más bueno de los que hayamos tenido antes. Con tanto agite, mis pechos bailaban al ritmo que yo les imponía. Mi pelo estaba en peor estado que los peinados de Tina Turner, pero lo importante era que Javier, yo y nuestra calentura formaban un trío envidiable. Pobre y al mismo tiempo afortunado Javier; su torso yacía colgado atrás en el aire, por lo que la sangre circulaba tanto a su cabeza como a su pene y aquella circulación loca lo trastornó. Y yo estaba embravecida saltando como si estuviese montada en un caballo. Con cada salto Javier y yo gemíamos, transpirábamos y mucho más…Un ataque de electricidad me envolvió el cuerpo, arqueé mi cuello, puse mis manos abiertas en el pecho de Javier y esperé su estocada. Cuando la hubo dado, emití un grito surgido desde lo más íntimo y básico de mí. Javier jadeaba cada vez más desesperado y…, acabó ostentosamente dentro de mí. Luego irguió su torso para quedar sentado en la mesa, yo seguía sentada sobre él y esta vez estiré mis piernas a los lados, nos encontramos en un emotivo abrazo, lleno de euforia. Nos mantuvimos así inmóviles por largos minutos, las piernas se me estaban durmiendo y le dije a Javier que me bajaría de la mesa. Así lo hice y él me siguió. Estabamos agotados, en especial él, que explotó en un orgasmo con la cabeza colgada en el aire. Tomamos asiento y reposamos más todavía.

Ya sentada, apoyé mis brazos en la mesa y arriba de estos mi cara, realmente quedé agotada, pero feliz, que era lo importante. Luego me levanté otra vez para mirar a Javier; ambos estabamos extenuados y nuestros ojos reflejaban gozo, alegría y mucha calidez. Javier acercó una de sus manos a mi cara para hacerme cariño, lo hizo muy tiernamente, al tiempo que me decía:

– “Helena, no me cansaré jamás de decir y repetirte lo hermosa que eres. Algo bueno debí haber hecho en alguna vida pasada para tener un regalo tan preciado como tú. Yo no soy como otros tipos que no valoran a las personas cuando las tienen, y yo te digo que eres una gran mujer, una mujer excepcional y no me refiero sólo a la cama. Eres increíble Helena y espero que esto siga hasta al fin…”, me dijo para después acercarse, tomar mi rostro y besarme suavemente.

Después del beso yo le respondí:

– “Esta noche te han bajado los arranques de sinceridad, y sabes, me fascina saber que todo lo que me dices es verdad, saber que lo que dices te nace de corazón, aunque no me ames”.

Javier miró el reloj de la cocina y dijo:

– “Mira, son las 5 y un cuarto de la mañana, ¡Cómo pasó el tiempo…!”.

– “Mi amor, no es eso, si no cómo lo pasamos nosotros durante todas esas horas…”.

– “Linda, a ti no se te va ni una…, ¿Vamos a la pieza a retozar otro poco…?”.

– “¿Qué crees tú cariño?”.

Javier se incorporó de su silla y me alzó en sus brazos para llevarme de vuelta a la pieza. Ya en ella, me depositó en la desordenada cama, toda revuelta, ya no se distinguían las sábanas de la cubierta. Debo decir que se respiraba una atmósfera de total deseo, de

calor, de humedad…Javier se tendió a mi lado y pronto me invitó a que me subiera a su cuerpo. Él se encontraba casi sentado en la cama, apoyando la parte superior de su cuerpo en unos cojines y en el respaldo de la cama. Yo me posé sobre Javier de la misma manera que lo había hecho en la mesa de la cocina, me senté arriba de él. En esa ocasión, no busqué el coito directamente, porque ansiaba disfrutar de todo lo que ocurriera, fuese lo que fuese, aunque sabía de antemano que sería algo más que bueno…

Lo abracé del cuello y de la cintura y él procedió a acercarse a mi cuerpo y a besarme con todo el tiempo del mundo. Entre los besos y las caricias, Javier me dijo:

– “Nena, ¿Cuánto rato prefieres esperar para que te atraviese, 20 minutos, media hora, 45 minutos, 1 hora…?”.

– “¿De verdad tengo que elegir un tiempo?”

– “Enserio linda”, me dijo para luego mordisquearme las orejas y el cuello

– “Bueno; a ver…, ay, eh,…, 45 minutos”.

– “Entonces así será”.

Luego llevó su brazo izquierdo al velador, tomó el reloj despertador y vio la hora. Eran un cuarto para las 6; lo volvió a dejar en su lugar y dijo:

– “Entonces a las 06:30 tendrás lo tuyo…”.

– “¡Lo sé, lo sé!”, Le dije gimiendo para después besarlo con entusiasmo.

Nos comimos una vez más, nos dimos tantas vueltas en la cama como si fuésemos trompos, agitamos nuestras piernas, arriba, abajo, a los lados, nos doblamos como papel, nos retorcimos como contorsionistas y en aproximadamente 45 minutos, Javier se irguió en su máxima expresión y me dio con todo y más incluido. Al terminar dentro de mí, me volteó para colocarme debajo de él y reanudo los besos y las caricias con más bríos que antes. Yo me dejé amar, ¡Me encantaba!. Abrí y doblé mis piernas, apoyando los pies en la cama. Javier exploraba mi cuerpo con descaro, con osadía, como si fuese la primera vez que lo hacía y como si jamás en su vida hubiese tenido a una mujer. ¡Lo hacía tan bien!. Me fascinaba dejarme amar por este hombre espléndido, hábil, experto…, yo por tanto le decía:

– “¡Ahhhhh, ayyy Javier, sigue así…, amor, te deseo…, dame más…, desgárrame con tus manos y cómeme con tu boca…!”.

Apoyó su mano abierta en mi espalda para empujar mi tronco hacia su cara y con la otra me manoseaba los pechos y su boquita los chupaba fervientemente. Sus labios succionaban gustosos mis pezones y yo sentía que el clítoris me martirizaba con sus incesantes cosquillas. Al terminar de probar mis pechos, Javier bajó por mi cuerpo, llegando a mis piernas, las acarició lentamente y después me agarró de los tobillos y me tiró hacia su dirección, con tal de que quedé acostada en la cama. Mis manos las llevé al respaldo de nuevo y separé mis piernas, para que Javier situase su cara entre medio de ellas.

Sin embargo lo que hizo Javier fue abrir sus piernas y brazos, los apoyó al lado de mi cuerpo, su cabeza apuntaba hacia el extremo opuesto del respaldo y ahí capté la idea: Llevaríamos a cabo un contundente y mojado 69. Nos acomodamos lo mejor posible y ejecutamos la obra, yo metiéndome el caramelo a la boca y sobándole los alrededores, y él chupando mis labios e introduciendo sus dedos artísticos dentro de mi vagina. Desde el fondo de ella, los líquidos espesos comenzaron a brotar al exterior, para el deleite de mi amante. Su lengua y sus dedos recorrían con plena libertad aquellos recónditos lugares carnales y yo por mi parte hacía lo mismo con su pene, lo tenía casi entero en mi boca. no me cabía debido a su gran tamaño.

Yo creo que estuvimos bastante tiempo chupándonos el uno al otro y luego de que transcurrieron varios minutos, Javier acabó en mi boca, el semen me corría por las comisuras de los labios, por la barbilla, hasta el cuello. Javier se apartó de mí y volvió a tenderse a mi lado. Al verme manchada, procedió a acercar su boca a esas áreas y chuparlas. ¡Javier estaba bebiendo sus propios líquidos, y gozaba de lo lindo haciéndolo!. Cuando terminó se puso a mi lado y me abrazó. Yo apoyé mi cabeza en su hombro derecho y también lo abracé. Eran las 07:30 de la mañana y decidimos descansar definitivamente, ya no había tiempo para otro retozo, además ya estabamos muy agotados.

Aproveché el mom

ento de pausa para preguntarle a Javier como había logrado que su esposa se fuese de la casa por toda la noche, y él me contó todo con lujo de detalles:

– “Fíjate que para fortuna nuestra, no fue un asunto complicado. Eh…, acuérdate que ustedes se fueron a su casa a las 9 y media de la noche, ¿cierto?. Bueno, yo calculé el tiempo que te demorarías en llegar a la casa y poder llamarte. Y ahí se me ocurrió una gran idea: Sin que mi esposa me viese, me fui a la pieza y desde mi celular llamé a mi propia casa, luego colgué y desde el mismo teléfono marqué tú número, la idea era que pareciese que me estaban llamando a mi, ¿entiendes?…”.

– “… A eso de las 10 te llamé, hablamos y todo. Al finalizar la llamada, le dije a mi esposa que un general me había llamado y le dije que se me había olvidado decirle a ella durante el día que yo supuestamente había acordado organizar una reunión de generales acá en mi casa, que duraría toda la noche y que por supuesto las esposas no podrían estar presentes. Así es que la convencí y la di vuelta para que fuese a la casa de su padre a quedarse, y fue así como todo resultó a la perfección. Ella se fue un cuarto para las 11 a casa de mi suegro y tú llegaste acá a las 11…, y el resto de la historia la conocemos sólo nosotros Helena…”.

Yo lo miré contenta. Javier era un as mintiendo, y le dije:

– “¡Realmente eres increíble, consigues lo que quieres a costa de todo y de todos, es por eso que me atraes tanto, te deseo…”.

La hora había pasado volando y eran ya las 08:15 a.m. Javier me dijo:

– “Helena es hora ya que bajemos, nos vistamos y ordenemos todo el revoltijo que quedó…”.

De acuerdo, fuimos abajo a ordenar todo, primero a buscar nuestras ropas que habían quedado esparcidas por toda la sala de estar. Si ustedes hubiesen visto el desorden que era esa casa, hubiesen pensado que en ella hubo un asalto o algo parecido. Si, así fue, aunque la naturaleza del asalto era otra, un asalto carnal. Lo primero que fui a buscar, fue mi minifalda, que estaba tirada en la alfombra, cerca del sillón, luego el top, en un extremo opuesto y ambos zapatos, que se encontraban en lugares distintos. Ya tenía todo mi conjunto completo, faltaba sólo vestirme, y antes de, Javier me sugirió:

– “Ya que fui yo quien te desvistió, dejarme ser yo mismo quien te vista…”.

Yo entusiasta le dije:

– “¡Pero obvio que si mi amor, ven acá y vísteme…!”.

Javier caminó hacia mí, tomó las ropas de mis manos y las puso en el sillón, al momento que me pedía que me sentara en el. Agarró la mini, la ordenó, me pidió que juntara las piernas y me la colocó. Acto seguido, me tomó del pie izquierdo, colocándome el zapato correspondiente, lo mismo hizo con el otro. Ya estando vestida de abajo, Javier me ordenó que me parara y le diese la espalda. Se puso tras de mí, me rodeó con sus brazos y con el top en la mano, lo situó en mis pechos para después ajustar los broches de este, durante la faena, no dejaba de procurarles deliciosas caricias a ellos. Cuando terminó, me volteó a su cara, me abrazó y me besó con pasión. Él siendo astuto, ya se había colocado los pantalones, quedando su torso al desnudo. Yo le dije:

– “Eres malo, no quisiste que te vistiera, déjame por lo menos colocarte la camiseta y la chaqueta…”.

– “Preciosa perdóname. Pero sabes prefiero que me beses antes que me vistas, total yo soy él que se queda solo en casa, después veré que cosa me coloco cuando llegue mi señora”.

Obedeciendo a la petición de Javier, puse mis manos al lado de su torso y comencé a besarlo partiendo desde su cuello hasta el vientre. Luego subí efectuando el mismo recorrido hasta llegar a su boca, besándonos largo y tendido. Pronto Javier me asió de la cintura, me tendió en el sillón, él luego arriba de mí y procedió a besarme como un enfermo, a la vez que metía una de sus manos bajo la mini y llegar a mis labios, los cuales estaban recobrando su humedad. Yo abrí mis piernas y comencé a menear mis caderas, con tal de que sus largos dedos se introdujeran lo más hondo posible dentro de mí. Yo gemía y gemía una vez más y le pedía, le rogaba que no se detuviera, ¡lo que me estaba haciendo era incomparable!. Esta incursión no terminó con un polvo, porque

ya estabamos vestidos, sin embargo no lo necesitamos, igual fue extraordinaria.

Yo con mi chaqueta puesta, ya seca y ordenada, me despedí de Javier, quien me dejó en la puerta y esperó hasta que me perdiese por las calles. Al salir, no lo hice por la puerta principal, si no por la puerta trasera, ya que a esa hora ya estaba claro y no podíamos arriesgarnos a que nos viesen juntos.

Llegué a mi casa, lógicamente partí directo a mi pieza y me desvestí. Antes de quedarme dormida, recordé con pasión la jornada vivida en la casa y en la cama de Javier, la cual fue como siempre, gloriosa. Y dormí hasta despertar bien entrada la tarde…

( *Los nombres han sido cambiados para proteger a los verdaderos protagonistas )

Autor: Barbalina

barbalina ( arroba ) hotmail.com

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Escrito por Marqueze

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