Belle de Jour a mi gusto. 19. Sublime decisión

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Puta en su propia casa con su esposo

 

Sabedor de la ausencia de su esposa,

llevó a la puta Belle, Pierre, a su casa,

donde el cornudo disfrutó sin tasa

de su coima cachonda y lujuriosa.

 

Allí sus artes desplegó la hermosa,

de encantos plena, de pudor escasa,

como ascua impura que el deseo abrasa

en su lascivo altar de porno-diosa:

 

puta en su hogar, puta en su alcoba, puta

en su lecho nupcial santificado,

y con su propio esposo, que ha pagado

 

por Belle, y es Severine la que disfruta

el fragor del follaje desmadrado,

y apura el deshonor de su pecado.

 

Llegada a este punto de su alucinante peripecia, Severine estaba abocada a tomar una grave decisión. Seguir con la doble vida que arrastraba ya más de un año estaba lleno de inquietantes peligros; el riesgo de ser descubierta crecía día a día y, en la medida que se aventuraba en nuevas experiencias, como las de sondear ambientes o exponer su imagen desnuda a los fotógrafos, que se morían por verla publicada en las portadas de las revistas para hombres, la vuelta atrás resultaba más y más imposible y el desastre más y más a la vista. Pero una vez lanzada a ello su vida privada ¡saltaría por los aires! ¿Qué hacer? ¿Qué era ella? ¿Una burguesa acomodada? ¿Una perdida? ¿Una burguesa de noche y una puta de día? ¡Oh, Dios! Pero, ¿había Dios? ¿lo había ya para ella?

 

La puta había ido creciendo en ella día a día y la burguesa, retrocediendo en la misma medida; de hecho sus hechos y sus hábitos eran ya de cortesana experta, de origen y maneras burgueses en la superficie, pero de mujer lasciva a nada que se la escarbara. Ya le era impropio bajar la vista o negarse ante el deseo de un hombre; en su lugar sostenía la mirada, provocaba instintivamente y se ofrecía por sistema, no por sumisión sino por oficio (o por vicio). Le había sucedido ya en un par de ocasiones fuera del burdel: sea porque un hombre le interesara o ante la insinuación de otro se dispararon en ella sus reflejos de puta y logró llevárselos al catre en una mugrienta habitación de pensión, y follárselos, previo pago, por supuesto. Parecía ya un instinto irresistible, como en las malas películas de vampiras. ¿Podría Severine enderezar estos malos hábitos? ¿Quería realmente hacerlo? ¿Eran realmente malos hábitos? ¿Disfrutaba con esa “humillación”, esa dimisión de arrogancia ante el hombre, o con la satisfacción de seductora, de cazadora de machos? ¿Era quizá una “coleccionista” de lujuriosos? ¡Qué extraña voluptuosidad! Porque el hecho era que nadie la explotaba, nadie la forzaba de momento. De momento era libre … Su chulo, Marcel, a pesar de su dureza, se limitaba lealmente a su papel de protector … y de amante.

 

Pero ¡romper del todo con su antigua vida, sus orígenes, su escasa familia, TODO! ¡Quedarse para siempre en esta vida azarosa! Severine tenía que tomarse un tiempo para reflexionar. Y decidió tomarse unas vacaciones lejos del burdel, lejos de su marido-cliente, lejos de su amante-protector, lejos de su fotógrafo-promotor, lejos de todos. Uno o dos meses. Después volvería quizá con la decisión tomada: la que fuera. Sería lo mejor.

 

Y así, se lo avisó a su marido Serizy; le avisó que iba a tomarse unos días de retiro y reflexión.

 

-¿Te pasa algo, querida?

-No, nada distinto a lo habitual; no te preocupes. Un poco de tiempo y cambiar de ambiente me vendrá bien. Unas semanas …

-Claro. Con mi trabajo no he podido dedicarte el tiempo que hubiera querido …

-[¡Qué falso! Sólo por esta contestación te merecerías que te la hubiera pegado. Y lo he hecho … hasta contigo mismo.] Me iré a primeros de mes a Ibiza, a España. No te preocupes que dejo la casa encarrilada con la buena de Amelie.

 

Se lo avisó a Anaïs, a quien no le gustó demasiado – Belle atendía a una clientela fija de mucha calidad -, pero pronto se percató de que la decisión era importante para Belle, y transigió.

 

Se lo comunicó a Marcel. Le dijo sinceramente lo que la pasaba: estaba por romper con aquella doble vida que la estaba volviendo loca, y quedarse solamente con su personalidad de golfa, de puta, pero que tenía que pensarlo muy bien completamente a solas consigo misma, y que hasta que no hubiera resuelto este escollo no volvería. Que no se preocupara, que ella le seguía queriendo bien y que su cuota de protector quedaría asegurada mediante una cantidad que había dispuesto que el Banco le pasara hasta que volviera. Él le aseguró que no hacía falta, pero ella insistió. Él comprendió muy bien el problema de ella y le aseguró que decidiera lo que decidiera él lo aceptaría como buen hombre de honor que estaba aprendiendo a quererla. Ella lo abrazó y besó, y sellaron su buen acuerdo con un casto acto de amor de despedida en la “meublèe”.

 

Serizy-cliente por su parte la “visitó” el miércoles en chez’ Anaïs. Venía muy ilusionado a hacerle una proposición deshonesta:

 

-¡Ah, Belle, cherie, qué ocasión! Mi mujer me ha anunciado que se toma unas vacaciones desde primeros de Septiembre; podríamos aprovechar y nos damos unos revolconcillos en casa en plan adulterio, adulterio.

-Bueno, tengo por norma no asistir a domicilio. Además yo misma tenía también previsto tomarme unas vacaciones para ese mismo mes …

-¡Mujer, me haría tanta ilusión! Un día, y después te vas. Te pagaría bien y además no tendrías que darle nada a Anaïs.

-Está bien, por ser tú … El día 1 y nada más. Desde las diez hasta medianoche me tienes hasta que te canses. Con un plus del 50% por asistencia a domicilio, te cobraré como cinco polvos aquí; me podrás hacer lo que quieras (sin sado, porfa) y te haré cuanto me pidas, menos guarradas escatológicas. ¡Ah, y eso sí, en la cama oficial de matrimonio: los adulterios se hacen bien o no se hacen. ¿Vale?

-¡Vale, sí, sí! Si mi mujer hace cambios de fecha te avisaría; a la sirvienta le daré el día libre.

 

¡Madre mía! Severine estaba consternada: Belle de Jour y Serizy iban a “pegársela” a la propia Severine ¡en su propia cama! y Severine iba a ser a la vez agente y víctima del adulterio. ¡Para volverse loca! Pero no hay mal que por bien no venga: Severine iba a poder follar con su marido sin tapujos, en pelota viva, a la luz del día, aunque eso sí en su papel de puta de lujo, con peluca rubia platino y lentillas color azul cielo, pero de una manera que nunca obtuvo como esposa de Serizy, por la peculiar mojigatería conservadora del cirujano.

En cualquier caso, Severine preparó el encuentro a conciencia: el mismo día 1, salió a primera hora con su equipaje para dos meses como si fuera al aeropuerto, pero dio al taxista la dirección de la “meublèe”, y allí lo llevó todo. Había retrasado la reserva hasta el tres, tanto el avión como el hotel en Ibiza, por lo cual tenía margen de sobra. Se duchó y maquilló a conciencia de la forma lo más en puta que supo, pero elegante y guapísima. Para la ocasión se había comprado un modelito de pasarela sin faltar detalle, desde la ropa interior al bolso, en que no faltaba nada del kit de prostitución: condones, gel lubricante, vibrador, pezoneras, colutorio con sabores para los enjuagues tras las felaciones, gel jabonoso para la higiene poscoital, viagra, píldoras estimulantes del deseo, etc. Y se echó a la calle al encuentro de Serizy. Tomó un taxi hasta la rue du Faubourg Saint Honoré, y de allí marchó a pie hacia su propia casa.

 

En el portal del edificio la abordó suspicaz el conserje.

 

-¿Dónde va usted, mademoiselle?

– A casa de M. de Serizy. Me espera.

-Ya. Quinto derecha. – Y al verla dirigirse al ascensor principal: -No, no, por el de servicio, si no le importa, mademoiselle.

-Pero ¿Qué dice?¿Por quien me toma usted? Serizy sabrá de su suspicacia ofensiva y de su grosería, no lo dude.

-¡Qué humos! Vaya por donde quiera, MADEMOISELLE. –Y en voz no lo suficientemente baja para que no escapara al oído de Belle- ¡Estas putas de lujo se creen marquesas! Pero la culpa no es precisamente suya … Mira que meter una en casa justo cuando se marcha su mujer de viaje.

 

(-El simple de Sebastian, con lo empalagoso que está siempre conmigo –pensó Severine- ¡si él supiera …! No sería capaz de asimilarlo, se le romperían todos los esquemas. Son más clasistas y machistas que sus propios amos ¡que ya es decir! De momento estará compadeciendo a Severine, es decir a mí, por los devaneos putañeros de Serizy ¡conmigo misma! Bueno, con Belle; ¡ya no sé ni lo que digo!)

 

Y a la puerta:

 

-¡Bienvenida, Belle! Pasa, hermosa, estás en tu casa ¡Toda para los dos!

-¡Hola, cariño! [¡No lo sabes tú bien!¡Parbleu!¡Puta en mi propia casa! Se me escapan los jugos.]

-Pasa. Tengo champán y caviar preparados, ¿te apetece un piscolabis?

-Vale, vale, como quieras, pero mira: el negocio es lo primero. Yo no vengo aquí como amante ni como ligue ¿sabes cómo?

-Ya, ya. Como puta, y ¡que no te gusta a ti alardear de ello ni nada! Toma, lo convenido, cuéntalo bien contado.

 

Belle lo hizo, con naturalidad y parsimonia, y luego con una gran sonrisa:

 

-Correcto. ¡Toda tuya! Hala, ahora desempaqueta el regalo – y se volvió dándole la espalda para que le bajara la cremallera.

 

Lo hizo Pierre, del cuello al nacimiento del canal del bello trasero. Y Belle quedó ante él sin más aditamento que un exiguo tanga dorado, las pezoneras de estrella y los pendientes, a juego todos con el primero. Y los zapatos de altísimo tacón, por supuesto. Los pezones permanecían erectos por efecto de las pezoneras, que los constreñían. Belle se los había maquillado en rojo intenso y relucían como proas de una sirena de mascarón; también se había pintado de rojo salmón los labios exteriores del hermoso coño. No había detalle lúbrico que Belle hubiera descuidado, con vistas a esta exhibición. Serizy, por más que conociera de sobra su desnudo, y hubiera gozado de él tantas veces en Anaïs Modes, quedó impactado por la presencia de tanta lubricidad y belleza, allí en su propia casa. Quiso abalanzarse sobre ella, pero Belle le esquivó ágilmente.

 

-¡Violaciones no, s’il vous plait! A ver, llévame al catre matrimonial, que ardo en deseos de que me hagas tuya allí, sin oscuridades ni tapujos. Indícame el camino que soy nueva en esta casa –mintió con todo descaro.

Pierre, sin cesar de magrearla, la condujo al dormitorio, que estaba a oscuras, y encendió la luz.

 

-Ah, no. Con luz artificial, no, ya tengo bastante de “discreción” en el burdel. Si nos han de ver que nos vean ¿no es tu casa? Y además esto está muy alto y aquí en Paris esto no es ya ni espectáculo. Deja si quieres los visillos echados pero no las cortinas: quiero luz, mucha luz y mucha desvergüenza ¿te da apuro?

-No, no, como quieras –dijo el amante no muy convencido.

 

Belle se contoneaba voluptuosamente sobre sus tacones y se regodeaba ante el espejo de la cómoda (de su cómoda); luego se tumbó perezosamente en la cama (en su cama) y demandó mimosa  a su cliente (su esposo) con un suave ronroneo de gata en celo:

 

-Anda, ven y fóllame, Pierre ¿acaso no te gusto? Ven, que vas a saber lo que es bueno, anda.

 

Y Serizy se apresuró a ello, sin llegar a desnudarse del todo, aunque ella, más serena, sin dejar de follar, le aplicó un condón que sacó de no sé donde, lo lubricó y terminó de quitarle la ropa que le sobraba hasta quedar ambos en pelota picada. Fue una jodienda salvaje, ya que Belle se había excedido en la excitación de Serizy, y ella por las razones que hemos ido conociendo estaba dramáticamente motivada. Se corrieron mientras rugían como bestezuelas.

 

Después de ducharse Belle hizo su aparición en la puerta del cuarto, apoyada indolentemente en el quicio con unas medias blancas caladas y un salto de cama semi transparente, ambos de Severine, pero no se esperaba la reacción de Pierre:

 

-¿Pero qué coños haces, furcia asquerosa? ¿Cómo te atreves? ¡te has vestido con la ropa de Severine! – y, abalanzándose sobre ella hecho una furia, le propinó varios golpes y entre insultos la obligó a despojarse de las prendas “prestadas”.

-Está bien, está bien; no te pongas así. Sólo pretendía darle un poco de morbo al asunto, y, mira, a una le toca soportar muchas cosas de los clientes, pero no me gusta que me peguen – a Belle se le caían las lágrimas- Si lo prefieres me marcho, pero, vamos a ver: ¿no fuiste tú quien quiso que viniera a tu casa aprovechando el viaje de tu mujer? ¿no me abriste la puerta? ¿no me follaste sobre vuestra cama? ¿Cómo puedo adivinar dónde está el límite? Yo respeto a tu mujer, pero eres tú el que llevas varios meses acostándote conmigo en Anaïs …

-¡Perdona, perdona! ¡De verdad perdóname! No sé que me ha pasado. Es cierto. Soy yo el que la ha faltado al respeto; yo la amo ¿sabes? Hasta tal punto que nunca he sido capaz de hacerle el amor más que a oscuras, por no humillar su desnudez; para mí es como una diosa. Contigo es diferente; a ti te deseo, deseo tu cuerpo, tu lubricidad, tu desvergüenza, tu impudor. No es que no te respete como persona, pero te veo como puta y como puta te compro.

-Tienes un buen lío mental, Pierre; a mí me da lo mismo, pero, no has pensado que acaso, digo yo, ella prefiera que la trates de otra manera, que la dejes expresar su propio lenguaje sexual, su propia lubricidad; que tanto respeto no esté matando vuestra relación. Te lo digo de verdad, yo en el caso de ella ya me hubiera echado un amante. Si quieres mi consejo – que de estas cosas entiendo- deja un poco de tratarla como a santa y empieza a tratarla como a puta. A lo mejor es lo que ella desea.

-No sé, no sé …

-Bueno, vamos a lo nuestro. No vamos a dejar la cosa así, sería frustrante. Dejemos vuestro dormitorio y todo lo que te recuerde a ella. ¿No tenéis una habitación para huéspedes? Pues vamos allá – no te digo la de la doncella porque te vas a poner tierno con ella-¡Hala, a la de huéspedes!

-No. Nada de eso; yo te he traído aquí y debo asumir las consecuencias. Hoy no eres mi puta, eres la diosa porno de mis pecados, empezando por mi pecado de adulterio. ¡Que se joda Severine! Que se eche un amante o sesenta, pero hoy esta casa y yo somos tuyos, Belle. ¡Que se joda Severine!

 

En ese momento Belle/Severine estuvo a punto de romper la baraja, de revelarle todo y así desenmascarar la hipocresía y la doblez de su marido adúltero. ¡Qué cara se le hubiera puesto! Pero lo morboso de la ambigüedad de la situación, que solo ella conocía, la sedujo y decidió vivirlo a tope. Así que extremó el uso de todas las artes ya adquiridas y magistralmente incorporadas y las dirigió contra su cliente (y adúltero esposo). En todo caso, algo se había roto en su interior y no volvería a ser como había sido antes: la traición de Pierre era manifiesta, y aunque fuera con ella misma la había herido y desengañado; nada volvería a ser como antes entre ambos y Severine tomaba en su interior buena nota de ello y se hacía a sí misma la promesa de tomarse un día la revancha. No obstante ahora ya, como profesional de su procaz oficio, fuera de cualquier ambigüedad de si puta o esposa, Belle –ya solo Belle-lo hizo tenderse en el lecho conyugal y le dijo:

 

-Ahora te vas a relajar, que estás muy tenso, y vas a dejar a tu jodida puta que haga y deshaga.

 

Sacó un condón, lo colocó en la abertura de su propia boca y llevándolo así se agachó sobre el pito de él, lo asió porque estaba fláccido y se lo fue enfundando con la única herramienta de sus labios de manera que al final de la operación el capullo le llegaba a lo más hondo de la garganta, y el pene ya estaba firme. Y luego fue una felación con garganta profunda en la que Belle se esmeró a tope para recuperar el ambiente perdido con el incidente.

 

Y el resto del día siguió en un regodeo ininterrumpido. Pidieron una opípara comida a una empresa de servicio a domicilio, y luego follaron como salidos de todas las maneras que a la imaginativa Belle se le ocurrieron. Al final fue Pierre el que le rogó que se disfrazara de Severine, salvo la peluca, las lentillas y el maquillaje, y superó el morbo y la trató como a la puta que era, vejándola e insultándola de manera soez, poseyéndola por delante y por detrás, espurreándola de semen el disfraz, entre las risotadas de ella-ni rastro de Severine-. El adulterio se había consumado enteramente y sin reservas. Ni que decir tiene la gozosa confusión que todo esto causó en la taimada Belle: con excepción de lo que sintió el día de su estreno como puta jamás en su vida había experimentado un morbo como el de este día.

 

Finalmente, a la noche, regresó en un taxi a su meublée, maltratada, jodida, contenta … y bien pagá. Ibiza y la reflexión aguardaban.

 

[CONTINUARÁ]

 

EL FILÓSOFO

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