Belle de jour a mi gusto 14. El cornudo de sí mismo

belle jour

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Cuento del cornudo de sí mismo

 

 

Érase de un putero empedernido

-quien si compra el amor más lo disfruta-

y al saberlo su esposa se hizo puta,

la más liviana y golfa del partido.

 

Más nada de esto receló el marido

fiando en su virtud con fe absoluta

e ignorando su vida disoluta

en burdel elegante y distinguido.

 

Hasta que a sus oídos fue la fama

del buen follar de una hembra muy hermosa,

lúbrica como el dios de los infiernos.

 

Hizo cola el cabrón, pagó la cama,

y, sin reconocer que era su esposa,

en la propia testuz marcó dos cuernos.

 

Si en veranos e inviernos

de puta en puta tu ocio se extravía

mereces que alguien te la pegue un día.

 

 

Pero lo que tenía que suceder sucedió y un día Anaïs comunicó consternada a Belle y a Charlotte que había llamado Henri Husson reservando hora para disfrutar de los servicios de ambas junto con un amigo, y no había tenido más remedio que dársela, para dos días después a las once.

 

Belle, muy dueña de si misma, la tranquilizó; se sentía ya con suficientes tablas para que tal baboso no la afectara, incluso aunque llegara a reconocerla, cosa que no creía (pero un día rompería con todo para llegar a ser total y definitivamente BELLE DE JOUR, la puta en que se sentía morbosamente realizada; quizá negada y vilipendiada por todos los de su clase de origen,  “rinegata e felice” ¿sería ese el destino a que la conducía inexorablemente su demonio familiar?)

 

Así que hizo de tripas corazón y procuró serenarse y aceptar el evento de la manera más natural. Y la manera más natural – según su recién adquirida naturaleza – fue extremar su vertiente puta ante el evento; para ello le pidió permiso a Anaïs para “trabajar” los dos días mañana y tarde, la mañana en la atención a las citas previas ya establecidas y las tardes a su caer, a la espera de los clientes que fueran llegando y la eligieran – y ¡vaya si la elegían!, estaba en el tope de la moda: tenía mucho renombre ya, se la rifaban. Y durmió incluso en el burdel: tratamiento de inmersión, de asunción – aún prematura – de una única naturaleza; y sobre todo, de cara a Husson, preparó su faceta mas “guarra” provocando a la mayoría de sus clientes a que optaran por las variantes más porno del repertorio: mamadas, cubanas, penetraciones anales y demás lindezas. Los clientes, salvo alguno muy tradicional, encantados, y Belle, realizada: para ella había pasado ya en su mayor parte aquel deseo enfermizo de humillación que la condujo al burdel para dar paso al placer de ¿cómo lo llamaríamos? la inducción sensual de la lujuria masculina, el poder de seducción, de doma de la fiera lasciva.

 

La mañana acordada para recibir a su odioso inductor Belle se había vestido y dispuesto a conciencia; quería vender cara la entrega a su antiguo acosador desbordándolo con su belleza más que peligrosa. Para ello debería conseguir llegar a ser femeninamente irresistible: peluca de melenita corta rubio platino, lentillas azul celeste, maquillaje suave pero de realce de ojos y pómulos, medias pantaloneras moteadas y hasta la cintura, precioso body negro recamado de lentejuelas y escotado por debajo del ombligo y muy estrecho en el pubis, casi a manera de tanga, y los brazos y hombros cubiertos por un chal negro. El resultado era impactante y, ante el espejo, la dejó más que satisfecha: estaba bellísima, sobrepasaba el nivel de cortesana, incluso muy cara, y más cuadraba como amante de un emperador. Consecuentemente Belle exigió que al menos ese día Anaïs duplicara su tarifa y cobrara a Husson y acompañante por adelantado, exigencia que Anaïs aceptó complacida.

 

No obstante la cita, Belle tuvo el capricho de atender primero a un cliente primerizo, con lo cual al llegar los dos amigos Charlotte y Mathilde tuvieron que darles entretenimiento mientras acababa el servicio de Belle, que se lo tomó con calma. Husson no hecho a tales demoras se quejaba a Anaïs.

 

-Lo siento -dijo madame-. No sabes Henri la demanda que tiene esta chica por más que tú no la tragues del todo. Por cierto, nos hemos visto obligadas a subir su tarifa al doble, y aún así tiene cola de días.

-¿El doble por esa basta? Si lo llego a saber … Bueno, ya estamos aquí y no nos echamos atrás, un día es un día. ¿No, Pierre? Pero quiero que tomes nota, Anaïs que estas subidas imprevistas y desmesuradas no son serias ni propias de una casa como ésta. Y por fin ¿viene o no viene la nena?

 

-Ya, ya, ya viene señores. Tomen una copita mientras tanto. Verán como merece la pena. Belle ha mejorado mucho en todos los sentidos, ya tiene mucho oficio y, aunque es algo deslenguada, la verdad es que está bellísima y deseable, ya verán.

 

Belle salía despidiendo a su primer cliente, colgada de su cuello:

 

-Adios, mi amor, vuelve pronto que me quedo esperándote.

 

Y estuvo a punto de perder el aplomo para el que tanto había estado preparándose. Y no por Husson precisamente. Su acompañante la dejó hipnotizada por un instante. Era … ¡¡¡Pierre, Pierre Serizy, su marido!!! ¡Qué momento! ¡¡Qué morbo!! ¡¡¡Qué trance tan apurado y tan retorcidamente perverso!!!: Ella allí semidesnuda o semivestida de zorra de burdel elegante, empelucada, empestañada, y maquillada provocativamente, apenas descolgada del cliente anterior y dispuesta para follar con el siguiente – ¡su marido! –, que la miraba con lujuria creciente como a hembra en oferta lúbrica y bellísima. Belle -¿donde quedaría ya Severine?- sintió un subidón de adrenalina, de endorfinas, de yo qué sé y un regodeo por la situación, una voluptuosidad divina; allí, puta de postín, ofreciéndose a su inductor Husson, a su marido Serizy, delante de Anaïs y sus compañeras, que sabían algo aunque no todo, y todo era normal, como habitual, y ella, en la cumbre de su gloriosa degradación, era la única con todas las claves del secreto. Un hervor de calentura la inundó: ¡¡¡se estaba corriendo!!! Allí de pie, sin más, ¡¡¡se estaba corriendo casi hasta el desmayo!!!

Y era preciso sobreponerse, le iba todo en ello. Su atuendo -o la falta de él-, su peluca, sus lentillas y, sobre todo, su forma de actuar deberían protegerla; aunque no fuera lo ideal, debería incluso sobreactuar.

 

-¡Ma mere! ¡Me he retrasado! Si ya se lo decía a François, pero es que es tan cariñoso … ¡Un sol! ¡Oh, Henri el Finolis! El que me trae más húmeda que unas bolas chinas. -Y, echándole los brazos al cuello y ciñéndose a él como una boa,- ¿me has perdonado un poco, galán?¿Y este amigo tan guapo que traes donde lo tenías escondido? ¡Qué ojos! Hoy va a ser un buen día ¿verdad, Charlotte?

-Pues yo te sigo encontrando algo basta, Belle o como te llames. No es suficiente con estar buena; en este oficio yo aprecio las buenas maneras y un cierto recato en el hablar ¿no es cierto, Charlotte? Y este amigo se llama Pierre, y es como un hermano para mí; así que aunque sea poco conocido aquí exijo para él el mejor trato.

-Yo por mí -siguió Belle- gratis se lo hacía, que me tiene enamorada desde que lo vi. Lástima que no pueda ser, porque una es puta, y lo más serio de una puta es cobrar, que si no, ¡ay que muerdo le daba … y le pagaba encima! ¿no querrás ser mi chulo? – Y ante el gesto de Husson – ¡Perdona, perdona, Finolis! Ya me callo.

-Te lo dije, Pierre. Maciza está … todo lo que quieras, pero … Prueba a ver. Si le tapas la boca a lo mejor la aguantas. Si no fuera por eso yo te hubiera propuesto un “menage a quattre” con ella y Charlotte …

-Ya sabes, Henri, que a mí al menos de momento me sigue gustando lo más tradicional; déjame de “menages”. Y a mí ella me parece en principio bien hasta en la tarifa. Es mi tipo; será que me gustan así de “espontáneas”. Espero que te portes en la cama, prenda.

-¡Qué majo!¡Guapo! Vámonos pa’l cuarto, que me tienes en ascuas.

 

Y ni un asomo de reconocimiento en las distancias cortas. Veríamos que pasaba en las cortísimas.

En las cortísimas Belle estaba que lo tiraba – la ropa digo. Confiada, segura, exultante en su anonimato se dispuso a seducir a tope a su marido, al que en casa jamás consiguió mover ni un milímetro de su mojigatería. Era su ocasión. Entre contoneos, mohines de coqueta, caídas de ojos y otras muecas enceladoras fue despojándose muy poco a poco de sus escasas prendas, el chal, el body, el sostén -todo negro, por cierto, como el tanga final a que quedó reducido su atuendo. Belle se colgó de su cuello mientras le susurraba, mimosa:

 

-¿Tuviste otra real hembra como yo entre tus brazos, capullito? ¿Y tan sinvergüenza? Seguro  que no. Mira, toca, soba, acaricia o muerde; no hay un centímetro de este cuerpo que no sea tuyo -por un rato, claro, y bajo tarifa. Es broma: toda para ti todo el tiempo que quieras. Mira, mira estas tetitas, con esta mariquita que parece viva – me costó un polvete del artista, no creas.

-Eres maravillosa, Belle. Casi da miedo tocarte. Cómo no intentas sacar más partido de esta belleza. Podrías ser modelo, artista de variedades, actriz o amante de un magnate; lo que quisieras. ¿No te da apuro malgastarlo así?

-¿Así? ¿De puta, quieres decir? No me entendéis ninguno. A mí lo que me gusta y me pone es ser PUTA, PUTA, MUY PUTA. ¿En qué puede emplearse mejor un cuerpo así que en provocar el deseo casi irresistible en los hombres? Sentir como nace y crece – como tu polla ahora mismo cabroncete – y al final estalla en un orgasmo incontenible, en los fuegos artificiales de la lujuria diestramente provocada. Soy puta vocacional. Mi cuerpo ha nacido y crecido para ese placer, y el medio elegido para prodigarlo es lo que llamáis prostitución y yo llamo la liturgia del cuerpo; soy una sacerdotisa de la lascivia, una hetaira, una hija de Afrodita que desciende cada día a dar la lúbrica comunión a los afortunados mortales. Soy puta a mucha honra y así quiero que me conozcas y me llames sobre todo cuando te corras en alguno de mis sabrosos orificios. Y ¡fuera tangas! ¿qué me dices de este horripilante dragoncito que tiene tantas ganas de comértela? ¡Auuuum! Toca, toca, nota lo suave de este coño depilado.

 

Y se tendió provocativamente sobre la cama abierta. Pierre se desnudó de cintura para abajo en un pis pas y la folló salvajemente en la postura más elemental, dando suelta a todos sus anhelos contenidos. Se corrió en seguida entre jadeos e invectivas “¡Zorra! ¡Viciosa! ¡PUTA!”, que a Belle le sonaron a gloria viniendo de quien venían y saboreó hasta el límite la lujuria provocada a cuerpo desnudo en un marido tan ajeno a la extraordinaria circunstancia de su aventura: ¡ambos estaban siendo infieles a su cónyuge legítimo ¡¡¡consigo mismos!!!! Ironías. Pero solamente Severine saboreaba plenamente su triunfo: había conseguido por fin hacer el amor con Pierre en el contexto del culto más completo a su cuerpo desnudo, poderoso inductor del deseo en su lasciva exhibición, sin asomo del nefasto respeto burgués que habitualmente inhibía a su esposo. Había sido contemplada con el regodeo con que se contempla una estampa porno, sobada, lamida, pellizcada, mordida delicadamente en los pezones y otras partes … y jodida con ansia. Y ella en un lapsus freudiano que hubiera podido delatarla ¡había obviado la reglamentaria exigencia del condón! Mira que si la dejaba preñada de manera inconfesable … su propio marido.

Quedó Pierre postrado en el lecho en el sopor del deseo satisfecho más un no sé qué de la tan discutida tristitia post coitum, laxitud que contrariaba a Severine/Belle, que quería guerra. Así que tras de asearse ella lo tomó de la mano, lo llevó al baño y lo aseó con sus propias manos, con un mimo que tenía bastante de maternal. Y sin permitirle respiro, se le colgó del cuello al tiempo que se frotaba desnuda contra su cuerpo y le mordía con mordisquitos de gata acá y acullá: lóbulos, tetillas, carrillos … mientras sus manos acariciaban inquietas, muslos, pantorrillas o entrepierna. Pierre se refugió del dulce asedio en el sancta sanctorum del catre, pero no había cuartel: Belle se le echó encima y procedió a resucitar con suaves mordisquitos el capullo; luego se lo metió entero en la boca hasta la garganta e inició una felación tan solo para lograr una erección consistente. Entonces se sentó sobre él hasta quedar empalada en la enhiesta verga y le tomó de las manos para dirigirlas a sus caderas. Y se puso a follarlo mientras le amenazaba:

 

-Ahora va a ser el dragoncito el que va a devorar ese brazo de gitano que tanto lo ha herido antes.

 

Pierre no podía saberlo aunque algo notara, pero Belle esta volcando en esta operación no solo la sabiduría y experiencia en el arte de las putas adquirida en estos meses sino, en este caso, todo el amor que sentía realmente por él, aunque por su singular anonimato no pudiera confesarlo.

La verga de Pierre no tenía la desmesurada sección de la del legendario Kublai, tan añorado por la puta; de manera que aquel contacto tan estrecho y placentero no podía ahora conseguirlo de manera “natural”, pero Belle aplicó aquí el fruto de su paciente indagación y su bien conquistada destreza en el control de su musculatura vaginal referidos al principio del capítulo y logró unos efectos semejantes a los obtenidos del querido mongol. Todo esto y cuanto supo puso en práctica la hermosa para dejar contento a su inconfesable marido, tanto por el amor que le tenía cuanto por dejarlo encelado y conseguir que esta triunfal experiencia se repitiera. Y así fue follándolo lenta y ceñidamente en un proceso de acumulación de la tensión erótica  que le condujo a un orgasmo convulsivo como un salvaje estallido. Belle también llego casi al tiempo, pero contenida, como una buena profesional, lo disimuló para que el protagonismo del placer apareciera tan solo como el de su amado cliente. Pero él la atrajo a sí, la abrazó, y de esa manera permanecieron unidos sobre el lecho largo rato.

Una vez aseados y más o menos vestidos regresaron al salón muy amartelados, abrazados más como amantes que como contratantes de coitos mercenarios. Al poco salía la “dura” Charlotte demolida y con las lágrimas a punto de desbordarse seguida por un Husson indiferente. Belle se soltó de Pierre y tras dedicarle una mirada de reproche al odioso tipo corrió a abrazar a su compañera.

 

-¡Vaya! -dijo el mal hombre-. La zorra zafia tiene corazón tierno ¿tendrá tan tierno lo demás? Anda ven que quiero comprobar tu retaguardia, que la vanguardia la tendrás perdida de los jugos de mi colega.

-Me imagino que a usted lo de darme por culo le trae sin cuidado, y lo que quiere es humillarme y hacer pública mi humillación. Vale, si disfruta humillando a las mujeres yo estoy para dar servicio a toda clase de apetitos. Así que aquí me tiene. Hágalo, pero aquí y ahora- y Belle, dicho esto, libró los corchetes inferiores de su body, se acodó sobre el velador y le ofreció “su retaguardia” en pompa.

 

Husson se inmutó ante la brusquedad del desafío de la hermosa, pero antes de que pudiera reaccionar fue Pierre el que se adelantó:

 

-No lo consentiré, Henri. Esto que haces no es digno de un caballero. Belle es una hermosa mujer, de buenos sentimientos, y no se merece que la humillen en público de esta manera. Cumple su función y dentro de ella es digna de respeto.

-Vaya, que te ha conquistado esta guarra. Pues te equivocas, a las putas hay que saber ponerlas en su sitio, que para eso están, y para dejarse hacer lo que quieran de ellas los hombres que las pagan. Y tú, vete dentro como te ordené y espérame allí, que te cataré como me apetezca; y la boquita cerrada a no ser que se te mande que la abras, que no será para hablar. Hemos pagado por estas horas sin límite y no voy a renunciar a mi derecho.

-Quizá no me he explicado bien, Husson. A esta mujer no la tocas hoy sin llegar a las manos conmigo.

 

A las voces llegó Anaïs.

 

-Pero ¿qué escándalo es este en mi casa? Husson, Serizy, hagan el favor de venir a tratar esto en mi despacho.

 

Una vez allí, Anaïs, que sabía de sobra de que pie cojeaba Husson, fue directa al grano:

-Husson: no sé bien que ha pasado, pero si cual es su actitud habitual con respecto a las mujeres que aquí se ganan la vida. Esta es una casa de placer y mis pupilas se esfuerzan en dar placer a nuestros visitantes; es lo que sucede normalmente y recibimos muchos parabienes por ello. Pero a usted el placer corporal -incluso anímico- que nuestras señoritas pudieran darle le importa poco; su especialidad es el sadismo psicológico: hurgar en los puntos flacos privados y personales de nuestras chicas hasta hacerlas sangrar; su especialidad es ahondar en la supuesta indignidad de su oficio, en la contradicción de sus vidas respecto de sus entornos familiares o sociales hasta hacer que se sientan miserables, bajas, ínfimas, y con ello goza. Hoy Charlotte, una mujer hecha y derecha, salía casi llorando después de darle a usted servicio, y acto seguido, sin perder comba, arremete contra Belle con el único propósito de humillarla a su vez. Y yo Husson soy responsable de ellas; no quiero que se solivianten así y se avergüencen cada dos por tres de su trabajo; no lo quiero por ellas en primer lugar y por mi negocio en último. No quiero verlas temblando por si se presenta o no el “odioso Husson”, como le llaman todas.

Por lo tanto, y sintiéndolo mucho, tengo que rogarle que dilate sus visitas a esta casa mientras no recapacite sobre el uso correcto de los servicios que puede obtener aquí.

A usted, caballero, – y se dirigía a Pierre- no le digo nada porque no ha habido nada que pueda reprocharle, salvo haber levantado la voz en algo que sonaba a pendencia quizá sin conocer que en esta casa, aunque suave, hay alguien que vela por las auténticas buenas maneras. Y cuide sus amistades.

Y ahora, si me disculpan, debo volver a mis obligaciones.

 

Husson salió mascullando amenazas mientras Pierre, que obviamente no quería salir en su compañía, aprovechó para buscar a Belle en el salón y despedirse cariñosamente de ella con la promesa de volver pronto.

 

Las tres compañeras se reunieron con Anaïs para expresarla su agradecimiento por la cuestión puntual del día y por haberlas librado por un buen tiempo del “odioso Husson”. Todas se deshicieron en críticas y denuestos contra el enemigo y contaron anécdotas dolorosas relativas a su trato con él. Después, más festivamente, felicitaron a Belle por su nueva conquista.

 

-Y que era guapo el mozo, por cierto. Qué muerdo – enfatizó Mathilde – yo cojo y se lo hago gratis. Otra vez me lo presentas, Belle, porfa, que tú ya tienes mucho trajín.

-Pues no sé que decirte, Mathi, porque resulta que ese buen mozo … ES MI MARIDO.

-¡¡¡No jodas!!!

-Pues eso, que no jodo. Que en casa no hay quien le saque de hacerlo a oscuras, a tientas, bajo las mantas; por respeto a la santidad del matrimonio y a la santa, que soy yo. Hasta que me planté y le dije que o lo hacíamos a la luz y con lujuria o no lo hacíamos. Y hasta ahora, porque la lujuria es un pecado … que se practica con las pecadoras. Y aquí me tenéis ¡gloriosa porque por fin he tenido auténtico sexo con mi propio marido! aunque para ello primero me haya tenido que hacer puta. Y mi marido, ese buen mozo, sin saberlo hoy SE HA PUESTO LOS CUERNOS A SÍ MISMO.

 

[CONTINUARÁ]

 

EL FILÓSOFO

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