Mi adorable novia Virginia (XIII) – En la panadería

Yo sabía que esa faldita tan corta nos traería problemas. Virginia es el nombre de mi novia, como quizás ya sabes. Ella es algo más joven que yo y todo el mundo dice que hacemos muy buena pareja. Virginia es muy atractiva: su cara es muy hermosa, con unos profundos y cariñosos ojos marrón oscuro y unos labios muy tiernos, lleva una larga melena de cabello castaño, tiene un cuello elegante, unas espaldas sensuales, un pecho bonito, algo más grande que la media pero no demasiado, una cintura que daría envidia a las avispas, un culo redondo, bien contorneado, unas piernas largas y hermosas…

  • ¿En qué estás pensando, Juan?
  • ¿Eh, cómo? No, en nada, bueno sí… ¡en lo guapa que eres, Virginia!
  • Oh, gracias, amor. ¡Eres muy amable!
  • Es la verdad, Virginia.

Yo soy un hombre normal. Bastante alto, una cara agradable, más bien delgado, no especialmente musculoso.

  • Juan, ¿no me estarás mirando el pecho?
  • ¿Eh, cómo? No, no, de verdad que no. Aunque la verdad, me gustaría verlo.
  • ¡Ay, que picarón que eres! Cuando nos casemos, Juan, será todo para ti, amor. Todo entero tuyo.

La verdad es que sí que me había quedado hipnotizado observando el escote de su camiseta, viendo sus pechos balanceándose al andar. Y yo no era el único, porque muchos hombres con los que nos cruzábamos miraban descaradamente las tetas de mi novia. Ella es muy inocente y no se daba cuenta.

  • Bueno, nos vemos luego. ¿Me vendrás a buscar, verdad, cariño?
  • Claro que sí, Virginia, a las ocho y media, como siempre. ¡Un besito!
  • ¡Un besito, amor! – y se besan en la mejilla.

En la oficina las horas pasaron despacio para mí. En cambio, Virginia disfrutaba mucho de su trabajo en la tienda de moda. Los clientes están muy contentos y satisfechos de que les atienda alguien tan amable y simpático como mi novia.

Al salir de tienda, como siempre, Virginia fue a comprar el pan.

  • Hola, Virginia, ¿qué tal hoy en la tienda?
  • Bien, bien, gracias, José. Quiero una barra de pan, de la que les gusta a mi padre, ya sabes.
  • Sí, claro. Pero ahora mismo no tengo en la tienda, están en el horno, a punto dentro de diez minutos. Si quieres esperarte…
  • Bueno, sí, vale. La verdad es que no tengo ninguna prisa, porque Juan, mi novio, no viene a buscarme hasta las ocho y media.
  • Ah, pues perfecto, hija. Mira, si quieres sentarte allí, puedes hacerlo. Y leer unas revistas.
  • Sí, gracias.

Cuando mi novia se dirigía a las sillas del pequeño espacio acondicionado a modo de café, el panadero quedó encantado con el contorneo de la chica, su caminar sensual, elegante con sus zapatos de talón alto, su faldita a cuadros rosas i negros, tan corta que casi mostraba parte de sus nalgas. Al sentarse en la silla, la cosa mejoró todavía más pues desde detrás del mostrador, José tenía una vista privilegiada del generoso escote de Virginia y podía ver casi todas sus tetas. Además, la minifalda apenas cubría las braguitas de mi novia, que enseñaba completamente los muslos. Ella levantó la vista un momento y, aunque el panadero disimuló, se dio cuenta que la estaba devorando con los ojos. De manera intuitiva, Virginia estiró el borde de la faldita, pero era tarea imposible al ser tan cortita. También tiró para arriba del escote de su camiseta para tapar su pecho, aunque lo único que consiguió es mostrar su perfecta barriguita y su ombligo. Se ruborizó al darse cuenta que enseñaba más que escondía su bonito cuerpo.

  • Oye, Virginia, estás muy guapa, ¿sabes?
  • Bueno, gracias, José. Eso… ehem… ¿Crees que ya estará a punto el pan?
  • ¿Eh, cómo? No, sí, ya, voy a ver, voy a ver…

José es un hombre mucho mayor que yo y, claro, que mi novia. Cuando Virginia se quedó sola en la tienda pensó:

– ¡Vaya, quizá me he pasado con esta faldita tan corta! ¡Y con el escote tan grande! ¡Pero es que hace tanto calor! El bueno de José no podía dejar de mirarme. La verdad es que me halaga que los hombres me miren y me admiren. – se sube un poco más la faldita hasta que aparece muy brevemente la braguita blanca; entonces se da cuenta de que está algo húmeda. En esas que aparece el panadero y dice:

  • Está muy caliente.
  • ¿Eh, cómo, qué dices? – se baja la falda de golpe, tan bruscamente que, al estirarla muestra la parte de arriba de las braguitas.
  • ¡Oh! No, que digo que está muy caliente… el pan… que está muy caliente, en el horno, pero que no está todavía a punto.
  • ¡Ah, el pan!
  • ¡Virginia, estás muy sonrojada! ¿Es que tienes demasiado calor?
  • ¿Eh? ¡Vaya, algo de calor sí tengo!
  • Pues la verdad es que no estás muy abrigada – contesta el panadero mirando descaradamente los muslos de mi novia.
  • ¡Es verano, José, uff! – nota que sus mejillas están que arden. – ¡Por favor, ve a sacar ya el pan del horno!
  • Hija, has dicho que no tenías prisa.
  • No, bueno, es que… ve a ver si está ya cocido.
  • Yo diría que no, todavía, no.

José se va al obrador y le viene una idea a la cabeza: subir la temperatura del termostato de la tienda. Piensa, con una sonrisa pícara: – ¡A ver si la chica nota que todavía va demasiado abrigada! – y fija la temperatura a ¡30 grados! Es lo máximo que le permite el termostato.

Virginia nota que está muy caliente. Al saberse sola en la tienda, se sube un poco la falda y ve que sus braguitas están mojadas, empapadas. También que está mojando la silla. Enseguida se levanta y no se le ocurre más que quitarse las braguitas. Entra el panadero y ve cómo mi novia se inclina para bajarse las bragas y no puede evitar mirarle todo el culo. Se queda tras el mostrador, oculto, y ve como ella huele sus braguitas y, con cara de satisfacción por el buen olor, las esconde en el bolso. Ella mira hacia la puerta de la tienda y hacia el mostrador y, viendo que no hay nadie, acerca sus manos debajo de su falda. José adivina que Virginia se está masajeando el clítoris e introduciendo sus dedos en la vagina. Entonces ella sube la falda hasta su cintura y, al estar de espaldas, descubre todo su culo hacía el secreto espectador privilegiado. El panadero nota como sufre una buena erección. Virginia gime, ronronea y suspira, apenas puede evitar emitir unos grititos cuando experimenta un orgasmo muy húmedo. Al terminar se da cuenta que ha mojado completamente el suelo. Coge las braguitas del bolso y, asegurándose que no hay nadie en la tienda, se inclina para limpiar el suelo con ellas. Entonces enseña completamente su culo y su sexo a José, que no puede evitar descubrirse y agarrar las nalgas de la chica con sus dos manos y acercarse a oler y lamer su vulva.

  • ¿Eh? ¿José, pero que haces?
  • ¡Oh, perdona, Virginia, es que estás tan buena!
  • ¡Don José! – se gira ella y, con las braguitas en la mano, se baja enseguida la faldita, que cubre apenas su vulva.
  • ¡Te vi, así de espaldas, enseñándome el culo!
  • ¡No debías mirar, eso no lo haría nunca un caballero!
  • Bueno, quizás tienes razón, pero… ¡Una señorita educada no iría sin bragas y con una falda tan corta! Además, fíjate, estás mojándome todo el suelo de la tienda. ¡Estás rezumando!
  • ¡Oh, vaya, es cierto! Perdona, José, es que me puse muy caliente y… ¡es que hace tanto calor!
  • Bueno, no te preocupes. Toma, toma este trapo y seca el suelo, no pasa nada.
  • Gracias, José. Pero no mires, ¿eh?
  • No miro, no miro, hija.

Virginia se inclina de nuevo para secar el suelo y el panadero no puede faltar a su palabra y vuelve a admirar el culo y la vulva de mi novia. Se da cuenta de que por más que limpia el suelo, ella sigue mojándolo con sus jugos.

  • ¡Hija, sigues muy mojada, chorreando bajo la falda!
  • Sí, es cierto, José. ¡Estoy empapada!
  • Mira, tengo una idea. ¿Ves esta barrita de pan de cuarto? ¿Ya verás, mira, ves?
  • ¡Ay! Pero qué? ¡Don José! ¿Qué hace por dios?

El panadero enchufa el extremo de la barrita en la vagina de la chica.

  • Ves, así, como un tapón, ya está ¡ya no mojarás el suelo con tus jugos!
  • ¡Ah, pero es que está muy caliente, quema!
  • Uy, pero si sigues mojando el suelo, a ver, déjame, déjame que la introduzca un poco más.
  • ¡No, José, que me hará daño, ay!
  • Mira, así, muy suavemente, ves. ¿Te duele, hija?
  • No, no me duele ¡ay, uf!
  • Aún veo que sale algo de flujo por los lados. Te la meto un poco más, así ¿de acuerdo?
  • No, por favor, que… ¡ay, ay, que me voy, don José, que me viene, ay!
  • No pasa nada, hija, es muy natural.
  • Un poco más adentro por favor, don José, ¡métemela más adentro!
  • ¿Todavía más, hija? Pero si tienes casi media barrita dentro.
  • ¡Ay, ay, por favor, estoy muy caliente!
  • Espera, espera, mira, aquí tengo tu barra de medio… espera, que te quito la de cuarto… – el panadero se extasía al ver la vulva de mi novia tan abierta y mojada.
  • ¡Don José, méteme la barra, que no puedo esperar!
  • ¡Toma, Virginia, toma! ¡Pero si te entra muy bien la de medio!
  • ¡Más adentro, por favor! – ella misma la coge con sus manos y se la introduce hasta más de la mitad. Estalla entonces en un estruendoso orgasmo, lleno de gritos y suspiros – ¡Ah, qué bueno está su pan, José, pero qué bueno!
  • Sí, hija, tengo buena reputación, la verdad. ¡Gracias!
  • Tengo también mucho calor en el culo, José, y lo tengo muy húmedo. ¿No sabrías cómo solucionarlo?
  • Bueno, tengo la barrita de cuarto, ya muy lubricada con tus jugos. Quizá…
  • ¡Sí, don José, por favor, méteme la barrita por el culo, que me arde!

El panadero coge la barrita de cuarto, pone a la chica a cuatro patas, le sube la faldita hasta la cintura. Ve que el agujerito de mi novia es muy pequeño. El buen hombre se arrodilla tras ella y le lame el ano, con cara de satisfacción por su buen sabor. Le introduce un dedo y, al ver que entra tan bien, un segundo dedo y un tercero. Mientras ella, sigue un mete-y-saca frenético con la barra en su vagina. José va abriendo pacientemente el culo de mi novia y prueba de introducirle la barrita. Enseguida la penetra hasta casi la mitad. Ella se lo mira con agradecimiento y le ayuda a meter la barra más adentro hasta que disfruta de un orgasmo increíble: – ¡Gracias, José, oh, hum, ay, qué bueno es usted, todo un caballero, más al fondo, más al fondo, las dos, ay, sí, así, así!

  • ¡Buenas tardes! ¿Es que no hay nadie en la tienda?
  • Oh, la vecina del cuarto. ¡Por favor, José, no le diga nada, es muy amiga de mis padres!
  • ¡Claro que no hija, claro que no! Pero me deberás un favor. Corre, ponte tras el mostrador.
  • Ah, está usted aquí, don José. Ah, y veo que tiene una ayudante hoy. ¡Hola, Virginia!
  • Hola, doña Genara – dice ruborizada Virginia, todavía con las dos barras de pan penetrándola.
  • Querría un pan redondo de kilo. A ver, que me lo sirva la niña, que así va practicando.
  • Eh, yo, pero…
  • Sí, Virginia, va, sirve tú a la señora.
  • Bueno, a ver – disimulando como puede arranca la barrita de su culo y, con sentimiento de tristeza, la barra de su vagina. Sale de tras el mostrador y busca el pan redondo.
  • Vas muy fresquita, Virginia. Y con esa falda tan corta… yo tendría miedo de enseñar las bragas la verdad.
  • ¡No, doña Genara, por eso no se preocupe! – contesta Virginia.
  • Yo le digo que la verdad es que hace bien de ir con poca ropa, que hace mucho calor.
  • No sé, no sé yo – dice la señora al ver todas las nalgas de Virginia cuando coge el pan de una estantería algo elevada.
  • Niña, dame también una pasta de estas de crema de aquí abajo.
  • ¿De estas? Sí, señora – debe agacharse y doña Genara se escandaliza al ver casi todo el pecho de la chica, mientras que José disfruta tras ella de una visión completa de su culo, todavía muy abierto. Nota una fuerte erección bajo el pantalón. Cuando la señora se va, mi novia dice:
  • Gracias por no descubrirme, don José.
  • Claro que no. ¡Me he dado cuenta que todavía tienes el culo muy dilatado, hija!
  • Sí, la verdad es que me siento muy abierta. ¡Uy, y sigo rezumando jugos, mire! ¡Vaya!
  • ¡Mira cómo estoy yo, hija! – le muestra un gran bulto bajo el pantalón.
  • Oh, don José. ¡Por favor, no sea guarro!
  • A ver, Virginia, tú eres la guarrita, y no te lo tomes a mal.
  • Un poco de razón sí que tiene, don José. ¡Pero es que hace tanto calor! – contesta mi novia bajándose algo el escote, descubriendo un bonito sostén minúsculo de color rosa apenas cubriendo el pecho lleno de sudor.
  • Uy, no me enseñes las tetas, que no puedo más. Mira, me debes un favor, hazme una buena mamada y no diré nada a tus padres ni a tu novio.
  • No, pero ¿qué se ha creído? ¡Yo nunca he hecho eso a ningún hombre! ¡Y no pienso hacerlo hasta que me case con Juan!
  • ¿Juan? ¡No creo que se quiera casar contigo cuando sepa que eres una fresca!
  • ¡Por favor, no se lo digas, me iba a dejar seguro!
  • Pues pórtate bien conmigo, anda.
  • No, no sabría cómo hacerlo. – miente ella- Ni siquiera nunca he visto el miembro masculino.
  • ¿Cómo? ¿Pero qué dices, hija? ¿No miras el pene de tu novio cuando hacéis el amor?
  • Don José, nunca hemos hecho el amor. Soy virgen. ¡Hasta el matrimonio!
  • ¡Me dejas de piedra, niña!
  • Mira, da igual, ¿ves? – José se baja el pantalón y muestra sus calzoncillos húmedos a la chica. Ella se da cuenta de un gran bulto que pugna por reventarlos. Abre los ojos sorprendida. El panadero se saca su miembro erecto y ella ve que es muy grueso, aunque no muy largo. En la puntita brilla una gota. El panadero tira un poco del escote de la chica para descubrir completamente su sostén. Ella enseguida vuelve a taparse como puede.
  • ¡José, no, por favor!
  • Tranquila, hija, verás, mira, a ver… – el panadero acerca a la chica, coge la barrita de cuarto y se la enseña – ¿Lo quieres, Virginia?
  • La verdad es que el culo me arde de deseo, don José.
  • Pues ven – abrazándola con una mano, le sube la faldita por detrás y, aprovechando su culo tan dilatado, la ensarta en un momento.
  • ¡Oh, hum, gracias!
  • ¿Quieres también la otra barra?
  • Me gustaría, José. Es que, con mi flujo, estoy manchando la faldita y el suelo otra vez, necesito un buen tapón, la verdad.
  • Pues mira, yo me portaré muy bien contigo.
  • Sí, te portas muy bien, es cierto.

El panadero, aun penetrando el culo de mi novia con la barrita, coge una barra de quilo. Ella se asombra al ver una barra tan grande y ancha, nota como sus jugos más íntimos se multiplican, resbalan por sus muslos hasta los pies, los zapatos y el suelo.

  • ¿La quieres, Virginia, la quieres?
  • Sí, por favor, que estoy dejándolo todo perdido con mis jugos.
  • ¿Te portarás bien conmigo, hija?
  • Claro que sí, don José, soy una buena chica.
  • ¡Pues toma! – y le ensarta de golpe la barra de kilo, que ella acoge con gusto, placer y agradecimiento.
  • ¡Ah, esto es demasiado, José, oh, ah!
  • ¡Disfruta, hija, disfruta! – y aprovecha para besarle en la boca y para abrir más su escote húmedo y admirar sus pechos. Coge la barra de medio y en una maniobra rápida, saca la de cuarto del culo de mi novia y lo perfora con la de medio.
  • ¡Por favor, ah, increíble, métemela más adentro, más adentro, ah, uy! – grita de placer mi chica, llena de sudor.

El panadero acerca la punta de su pene a la boca de mi novia, pero ella hace un gesto de apartarse. Él deja de mover las barras en ella. Enseguida suplica: – ¡Por favor, no me las saques, no, José!

  • ¡Pues chúpame la polla!
  • ¡No puedo, me da asco!
  • ¡Pues fuera las barras!
  • ¡José, no seas malo, necesito esas barras, estoy muy abierta, me escuece mi… mi coñito y mi culo! ¡Mira! – ella se gira, se sube la falda y descubre una vagina y una vulva muy húmedas y dilatadas. Él no puede evitar la tentación y corre a taponar sus agujeros con las barras; se equivoca y le introduce en el culo la de kilo.
  • ¡Oh, gracias!
  • ¡Te entra perfectamente! ¿Te pongo la de medio en el chocho?
  • ¡Sí, que ya tardas!
  • ¡A ver, así, toma! ¡Te entra casi hasta el fondo!
  • ¡Ah, pero qué gusto, qué gusto, por favor!
  • ¡Uy, no es suficientemente gruesa y sigues derramando tu flujo!
  • ¡Es que estoy muy abierta! Mira, a ver si también con la de cuarto… ¡por favor!
  • ¡Sí, oh, te entran las dos en el coño! ¡Qué pasada, niña!
  • Métemelas más adentro, más. – mi novia suplica y coge las dos barras para introducírselas más. – Oh, genial, gracias, don José, ay, uh, no puedo más, ah!

El panadero aprovecha que mi novia disfruta del orgasmo con los ojos cerrados para meterle el pene en la boca. Ella lo mira enfadada. Él deja de mover las barras de pan. Ella chupa un poco la verga. Él vuelve a hacerla gozar con las barras. Ella chupa más y él se lo agradece con el mete-y-saca. Cuando mi novia vuelve a tener un orgasmo, él no puede más y le llena la boca con su semen. Ella se sorprende ante la cantidad y alta temperatura del líquido, pero lo saborea y se relame.

  • Vaya, José ¿Pero esto qué es? – exclaman unos caballeros al entrar en la panadería.
  • ¡Oh, don Pedro y don García! No es lo que parece, no.
  • ¡Pero si la chica… Virginia… está enseñándolo todo y… con tres barras de pan metidas en… en…! ¡Y una es de quilo! ¡En el culo!
  • ¡Y chupándole la polla! ¡Pero si podría ser su nieta, don José!
  • Bueno es que… hace mucho calor – se defiende ruborizada mi novia, todavía con el pene del panadero en la boca y las tres barras penetrándola.
  • ¡Tú lo que eres es una puta! ¡Verás cuando lo sepan tus padres!
  • ¡Y tu novio! ¡Que es un pedazo de pan!
  • Sí que es muy bueno. ¡No se lo digan, por favor! – suplica quitándose el pene del panadero todavía erecto.
  • ¡Claro que se lo diremos! ¡No podemos permitir que el pobre se case cornudo con una puta!
  • No soy una puta. Soy una buena chica. Sólo que el calor de la panadería… – dice sacándose las barras de pan e intentando cubrirse en vano con la falda.
  • ¡Pero si sólo hay que ver cómo vas vestida!
  • ¡Sí, se te ve todo, niña! – dice don García admirando el pecho que muestra mi novia casi en su totalidad.
  • ¡Y con esta faldita tan corta! ¡Si es que vas mostrando las bragas a todos! – dice don Pedro mientras levanta la faldita de mi novia – ¡Oh, pero si no usas bragas! ¡Vaya guarra! ¡Y qué buena que estás!

Virginia empieza a sollozar, aunque se nota caliente, por el calor y porque hay tres hombres mirándola, admirando su pecho, sus piernas, sus partes más íntimas. Se da cuenta que sigue rezumando sus jugos.

  • ¡Si lo saben mis padres se morirán del disgusto!
  • A ver, señores, a ver – dice el panadero. – Seguro que hay una forma de arreglarlo. Miren, la niña es muy guapa y sexy, ¿verdad?
  • ¡No, si buena si está! ¡Buenísima!
  • Es muy guapa, la verdad.
  • Y… miren. Ven, Virginia, acércate, por favor. A ver, danos la espalda. Inclínate un poquito. ¿Ven? ¿Qué les parece? Miren que agujeros más abiertos y húmedos.
  • ¡Es por el calor, ay! – apenas puede sollozar mi novia, excitada al saber su culo y su vagina contemplada por los tres hombres.
  • ¡Miren, vengan! Usted, don Pedro, coja la barrita de cuarto. Tú, niña, ponte a cuatro patas, a ver, sube un poco más el culo, así, baja las espaldas y la cabeza. Usted, súbale bien la faldita. ¿Qué, qué les parece? Miren, si quieren, le llenan los agujeros con las barras y luego tú, niña, les haces una buena mamada. A cambio de no decir nada.
  • ¡No, unas mamadas, no! – se queja mi novia.
  • Pero hija, ellos te dan gusto a ti y luego tu les das gusto a ellos. Además, no me dirás que no te gustó el sabor de semen.
  • ¡No, no quiero!
  • Pero si te lo tragaste todo, no dejaste escapar ni una gota.
  • ¡Es que estaba tan rico!
  • ¿Ves, mujer? ¡Va, venga, al ataque!
  • Sí, dense prisa que pronto va a venir mi novio y no puede pillarme así.
  • ¡Señores, hagan disfrutar a la chica!

Don Pedro coge la barrita y la introduce en la vagina de mi novia. Se sorprende al ver que entra tan bien. Mientras don García coge la barra de quilo y duda un poco. Ella se da cuenta y le hace que sí con la cabeza, coge la barra tan gruesa y la acerca a su vulva, ya ocupada. Don García aprovecha la humedad de la chica para meterle la barra de quilo junto a la de cuarto. La chica empieza a gemir y a empapar las dos barras con su orgasmo muy húmedo: – ¡Oh, gracias, señores, ah, sí, por favor, más, más!

José coge dos barras de medio y, primero una luego la otra, las mete sin mucha dificultad en el culo de la chica. Los tres hombres mueven las cuatro barras al vaivén y mi novia no cesa en sus orgasmos. Al cabo de un buen rato:

  • Bueno, ahora nos toca a nosotros. Ven, guapa, ponte aquí, en cuclillas. No, te preocupes, sigue con las barras, no te las quitamos, no. Bájate un poco el escote. ¡Oh, que sostén más bonito! ¡A ver, déjame… oh, que tetas, qué tetas! – grita don Pedro como loco, admirado de los bonitos pechos de mi novia. Don Pedro y don García se sacan sus penes y ella se admira de la longitud del miembro del primero y del grosor del del segundo.
  • ¡Niña, chupa, chupa, las dos juntas, venga! – y mi novia coge las dos puntas y se las mete en la boca.

El panadero no puede estar sólo mirando y se saca también su pene, que ya muy erecto, apunta hacia los bonitos pechos de mi novia. Ella le riñe con la mirada. Los tres hombres, al cabo de unos momentos, eyaculan en cantidad, en la boca de Virginia los dos clientes, y en las tetas el panadero. Ella se lo traga todo. Con la mano recoge toda la leche de sus pechos y no deja perder ni una gota. En esas que entra el chico del bar de al lado que viene a buscar unas pastas. Al ver a mi novia casi desnuda con tres hombres, se sorprende. Ella enseguida dice:

  • ¡No digas nada a nadie, por favor! ¡Ven, coge una barra de pan! ¿Mira, qué, te gusta lo que ves? – le muestra el culo y el sexo, todo rezumando de sus ambrosías- escoge el agujero, métemela hasta dentro, va, que luego te la chupo. ¡Pero no lo cuentes a nadie, por favor!
  • Bueno, es que… ahora vienen mis dos amigos y…
  • Da, igual, tú empieza, no te preocupes, que donde comen dos, comen tres, hay pan para todos. ¡Escoge una barra bien gruesa, por favor, que estoy ardiendo y empapada! Sí, sí, muy bien. Así, así, por el culo, ¡ay, ay, oh, hum, ah, que me viene, me viene, ay, sí! ¡Oh, hola, ya están aquí tus amigos! ¡Oh, pero si son cuatro! ¡Y que guapos! Venid, venid, mirad, ¿veis? Coged las barras, coged, mirad, a ver si me caben todas… va, que luego os haré una buena mamada!

  • ¡Juan, hola, cariño!
  • Hola, Virginia!
  • ¿Has ido a por el pan?
  • Sí, claro, Juan.
  • Te ves muy acalorada.
  • Es que hace mucho calor, amor.
  • Bueno, tampoco tanto, a esta hora. ¡Y eso que vas muy fresquita!
  • Sí, es cierto. ¿Pero me queda bien, no, amor?
  • ¡Vaya si te queda bien! ¡Un cielo! ¡Lo único que me da miedo que alguien te pueda ver las bragas, con esta faldita tan corta!
  • Por eso sí que no debes preocuparte, amor. ¡Imposible! – ella sabe que se las quedó el panadero y que va sin braguitas bajo la minifalda. – Toma, come un poco de pan, a ver qué te parece.
  • Hum, gracias, hum, la verdad es que huele muy bien y está muy rico.
  • A que sí!
  • ¡Seguro que a tus padres les va a encantar!
  • ¡Seguro, amor!

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