Algo más que amigos I

Infidelidad, Romántico. No hubo nada que alguien pudiera considerar una infidelidad, pero entre nosotros se creó una complicidad que vale mucho más que un simple rato de sexo

El agua del mar estaba todavía algo fría ya que estábamos a finales de mayo. Entré en el agua con la ilusión de darme el primer chapuzón de la temporada. La playa presentaba un aspecto idílico porque los turistas se quedaban en la zona más cercana a los hoteles y simplemente andando unos cinco minutos el bullicio quedaba atrás. Las pocas personas que había en esta parte estaban bastante sespaciadas, algunas parejas, un par de familias, personas solas, en fin, un remanso de paz. La práctica del nudismo se convierte en algo natural cuando uno se encuentra en un sitio agradable y tranquilo, y esta playa sin duda es un lugar ideal.

Una vez salí del agua me dirigí inmediatamente a mi toalla para secarme al sol y recuperarme del frío que había cogido en el agua. Recostado, mirando el mar y sin pensar en nada, pasó por delante de mi a unos pocos metros una chica a la que no reconocí a primera vista. Se instaló bastante cerca de mi y cuando se estaba despojando de la ropa caí en la cuenta. Era Irene. la esposa de un amigo mío además de amiga de toda la vida de mi mujer. Antes de que pudiera pensar en que le iba a decir ella me reconoció y se acercó con aparente naturalidad. Aunque otras veces habíamos ido juntos a la playa con nuestras respectivas parejas, era la primera vez que nos encontrábamos a solas en una situación así. A pesar nuestra desnudez, actuamos en principio como si nada.

Nos saludamos con dos besos en la mejilla y tras invitarla a acercar su toalla junto a la mía nos quedamos sentados en la arena como sin saber bien que decir.

– No sabía que te gustase practicar el nudismo – le dije para romper el hielo.

– Bueno, la verdad es que con la niña y el trabajo tengo poco tiempo libre. Además, a Carlos -su marido- no le gusta demasido ir a la playa. Y como hoy quería ir con la niña de compras, he aprovechado para ponerme un poquito morena.

– En principio me he sentido un poco violento porque nunca nos habíamos visto “así” – le confesé.

– A mi me ha pasado lo mismo. Reconozco que no te imaginaba tan… liberal.- y se rió.

– Jajaja. A veces las apariencias engañan, ¿no? – No se que pensarían si alguien nos viera- añadió entre risas.

– Uf! Pues imagínatelo, pensarían lo peor.

Así siguió la conversación durante un rato. Mientras hablaba con ella no podía evitar ver su cuerpo y me imagino que a ella le pasaba lo mismo. Siendo sincero, debo confesar que desde que la conozco había pensado que tenía un cuerpo precioso, pero ahora que la tenía a mi lado veía que me había quedado corto. Sin ser ninguna diosa griega, tenía un cuerpo muy bonito y una cara de niña que sería la envidia de muchas colegialas. Sus pechos eran de la medida justa, rematados por unos pezones pequeñitos que pedía a gritos ser besados. Un vientre prácticamente liso era la antesala de un pubis con el vello perfectamente recortado. Unas piernas bien torneadas por un ejercició físico continuado le daban finalmente ese aire juvenil que muchas mujeres pierden al pasar la barrera de los treinta. No puedo tampoco dejar de acordarme de su hermoso culo, con unos glúteos firmes y de aspecto sedoso que invitaban a ser acariciados con la mayor ternura.

Mi cuerpo, sin ser nada del otro mundo, procuro tenerlo bastante cuidado. Y aunque no tengo unos abdominales o unos bíceps de gimnasio, no desmerece en absoluto. No obstante, si hay algo que habría querido cambiar de mi físico sería mi pene, ya que siempre me ha parecido pequeño en comparación con los que he podido ver en la playa o en los vestuarios. De pequeño me daba mucha vergüenza tener que cambiarme delante de mis compañeros de colegio y durante un tiempo estuve ciertamente acomplejado. Sin embargo con los años he aprendido a no darle demasiada importancia y he podido comprobar que no supone ningun problema a la hora de tener relaciones sexuales, más bien al contrario.

Después de un buen rato de charla y risas no fuimos a bañar. Hubo algún que otro roce más o menos intencionado pero nada que no se pudiera entender como un juego entre amigos. Sin embargo empecé a ver a Irene de una manera distinta. Estaba descubriendo a la mujer de mi amigo como a una mujer verdaderamente atractiva, atrás quedaba esa imagen de esposa y madre de una niña. Ahora tenía junto a mi a una mujer joven en la plenitud de su vida, con un cuerpo espléndido y una manera de ver el mundo que para mi sorpresa no guardaba gran parecido con la imagen que yo tenía de ella.

No hubo nada que alguien pudiera considerar una infidelidad, pero entre nosotros se creó una complicidad que vale mucho más que un simple rato de sexo. Estuvimos lo que quedaba de tarde tomando el sol y charlando como buenos amigos. En la mente de los dos surgió algo demasiado bonito como para estropearlo con un beso o un comentario inoportuno. Parecía como si ambos fuésemos conscientes de que algo estaba pasando, pero no nos atrevimos siquiera a insinuarlo.

Nos despedimos con la promesa de repetir otra tarde como esta y, con una cierta ingenuidad, quedamos en que sería nuestro secreto. Con dos besos en la comisura de los labios nos metimos cada uno en su coche y volvimos a nuestras casas. En lo que quedó de día no pude evitar dejar de pensar en ella y en todo lo que había sucedido esa tarde.

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Escrito por Marqueze

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