Algo realmente fuerte

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A él le comenzó a latir aún más fuerte su preciosa pija dentro de mí, salía y entraba cada vez más seguido y más fuerte, chocando su pubis contra el mío. Luego de lo cual, sin poder gritar mucho ya que no tenía la más mínima intención de sacar la lengua del culito de Pame, me inundó la concha de leche con una fuerza y con semejante cantidad que creo que hasta la saboree así como estaba.

Hola, ¿cómo están? Espero que muy bien. Quería hacerles saber de una experiencia realmente muy fuerte que me pasó y que creo que sería placentero para mi contarla y para ustedes leerla. Ojalá no los decepcione.

Me llamo Ana, tengo 22 años, estudio la carrera de abogacía en la facultad pública de Mar del Plata. Vivo con mis viejos y un hermano menor, Pablo de 18 años. La nuestra es una familia absolutamente normal, eso al menos es lo que yo pienso. Sin grandes dramas ni complejos, ni adinerados ni pobres. Comunes salvo, en lo que a mí respecta, en lo relacionado en el tema sexo, ya que desde siempre, aún mucho antes de que mi vieja creyera que era oportuno hablarme del tema, me había apasionado todo lo referido a eso. Desde libros, revistas de todo tipo, es decir publicaciones médicas y serias y también las más zarpadas, fuertes y absolutamente desprovistas de metáforas al momento de tratar el tema, siguiendo por películas, videos y… chicas.

Sí, me encantan las mujeres. Es más, salvo por el relato que les paso a contar ya mismo, creí que nunca iba a hacer nada con un chico. Podría hablarles de que lo que me hace excitarme hasta lo inimaginable de nosotras, es nuestra inteligencia, nuestra elegancia o cosas por el estilo. En realidad lo que me fascina es besar los labios de una chica, tocarla, manosearla, comerme sus conchitas, apretar sus tetas. Eso es lo que me gusta de las mujeres. Las mujeres. Es así que desde siempre he tenido amigas mujeres de todas las edades, con las cuales siempre hice lo que se necesitara para congeniar con ellas. Sólo para poder estar cerquita, compartir cosas y estar alerta a la más mínima posibilidad de llegar a algo, lo que fuese, de tinte sexual. Y he tenido suerte.

Pamela es compañera de la Facultad. Tiene 21 años y cuando la conocí, lo único que pensé, lo único que abarcó toda mi cabeza fue una sola idea: -¡A esta cosita hermosa me la cojo o me hago monje tibetana! Se las describiré, a sabiendas que ni en un millón de intentos lograré siquiera acercarme a la realidad de su ser. Pame es petisa, supongo que no mucho más de 1,55 mts. de altura, castaña oscura con rulos, ojos marrones, pero con brillo y que trasmiten una vitalidad de esas que no se pueden dejar de sentir, de peso normal para su altura, no tiene panza, pero por suerte tampoco es un palo de escoba vestido.

Y lo de no ser un palo de escoba también lo digo por sus dos grandes relieves curvos. Tiene unas tetas de esas que hacen que hasta el profesor, en media clase, tenga que si o si posar aunque más no sea un instante sus ojos en esas protuberancias firmes, turgentes y capaz que hasta un poquito exageradas para su cuerpo. ¡Vamos! Que tiene unas tetas de la puta madre, que tanta metáfora. Para finalizar, su culo parece ser el resultado de un trabajo con paciencia y esmero de la madre naturaleza. Duro como la verga de los que se lo miran y firme como la intención de manoseárselo de los que lo tienen cerca. Así es que gracias un poco a mis serios deseos de saber si además de tener esa carrocería, abajo del cráneo había aunque más no fuese el mínimo necesario de materia gris como para que no se babeara al hablar y, otro poco, decididamente montada en mi calentura es que prontamente entable relación con ella.

Por si fuera poco está que se parte de lo buena, es además una chica bárbara. Con mucho humor, inteligente, de Boca Jrs., como yo y el resto del mundo con sangre en las venas y, a modo de frutilla de postre, muy puta.

Si. Si a mí me gusta esto de gozar, de coger, de follar o como se diga ahí donde lean esto, ella es fanática. Y lo mejor de todo es que se lo da de tímida, de inocente, de casta… ¡la muy puta! Eso hace que me excite casi tanto como cuando me chupa la concha, aunque no tanto vale decir, ya que la chupa con unas ganas y una maestría que más de una amiga de mi vieja tendría que pedirle la receta y aprender cómo se hace. En fin. El tema es que además tiene un hermano, de unos 30 años supongo. Baboso, medio denso, de esos que hacen tanto para disimular que tienen ganas de cogerte, como una haría para pasar unas vacaciones en Beirut. Nada, muy poco sutil y demasiado obvio.

Lo que yo no sabía era que entre ellos eran muy compinches, muy de darse una mano entre si y de hacer lo que pudieran para que el otro lo pasase de mil maravillas. Ya me enteraría.

– ¿Sabes que el otro día, en el ascensor, me apreté al padre de Ignacio, el amigo de tu hermanito? Me comentó en su habitación Pamela, sabedora de mis escasas dificultades para calentarme mal con relatos de esa temática. – ¡No te puedo creer! ¿A Francisco? ¡Qué puta sos! ¿Y qué hicieron?  Le contesté mientras sentía que los pezones estaban más preparados a oír lo que me iba a decir que mis oídos. – No mucho, en 5 pisos no se pueden hacer milagros, pero alcancé a sobarle un poco el paquete por sobre la ropa y mientras me metía la lengua hasta donde podía, me manoseó estas- dijo a la vez que se levantaba las tetas desde abajo, agarrándoselas sobre la remera.

– Pero ¿llegaste a darte cuenta cómo la tiene? – Si, un buen pedazo. ¿Qué se yo? Una pija está buena siempre así, de orsai (off side). Aunque vos no sé qué mierda esperas para meterte una acá bebé.

Acá era mi concha, que al estar sentada frente a ella, con las piernas abiertas y con una pollera mini falda, nada tardó en sentir sus dedos en los labios. A esa altura yo ya estaba caliente, ella lo sabía y lo confirmó al pasar sus dedos sobre mi tanga ya medio húmeda. Cada vez que me contaba algo así era para ponerme caliente y después coger y eso yo también lo sabía entonces me calentaba el doble, por un lado por el relato que me narraba y por otro, porque sabía que después de eso, venía una excelente cogida con ella. Vivía como una pendeja estando al lado de Pamela, con la diferencia que en vez de terminar pajeándome o muriéndome de la calentura, terminada cogida como una puta de película porno.

– ¡Mmmmm, como te pones amor! Déjame saber a que tenés gustito hoy Ani. – ¡Pará boluda! Estamos en tu habitación, tenemos que irnos en media hora y el pajero de tu hermano anda por la casa. – ¿Desde cuándo te importa dónde estamos? Turra, el sábado te hice una paja y te chupé las gomas en el boliche y no me dijiste nada de estas boludeces. Tenía razón, el último fin de semana que habíamos salidos nos habíamos ido a la mierda con la franela y me zarpé en los reservados, terminé acabando a toda voz, con tres dedos de ella en mi conchita, las tetas prácticamente al aire y sin importarme mucho quien miraba.

– Hagamos algo, nos echamos uno, medio de raje, pero con la ropa puesta ¿sí? Mi propuesta más que nada encerraba la intención de coger con ella y hacerlo con ropa, cosa que me encanta, más que algún tibio intento de hacer menos gravoso el tema. – ¡Perfecto! Entonces acomódate contra el respaldo de la cama, abrí las piernas y córrete la tanga que quiero juguito de concha, bebé. – Si amor, cómeme la conchita como vos sabes. ¡Haceme acabar como la puta que soy para vos! Dale que quiero empaparte toda esa carita con mis jugos antes de irnos.

Decir que se zambulló en mi concha es poco. A los dos segundos estaba delirando al sentir su lengua en mi entrepierna, comerme el clítoris, lamer mis labios vaginales, chupar con fuerza la entrada de mi cueva para hacer salir mis líquidos y tomárselos como si fueran la fuente de la vida e intentar, casi sin poder del todo por la posición y la ropa, lamerme el agujerito del culo.

– ¡Chúpame toda Pame, dale! ¡Chúpamela bien que después quiero yo comértela a vos! – Si amor, ahora vas a tener mi concha para que te la comas y me chupes el culo también. Me decía mientras con una mano había subido por dentro de mi ropa y me apretaba una teta y me pellizcaba el pezón.

No aguanté más. En medio de esa espectacular lamida de concha, con las piernas abiertas de par en par, sentada contra el respaldo de su cama, con mi tanga más metida aún que de costumbre en la zanja de mi culo, mis tetas siendo obscenamente manoseadas y viendo sus ojitos por sobre los pelos de mi entrepierna, acabé como una reverenda puta. Me pareció que hasta ella se sorprendió de la cantidad de jugo que me salió, el cual bebió, lamió, sorbió y tragó como sólo ella lo hace.

No podía moverme después de ese polvo. Pamela hacía que lo comúnmente putita que soy, quedara como la actitud de una abuela viendo un programa de corte y confección, después de agarrarme y darme así, como para que tenga, guarde y reparta. Pero gracias al cielo, ahí no terminó la cosa. Ella tenía puesta una especie de bata, de esas que se usan para estar antes de vestirse digamos. Bata que a esta altura ya se había abierto y dejaba ver esas tetas preciosas apuntando hacia delante, su vientre todavía firme y los pelos de su cosita brillantes por los flujos que habían emanado de su cueva durante la lamida que me dio.

Yo seguí despatarrada como gorda en taxi, contra el respaldo de la cama, cosa que ella aprovechó para erguirse, pararse sobre el colchón, caminar unos pasos, arremangarse su vestimenta hasta la cintura y suave, pero decididamente, colocar su entrepierna sobre mi boca, que la esperaba como los pajaritos esperan la comida, boquiabiertos y desesperados.

– Cómete esta concha, Ani, cómetela toda, chúpamela que hoy tenés premio. Me dijo sin terminar de entender bien que me quería decir, pero poco me importó al instante posterior de poder oler su aroma vaginal.- ¡Así bebé, así! Méteme la lengua, pásamela por el culo, lámeme el ojete, dale que quiero llenarte la cara de leche, dale. – Mmmmmm, sssshhh, mmmmm. – Que rico que la chupas, dame más, hacé que acabe en tu jeta, ¡dale que te gusta comer concha bebé! ¡Dale!

En medio de esta faena, Pamela hizo con sus pies que me quedara aún más abierta de piernas, dejando mi propia concha al aire, ofrecida a la vista de quien entrara a la habitación, ya que, además, mis manos no se despegaban de sus tetazas por nada del mundo porque les puedo asegurar que son algo que una después de poder llegar a ellas, no las suelta ni para comer. Así estábamos cuando Pame hizo un gesto con la cabeza, luego de haberla girado hacia atrás, mirando a la puerta. No le di mayor importancia. Mal hecho. Un instante después una especie de mango enorme de carne hirviendo, largo, duro y venoso se metía hasta llegar a la puerta misma de mi útero. Pamela trabó mi cabeza con sus piernas y me tomó de las muñecas a la vez que me dijo:

– Ahora amor vas a saber que es una verga. Mi hermano te va a coger como a vos te gusta, bien hasta el fondo de tu concha y vas a gozar como una perra. No dejes de comerme la argolla y déjate meter esa barra de carne que te va a gustar. Tenía razón en varias cosas. Gozaba como una perra, después que se me pasó el susto de la primera impresión, no pensaba dejar de lamer su concha y el hermano, aunque baboso y pesado, tenía una verga de unos 22 cmts de largo y unos 5 cmts de ancho que me hacía sentir cosas que nunca había vivido. Me estaban “violando” y me gustaba una barbaridad.

Así seguimos, yo chupándole la concha a Pamela y el hermano metiéndome su verga hasta los huevos, que chocaban con el colchón de la cama al momento de enterrármela.

– ¿Viste que te gusta la verga Ani? ¿Viste que te iba a gustar tenerme adentro? Tenés la cuevita empapada de lechita tuya y en un rato la vas a tener llena de leche de macho. Recitaba su hermano mientras con sus manos buscaba la forma de dejar mis tetas al aire.

Mucho así no podíamos aguantar ninguno de los tres. Y así fue que después de perforarme la concha durante unos diez minutos, dándome verga como a una puta de la calle de 5 mangos, es que empezó a bufar como un tren.

– ¡Ahí me viene la leche bebé! ¡Cómo te voy a llenar, amor! Te la voy a dar toda adentro para que esta noche en tu casa te hagas una buena paja pasándote los deditos por la concha bien llena de mi guasca. Como verán, un hijo no reconocido de Borges, el muchacho al hablar. – Si, llénale la concha de leche que yo acabo con eso, dale. Acabale que quiero verle como le sale la leche por la concha de lo llena que se la vas a dejar. Acotó Pamela, mientras sus ojos a duras penas continuaban en sus órbitas.- Y vos también vas a acabar, hermanita puta. Mira lo que te hago.

Dicho lo cual, sin sacarme su pija de la concha, de un sólo movimiento, enterró su lengua en el culo de su hermana, a milímetros de la mía enterrada en la concha de ella. Tener una pija así de grande y por la fuerza dentro de mí, manoseándole las tetas a Pamela y viendo como su propio hermano le metía la lengua en el ojete fue demasiado para mí.

Le empapé la verga a ese hijo de puta como si de la concha me saliera un mar de flujos. Grité en la puerta de la conchita de Pamela como una desaforada que me gustaba, que qué bueno, que me hicieran mierda, que me hicieran lo que quisieran… Ella lejos de sorprenderse por la actitud de su hermano, se propuso gozarla. Y moviendo sus caderas para adelante y para atrás, haciendo que tanto mi lengua pasara más fuerte sobre su clítoris como la de él se enterrara aún más en su culo, se chorreó de flujos en nuestras caras, gritando y bufando como un maratonista al final de la carrera.

Casi al unísono y sin separarse ni un instante del agujero del orto de Pamela, a él le comenzó a latir aún más fuerte su preciosa pija dentro de mí, salía y entraba cada vez más seguido y más fuerte, chocando su pubis contra el mío. Luego de lo cual, sin poder gritar mucho ya que no tenía la más mínima intención de sacar la lengua del culito de Pame, me inundó la concha de leche con una fuerza y con semejante cantidad que creo que hasta la saboree así como estaba. Esta fue la primera verga que me comí. Así fue como probé el gustito de tener a un tipo dentro de mí. Y de ahí en adelante, aunque no hace mucho de esto, he intentado recuperar los polvos perdidos, perdón, el tiempo perdido.

Les pido disculpas si me extendí mucho. Ojalá no los haya aburrido. Les dejo un beso enorme a todos.

Autora: Ana

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Escrito por Marqueze

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