Angie.

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Aquellas prometían ser otras vacaciones familiares rutinarias: viaje a la playa, caminatas, paseos en bote, etc.

Estaba equivocado, por mucho.

Mi hermana me telefoneó para invitarme. La idea me gustó y de inmediato accedí.

Habían arrendado una hermosa cabaña al lado del mar y por las fotografías y el vídeo entregado por los propietarios, sobraría espacio.

Días antes del viaje, nos reunimos para acordar detalles de la salida y me enteré de que la vecina de mi hermana viajaría con nosotros. De ella sabía poco. Escasamente que estaba casada con un tipo que viajaba mucho y que tenía dos hijos, que también nos acompañarían.

Yo frecuentaba poco a mi hermana y recordaba vagamente a la vecina y sus hijos. La noche de la reunión nos presentaron y pude conocer a Angie, la hija menor, un verdadero bomboncito, con apenas 18 años, según supe luego.

El viaje transcurrió calmado y en mi coche nos acomodamos junto con mi novia y mis sobrinos. A Angie sólo la vi una o dos veces por el camino en las ocasionales paradas a comer un bocado o ir al sanitario. Cada vez me parecía más hermosa enfundada en sus breves shorts de lycra y la blusita corta. Tenía un trasero paradito, firme y redondeado, un vientre totalmente plano, unos pechos de buen tamaño, pero sobre todo, una hermosa cabellera negra que daba exactamente a su estrecha cintura. Era para comérsela cuando, juguetona, daba saltitos para “estirar las piernas”. Esos saltitos hacían mover sus senos dentro de la camiseta de una manera….

La cabaña era todo cuanto habían ofrecido sus dueños, perfecta. Nos instalamos y dormimos como troncos por el cansancio del viaje.

A la mañana siguiente, fuimos directo a la piscina. Allí tomamos un suave desayuno de frutas y comenzamos a juguetear en el agua.

Muy pronto se inició la obligada guerra de jinetes en el agua y obviamente a mí me correspondió cargar con mi novia, mi hermana fue cargada por su esposo y Angie por su hermano.

El ambiente era del todo festivo pero me parecía que Angie se rozaba exageradamente contra mi. Siempre que nos acercábamos ella encontraba la forma de caer de su “cabalgadura”, indistintamente hacia mí, y en una o dos ocasiones sentí que se agarraba de mi entrepierna mientras salía a la superficie tosiendo y asegurando que por poco y se ahogaba.

Me negaba a creerlo y me repetía que era accidental y que simplemente la atracción que la muchacha me producía me estaba haciendo imaginar cosas. En ello también estaba equivocado, por mucho más.

Entrada la tarde y luego de tomar dos cervezas, sumadas a un suculento almuerzo y al cansancio de toda la mañana de juegos, decidimos tumbarnos en la sala de televisión a hacer una siesta.

Mi hermana entró para anunciar que iban a salir de compras por si necesitábamos algo y ante nuestra negativa nos encargó poner atención a mis sobrinos y partieron.

Me asomé y los vi a todos jugando en el jardín así que me relajé y pronto estuve totalmente dormido con mi novia recostada sobre mi pecho.

En medio del sueño, empecé a sentir una agradable sensación. Entreabrí los ojos sin moverme y ¡sorpresa!.

Angie estaba tumbada a mis pies con la vista perdida en la pantalla del televisor, pero su inquieta mano acariciaba mis piernas y lentamente, mirándome de reojo a intervalos, trepó hasta entrar suavemente por la ancha manga de mi pantaloneta. Contuve la respiración y fingí seguir dormido mientras la traviesa me rozaba delicadamente los huevos y el pene, que de inmediato comenzó a reaccionar para su alborozo. Pronto comenzó a deslizar su mano arriba y abajo de mi erección produciéndome un morbo increíble, que se me dificultaba ocultar en mi fingido sueño. Tomaba mi enhiesta verga y la apretaba suavemente, luego deslizaba un dedo alrededor del glande y jugueteaba con las gotitas de lubricación que iban saliendo, para reiniciar el suave masaje a lo largo del tronco. Me tenía a mil, sentía que iba a acabar en su mano y cuando, haciendo un gran esfuerzo para no despertar a mi novia, moví un poco la cadera, ella me miró a los ojos y se colocó un dedo frente a la boca en señal de “silencio” y continuó con la deliciosa paja.

Un respingo de mi novia me salvó de soltarle un chorro allí mismo y Angie se apresuró a sacar la mano justo cuando ella abría los ojos y me saludaba con un beso.

El resto de la tarde, luego de llegar los que estaban de compras, la pasamos sentados al borde de la piscina tomando los deliciosos cócteles que preparaba mi hermana. Sobra decir que la muchacha ni se acercaba, pero de cuando en cuando, pasaba a mi lado y me enviaba pícaras miradas.

La mezcla de licores pronto hizo su efecto y hubo ebrios. Las primeras en caer fueron la madre a Angie y mi cuñado que se adormilaron en sendas sillas playeras. Mi hermana charlaba muy entretenida con mi novia en un rincón del bar y yo permanecía al borde de la piscina dándoles la espalda.

Un momento después entre todos los sobrinos me empujaron y fui a parar, copa en mano, al agua. Los niños reían y Angie se apresuró a buscarme otra copa.

Lo hizo con toda intención: para salir del agua puso una rodilla sobre el borde y luego la otra, colocándose en cuatro, prácticamente con su hermoso culo en mi cara. La tirita de su bañador “brasilero” no cubría absolutamente nada y a los lados de la sombra del ano había unos suaves y escasos vellitos, mojados, que se perdían en el triangulito de tela hacia su sexo. Angie aún no se depilaba, al menos tan “abajo” no era aún necesario y me pareció una de las cosas más excitantes que he visto en mi vida.

Levantó la cara por encima de su hombro y al comprobar que yo estaba con la mirada clavada en su trasero (no era eso lo único que quería clavar), soltó una risita y corrió hasta el bar para pedir otra copa a mi hermana. Escuché que les narraba cómo había perdido la anterior y las carcajadas de las tres mujeres.

Se acercaron todavía riendo y Angie se arrojó a la piscina directamente por sobre mí para salir nadando del otro lado.

Mi hermana dijo algo a sus hijos y mi novia me invitó a salir del agua, pero ante mi erección me excusé y le dije que iba a jugar otro rato con “los niños”.

Nadé hasta las escalas de la piscina y me senté en una grada con el agua hasta la cintura. Angie vino nadando y al llegar mordió suavemente mi pene por encima del bañador, emergió con una enorme sonrisa y me dio un rápido beso en los labios.

Me quedé cortado y dando una rápida mirada alrededor comprobé que nadie la había visto.

Ella continuaba riendo, se sumergió y bajó mi bañador de un tirón.

Aquello era totalmente nuevo para mí: su mano me pajeaba con rapidez y me daba suaves chupadas metiendo sólo el glande en su boca.

No supe cuanto resistió bajo el agua pero a mi me pareció una divina eternidad. Al cabo de un ratito que hubiera querido prolongar toda la noche se retiró nadando bajo el agua y salió del otro extremo.

Estuvo haciendo esos breves recorridos durante un buen rato, dejándome a punto de eyacular en cada visita e intercalando su jueguito con uno a dos pases de pelota con mis sobrinos para no despertar sospechas.

Para su siguiente viaje la esperaba meneándomela yo mismo, ella permaneció sumergida un rato mirando cómo lo hacía y luego se aplicó a terminar su trabajo. En ésta vez tomó más aire y comenzó una frenética mamada, metiéndoselo todo en la boca, tomaba un poco de aire mientras me pajeaba con la mano y volvía con su felatio sub-acuático, hasta que me produjo el formidable estallido. El chorro salió exactamente cuando ella la tenía metida toda en la boca, ante lo cual, abandonó bruscamente la mamada y sacó su cabeza del agua un poco contrariada. Yo terminé de venirme por mis propios medios y ella simplemente se sumergió a mirar cómo lo hacía. Se retiró como lo había hecho antes y me dejó allí sentado con los huevos vacíos, pero a medias y lleno de deseo.

La idea de tirarme a la muchachita no me daba reposo. Cada vez que pasaba a mi lado fingiendo indiferencia, no podía dejar de imaginarla en cuatro, con su espléndido culo al aire, pidiéndome que la penetrara con su infantil sonrisita.

Tuve que aplicarme a nadar durante largo rato para apagar mi calentura y bajar la erección que continuaba pertinaz, con voluntad propia.

Entrada la noche todos nos despedimos y algo tomados fuimos a nuestros cuartos.

Sobra decir que casi no espero a correr el seguro de la puerta para caer sobre mi novia con todos los desesperos acumulados por la traviesa.

Mientras la bombeaba frenéticamente, imaginaba el trasero de Angie, su risa.

Estábamos a punto de acabar (generalmente nos sincronizamos), cuando noté una silueta en la vidriera del balcón que permanecía a oscuras. Era apenas visible muy pegada a la pared, pero estaba seguro de ello.

Recordé que aquellas habitaciones compartían el balcón por pares y no sabía en cuál estaba ubicada la vecina o a su familia. No pude más que imaginar que se trataba de la muchacha jugando al voyeur y esto me hizo sentir extraño, nada mal, pero extraño. El exhibicionista que llevamos dentro afloró con todo su poder y decidí darle el mejor espectáculo que me fuera posible.

Retrasé el fin y colocando a mi novia de espaldas me lancé en una feroz mamada. Jugueteaba con mi lengua por todo su húmedo sexo, succionando a veces con fuerza, a veces con suavidad su clítoris, logrando arrancarle gemidos de placer y ampulosos movimientos de cadera. Ella no pudo resistirlo, menos después de haberla penetrado y terminó en un explosivo orgasmo que no interrumpió mi dedicación. Seguí lamiendo suavemente y mordisqueando su sexo, arrancándole suaves temblores y suspiros.

Yo la conozco bien y sé que sus orgasmos parecen masculinos y que tarda un poco en volver a encenderse, así que simplemente la volteé boca abajo y me dediqué a besar su espalda de arriba abajo, suavemente, con fruición, dándole tiempo de recuperarse y echando vistazos a la ventana, la silueta permanecía inmóvil.

Al cabo de unos momentos obtuve la reacción esperada y sin decir palabra se zafó hábilmente, dándome vuelta y se colocó entre mis piernas. Debo decir que mi novia sabe manejar perfectamente los ritmos que requiere una buena mamada (al menos los que yo requiero), y que, seguramente por reciprocidad, se empeñó a fondo. Estuvo allí haciéndome gemir durante interminables minutos, parando y apretando con fuerza mi falo cuando sentía inminente la eyaculación y reanudando con su juguetona lengua.

La silueta continuaba en la ventana y entonces me preparé para el glorioso final.

La giré para que su culo quedara de frente a la ventana y colocándome con las piernas semi-extendidas, la penetré desde atrás, permitiendo que la mirona presenciara claramente el mete y saca y mis huevos chocando contra sus nalgas. Esa es mi posición favorita y no tardé en sentir la inminencia de mi orgasmo, así que bajé la mano e inicié un frenético masaje sobre el su clítoris, como a ella le gusta, consiguiendo su segundo orgasmo un poco antes que el mío, para el que me giré hacia la ventana y acabé sobre su espalda ayudado con la mano.

Caí rendido y nos adormilamos.

No supe cuándo partió la mirona, pero me dormí con una sonrisa de pensar que le había dado un poco más de lo que ella se esperaba. Realmente fue un poco más para todos.

La historia es mucho, mucho más larga y voy a terminar de contarla, si así lo desean.

Espero sus comentarios…

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Escrito por Marqueze

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