Belle de jour a mi gusto 15. Serizy se encoña con su puta esposa

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El cornudo de sí mismo – 2

 

Ya corre de boca en boca

la fama de la ramera;

y entre los puteros era

su esposo quien más la invoca.

 

A sus vecinos convoca

a retozar con la hetera

sin que el cornudo supiera

que su deshonor provoca.

 

Y con tanta propaganda

la clientela rebosa

a la furcia a toda hora:

 

Nunca tan grande demanda

tuvo una gentil raposa

como tiene su “señora”.

 

Y, aunque el marido lo ignora,

se jacta y paga la cuenta,

tras cada lid folladora

nueva asta pecadora

exhibe en su cornamenta.

 

 

 

Pierre Serizy inició inquieto la nueva semana. Andaba pensativo y distraído. La sesión de placer tenida con la hermosa e inquietante pupila de Anaïs, por más que hubiera satisfecho sus deseos, no había cumplido la función relajante que esperaba por cuanto le había calmado los apetitos que llevaba, pero le había suscitado otros que antes no tenía. Y se sorprendía pensando en ella más de lo que hubiera querido. Y el caso es que reconocía que la bella lo era en grado sumo, y además lasciva, y a la par perversamente ingenua y atrayente; pero era tan sólo una puta, una puta cara pero disponible sin límite, salvo el del dinero, para cualquiera que la requiriera. Por esa razón no era para que distrajera su atención más que una camarera de la cafetería de su hospital – y había más de una hermosa. Sin embargo allí estaba Serizy, sin concentrarse en su trabajo ni dar pie con bola, como un adolescente en Primavera.

 

Era algo ridículo. No podía permitir que una fulana adquiriera ningún tipo de ascendiente sobre un hombre hecho y derecho como él. Tenía algo de razón Husson: a las putas conviene ponerlas en su sitio y no dejar que te coman el coco. Y así, sin más dilación, decidió plantarse en el burdel con la arrogancia de cliente de calidad, que paga y manda.

Lo recibió Anaïs de mil amores:

 

-Serizy, ¡dichosos los ojos! Cuanto bueno por aquí. Pase, pase, que las niñas estarán encantadas de verle, que las dejó a todas trastornadas. Las encontrará algo ligeras de ropa, que los atisbos de Primavera las tiene a todas algo salidillas. ¡Aproveche la ocasión!

 

En el salón, en efecto, estaban las tres Gracias de Anaïs: la pelirroja Mathilde, “Rubí Encendido”, la morena Charlotte, “Ópalo de Madrugada” y la más nueva, “Belle de Jour”, que hoy oficiaba de castaño subido. Y la que llevaba tanga carecía de sostén, y la que lo llevaba –tan sólo para realzar el tetamen- lucía su dragón púbico en todo su esplendor. Belle ingenuamente se adelantó hacia el galán convencida de que la buscaba tras la gloria lúbrica del último encuentro.

Pierre, sin embargo, en la intención de llevar adelante su propósito de dejar bien claro, sobre todo ante Belle, que solo le guiaba la curiosidad de un placer alternado, sin acepción de personas, ignoró la pretensión de Belle y acogió a las tres sin distinción cual si de un nuevo Paris se tratara.

 

-Estáis bellísimas todas: tres auténticas Gracias. Va a ser difícil elegir esta vez; sin embargo creo que hoy me van las pelirrojas y ésta, Mathilde, está radiante, así que si estás libre te rogaría que me dediques un rato de intimidad. ¿Vale?

-Bueno, encantada. ¿Qué te parece, Belle, tú, que ya le conoces?

-Pues que lo pasaréis muy bien. A mí me encantó. No jode mal … y es ¡tan guapo! Pero no te olvides de cobrarle, que, guapo o no, somos putas. A disfrutar ¡hala!

 

Pierre y Mathilde fueron a lo suyo. Él no dejó de echar alguna mirada de reojo a Belle según se iba. Belle, aparentemente indiferente, siguió en su guardia; su primer cliente M. Duran aún tardaría en llegar media hora. Charlotte en seguida tuvo que atender a un cliente.

 

-Has aguantado bien, Belle, – comentó Anaïs-, ¿celillos?

-Bueno, nada que no se pueda superar. Él no puede ni imaginarse quien soy yo. Pero ha intentado ponerme en mi sitio como puta, usando para ello a Mathilde. Algo pueril dentro del cuadro dramático en que vivo; y especialmente porque yo supe que le había tocado hondo. Tan sólo pretende inútilmente superar mi atracción. Terminará comiendo de mi mano, y si no al tiempo.

-Eso es más fácil de decir que de aguantar. ¿Eres capaz de mirar cara a cara como te la pega Mathilde con tu maridito?

-Pegármela, no, que ha sido con permiso y consentimiento, si lo has visto. Y yo creo haber aprendido lo suficiente para ver gozar a mi marido con una compañera sin mayor problema. ¡Vamos!

 

Y se encaminó hacia la mirilla del cuarto de Mathilde. En ese momento Pierre le comía el coño a su compañera que, por fingimiento o no, se agitaba y gemía de placer. Para Belle fue una visión excitante y se hubiera masturbado en distante acompañamiento de no haber estado Anaïs presente. Pero a poco su excitación fue ya manifiesta y el dragón empezó a ponérsele húmedo y mucoso. Y Anaïs hurgaba y hurgaba en la herida de los celos, pero sin resultado con Belle. Y no es que no la importara sino que había aprendido a desviarlo hacia el regodeo erótico: no solo no la importaba sino que con gusto hubiera aceptado un perverso triángulo ¡qué de posibilidades sensuales para jugar con su emputecimiento y la deslealtad que entrañaba el anonimato!

 

-¡Uy! Como me estoy poniendo. Voy a lavarme antes de que llegue M. Duran. Si llego a saber que me iba a poner tanto les propongo un trío. ¿Ves cómo me lo tomo con calma? Como una buena puta, puta-puta, puta-puta. Y mi marido, un putero al que le va a costar cara su afición.

 

Cuando Pierre y Mathilde salieron aún no había llegado M. Duran. Pierre se dirigió entonces a Belle y trató de echarle los tejos:

 

– Aún guardo lo mejor para ti, encanto, ¿quieres?

– ¡Caramba, viene salidillo el caballero! De mil amores me lo haría contigo, guaperas, pero está al caer M. Duran con quien tengo cita desde hace días, y tengo que atenderle; que, además, es un señor con el que una tiene que echar el resto porque ya no … ya me entiendes. Así que va para largo. Pero no te prives, si te apetece, que ahora queda libre Charlotte. ¿No la has catado aún? Es una real hembra, morenaza y con un cuerpo …

-Ya, ya, ya la he visto y está muy buena, pero a mí ahora me apetecía contigo, prenda.

-Pues si que lo siento, majo, pero yo no mando en mí; tendrás que hablar con madame que te de cita para otro día … – suena el timbre- Mira, ya está aquí mi amante de turno. Disculpa. Ya nos vemos.

 

Y corrió a colgarse del cuello de M. Duran.

 

– ¡Cuánto bueno por aquí, monsieur! Ya se le echaba en falta. Mire, le presento a Pierre, que me estaba cortejando, pero le he dicho que hoy soy toda suya, para lo que quiera, mon cheri Duran ¿a que si?

– Efectivamente, joven. Usted tiene el mundo entero a sus pies, no le quite a este anciano su petite Belle, su “delicatessen” de jour. Vamos, querida, que el camino es largo y florido. Y usted disculpe, joven, y alíviese con una compañera, que son todas muy hermosas.

 

Canción erótica-senil de monsieur Duran

 


Ya no estoy para amar y, sin embargo,

mi viejo corazón aún persevera

en mantenerse en su gozoso cargo

de amar al hilo de la Primavera.

 

Un busto audaz me saca del letargo,

un dulce sonreír mi sangre altera

e, imaginadamente, mano alargo

hacia la carne en flor que carne espera.

 

Y en esto para todo porque, luego,

el gendarme interior, miedo o prudencia,

apaga los rescoldos de mi fuego.

 

Que, a los que atesoramos experiencia,

cuando nos tienta el diosecillo ciego

nos consuela la mano y la paciencia.


 

 

Y de la mano se llevó a Belle hacia el cuarto a cortos pasos. Y allí quedó algo frustrado (y cornudo sin saberlo) el apuesto Pierre, que se apresuró buscar a Anaïs para conseguir cita previa con Belle.

 

-Difícil lo tenemos, Serizy. Compréndalo: Belle está ¿cómo diríamos? ¿muy solicitada?¿de  moda? De moda, eso es, y tiene ya una clientela selecta y fija. Va a ser algo complicado hallarle un hueco esta semana; quizá a principios de la siguiente, lunes o martes a primera hora, a las diez. ¿Le viene bien?

-No, no, la semana que viene no puedo ningún día de dos a cinco.

-Pues no sé, no sé; habría que hacer reajustes en el horario de ella o que hubiera alguna renuncia, caso muy posible porque abunda gente de cierta edad; si me deja un teléfono yo podría avisarle, siempre de forma discreta, claro está. Caso distinto es con Charlotte o Mathilde, ellas están algo más disponibles. ¿No? Bien, entonces lo que le digo. Yo le llamo. Es una gloria esta mi Belle ¿verdad? –Anaïs, alumbrando toda la malicia discretamente perversa de su carácter, que su posición de alcahueta le permitía, empezó a jugar con el equívoco y la ignorancia de Pierre en lo que se refería  a la “profesión” de puta de su esposa; un equívoco del cual, al ser ella, de los dos, la única conocedora del “secreto”, le permitía regodearse en la tauromaquia especialísima de Serizy-. Tal como va, voy a tener que hacer subasta diaria de sus servicios … Parece mentira, pero en solo unos meses que lleva en el oficio se ha convertido en una maestra del género. Claro, cada uno de ustedes solo la conoce en su trato particular. Hay que estar, como yo, conocedora de este negocio, y vigilante de lo que hace cada una para darse cuenta de lo que vale: estudia el caso de cada cliente y se las ingenia para proporcionarle el máximo estímulo de manera que a él le parezca que ha encontrado el placer por su propia virilidad y su potencia. Que la quiere infantil, ella infantil; que la quiere procaz, ella la más guarra; que la quiere maternal, ella si es preciso le da el pecho; que la quiere cruel, ella con mucha aplicación lo ha conseguido por fin – es lo que más la ha costado, porque su naturaleza es dulce y al principio no podía. Ha hecho del joder una de las bellas artes; ha conseguido que su vagina sea un instrumento de precisión, siempre lubricado, húmedo, cálido, acogedor, incansable e inteligente. Es el arquetipo de la furcia vocacional; una hetaira auténtica. No sé qué voy a hacer con ella ni que haría sin ella. Verla actuar en cada caso es una lección magistral de puterío. ¡Admirable! Mire, ahora está con Duran, un cliente de muchos años pero ya francamente senil; viene una vez cada dos meses; poner en marcha a este buen señor es casi como resucitar a un muerto. Pues Belle lo consigue; le cuesta, le cuesta, pero logra no sé como una erección y que la penetre y, una vez dentro, ya no se le escapa: lo atrapa con la musculatura vaginal como con una mano y lo jode con un ritmo lento pero constante hasta que se le va dulcemente; el único temor es por su corazón, pero en el fondo creo que para Duran el mejor final sería fallecer dentro de Belle en uno de esos momentos. Por Dios, que ella no se entere. ¿Le apetece comprobar lo que digo?

 

Y llevó a Serizy hasta la mirilla de los voyeurs, con lo cual Anaïs apretaba el acelerador de su perverso juego: poner ante los ojos del ignorante marido al tiempo que encelado amante, a la puta Belle –alter ego de la casta Severine- en pleno ejercicio lujurioso e indecente. A Serizy le daba apuro mirar, pero Anaïs le animaba a ello. Al fin se decidió a echar un vistazo: Belle ejecutaba una danza del vientre en cueros vivos ante el anciano, tendido él en la cama; luego sacó un vibrador y empezó a masturbarse con ello entre gemidos, mientras a su vez iniciaba la estimulación del lánguido miembro del buen señor con la otra mano. Al poco cambió la mano por la boca en una felación pausada e intensa mientras le miraba con cariño directamente a los ojos. El miembro cobraba vida paulatinamente. Cuando cogió por fin suficiente vigor, Belle, que no dejaba de decirle cosas -procacidades, sin duda o arrumacos de gata en celo- se le montó encima y, en cuanto tuvo siquiera la punta del capullo dentro, ya fue suyo; la habilidad de la vagina de Belle lo hizo todo. Al final el pobre viejo se debatía agitado por un tibio placer, agitaba ridículamente sus brazos hasta que quedó traspuesto. Belle le dio un beso final maternal en la frente y marchó a asearse. Serizy sin querer se había corrido ante las lúbricas habilidades de la meretriz que – sin saberlo él – era su respetada esposa Severine.

 

-¿Pudo comprobar lo que le dije, Serizy? – machacó malévolamente Anaïs, pero Pierre no dijo nada, se despidió como pudo y marchó más encelado que cuando llegó aquella mañana al burdel. El virus del encoñamiento con su puta-esposa iba haciendo progresos a su pesar, sin que para nada parara en mientes sobre la verdadera identidad de la habilidosa ramera. Muy al contrario con un pesar difuso y un no sé qué de malestar por la deslealtad que creía estar cometiendo con la pobre Severine. ¡Pobre Severine! ¡¡Pobre Severine!! ¡¡¡POBRE E INOCENTE SEVERINE!!!-clamaba muy en lo hondo de su conciencia. Pero así eran las cosas: las putas tenían que existir para que las esposas siguieran siendo, puras e inocentes, las señoras de los altos pensamientos de los empedernidos puteros, como él mismo.

 

EL FILÓSOFO

 

[CONTINUARÁ]

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