Belle de Jour a mi gusto 18. Nuevos horizontes

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Además de amante y chulo Belle adquirió con Marcel perspectiva de su nueva situación. Los meses anteriores habían representado para ella una auténtica doble vida cuyas dos partes eran casi estancas; ni siquiera el equívoco trato con un personaje tan significativo en ambas como Serizy, esposo/cliente, o el fugaz incidente con Husson sirvieron para quebrantar la fuerte compartimentación casi esquizoide entre los dos ambientes; Belle era tan puta con Serizy-cliente como esposa con Serizy-esposo. La transición diaria entre ambos contextos ya se ha descrito en relación con el paso mágico por el umbral del burdel. Pero mal que bien la diferenciación se mantenía, aunque Belle era consciente de que su personalidad de puta iba ganando día a día fuerza en detrimento de su personalidad cada vez más hueca y vana de burguesa acomodada.

 Pero la fuerte pasión por el joven macarra y la inesperada revelación de su conocimiento de ambas partes del espejo: su identidad convencional, su domicilio, su esposo, sus intimidades, de las que hasta ese momento se creía la única conocedora, bastaron para dinamitar el ya precario tabique que separaba las dos vivencias de Severine Serizy/Belle de Jour. Y el resultado fue un tsunami arrollador de consecuencias fáciles de prever: la personalidad de fuerza creciente se hizo con todo y la frágil Severine desapareció flotando como inánime despojo de la riada. Quedó un extraño ejemplar de puta vocacional, lujuriosa y bellísima, que rápidamente fue perdiendo su motivación masoquista, más propia de las vivencias juveniles y matrimoniales de aquella, y se fue sustituyendo por una recién estrenada procacidad, un regodeo en la seducción y en el arte refinado de dar placer y gozar con ello. De su origen burgués le quedó un prurito perfeccionista en el cultivo de las artes amatorias, heredera en esto de las antiguas heteras griegas o las modernas geishas japonesas.

A principio de tarde seguía acudiendo puntualmente chez Anaïs donde atendía de dos a cuatro clientes, la mayor parte fijos –Serizy incluido-. Marcel la acompañaba puntualmente de la meublée al burdel y viceversa, y la llamaba allí discretamente por si tuviera problemas, aunque el orden de Anaïs en su negocio era perfecto. Allí el prestigio de Belle y sus emolumentos no cesaban de subir, y eran muchos los clientes frustrados por no poder tenerla sino muy ocasionalmente. Anaïs le había planteado a Belle a la vista de la demanda creciente una mayor dedicación, pero Belle siempre declinó el compromiso por lo que la madame no tuvo otro remedio que aumentar plantilla para cubrir los flecos.

Severine por su parte iba ampliando sus “tareas” de tarde y noche sin importarle ya demasiado los recelos de Serizy. Belle aprovechó esos espacios, aparte de sus escarceos de amante, para explorar nuevos ambientes y posibilidades, siempre de la mano de su “manager-chulo”. Así que, dada por supuesta su actividad de primera tarde en el burdel, vamos a ir relatando las andanzas por los nuevos caminos de la cambiadísima Belle.

Pasadas otras dos semanas Marcel ya disponía de una flamante y potente moto que en nada tenía que envidiar a las de James Dean o Marlon Brando en sus conocidos filmes. Severine había avalado con su cuenta secreta la parte complementaria de la compra. Y Belle viajaba habitualmente  en ella, abrazada a su chulo, pero no de cualquier forma. Había considerado con razón que para no destacar del mozo debía abandonar su aspecto habitual de pija acomodada y cambiarlo por otro más a tono con la nueva situación. Y allí fueron los cueros, lycras, cortísimas minifaldas, escotados sueters, colores poco discretos propios de las flores de mal entre las que aspiraba a inscribirse; maquillajes chocarreros, perfumes de vasta difusión, cortes y teñidos de pelo futuristas, y todo ello según los consejos de una no por más joven menos experta meretriz de Pigalle a que Belle se cameló y a la que pagó la asesoría y la instrucción en el oficio a pie de calle, que no quería dejar sin conocer.

Y allí, cuando Marcel consiguió de la mafia local un puesto provisional para ella con la excusa de documentarse para una película, allí veríais a Belle bajo la luz de un farol de Pigalle, balanceando ostentosamente su bolsito rojo de las propinas y aguardando al tendero de provincias o al guiri ultramarino que quisiera vivas experiencias de la mítica Paris la Nuit. Y de película parecía, pues Belle excedía muchos palmos del guión: sobre unos tacones infinitos, sus piernas esbeltas cubiertas con medias negras de cristal con adornos labrados, la minifalda de cuero – una mera excusa para su dragón tatuado – y el busto embutido en un mini jersey de espuma de lana con un desmesurado escote  que dejaba los pechos libres en tan escasa prisión de manera que, en su ajetreo, mostraban alternativamente uno u otro pezón vivamente maquillado.

Andaba Belle sobrada, como digo, y los horteras nacionales o internacionales, pero siempre provincianos, se la rifaban. Y era un constante ir y venir del farol a la cama alquilada. No obstante Belle, al tercero o antes solía echar el cierre, perseguida por la frustración de la cola que la solicitaba. Dos días por semana durante tres se trabajó Pigalle: no estuvo mal, sacó experiencia de calle, de farola y de barrio rojo universal. Marcel tuvo que emplearse a fondo con la mafia parisina, quien advertida del éxito de la ninfa se la quería comprar; no pudo evitar que le arrancaran la promesa de un par de noches de la elegante zorra a beneficio del clan dominante como compensación por los derechos de farola disfrutados. Y gracias, porque eran gente de cuidado. Que a veces la curiosidad mata al gato.

Pero, no satisfecha con eso, Belle quiso bajar un escalón más: el Bois de Boulogne. Marcel la quiso disuadir porque al progresar en lo canalla aún se multiplicaba más el riesgo, pero la decisión aventurera de Severine, el morbo de la bajada a los infiernos la dominaba y no hubo forma de convencerla. Así que el protector tomó la precaución de llamar a un amigo de confianza y correrías, Hippolyte – realmente Hipólito – español, de Murcia, para reforzarle en el trance. Cambiar de Pigalle al Bois era como pasar de Copacabana a la selva del Amazonas; allí imponían su ley mafias del este de Europa ante las cuales incluso se precavían los gendarmes; allí pastoreaban sus hatos de esclavas sexuales semidesnudas, africanas, sudacas o rumanas. Marcel e Hippolyte echaron mano de nuevo de la coartada de la preparación del film, que los mafiosos recibieron con suspicacia; hubieron de ofrecerles la posible ganancia de Belle y la de una chica más, que habría de enseñar a aquella los rudimentos del trabajo a pie de pista, y, aún así, los de Belle acudían con toda su artillería en su modesta furgoneta.

La noche elegida les recibió una esbelta senegalesa que al ver a Belle saltó a reir:

– Nena, tal como vas puede que te resulte en Pigalle, pero aquí no te comes un rosco. De lo que traes si acaso te sirven las medias y los condones. Anda quítate todo menos eso ¿no tienes un tanga a mano? Toma, menos mal que una está en todo – y le alargó una prenda negra que no era mucho más que tres cordones-; el echarpe te puede valer, que ya hace frío, aunque mejor te iría un buen lingotazo de vodka, pero deja siempre las tetas al aire, que son el mejor reclamo. Mira, te presto estas pezoneras de colgante y te mueves de manera que bailen bien. De agua para asearte olvídate, así que toma estas gasitas húmedas y te limpias como puedas. Ah, algo fundamental este spray de defensa: no dudes en usarlo a la menor, que a tu chulo no le va a dar tiempo. Por lo demás aquí no vale quedarte a la espera: hay que exhibirse, gritar, provocar, cuanto más guarra mejor. Y luego, como se pueda, en el asiento trasero o contra el capó o de pie contra un árbol, como se pueda. Y cobrar: por delante, tarifa normal; por detrás, tarifa y media, mamada, tarifa doble; siempre por adelantado, que él siempre lo tendrá fácil para largarse, pero una con estos tacones va de culo.

Vamos, estaremos juntas pero luego a lo que venga. Suerte.

Fue una noche realmente arrastrada. Al segundo polvo Belle se sentía realmente sucia, sucia como nunca, pero apretó los dientes y continuó. Marcel solo tuvo que intervenir una vez con uno que se pasó francamente de la raya: le zurró y le quitó todo el dinero que llevaba; el otro salió de estampida en su coche sin mirar atrás. Belle no obstante tuvo éxito pese a su inexperiencia en el ambiente; su físico y su descaro – ¿quién lo hubiera pensado de ella hace seis meses? – le valieron bastante más que a su compañera e hizo unos seis servicios, seis asquerosos servicios.

Sobre las cinco se hizo ver el mafioso de turno; Marcel se adelantó e Hippolyte quedó al volante con la recortada. Se hizo arqueo y se le dio lo convenido. El tipo miraba a Belle con ojos codiciosos e insinuó que se podría llegar a un arreglo ventajoso para todos de cara al futuro; Marcel repitió la historia del film y que Belle era una profesional de cine porno, pero no hacía la calle, y al ver algún movimiento en la espesura fue cubriendo la retirada hacia la furgoneta mientras Hippolyte se parapetaba con la recortada tras el capó. Al fin consiguieron arrancar y aunque al principio un coche les seguía pronto vieron que desistía, y todo acabó bien. No les quedaron ganas de repetir, especialmente a Belle que lo consideró una experiencia … detestable.

Iban a la vuelta Hippolyte al volante, Marcel, de copiloto y Belle en el asiento trasero, dormitando.

-Está buena tu puta, Marcel; está como un camión o dos. Tiene clase y fina estampa ¡buena yegua, cabrón!

-¿Te pone, eh, Hippolyte?

-Tanto que si no estuvieras tú por medio, ya me la pastoreaba yo, ya … ¡Qué potra, Marcel!

-¿Qué pasa, compañero, que te apetece tirártela?

– Si no estuvieras tú por medio …

-Por mí es lo de menos. Nuestro acuerdo es que yo le doy protección, pero ella hace lo que quiere de su cuerpo, aunque somos amantes.

-Joder, Marcel, pero ¿tú te la chuleas o no?

-Es algo especial; la chuleo pero la respeto como puede respetar un hombre de honor, que además siente algo por ella. A ti te lo puedo decir aunque no sé si lo vas a entender.

-O sea, que me olvido ¿o no?

-Pues mira, si se tratara de otro, por supuesto, pero a ti no te puedo negar nada. En todo caso lo que ella diga.

-¡Lo que ella diga! Marcel, te noto tierno; estás coladito …

-No, no. Lo que ella quiera.

-¿Se habla de mí, compañeros?-soltó Belle desde atrás, con un bostezo-. Me parece que tramáis algo sobre mí. Venga, soltarlo.

-No. Aquí Hippolyte, que de tanto verte en acción está que se sube por las paredes por tus mollas.

-¡Vaya, vaya, Hippolyte! O sea, que te apetece follarme, machote. Vale, vale ¿y tú qué dices a ello, mon cheri?

-Mujer, no sería como amante, aunque Hippolyte es mi mejor amigo, pero si quiere gozar contigo como puta pienso que no hay nada malo en ello y creo que hasta me gustaría que él disfrutase de tu buen joder. Pero tú decides.

-Vale, Marcel. Y tú Hippolyte ¿qué dices?

-Que estás de campeonato y que me muero por echarte un buen polvo, carajo, si Marcel no tiene inconveniente. Que putas como tú se encuentran pocas.

-Vale, vale, pero como puta, en mi burdel. En mi casa, de momento, solo con mi marido; en mi meublèe, con mi amante Marcel; los demás a pasar por taquilla, aunque a ti, Hippolyte, por tu ayuda de hoy te dispenso de mi media tarifa. Tendrás que pagar tan solo la parte de Anaïs, la mitad; no quiero ofenderte pagándola yo.

-Ni yo lo consentiría. Mañana nos vemos, cacho zorra.

-Gracias por el piropo, rufián.

Al día siguiente Belle lo arregló con Anaïs.

-No sé que te traes ultimamente, Belle. ¡Hippolyte, el murciano, buena pieza! Terminará viniendo por aquí la policía … ¡La de caprichos que te he de consentir de un tiempo a esta parte, Belle, preciosa ..! Si no fuera por como te quiere la clientela … y yo también, puta mimada.

-Gracias, madame, es un compromiso de mi amante.

-¡De tu amante! Más novedades ¿Cuál?¿Aquel chaval, …Marcel?

-El mismo, madame. Mi protector, mi amante, mi Sol …

-¡Loca! Que estás loca, Belle y nos vas a volver locos a todos.

-Pero estoy contenta, madame, Anaïs … Mi marido por cliente, mi chulo por amante y al murciano por cliente recomendado por mi chulo ¡quien da más!

Y llegó Hippolyte, moreno, arrogante, macho ibérico, que viene a ser como el no va más del machismo. Pidió champán para todas, jugueteó con unas, que ya lo conocían de otras veces, y otras, como Belle, que no, y tras lanzar varias baladronadas relativas a cual iba a ser la zorra que iba a tener la suerte de que él la brindara un revolcón o dos, agarró a la prevista en el guión, Belle, y se fueron juntos. Y la folló con hambre: intensa, violentamente aunque sin daño físico, pero sí con desprecio moral, y se las arregló para pagar la tarifa entera más las extras pese a la oferta de Belle del día anterior – a él no le perdonaba media tarifa ninguna furcia: o se lo hacía gratis después de camelársela a fondo o él pagaba su precio entero, sin regateos-. A saber cómo se las habría arreglado para conseguir el dinero para pagar, no uno, sino los dos polvos que la echó más los extras. Luego se marchó, dejándola traspuesta en su lecho de fulana.

-Abur, prenda. ¡Ay, si te hubiera encontrado yo primero, o no fuera Marcel mi amigo del alma! Te iba a haber puesto de verdad al punto. Hubieras sabido lo que es ser puta de verdad, para un hombre, y no una puta consentida.

-¿Puta consentida, yo? -Belle se había picado- , soy puta como quiero porque lo valgo,  por eso cobro lo que cobro, y tengo cola a mi puerta. Desgraciado español, muerto de hambre, tu siempre tendrás que pagar para tenerme. Pero a Marcel me entrego gratis y con pasión, y le pago encima, para que te enteres: soy puta, muy puta. “Je suis le putain de Marcel, et je suis fier de lui. C’est mon homme!”

Y Belle, por su forma de ser o de estar, disfrutó a pesar de todo de ese rifirrafe, duro, sin concesiones. Era ya una verdadera zorra, la zorra de un macarra, pero ¡qué guapo! ¡Su hombre!

Sin embargo, siguiendo con su idea de conocer todos los ambientes de la prostitución, Belle aún albergaba algún deseo morboso: puesto que había llegado a la prostitución por su propio deseo, aún le atraía y aterrorizaba al tiempo vivir el trauma de la prostitución forzada, que por desgracia padecen tantas mujeres, engañadas, traicionadas y vendidas a ese infierno de la trata de esclavas en que sufren y malviven sin más dignidad ni consideración que las reses que se crían para su sacrificio: reses en tanga y top que son folladas sin más tregua que el tiempo escueto para maquillarse, comer, defecar y dormir.

Pero Marcel se negó.

 

[Cómo me duelen ¡ay! esas rameras,

esas pobres mujeres de la vida,

carne paciente y alma dolorida

por el hambre de sexo de esas fieras,

 

de esas bestias babosas y rastreras,

que arrastran su lujuria incontenida

de burdel en burdel, como una herida

por los neones de las carreteras.

 

Cómo me duelen ¡ay! así, forzadas

a malvender sin tregua el don precioso

de dar placer, al son de la moneda.

 

Cómo me duelen ¡ay! esclavizadas

por el rufián, el chulo y el mafioso,

como reses en tanga y top de seda]

 

– Lo daré por no escuchado, Belle. Agradece que soy decente y no me aprovecho de esta oportunidad que me ofreces en bandeja. Con solo enseñar una foto tuya y mañana mismo estabas saliendo en un jet para los mercados de esclavas en que compran los jeques del petróleo … y a mí me proporcionabas sustento para un par de años. ¡Menuda perita en dulce! No sabes de qué hablas, Belle. Esa gente mata a su madre por cualquier cara guapa con un buen coño. Es oro o platino para ellos. Y las doman como a potros purasangre, sin soltar ni una bofetada: amenaza sobre la vida o la integridad de los seres más queridos, especialmente niños, violaciones continuas hasta crear hábito, amenaza de ser folladas por grandes perros adiestrados en joder con mujeres – les enseñan vídeos muy detallados de estos abusos -, y en paralelo, tan solo si es preciso, las convierten en drogadictas que pagan su dosis con el “trabajo sexual” hasta quedar exhaustas. Y si hay el menor problema o ya no valen para esta horrible trata las entregan a un burdel ínfimo de algún país tercermundista o se las quitan de en medio de cualquier manera. Como a perras. No te atrevas ni a pensarlo, Belle.

Se me ocurren muchas maneras de colocarte en uno de esos antros como ingenua: un marido harto de una esposa mojigata que desea que adquiera hábitos de puta, una esposa salida que quiere experiencias fuertes, un chulo que vende a su amante por una pasta … muchas formas de meterte allí, pero ninguna de recuperarte con vida ¡olvídate! Si quieres ser maltratada o humillada móntate una sesión sado-masoca dentro de un orden. Pero mientras tanto seamos civilizados.

Lo que sí que merece la pena es promocionarte. La casa de Anaïs no está mal; de gente burguesita, decente. Pero tú vales para mucho más que eso. Mira yo conozco a un fotógrafo freelance de revistas con desnudos sugerentes: Paris-Hollywood, Hustler y así. Le diré que te reserve una sesión y que nos diga su opinión. Si hay suerte esto puede catapultarte: Folies, Le Moulin, Crazy Horse … ¿Quién sabe? Y si no el reportaje siempre nos valdría para buscarte un mejor acomodo ¿no crees?

– Sí, mi amor, lo que tu veas. Y gracias por no venderme al moro, que una va tan salida que ya no distingue.

Por cierto ¿sabes lo que me ha propuesto, Pierre, el marido de Severine –que soy yo, burguesita, que no se me olvide?¿Sabes lo que me ha propuesto a mí, Belle de Jour, –que soy yo, puta de Anaïs, que no se me olvide? ¿Sabes? Pues me ha propuesto que me haga su amante fija, que me pone un piso.

-¡Anda Dios! Y tú ¿qué le has dicho?-Con cosas como estas te vas a volver loca.

-¿Qué le voy a decir? Que no. Que no quiero ser propiedad privada de nadie. Que me hice puta para escapar de la tutela de un marido protector y no voy a caer ahora bajo la de un  amante posesivo (que él ignora que son la misma persona ¡qué lío!). Que como puta soy de todos y de nadie; y así me siento libre.

-Se quedaría muy confundido, claro.

-Anda fóllame como tú sabes, que con estas charlas me ha entrado el apetito. Tengo ganas de que un día lo hagamos en mi cama de matrimonio, en plan adúltero ¡hala!

-En seguida mi puto amor, Severine, Belle de Jour, Serizy o como te llames. Ábrete de piernas que allá voy ramerilla.

Al siguiente día Marcel le hizo una foto desnuda, pero con sus tatuajes y pinturas “de guerra” para llevársela a su amigo Robert el fotógrafo de famosas por ver qué le parecía. Cuando se la entregó, a Robert se le encendieron sus ojos de catador de bellezas y rápidamente acordó una sesión en su estudio.

Una semana más tarde Belle acudió con un maletín lleno de lencería, estuche de maquillaje y varias pelucas. Robert la recibió solícito y desde el primer momento su mirada escrutaba, evaluaba, indagaba, medía y enfocaba desde todos los ángulos y luces posibles a Belle, que lo soportaba con el estoicismo de experta en hombres, que no otra cosa era al fin el fotógrafo. Éste, una vez que la hubo examinado exhaustivamente con el atuendo que traía la hizo irse desnudando y, a cada pieza de aquel que caía, reiniciaba el escrutinio, hasta que la dejó en tacones y medias. Luego fue probar con toda la lencería y las diversas pelucas. Y al fin el artista se mostró más que discretamente satisfecho:

-Excelente, Belle, tienes un cuerpo de bandera y una cara muy fotogénica; me recuerdas a Catherine Deneuve. Va a ser un éxito, te lo garantizo y, si tú quieres, no sólo gratis sino con bastante pasta para ambos si me das la exclusiva para portadas …

-Bueno, de momento tú las vas haciendo, que lo otro me lo tengo que pensar bien, porque esas portadas me pueden cambiar ciertas cosas de mi vida que de momento me las arreglo para llevar en secreto. Aunque la verdad es que me tienta bastante.

-Anímate. Nos forramos, te lo aseguro. Y luego te han de llover oportunidades. Además ¿tú no coses en el exquisito taller de Anaïs? Eso tarde o temprano se termina sabiendo ¿qué más te da? Lo malo es ir por abajo, pero si subes terminas entrando en Sociedad, ya verás. Pero bueno, vamos a lo nuestro.

En no más de dos sesiones vas a tener un book impresionante

Encendió los focos, dispuso los reflectores y Belle las pelucas y la lencería. Y de allí fue saliendo todo un reportaje lúbrico y hermoso.

Y la bella, que una vez perdida la vergüenza caminaba decididamente por la vereda de la ninfomanía, no consiguió tirárselo por más que se insinuó. Tras la más descarada de las provocaciones el fotógrafo dijo:

-No insistas nena. Tengo por principio no mezclar ocio con negocio; comprende que si tuviera que atender como se merece cada modelo que pasa por mis cámaras no haría otra cosa, pero no te lo tomes a mal, te reconozco que estás buenísima y te voy a catapultar al éxito.

Ella le replicó con un gesto obsceno. (¡¡¡Severine!!! La pacata Severine).

Al despedirse Robert le insistió:

-Piénsatelo y me llamas. Tengo sitio para ti casi seguro en dos o tres revistas de las más punteras, incluso en portada, pero comprendo que es un paso fuerte para ti. Si lo das serás “chica de portada” con lo que eso significa: ofertas, contratos, cine, burlesque o promoción escort, etc., pero también mujer pública deseada y difamada por igual a los cuatro vientos de aquí o de fuera, por igual requerida y repudiada. Es duro, lo sé, pero te repito, tu doble vida actual tiene de todos modos los días contados y peor sería que en cualquier momento a pesar de tus precauciones te descubriera por casualidad un conocido. Piénsatelo y me llamas.

Belle, visto lo visto tuvo un pronto de decisión sublime, y dijo:

-Por mí, nada que pensar. Hecho. Si puedes colocarme en portadas hazlo ya. Como Belle de Jour. ¡Mundo sex, allá voy, hacedme sitio!

Y allí quedó Severine hecha un mar de encontrados sentimientos ante la posible hora de la verdad.

EL FILÓSOFO

[CONTINUARÁ]

 

 

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