ALGÚN DÍA TENÍA QUE PASAR

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Lo monté y le hice el amor por largos minutos haciendo gozar a mi jardinero. Me confesó que hace mucho no tenía sexo, por lo que su eyaculación fue abundante. Me dejó toda llena de su leche caliente y colmada de placer. Esa noche follamos tres veces más. Volví a mi departamento al otro día, por fin satisfecha después de tanto tiempo.

Mi nombre es Francisca, tengo 31 años, soy rubia, pelo liso y largo. Mi cuerpo es mi tesoro, que lo cuido a diario con sesiones de gimnasio, tratamientos de belleza y todo eso. Se puede decir, que soy una mujer muy atractiva. Mido 1,65 y de mi cuerpo, mis pechos son lo que más resalta. Me gusta mucho usar escotes y recibir las miradas de todos los hombres.

Después de cinco años de matrimonio, la vida sexual, en nuestro caso, pasó a ser más de lo mismo, sin embargo, la frecuencia de nuestro sexo era muy baja y eso no me satisfacía. Mi cuerpo me pedía más… mucho más.

Fue así, como un día en que Marcos, mi esposo, salió de viaje por una semana, en que decidí dar el gran paso: necesitaba más sexo y para eso, opté por la infidelidad.

Analicé mis posibilidades de sexo rápido, seguro y secreto. Quedaba descartado mi trabajo, mi gimnasio y mi círculo de amigos. Debía ser con alguien conocido, pero no tan cercano.
Fue así, como mientras desayunaba, miré hacia la ventana de mi departamento, ubicado en el segundo piso de un acomodado barrio de la capital y divisé a Juan, el jardinero del edificio, un hombre mayor, de unos 50 años, pero muy bien conservado. La verdad es que siempre me sentí atraída por hombres mayores, tanto así, que perdí mi virginidad, a los 16 años, con un hombre de 60, vecino de la casa donde vivía con mis padres.

Los ventanales de mi departamento, daban hacia el jardín interior del edificio y dada la baja altura, se podía ver con facilidad el interior de mi casa. Eso lo había comprobado ya con el jardinero, que conocía muy bien mi rutina por las mañanas y que “casualmente”, siempre estaba cortando el pasto que daba a la ventana de mi habitación, la cual muchas veces olvidaba cerrar cuando salía de la ducha, quedando expuesta a la mirada agradecida de aquel hombre. Varias veces Marcos mi esposo, me sorprendió desnuda y con la ventana abierta, lo cual a él lo enfurecía. Yo siempre le bajaba el perfil a la situación y le decía… si Juan quiere mirar, ¡entonces que vea algo bueno!

Fueron entonces que mis hormonas explotaron y decidí darle un buen espectáculo a mi jardinero, aprovechando que estaba sola en la casa. Salí de la cocina, fui a mi habitación y abrí de par en par las ventanas, dejando a la vista de cualquiera el interior de ella. Partí al baño, me desnudé, me metí a la ducha y comencé a tocarme. Me imaginaba a Juan, mirándome excitado con mi cuerpo… comencé a masturbarme, con el agua de la ducha tibia corriendo por mi cuerpo… no demoró mucho mi orgasmo.

Ya más desahogada, salí de la ducha, me puse una toalla, ordené mi pelo y partí como si nada a mi habitación. De nuevo estaba muy excitada, esperando a mi víctima para ser observada. Entré a la habitación, me di una vuelta y de reojo me llevé una gran sorpresa. Lógicamente que estaba mi jardinero mirón… pero no estaba solo. Lo acompañaba otro hombre, más joven, por lo que pude apreciar, pero mal vestido. Por un momento pensé que podría ser peligroso, ya que al otro tipo no lo conocía… pero mis hormonas mandaron. Quería mostrarme.

Tomé el cepillo, me senté en la orilla de la cama para asegurar la visión de mis víctimas y comencé a peinar mi cabello, lenta y pausadamente, con la mirada perdida, pero observando de reojo a mis espectadores. Podía ver perfectamente como me miraban, pero con disimulo. Con el ir y venir de mi mano al peinarme, la toalla que me cubría comenzó a bajarse, rozando mis pechos. El calor de la excitación comenzaba a invadir mi cuerpo como hace mucho no lo sentía. Estuve así unos momentos, hasta que por fin, la toalla cayó por completo y quedé desnuda, sentada en la cama, cepillándome a la vista de esos dos hombres.

Mis pezones estaban completamente erectos, como pidiendo que los lamieran. Para asegurarles la vista, levantaba mis brazos, dejando los pechos completamente libres. Estaba a mil. Juan y el hombre miraban con más descaro, comentaban entre ellos la situación. Mi vulva comenzó a pedirme más y así fue.

Como si nada pasara, me levanté lentamente de la cama, seguí cepillando mi cabello, me acerqué por completo a la ventana y mirando en dirección contraria a mis víctimas, les ofrecí todo mi cuerpo desnudo, situación que hizo que los hombres se desesperaran y comenzaran a comentar en voz muy alta, lo que estaban mirando. Yo ya estaba muy caliente, mi vulva sentía como latía y se mojaba como nunca antes la había sentido. Más encima, podía escuchar casi todo lo que decían sobre mí, sobretodo de mis 96 cm de pechos y de mi monte de Venus depilado. Estaba en éxtasis. Me separé de la ventana desnuda y fui en busca de un pote de crema para el cuerpo.

Con todo descaro volví a la ventana y comencé a untar mi cuerpo caliente con la suave crema. Recorrí lentamente mi cuerpo, haciendo énfasis sobre mis pechos, lo cuales frotaba a gusto. Cerré mis ojos y comencé a imaginarme que eran las manos de aquellos hombres, que a no más de 6 metros, me observaban con total descaro. Fue así, cuando inevitablemente mi mano se fue a mi entre piernas y comencé a tocarla. Nunca la había sentido tan mojada, mis jugos caían por mis piernas y el placer comenzaba con el roce de mi clítoris.

Un fuerte gemido me hizo abrir los ojos y moderar algo mi espectáculo. Era evidente mi exhibición ante aquellos hombres, por lo que decidí no fingir más mi soledad y comencé a mirarlos fijamente. Una mano en mi vulva y la otra en mis pechos, sobándolos con fuerza y llenándome de placer, para el goce de mis víctimas. Con las hormonas a tope, estaba para cualquier cosa. En eso el hombre más joven me dice que me de vuelta, que quiere ver mi cola, por lo que me di vueltas y les ofrecí mi trasero.

Los comentarios me ponían a mil. Así que decidí mostrarles todo. Doblé mi espalda y quedé casi en cuatro patas, dejándoles a la vista toda mi vulva mojada, la que seguí masturbando. Toqué mi clítoris una y otra vez, el fuego me comía. Juan de pronto me dice que me meta los dedos. Lo complazco. Lentamente introduzco mi dedo índice por mi vagina y me masturbo así. A los pocos segundos me invadía el orgasmo más grande que había sentido en mi vida, los gemidos llenaron mi habitación y el jardín de mi edificio.

Caí agotada de tanto placer en la cama. Mis víctimas me habían calentado a más no poder. Fue increíble para mí y creo que más para ellos. No es frecuente, creo, que una rubia completamente desnuda se exhiba y se masturbe delante de unos hombres casi desconocidos.

La hora de salir llegó. Me duché de nuevo, para refrescarme, me vestí sin ropa interior y como era verano, con una falda corta y una blusa blanca, que mostraba por completo mis pechos. Salí así y me encontré con Juan, a la entrada del edificio. Increíblemente el morbo fue más fuerte que mi vergüenza y lo saludé como si nada. Él hizo lo mismo. Le pregunté por el hombre que lo acompañaba y me dijo que era una electricista que había ido a realizar unos arreglos al edificio, pero que ya se había marchado.

Fue entonces, cuando Juan, sin poder de dejar de mirar mis pechos, me dice que dentro de 3 horas termina su turno y que me invita a su casa, con total descaro. Sin pensarlo, acepté. Luego de dar una vuelta por el mall y dejar caliente a cuanto hombre me topaba, volví al edificio. Juan me esperaba. Se subió a mi carro y nos fuimos a su casa, ubicada en una población en las afueras de la capital.

Al llegar, entramos y sin más reparos, me acerqué y lo besé con todas mis ganas. Mi cuerpo aun estaba desesperado por sexo, cosa que Juan aprovechó, desnudándome por completo. Me tocó y me lamió como todo un experto. Esa es la gracia de los hombres mayores, que lo hacen con suavidad y lentamente. No tardé en corresponderle, bajando su slip y dejando salir una verga preciosa, con unos testículos enormes, los cuales lamí con frenesí. Los hombres mayores, tienen definitivamente la verga y las bolas más grandes que los jóvenes. Se demoran más en erectarse, pero cuando lo hacen, es increíble.

Lo monté y le hice el amor por largos minutos haciendo gozar a mi jardinero. Me confesó que hace mucho no tenía sexo, por lo que su eyaculación fue abundante. Me dejó toda llena de su leche caliente y colmada de placer. Luego de descansar unos instantes en su cama, se paró desnudo y se dirigió a la ventana. Abrió las cortinas y volvió a la cama. Me dijo que me parara y que fuera a tomar un poco de aire a la ventana. Le dije que no, que era peligroso que me vieran en su casa. Pero él insistió. Me dijo que ahí, nadie me conocía, que de que me preocupaba.

Entonces capté su intención. Quería que me parara desnuda en la ventana de su habitación, para mostrarme. Lógicamente el morbo nubló mi razón y lo hice. Me paré desnuda y fui hasta la ventana. Me llegaba a la cintura. Dejaba por completo a la vista de la calle de la población mi torso desnudo. Eso hizo estremecerme de excitación y Juan lo sabía y lo disfrutaba, masturbándose para mi mientras me miraba parada en la ventana.

Aunque no se veía pasar a nadie, tal vez por que era la hora de más calor, la sensación de mostrarme desnuda era increíble. Hasta que de pronto pude ver como dos tipos, de unos 25 años se aproximaban por la calle. Partí a cubrirme, pero Juan, me lo impidió. Me obligó a pararme frente a la mirada incrédula de los dos hombres, que no tardaron de notar mi presencia en la casa. De inmediato los piropos subidos de tono no se hicieron esperar. Eso me hizo mojarme con mayor intensidad, sobretodo al ver a los hombres, frente a la ventana y separados nada más por un pequeño antejardín que separa a la casa de la reja que da a la calle. Me decían de todo.

La vergüenza era cada vez mayor ante las cosas que me decían, pero no podía evitar que me excitara, al punto de tener, por primera vez en mi vida, un orgasmo sin tocarme, solo con las miradas de esos dos extraños que disfrutaban de mi cuerpo y con la de Juan, masturbando su tremendo pene delante de mí. Volví a la cama e hicimos el amor como desesperados.

Esa noche follamos tres veces más. Volví a mi departamento al otro día, por fin satisfecha después de tanto tiempo.

Pasó el tiempo y hoy sigo casada con Marcos, llevando una vida más bien normal para una pareja de nuestra edad. Juan sigue siendo el jardinero de mi edificio, aunque también es mi amante. Lo hacemos al menos tres veces por semana. Siempre tengo una buena excusa para salir y juntarme con él. Juan sigue exhibiéndome y disfrutando de como otros desean mi cuerpo desnudo. El morbo con él es total y me declaro absolutamente adicta a su sexo.

Autora: Cony

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Escrito por Marqueze

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