BEATRIZ, SU HISTORIA

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Hola amigos, soy Jota Jota con una nueva historia, tengo tantas para contarles que no sé si me va a dar el tiempo, pero de a una y desordenadas van a ir saliendo.

Ya les conté mi viaje de trabajo con la Jefa de Auditoría Médica; en mi país el ambiente médico es muy promiscuo, lo favorecen los horarios inciertos y el tiempo libre entre actividades. Los médicos que trabajan en clínicas u Hospitales saben coger con enfermeras, obstetras, pacientes complacientes y sanas, o con colegas necesitadas, o bien dispuestas.

En un turno de hotel, de cuatro horas, que tomamos con la Jefa de Auditoría, en el que forzosamente quedaba tiempo muerto entre un polvazo y que se me volviera a parar, Beatriz me contó parte de su vida:

"Desde chica me interesó el sexo, antes de mi primera regla aprendí a masturbarme. Averiguaba cómo era eso, leía lo que caía a mi alcance, revistas, libros de mis padres, que me excitaban y me obligaban a regias pajas. Te la hago corta: empecé a coger en un auto a los dieciséis años, no fue ni cerca de lo que me imaginaba. Pasaron varias pijas por mi concha antes de conocer al que luego fue mi marido. Nos hicimos novios en la facultad, y a la semana me llevó a un hotel para cogerme. Era un ansioso, casi no jugaba antes de cogerme, pero me hacía acabar, una vez cada vez. Al fin nos casamos y me cogía casi todos los días, él acababa siempre, yo a veces. Pero igual tuvimos varios hijos.

Yo sabía que me ponía los cuernos; él no sabía que yo también, hasta con sus amigos, que eran discretos. A veces salía, como una puta, a levantarme un tipo desconocido que me llevara a un telo (hotel) y me cogiera bien, me sentía bárbaro siendo la puta de cualquiera, con una verga de buenas dimensiones en mi concha, o en mi boca porque había aprendido el placer de la mamada. Mientras estuve casada apenas si tuve aventuras fugaces, y no demasiadas para lo que me pedía mi deseo.

Me divorcié, luego de muchos años de matrimonio infeliz, y me resolví a vivir mi vida sexual tal como yo la quería. Al principio no me fue muy bien, no sabía cómo encontrar relaciones más o menos estables, con hombres que me cogieran bien y sin compromisos, tan sin compromisos que me permitieran tener dos o tres al mismo tiempo. Siempre me quedaba el viejo recurso de salir a la calle y levantarme un macho que me dejara con la lengua afuera. Pero no veía eso como mi futuro a largo plazo, era bastante estúpida como para no ver que el placer es uno, y no importa demasiado quién te lo da.

Así fue que a poco de divorciarme me enganché con un colega al que conocía desde antes. Un hombre maduro, libre, antiguo en sus conceptos, me gustaba coger con él, pero no me alcanzaba. él quería rodear nuestras encamadas de un hálito romántico, con champagne y velas, con todo el tiempo disponible, lo que nos limitaba a una o, a veces, dos veces en la semana. Y yo quería dos veces por día.

Así fue que duró lo que duró; me desprendí de él y me decidí a gozar del sexo sin ningún freno ni condicionamiento.

El amor me importaba bien poco, quería el placer, gozar de una buena poronga en mi concha, no importaba quién fuera el dueño, o la dueña.

Mi condición de divorciada y mi buen aspecto, más mi posición laboral, me aseguraban un amplio espectro en dónde elegir. Encontré varios hombres, pero quiero hablar hoy de uno, el primero de mi sexo libre de ataduras.

Buscaba alguien más joven que yo y que se sintiera atraído por una cincuentona. No me resultó difícil, porque los hombres siempre están dispuestos a coger con la primera que se les presente. Y me presenté, ante un médico diez años menor que trabajaba conmigo en una dependencia en la que yo era su superior.

Empecé por asignarle las tareas más ingratas. Nos veíamos al inicio y al fin de la jornada; me gustó el juego de ser a la mañana la jefa inflexible y al atardecer la jefa comprensiva y dulce.

En esas tardes de reportes m

e mostraba maternal, y le mostraba las piernas, mi mejor recurso, y lo consolaba de los avatares de su día. Hasta que noté que no le era indiferente como mujer, me miraba las piernas cada vez que las cruzaba tratando de mostrar todo.

Le mostraba mis tetas diminutas pero realzadas por artificios femeninos que las hacían parecer más deseables, y él se regodeaba mirándome. Era la mujer madura, la mamá que tal vez no tuvo. Cuando estuve segura de que me deseaba apuré el trámite. Lo invité a tomar un café después del trabajo.

En el bar parecía un bebé mirándome embelesado, sentado frente a mí y bebiendo cada frase de mi conversación. El pobre ignoraba que para mí sólo era una verga rodeada de algo, lo despreciaba desde el intelecto, su charla era tan insulsa como una sopa de agua. Pero empecé a rozar mis rodillas con las suyas, lo noté excitado, lo estaba calentando como la mejor puta. Sólo que no pensaba cobrarle nada, era una puta gratis.

Tomé su mano arriba de la mesa y le propuse – ¿Vamos a otro lado? (En Argentina eso quiere decir vamos a coger), me entendió perfectamente, no era tan boludo.

Fuimos en su auto hasta un lugar lejano, un telo (hotel, motel) muy lujoso y caro, lo iba a pagar él.

Ya en la habitación me empezó a comer a besos, nuestras lenguas se acariciaban y tocaban un concierto de Mozart. Tímidamente corrí mi mano hasta su poronga, estaba dura como piedra. Era uno más que se calentaba conmigo, eso me hizo sentir que estaba vigente, que podía calentar a un hombre, que no era una vieja caduca, archivada, a pesar de mis casi cincuenta años.

Me desprendía los botones de mi camisa y yo le corría el cierre de su bragueta mientras procuraba bajarle los pantalones. Todo fue muy rápido, cedieron los cierres de mi corpiño, de mi pollera, de sus pantalones, y de pronto estábamos casi desnudos frente a frente. Él totalmente, yo conservaba mis pantys y mis calzones. Me chupaba mis tetitas con fruición, como si fueran las mejores del mundo. No pude más y bajé hasta tener su verga al alcance de mi boca, y me la tragué toda.

Antes me había comido la poronga de me ex marido, por obligación no por gusto, pero esta vez se la chupaba para mi placer, se la recorría entera desde el tronco hasta la punta, le lamía los huevos y me los ponía todos dentro de mi boca, y eso me gustaba. Era el germen de la puta que soy hoy. Cuando lo puse al mango decidí que quería probar el sabor de la leche de hombre; por eso lo seguí mamando hasta que me acabó en la boca, probé y me gustó, tanto que no me perdí ni una gota, le limpié con la lengua cualquier vestigio de semen que hubiera quedado.

Mientras tanto mi concha clamaba por una verga que la penetrara; tuve que esperar hasta que se le parara de nuevo, no fue tanto tiempo. Cuando se la toqué bien dura me saqué la parte de debajo de mi ropa y, ya mandando, le acerqué su cara a mi argolla; sumiso empezó a lamerme, guié su lengua hasta mi clítoris y ahí empecé a acabar cada cuarenta segundos. No era tan inexperto mi compañero ocasional, sabía dónde y cómo poner su lengua, y como moverla para darme el máximo de placer.

Yo acababa descontrolada, orgasmo tras orgasmo. Esa vez descubrí que era multiorgásmica, cosa que mi ex marido se empeñó en ocultarme, igual que algunos amantes ocasionales anteriores. El resto de la sesión no fue muy original, por eso quiero contarte la siguiente.

La primera vez con Leandro, así le vamos a llamar, fue la cogida de una mujer hambrienta. Una cogida inesperada, para él, con tiempo limitado, sin que nadie, excepto yo, estuviera preparado para un encuentro de ese tipo.

A los tres días, yo no podía esperar más que eso, arreglamos un encuentro más prolongado, y ambos fuimos preparados; cada cual para lo suyo.

Yo me vestí de la forma que se me ocurrió más provocativa, era un sábado a la tarde y podía hacerlo, me puse el pantalón más ajustado que hallé de forma que me marcara bien el culo que es mi mejor atributo, siempre que esté enmarcado y sujeto, no me puse calzones, y elegí el corpiño que me levantara mejor las pocas tetas que tengo. Él se apareció bien de sport con un maletín en la mano.

Elegimos el telo (hotel, motel) entre los mejores, sin duda me aventajaba en la experiencia en eso. La suite tenía de todo: hidromasaje

, yacuzzi, sillón erótico y todos los chiches. Hasta una pantalla gigante de TV que proyectaba filmes pornográficos. Todo eso nos empezó a poner bien calientes, al margen de la calentura que ya traíamos por haber deseado tantos días ese encuentro.

Pero una vez en tema ni nos fijamos en todos los chiches por los que él había pagado, ni el yacuzzi ni el colchón de agua. En segundos estábamos los dos desnudos, yo prendida a su verga que pajeaba y mamaba alternativamente, y él agarrado de mis tetitas con la boca y de mi culo con las manos. Los dos re calientes nos enfrentamos para besarnos con toda la pasión y mientras él me hacía gozar tocando mi clítoris me confesó su anhelo – quiero cogerte por el culo -. Me aterró la propuesta, mi ex marido lo había intentado y siempre me negué, con algún pretexto u otro.

No creía que eso pudiera ser placentero, más bien pensaba que era doloroso. Pero Leandro era muy persuasivo y yo estaba muy caliente. Empezó por chuparme la argolla mientras con sus dedos me rozaba el ano; de pronto me encontré con su lengua en mi clítoris haciéndome gozar como una yegua, y con un dedo de él todo dentro de mi culo, entrando y saliendo.

Allí entró en juego el misterioso maletín de Leandro, y de allí salió un frasco de gel lubricante que fue untando laboriosamente en su dedo, en mi culo y en su pija. Mientras tanto una de sus manos no dejaba de acariciar mi clítoris para mantenerme excitada. Hasta que no pude más, deseaba tener esa poronga dentro de mí, en la concha, en la boca, o dónde fuese. Acababa cada cuarenta segundos a causa de la calentura que llevaba.

Cuando me dijo -querés que te la meta en tu culito caliente – le dije – síííí en cualquier parte -, nunca me habían cogido por el culo, algunas amigas me decían que era bueno y no les creía. Había leído mucho sobre el coito anal pero no me parecía que fuera algo para mí. ¡Qué equivocada estaba! Leandro me apoyó la cabeza de su verga en mi entrada y, sin preguntarme nada la fue metiendo poco a poco, al principio me sentí desgarrada, invadida, pensaba que era como cagar para adentro, me dolía y me gustaba a la vez.

A medida que me iba entrando esa hermosa poronga me gustaba cada vez más; algunas amigas me han dicho que practican el coito anal para darle gusto a sus maridos, porque los aman, son mentirosas, a Leandro no lo amaba, era un tipo ocasional, pero empezaba a gustarme sentir esa pija en mis entrañas.

Cuando me la había metido entera ya estaba gozando, como gozarían esas pacatas cuando sus maridos les hacían el culo. Sentía ese pedazo de carne en mi recto igual que si lo tuviera en mi argolla, un placer inigualable, mientras él me seguía estimulando el clítoris acabé como una yegua cuatro o cinco veces, fueron orgasmos para la antología de los orgasmos.

Me estuvo cogiendo el culo cerca de media hora hasta que derramó su leche caliente por todo mi intestino, no exagero pero creo que me llenó todo el grueso, fue una acabada monumental, una especie de enema placentera, cuando me la sacó empecé a extrañarla; pero ya la tenía blanda y babosa como un caracol, y con algo de materia fecal en la punta. Yo no me esperaba eso, después aprendí que es bueno hacerse una enema de agua tibia con sal antes del coito anal para dejar todo limpio, y se goza más.

Ese fue el estreno de mi culo que luego me dio tantas satisfacciones. Esa tarde Leandro me hizo gozar por todos mis agujeros. Pese a ser bastante menor que yo resultó un buen maestro, se ve que había tenido más experiencia, mis amantes anteriores o eran muy ansiosos, como mi ex esposo, o eran muy delicados, como el primero luego de mi divorcio, o estaban muy apurados, como todos los ocasionales que tuve, antes durante y después de mi matrimonio.

Vos Juan has sido una experiencia invalorable, descubriste que me moría por coger, que me gustaba hacerlo por el culo, que me gustaba hacerlo con dos o tres hombres a la vez, aunque ya lo había hecho antes. Pero antes no me consideraba puta, ahora sé que lo soy, que me gusta coger por coger. Que no me importa si estoy en pareja o casada; que necesito más de un hombre para satisfacerme, y si es posible todos a la vez. Y que vos me cogés de maravilla."

Esta es la confesión de Beatriz, la mejor puta que me cogí en la vida. Ahora la extraño, y si lee esto le pido que me llame. Tuvimos que despedirla

de la Obra Social porque se comprobaron muchos negocios turbios de los que era responsable.

Seguro que los empezó con su anterior amante oficial, que estaba a cargo de las finanzas, pero los siguió siempre, y por más que cogiera con todos los indicados no se podía ocultar. Hicimos lo posible por ocultarlo, pero era una concha contra una cabeza; y todos apreciamos demasiado nuestra cabeza.

Hasta la próxima.

Autor: Jota Jota

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Escrito por Marqueze

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