Belle de Jour a mi gusto 22. La opción c1) Afrodita, Friné y la lujuria junto al mar

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“El culto a la Belleza y a la Sensualidad femeninas es no solo frecuente sino constante en la mayoría de las civilizaciones antiguas e iba ligada a la especial concepción sobre el papel del sexo en la vida del ser humano. Tenemos, solo a manera de breves ejemplos, deidades especializadas en este tema como la babilónica Ishtar, diosa de la sexualidad; la hindú Devi, diosa de la femineidad; la nórdica Freya, diosa de la belleza y el amor; la yoruba Yemeyá, diosa del sexo; la africana occidental y luego trasladada al Caribe, Erzulie, diosa de la belleza, la ternura, el amor y la sensualidad; la azteca Xochiquetzal, de la belleza y el amor o la maya Ixchel, diosa del amor. Pero es en el entorno del mediterráneo donde, a través de las mitologías griega y latina, este tipo de divinidad sensual alcanza su mayor altura arquetípica en las figuras de Afrodita (en Grecia) o Venus (en Roma). Queda excluida de este tipo de culto el conjunto de la tradición mosaica de las religiones de la Biblia, del Libro: la judaica, la cristiana y la mahometana, todas las cuales heredan la orientación fuertemente misógina y antisensual inscrita en aquel texto”.

El salón de conferencias del Círculo de Bellas Artes de Ibiza registraba una asistencia importante, en su mayor parte formada por estudiantes de la Facultad correspondiente,  artistas e intelectuales atraídos por la convocatoria del ciclo de conferencias sobre mitología mediterránea, impartido por prestigiosos profesores universitarios de diversos campus españoles y de algunas ciudades europeas. La conferencia del día era especialmente sugerente:

 

Afrodita y Venus, y sus cultos. Heteras y prostitución.

Por el Dr. Javier Céspedes

 

-“La tradición pagana impregnó así de sensualidad la vida de las comunidades griegas y romanas anteriores al cristianismo, en el culto a diosas como las antes enumeradas, con las que el disfrute del sexo y sus placeres alcanzó rango divino. Las clases altas grecorromanas admitían la frecuencia de estos placeres dentro de una estructuración bien delimitada: la esposa para la perpetuación de la estirpe y el patrimonio; la concubina para el desahogo sexual habitual; la hetaira o hetera para el cultivo de la sensualidad de alta calidad en un ambiente culto y refinado. No se lo montaban mal aquellos sibaritas. Más tarde, con la cristianización, la cosa siguió de forma parecida para las mismas clases altas, aunque de forma impregnada de hipocresía y disimulo; para las clases inferiores, la cosa fue mucho más complicada y sórdida, y para muchas mujeres, un auténtico infierno montado sobre la mentira oficial. Sin duda alguna, el paganismo grecorromano en cuanto toca a la sensualidad y los placeres del sexo fue mucho más humano y soportable, que el derivado de la hipocresía eclesial.”

-“Pero centrémonos en nuestras diosas y más propiamente en Afrodita (Venus no fue otra cosa que una copia a la romana de aquella). Afrodita, diosa del Deseo, nace y surge desnuda de la espuma del Mar (el Mediterráneo oriental, claro está) y sobre su famosa concha navega y desembarca primero en la isla de Citera y luego, en busca de un mejor ambiente, en la de Chipre, en Pafos. (Encantadores estos paganos griegos, con sus diosas tan “de la comarca”, tan asequibles, tan cercanas y tan hermosas como las modernas estrellas del celuloide o del rock). Para los eruditos diré que muchos solo ven en Afrodita una copia de la babilónica Ishtar, pero yo veo en ella bien reflejado el carácter cachondo de las putas mediterráneas, refugio de todos los marineros curtidos por todos los vientos, de Ulises a Simbad, alegres y de buen carácter, que no se casan con nadie y dan placer a muchos. Una casquivana encantadora como tantas estrellas del burlesque parisino.” [Risas en el auditorio].

El auditorio seguía regocijado la erudita y chispeante disertación que impartía el conferenciante desde su podio, y se mostraba crecientemente intrigado por un misterioso biombo rojo situado a mano izquierda del orador.

-“Afrodita tenía dos poderosas armas de seducción: una natural y otra instrumental. El arma natural era su Belleza arquetípica, sobrenatural que sobrepasaba a la del resto de las diosas del Olimpo, como tuvo que reconocer el humano Paris forzado a escoger la diosa más hermosa de entre tres, Hera, Atenea y Afrodita (antecedente clásico de los modernos concursos de belleza), de entre las que escogió a Afrodita a la que dio una manzana de oro como trofeo (quizá una naranja valenciana);  y solo por sus atributos corporales, ya que por imposición de Atenea hubo de prescindir de su arma de seducción artificiosa, de la que ahora les hablo. Este arma era un ceñidor mágico, un corsé prodigioso que realzaba su figura, ya de por sí divina, de manera irresistible. Aseguran que, con el ceñidor puesto, Afrodita hubiera conquistado hasta a una estatua de mármol”.

-“Con este potencial de seducción, el mismo Zeus andaba preocupado por los efectos de Afrodita sobre el rijoso personal que poblaba sus Campos Elíseos por lo cual, con la intención de refrenarla la casó con un dios cojo, tosco y de mal carácter, el herrero Hefesto, pero la única consecuencia que obtuvo fueron los celos permanentes del desdichado forjador, incapaz de poner coto al deseo inacabable de su divina esposa en pos de amantes fácilmente seducidos e incesantemente renovados. El amante más reiterado fue el belicoso Ares (Marte); Hefesto forjó una malla metálica finísima y tenaz con que atrapar e inmovilizar a los adúlteros, y los atrapó, pero no sirvió de nada: ellos siguieron follando sin freno alguno bajo la malla, ante la mirada regocijada de los demás dioses; al final Ares y Afrodita fueron liberados, y ésta no perdió el tiempo, de manera que, acto seguido, sedujo a Poseidón, luego a Hermes, a Dionisos y hasta le quedó tiempo para contentar al cornudo Hefesto, que la seguía amando pese a sus infidelidades. Pero las tales no lo eran tanto, es que ella era así, tenía el corazón muy grande y en él cabían todos: dioses, semidioses y humanos. Afrodita era el arquetipo de la amante universal, puta vocacional, desinteresada y ninfómana: un encanto de diosa.”

El orador bebió un largo trago de agua y prosiguió:

-“Han sido muchas las reencarnaciones de Afrodita a lo largo de la historia, mujeres cultas, bellísimas y seductoras, amantes de filósofos, políticos, reyes, poetas, artistas y magnates, pero abiertas a otras múltiples seducciones, y siempre con la buena disposición de dar placer a quien lo necesitara ¿y quien no lo necesita? [rumores de aprobación].”

-“De entre ellas destacaré someramente a grandes heteras, cortesanas, cocottes y demimondaines como Aspasia, amante de Pericles, Friné, de Praxíteles, sobre la que me extenderé luego, Mesalina, esposa de Claudio, capaz de satisfacer a doscientos hombres en una sola noche, Teodora de Bizancio, primero prostituta y luego santa cristiana, Nell Gwyn, amante de Carlos II de Inglaterra, Sally Salisbury, del mismo país y siglo, Madame Pompadour, Lola Montez, La Bella Otero, Liane de Pougy, y ya en el siglo del cine, Greta Garbo, Ava Gardner, Marilyn Monroe, Catherine Deneuve o la bellísima Sophia Loren. Todas y algunas más han sido o son partícipes de alguna de las excelsitudes de la diosa en cuestión.”

 

Friné

 

 Vendió por cuatro cuartos su pureza,

y luego como hetera fue adiestrada

en artes de ser siempre deseada,

émula de Afrodita en ligereza.

 

Simple mortal, rivalizó en belleza

con Aquella, y por ello fue acusada

de impiedad, y a los jueces presentada,

oculta en velos, tanta gentileza.

 

El defensor usó de la elocuencia

por describir las prendas de la hermosa

a la piadosa y fría concurrencia.

 

La oratoria de Hipérides, fogosa,

no aplacaba el presagio de sentencia.

Entonces la mostró: y era la Diosa.

 

-“Pero a los efectos de glosar las consecuencias de una reencarnación de Afrodita mencionaré más detenidamente el caso de Friné. Friné fue una famosa hetera griega que vivió alrededor del 400 a.c., amante y modelo del escultor Praxíteles, que entre otras posó para varias estatuas de Afrodita, y en particular para la Afrodita de Cnido, que aún se puede contemplar en un museo actual; también fue amante del orador Hipérides y frecuentaba a muchos otros escritores y artistas. Su belleza era proverbial hasta el punto de desatar envidias, que condujeron a una denuncia por impiedad ante el tribunal del Areópago de Atenas. La acusaban de haberse ufanado de ser una reencarnación de la divina Afrodita. La acusación era grave – por una semejante, Sócrates fue condenado a suicidarse mediante la ingestión de cicuta. Alarmado, Praxíteles acudió a Hipérides, uno de los mejores oradores de Atenas, para encargarle la defensa de la hermosa Friné. Y así lo aceptó éste, y el día del juicio su fogosa defensa ensalzó la extraordinaria belleza de Friné, que revelaban las famosísimas esculturas de Praxíteles, gloria de Grecia y una de las más altas cumbres del arte ático, y también la refinada cultura de la bella, tan apreciada por filósofos y artistas. Pero el discurso de Hipérides no terminaba de penetrar en el severo tribunal, por lo que aquel empezó a temer lo peor. Allí, en pie, cubierta por un simple himatión que la envolvía y que ella recogía con su mano sobre el hombro, estaba Friné. Desesperado Hipérides dijo: “si mi mejor palabra es incapaz de describir la mayor belleza de Grecia, que juzgue el tribunal por sus propios ojos”, y despojando a Friné, mediante un rápido movimiento, del himatión que la velaba expuso su cuerpo incomparable a las miradas atónitas de los miembros del Areópago. Exclamaciones de “es la diosa, es la diosa” junto a expresiones de veneración zanjaron el litigio: los miembros del tribunal convinieron que la belleza de Friné era una gloria de Atenas que merecía ser preservada, cantada y esculpida para las futuras generaciones. Y así se hizo. ¡Ah, dichosos tiempos en que la belleza conmovía a los tribunales más severos!”

El orador hizo una larga pausa efectista y continuó:

-“Yo no tengo inconveniente en declararme adorador de una diosa tan excelsa, cuyas manifestaciones y plasmaciones en bellísimas mortales no cesan. Aquí mismo, en Ibiza, una isla al Oeste de este mismo mar de Poseidón y Ulises, una isla a la que los mismos griegos llamaban Pitiusa, una isla como las de Citera o Chipre, cuna de Afrodita, pude ayer contemplar atónito el surgimiento de las espumas mediterráneas de una nueva reencarnación de la diosa del Amor y el Deseo, desinhibida y bellísima. Es, como fuera Friné, una moderna hetera, digna de un nuevo Praxíteles (quizá haya alguno en la sala) y para la cual yo no llego a ser Hipérides. Oficia bajo el nombre de Belle de Jour y se ha dignado honrar nuestra ciudad con su presencia. Es más, ha accedido a mostrarse aquí ante nosotros, simples mortales. Así que sin más:”

El conferenciante, con un movimiento efectista semejante al del orador ateniense, plegó el biombo y dio paso a la espléndida plenitud de Belle de Jour cubierta tan solo por un himatión de lino rojo semitransparente, calzada con unas mínimas sandalias griegas y recogido el pelo en una melenita clásica, con raya en medio. Belle misma se despojó por su mano del himatión revelando en su desnudo, que fue adoptando sucesivamente varias de las poses características de las esculturas de la diosa, la verosimilitud de la conjetura del conferenciante. El auditorio, bien preparado por aquel, cayó rendido a los pies de la bella cortesana, como en su día lo fuera el Areópago ateniense:

-“¡Es ella! ¡Es la diosa!”

-“Belle de Jour, reencarnación de Afrodita, me ha concedido el honor de posar, en una sala adecuada de éste mismo Círculo, para todos los estudiantes o artistas que deseen bosquejarla o fotografiarla con fines artísticos. Esto es todo, señoras y señores. Gracias por su atención.”

Y entre aplausos y aclamaciones se dio fin al acto mientras que numerosos artistas se dirigieron a la sala en que Belle habría de posar como Afrodita. Fue uno de los día más gloriosos para ella y realmente se sintió poseída por el espíritu de aquella diosa de belleza perfecta y deseo inagotable. Además incrementó su agenda con una docena de prometedores contactos para su nueva etapa en Ibiza. La etapa correspondiente a la

 

Opción c1)

 

Después de todo esto la recuperación de la perdida castidad se le revelaba inútil. La opción a) no le parecía con futuro: por más que intentara evitarlo, los ojos se le iban detrás de cualquier par de pantalones para, acto seguido, empezar a evaluarlos “profesionalmente”, a trazar estrategias de seducción según los casos: hombres hechos y derechos, maduros, jóvenes, ancianos y hasta adolescentes  … Parecía una obsesión ¿ninfomanía? ¿síndrome de abstinencia? Evidentemente no se podía pasar de tres o cuatro polvos diarios, variados, lucrativos y humillantes, … a nada – como no fuera la experiencia surrealista con el cura – sin un fuerte choque. Necesitaba … una dosis de emergencia de lujuria extrema, de macho hambriento de mujer al que insinuarse, al que venderse, al que abandonarse sumisamente como oficioso desahogo de su urgencia. ¡Ah las embriagadoras mañanas de casa Anaïs. Decididamente, como en el caso de Jeckill / Hyde, la personalidad Belle de Jour había terminado imponiéndose a la pacata Severine ¿era definitivo o podía revertirse el proceso?

No lo sabía, pero sí que lo que el cuerpo le pedía con urgencia era satisfacer su apetito actual. Para lo cual, vestida y maquillada para la conquista, lasciva pero elegante, se echó a la noche de Ibiza – terrazas, bares, salas de fiesta y cabarets – dispuesta a todo. Y no podía fallar … y no falló – sabía muy bien como hacer brotar el deseo y como hacerlo crecer. No pretendía ser exigente, pero sí selectiva; y el criterio de selección fue en este caso muy poco habitual: no el aspecto físico ni la simpatía ni la labia ni el dinero, a Belle ahora sólo la podía atraer una cosa: el potencial de energía lúbrica que creyera advertir en el candidato, su hambre de sexo.

Así fue con el primero que eligió, de apariencia insignificante, bajito, calvo, con barriguita incipiente, de unos 45 años, pero ¡cómo la miraba! Y Belle desplegó todas sus artes para llevárselo al catre, pero mostrando la mayor displicencia y hasta cierto menosprecio para irle encelando y que se viera obligado a un considerable esfuerzo de seducción. La cosa duró más de dos horas: miradas hambrientas-devolución de alguna sonrisa-aproximación-indiferencia-conato de conversación-frialdad-invitación a la consumición-aceptación distante-charla vulgar e infatuada-frialdad-aproximación corporal-no rehuida-requiebros-alguna sonrisa-roces-cierta inquietud-primer abordaje de las manos-rechazo-segundos y sucesivos-progresiva aceptación-traslado a un rincón discreto-magreo generalizado y mutuo-propuesta de hotel-aceptada con algunos dengues. Y allí fue el strip tease de Belle ante el pasmo de él, y dos buenos polvos que confirmaron el buen ojo de ella: el tipo, en efecto, estaba motivado de principio y la moza lo supo poner al máximo del deseo. Él le propuso volver a verse, pero Belle le cortó con un seco:

-No ha estado mal, pero tengo por principio no repetir amante.

-¡¡¡Será puta!!!

-¿Acaso te he cobrado algo? Anda y paga la cama por lo menos. Pero, por curiosidad, ya que hablas de putas, ¿cuánto habrías estado dispuesto a dar por otro polvo conmigo?

-No pago nada por lo que se me da gratis.

-Pues tú te lo pierdes, galán ¿Crees que hay muchas con este cuerpo y este saber follar?

-Te daría … 15.000.

-Muy rumboso no es que seas … Por solo eso no interrumpo mis vacaciones. Agur.

 

Lujuria junto al mar

 

 Eterno el mar en su rodar de olas

arrulla nuestro amar entre la brisa;

eterno el canto de la mar, que alisa

sus fronteras de arena y caracolas.

 

Igual tu cuerpo las riberas solas,

bajo mi cuerpo – el mar -, copia e irisa,

pletórico en el gozo y la sonrisa,

su vocación de alga en rompeolas.

 

Firme, rubio cantil contra el embate

el húmedo vaivén quiebra en la espuma

en que se rompe el mar en su combate.

 

Hasta que el terco asedio se consuma

y en lánguido desmayo da remate

a tan furioso ardor, lujuria suma.

 

Le hablaron de cierta playa nudista. Allí tras la puesta del Sol, entre los laberínticos recodos de las rocas, en minúsculas calas, se daban cita pequeños círculos de cultivadores de la lujuria y el amor libre. Y Belle no se lo pensó dos veces, con sus pertenencias en su capazo de playa, su tanga y su camiseta aterrizó en plena concurrencia de desnudos más o menos afortunados. Extendió la esterilla, se despojó de opacidades textiles y se tendió desinhibida y lúbrica a la espera de acontecimientos. No tardaron en llegar, primero en forma de miradas sostenidas, en que el deseo se iba haciendo más y más manifiesto, luego en rondas y acercamientos. Por fin uno se atrevió:

-¿Te va algo de sexo, hermosa?

-¿Tú y cuantos más? Porque hoy me apetecería llevarme por delante un batallón entero de granaderos.

-Menos lobos, Mesalina. Mira, somos cuatro tíos y dos tías, contigo, tres. ¿Te va?

-Me va, pero los tres que primero se den por vencidos pagan la cena ¿vale?

-No es mala idea, aunque algo sexista: las mujeres lleváis las de ganar. Aguantáis más.

-¡Ah!

-Hala, vamos.

La pasó el brazo por la cintura y entre achuchones la llevó hasta el grupo.

-Aquí os traigo esta francesita, dispuesta a follarnos a todos y a todas. No está mal ¿eh? ¿Cómo te llamas prenda?

-Belle. Belle de Jour.

-¡Belle de Jour! ¿No serás la de la película?

-La misma que folla y mama, pero mucho más golfa. Y ahora, aquí, de vacaciones, o sea que no cobro, pero los tres primeros que se den por vencidos pagan la cena. ¿Vale?

-¡Joder con la tía!

Se fueron todos hacia una cala recoleta: una isla de arena entre las rocas y el mar, ya solitaria por aquellas horas.

-Bueno, que elijan pareja primero ellas, luego en otro turno, ellos, y así. Un tío se quedará fumando a cada turno, pero luego será el primero en elegir.

-De eso nada-dijo Belle-. Yo puedo follarme bien dos tíos a la vez, y así no queda nadie de non. ¿Vale?

-¡Joder con la tía!

-Vale: tú por hablar, y tú. ¿Sabéis lo de “cucharada y paso atrás” para comer varios de un mismo plato? Pues eso: uno a mi derecha y otro a mi izquierda; dos achuchones y cambio de turno, y así hasta que os corráis los dos; el otro mientras puede ir magreando. Venga, dos condones y a ello. ¿Va?

-¡A la orden, puta sargenta!

Se lo pasaron bien. Eso sí, a Belle no le duraban casi nada: a la segunda ¡kaput! Ella tuvo que completar con la mano. Y al segundo cambio de parejas el personal masculino andaba para el arrastre. Belle, con mucha aplicación, consiguió, felación mediante, resucitar a uno de ellos; los otros hubieron de pagar la cena. Aunque antes, una de las amigas, bisexual, le echó los tejos a Belle, y Belle accedió para regocijo de todos, que jalearon a coro su espléndido 69: todos se hacían lenguas (aunque ahora no en su función sexual) tanto de la belleza como de la lascivia de su nueva amiga; uno de los de más experiencia llegó a decir que Belle era el animal sexual más hermoso que había conocido nunca. Cenaron y quedaron tan amigos, pero Belle se excusó de su pretensión de repetir otro día. Era inflexible: una y no más de cada tipo de experiencia.

Y, de esta manera, a lo largo de aquella semana, de una u otra forma, Belle/Severine supo tener para ella uno o dos amantes diarios, pero algo la faltaba …

 EL FILÓSOFO

[CONTINUARÁ]

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