ABUNDANCIA DE CUERNOS

Maridito ¿te excita que te ponga los cuernos? Tus deseos son órdenes. Una buena esposa ha de complacer en todo a su amo y señor. Vas servido y bien servido. No te obsequiaré con el cuerno de la abundancia, pero con abundancia de cuernos te aseguro que sí.

Cuando me lo propusiste por primera vez, pensé que me ponías a prueba y reaccioné como debe hacerlo una esposa honesta: "¿Te pone caliente imaginar que me acuesto con otro? ¿Pero te has vuelto loco?". Mientras protestaba, me estalló por dentro un no sé qué que me alborotó las entrañas. Acostarme con otro…Ser adúltera…

El escondido -y en tantas ocasiones rechazado- sueño de toda mujer. Sentir ceñido el cuerpo por unos nuevos brazos nacidos únicamente para mi placer, oler un distinto sudor, sentir el áspero roce de otra mejilla, recibir otra lengua que me explora la boca, chupar una verga que nunca antes se lamió… Me tocabas, queridísimo esposo, y, ahora lo sé, soñabas que era otro quien me acariciaba los pechos. También yo lo soñaba. Cerraba los ojos y trasformaba tu tacto conocido en el de otros dedos impacientes y gruesos de uñas recomidas y sucias -ignoro la causa, pero me ponía a mil imaginar unas uñas sucias cosquilleando en mi piel.

Me frotaba contigo como nunca antes lo hice, pero hablaste y se diluyó el encanto. Era la voz de siempre, la voz que hace cinco años dijo "sí quiero" delante del cura y de los hombres mientras la marcha nupcial de Mendelson se desgranaba en el viejo órgano parroquial. El erotismo se tomó vacaciones, la excitación se despeñó bajo mínimos y la aventura se trasformó en rutina de sábado noche.

Insististe en tu fantasía un par de semanas después. Soñabas que me penetraba otro hombre, incluso dos al tiempo, mientras tú nos mirabas. Hablabas y sentí contra el muslo la dureza de tu entrepierna. Era la tuya una erección poderosa y palpitante, espectacular e increíble. Nunca, antes, te había visto tan excitado. Eso me convenció. No hablabas por hablar. No me estabas poniendo a prueba. Es imposible fingir erecciones así.

Deseabas realmente que me acostara con otros. No lo dudé. Entré al trapo y potencié tu fantasía. "Imagina -te dije- que estamos en la barra de un pub y que hay un tío en el taburete de al lado que no me quita ojo". "Sííííí…" te alborotaste. "Yo te daba un codazo con el fin de que no perdieras detalle y luego me inclinaba hacia delante para que él me viera los pechos -llevaba un escote de barca e iba sin sujetador-". "Sigue…" "él entonces me invitaba a una copa mientras me acariciaba las tetas con la vista". "¡Más…!".

Se llamaba Miguel, como el encargado del supermercado que siempre me mira el culo". "¿Te lo mira?". "¿Claro que sí! Y yo me contoneo cuando lo veo, muevo las caderas en plan batidora, pero esa es otra historia. ¿O prefieres que el de la barra sea él?". "Sí, que sea él". Fue ese un paso adelante. La fantasía es excitante, pero excita más la fantasía con cara conocida. Antes me sentía húmeda, ahora toda yo era jugo. "Era Miguel, el del supermercado -seguí con la historia-. Nos pusimos a charlar, yo con los pechos en el escaparate, sabiendo que se la estaba poniendo dura". "¿Se la estabas poniendo dura?" "¡Claro que sí!

Las mujeres nos damos cuenta de esas cosas aunque no os miremos el paquete. Tenemos experiencia. A mí me encanta ponérsela dura a los tíos, maridito. ¿Nunca te diste cuenta?".

Sí, ya sé. Eso fue jugar fuerte, pero dio resultado. Hasta pusiste los ojos en blanco. "¿Te apetecería hacerle una paja a Miguel?". Contestaste con toda sinceridad: "Disfrutaría haciéndosela". "¿Te gustaría chuparle el rabo?" "Sí, ¿para qué te voy a mentir?". Ahora, esposo mío, me sabía domina

dora de la situación. Te llevaba por donde me apetecía. "Entonces ¿me pondrías los cuernos? ¿Harías de mí un cabrón?" "Puedes asegurarlo". "Dímelo". "¿Decirte qué?"." Cabrón. Dime cabrón. Me pone muy caliente que me llames cabrón".

Cásese usted para eso. Tenga dos años novio y cinco marido para, al final de la corrida, averiguar que lo que más le pone es que le llamen cabrón. Una gasta sus buenos dineros en lencería sexy, se pone ligueros, tangas y zapatos de tacones imposibles, y luego resulta que tanto daría ir vestida de lagarterana con tal de decir "cabrón" en su justo momento. Te juro que es para morirse. Es ¿cómo te diría? Para llamarte "cabrón" con toda el alma. Y te lo llamé, claro que te lo llamé, y ahí terminó la fantasía del día porque te tiraste encima de mí como un loco, me clavaste la verga y te corriste en un abrir y cerrar de ojos, antes de dar media vuelta y ponerte a roncar. Menos mal que pude masturbarme a gusto -y nunca mejor dicho- imaginando la polla de Miguel.

A partir de aquella noche supe que era solo cuestión de tiempo. Comencé a vestir tal y como una señora no lo haría nunca. No soy alta, paso ligeramente del uno sesenta, pero estoy bien proporcionada. Gusto. Abandoné con todo el dolor de corazón la talla 36, porque la ropa ya no me entraba, y descubrí entonces que los hombres valoran muchísimo más las hechuras de la talla 38. Comenzaron a silbarme por la calle y a decirme barbaridades.

En fin, que no estoy nada mal. Tengo los ojos verdes y el culo respingón. Sé caminar. ¿Los pechos? No son muy grandes, pero sí firmes, de grandes areolas oscuras y pezones que, cuando me excito, crecen como antenas telescópicas. Ni atisbo de celulitis en las caderas; que tengo una suerte que no la merezco. ¿Qué más? Manos cuidadas y tobillos finos, ombliguillo redondo -los tops me sientan de maravilla-, un tanto abultado el monte de Venus y el sexo acogedor, según me dicen. Ni guapa ni fea, pero resultona. O sea, no soy la Valeria Mazza, pero seguro que más de uno querría pegarme un buen achuchón. La edad la he dejado para lo último. Cumplí treinta y dos el 2 de junio y soy Géminis. Creo que eso es todo.

Pero volvamos a lo que importa. Como decía, comencé a vestir como nunca lo haría una señora. Tú encantado, cabroncito mío. "Hoy me ha dicho uno que me iba a matar a polvos, como a las cucarachas". "¿Sí? ¿Y qué más te ha dicho?". "Que me la iba a meter por el coño hasta que me llegara a la garganta". Te hacía feliz contándotelo. Se te ponía dura. Tan es así que, si nadie me decía "por ahí te pudras", yo lo inventaba para ponerte a gusto. Y es que es lo menos que puedo hacer por ti. Calentarte motores.

Por fin llegó el momento. "¿Estás seguro de que quieres ver como se me follan?". Tragaste saliva y afirmaste con la cabeza. "¿Aquí en casa?". Volviste a asentir."¿En nuestra misma cama?". La erección casi te descompone la cremallera de la bragueta. "Será esta tarde ¿sabes? Y no solo te dejaré mirar, sino que además te llamaremos cabrón". Sí, ya sé, hay muchas mujeres que no se hubieran atrevido a tanto, pero hay que ser generosa, qué caramba. Al fin y al cabo eres un buen marido: Traes dinero a casa y me llevas en palmas. He de corresponderte. ¿Cómo podía negarme a darte gusto?

A Miguel no le dije que estarías en casa. No deseaba espantarlo. Le engañé. Le prometí que estaríamos solos. Se tragó el anzuelo con caña y todo. "¿A las ocho?" "A las ocho". "Te estaré esperando". Me ayudaste a arreglarme, maridito guapo. Me ponía el tanga negro y te preguntaba: "¿Crees que a Miguel le gustará?¿ O será mejor el rojo? El rojo es muy sexy". Estabas tan emocionado que balbuceabas en lugar de hablar. "Sí, el rojo". "Sujetador a juego, claro. Pero ¿y ligueros? ¿A Miguel le pondrán cachondo los ligueros?". No lo sabías. "Pues sí que me sirves tú de ayuda…" ¡Ay, marido, nunca te había visto tan caliente!

Di otra vuelta de tuerca, de pie frente al espejo. "Pero este sujetador no es fácil de desabrochar ¿Crees que Miguel acertará a la primera? Me voy a poner la blusa y prueb

a a soltarme los pechos como si fueras él ¿de acuerdo?" Te temblaban los dedos. "Tranquilízate, cabroncete. Si Miguel fuera como tú, no alcanza ni a lamerme ni un pezón. Y no es eso lo que queremos ¿verdad?" En fin, abreviando: Me puse la blusa blanca desabrochada hasta el tercer botón y una falda muy vuelosa, que a los hombres conviene hacerles ancho y fácil el camino.

Miguel llegó a las ocho en punto. Seguro que había hecho tiempo en el descansillo, frente a la puerta de casa, mirando y remirando su reloj. Le llevé a la salita y le invité a sentarse en el sofá. Le serví una copa y me senté a su lado. Podías vernos perfectamente desde detrás de la puerta entreabierta de la cocina. Ocupabas lo que en el teatro hubiera sido un asiento de primera fila. Miguel, ajeno a tu presencia, no sabía por donde empezar a catarme. "¿Es que no vas a decidirte a besarme?" le sonreí. Mano de santo. Dicho y hecho. Se me abalanzó. Todo él eran manos. Tomé aire, miré a la puerta de la cocina -la primera vez en la historia que se brinda una faena a quien lleva los cuernos- y me desabotoné la blusa.

Ni te cuento, que al fin y al cabo tú estabas mirando. Sabes que lo hice por ti. Miguel me mordía lo pechos y yo procuraba que vieras con nitidez la forma en que me clavaba los dientes. Te ofrecía el mejor ángulo para que observaras como disfrutaba sus lametones, como le buscaba con dedos impacientes la bragueta y sacaba del pantalón su verga dura y tiesa.

Miguel tiene una hermosa polla. Da gusto verla, y tocarla, y chuparla, y meterla en el coño. Miguel sabe follar. Aprende, maridito. ¿Ves cómo se hace? Lo llevé al dormitorio y dejé la puerta tal y como habíamos ensayado para que no te perdieras nada. Nos acostamos. Te imaginé saliendo de la cocina y caminando con sigilo para ocupar tu nuevo observatorio. Seguro que te estabas masturbando. Era el día más feliz de tu vida. Más que el de tu primera comunión. Yo, por mi parte, también me sentía feliz, pero porque tú lo eras, amor. Ya sabes: dar dicha gratifica. Debe ser el efecto espejo.

Miguel es un fuera de serie. Si estuviera en el mercado, me lo compraba. Folla de vicio. ¿Cómo puede lamer tanto teniendo solo una lengua? ¿Cómo es posible que toque por tantos sitios a la vez? Y de su verga ni te cuento. La usa de taladro. Serviría para sacar petróleo. Me clavó los dedos en el culo, me abrió las piernas, puso mis pies en sus hombros y empezó a darme caña.

A ese hombre no se le acaban las pilas así como así, marido. Le pone una ilusión a eso del metisaca…A cada golpe de riñones parecía que iba a partirme en dos. Fíjate como será que, por un momento, hasta olvidé que todo lo hacía por ti. Solo fue un instante, cielo. ¿Me perdonas? ¿Y cuando se corrió? Porque tardó, pero se corrió, claro que sí. A buenas horas iba yo a dejarle escapar vivo. Le apreté la polla con los músculos de la vagina y se la ordeñé, que a hembra no hay quien me gane. Fue una explosión, un terremoto, el fin del mundo, el choque de dos galaxias ¡que sé yo lo que fue! Jamás había sentido tanto.

Pero cuando ya Miguel y yo habíamos recuperado la calma, quise hacerte un obsequio. "Me gusta ponerle los cuernos a mi marido-le dije- y pensar que es todo un cabrón". "Mujer, no seas tan dura…" medio protestó él. "Nada de dura. Repite conmigo: Es un cabrón. Pero dilo en voz alta, casi gritando. Es un cabrón."

Lo dije, lo dijo, lo dije y sé que fue en ese momento justo cuando te llenó el orgasmo, maridito masturbador a quien le gusta meneársela detrás de las puertas, fue entonces cuando supiste el color y la textura de la felicidad y cuando me quisiste más que nunca ¿verdad?

Por eso, porque me quieres, te han llamado cabrón también, aparte de Miguel, Mateo y Carlos y David y José y otro Carlos que no es el de antes, y aquel chico que no recuerdo como se llamaba que era más bajito que yo, y la banda de tambores y trompetas del Cuartel de Artillería, y Mario, que no se me olvide Mario, y tantos más.

Lo hago por ti, maridito. Porque te quiero. Porque eres el mejor del mundo.

Y el más cabrón, supongo.

Autor: trazada30

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Escrito por Marqueze

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