Belle de jour a mi gusto 4. Fierté d’être une chienne

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Contra el baldón de puta que te injuria,
el mohín de desdén a flor de diente,
y el orgullo de esclava que se siente
dueña del amo, preso en su lujuria.

Era una realidad: había un fuerte conflicto entre una y otra vida de las que le había tocado vivir, un fuerte choque entre dos personalidades muy separadas: Severine/Belle; la burguesa convencional, egoísta, apocada y falta de imaginación (sexualmente frustrada por el carácter conservador de su esposo) y la prostituta sobrevenida, pasiva, pero anhelante de macho dominador que la subyugara, la pagara, la follara y la condujera por la senda de depravación que la avergonzaba y atraía por igual.

De momento Severine seguía siendo la personalidad dominante y Belle, un capricho, una desviación de conducta, un vicio: tras del primer servicio-monsieur Adolphe y su decisiva bofetada-, la espantada, el quemar los rastros del crimen -la ropa interior que “acumulaba” la culpa- y mantenerse alejada del burdel. Pero luego el deseo irresistible de volver, aún humillándose a pedirlo por favor a la “madame”, aún dando garantías de “formalidad”, aún forzándose al servilismo y al “respeto” a la autoridad de Anaïs, aún estrenando y extremando una mal entrenada lascivia en la atracción del cliente: Adolphe, Kublai. Y al final el deleite en el “pecado”, que Sophie no llega a entender, el regodeo en la indolencia de la ignominia, sobre el lecho del lenocinio; y el primer gesto de arrogancia de mujer perdida: -“¿Qué sabrás tú, qué sabrás tú, Sophie?” El nacimiento de la fierté d’être une chienne: el orgullo de ser puta por encima de cualquier incomprensión. Quizá en ese momento pudiera situarse el arranque de la lucha de Belle de Jour para conquistar el corazón de Severine, el nacimiento real de Belle de Jour.

Pero quedaba todo por hacer: el franqueo diario de ese arco mágico que era para Severine la puerta de chez Anaïs, en un sentido u otro, aún representaba pasar del reino del placer al del pecado y viceversa, del remordimiento al abandono y al revés, de la apariencia de honestidad al desprecio obsceno del decoro. Era posible que el hábito, la práctica continuada de la doble vida suavizara el rudo contraste repetido entre ambas caras, en otro caso la esquizofrenia estaría servida.

No fue preciso tanto. Severine, como buena burguesa, era racional y consecuente y, habiendo comprendido que la atracción por la vida de burdel era para ella algo realmente intenso, de lo que, a pesar de los riesgos, no conseguía prescindir, pensó que así eran las cosas, que al fin y al cabo muchísimos hombres también frecuentaban los burdeles ¡¡¡pagando por ello!!!, y si a ella le iba aquello, si así se encontraba más equilibrada y a gusto que en su papel de esposa fiel pero frustrada, si lo hacía por decisión propia, por oscuros que fueran los motivos, debería asumirlo con todas sus consecuencias y sin remordimiento alguno. ¿A quien debía nada: a un marido sexual y moralmente mal formado; a una moral burguesa bastante incoherente y encaminada a otras metas? ¡Se acabó! ¿Que la gustaba ser puta? –pues a ello con todas sus consecuencias.

De momento, pensó, habría de continuar la doble vida -la dureza de la reacción del entorno caso de llegar a conocerse “su depravación” sería enorme, y ella no estaba bien preparada para ello (todavía)-, pero debía hacer sobre sí para alejar cualquier tipo de remordimiento, de pesar por el estigma de pecado o de mala conciencia.

Primero, se le ocurrió, debía aceptar las consecuencias de su prostitución: el dinero recibido. Si iba a ser puta (sin eufemismos) lo primero era reconciliarse con el símbolo principal de su oficio: la paga, las treinta monedas. Hasta ahora la había mirado con pavor, la quemaba en las manos, casi la escondía: la iba guardando en un viejo bolso dentro de una caja de cartón en un armario retirado. Esto debía cambiar totalmente: en consecuencia, con ese mismo dinero lo primero que hizo fue comprar una preciosa y capaz caja-joyero, que quizá algún día adornaría con algún motivo alusivo-LAS JOYAS DE MI JODIENDA o algo así -, y allí trasladó todas sus ganancias restantes, no sin antes lavar billete a billete con un algodón humedecido y besarlos uno a uno antes de depositarlos con el mayor mimo en el joyero. Pero, por bonita que fuera la caja, el destino obvio del dinero habría de ser gastarlo; solo al cambiarlo por otro bien cuyo uso la satisficiera cobraría la paga (y el oficio) su verdadera dimensión, todo su valor simbólico.

Y pensando en símbolos nada mejor que alguna joya que le ayudara a recordar permanentemente su opción en los dos ambientes: en su vida corriente fuera del burdel y en su vida voluptuosa de lenocinio. ¡Una joya! ¿Por qué no diseñarla ahora mismo? Y muy entusiasmada se puso a darle vueltas a la imaginación: un collar … un collar dorado con letras encadenadas que formaran un lema, un lema significativo … las letras, ensartadas en un cierto orden, formarían el lema, pero debería ser posible con facilidad liberarlas de la cadena para insertarlas luego, si se deseara, en otro orden para formar otro lema. Y se lanzó a buscar el lema convertible. No era fácil, pero al fin lo tuvo:

 

NÉ: NÉ ELLE D’UNE CHER BIJOU

(Nacida: nacida de una joya cara)

Lema cuyas letras, ordenadas de otra manera podían quedar así:

 

BELLE DE JOUR: UNE CHIENNE

(Belle de Jour: zorra)

 

Severine quedó tan complacida de su invento que se apresuró a buscar un buen taller de joyería que pusiera manos a la obra. Lo encontró pero no le iba a salir barato, no menos de cincuenta polvos. Lo encargó no obstante, y además un brazalete formado por dos serpientes entrelazadas que acababan en un tronco y cabeza comunes. Las colas y la cabeza llevarían grabadas estas leyendas:

 

BELLE DE JOUR: UNE CHIENNE

 

FIERTÉ D’ÊTRE UNE CHIENNE (orgullo de ser zorra)

Todo lo cual se elevó a unos noventa polvos ¡qué locura! El joyero quedó un poco tocado por las leyendas del brazalete, pero una clienta que paga al contado y en efectivo era toda una señora clienta por mucho que proclamara su fierté d’être une chienne. Allá ella. Pero si hubiera llegado a imaginarse la unidad monetaria que manejaba la hetaira …

En todo caso el brazalete quedó de lo más autoafirmativo: una proclama de ostentosa impureza.

Además, como buena y modosa burguesa que era, encargó unas tarjetas de visita por si hubiera ocasión de publicitar su vocación con cierta finura. Y quedaron así:

 

 

Belle de Jour

Mannequin

 

Anaïs modes – Haute Couture

 

              9b rue Virène, 1er gauche                              Paris

 

Lo segundo a considerar habría de ser el escaparate. En principio su oferta había sido exactamente la que la Naturaleza y la suerte le habían concedido: su cándida belleza y su toque de clase, educación y elegancia, o sea, distinción. Y no había sido mal recibida, especialmente por lo insólito, lo morboso, de disfrutar de la prostitución de una mujer acomodada de la que se adivina lo hace por un motivo oscuro. Pero, el producto natural no había sido mejorado y carecía por tanto de valor añadido.  Podía suponerse por tanto que esa novedad habría de ser de escaso recorrido; era necesario trabajarla, mejorarla, mantenerla y pulirla. Más allá de la entrega pasiva del buen paño, que en el arca se vende, una puta profesional habría de conseguir la atracción del cliente en todo caso (si la puta hubiera de vivir de su “oferta natural” se moriría de hambre: no todas pueden ser naturalmente atractivas de origen, y mucho menos mantenerse atractivas en cualquier momento o ante el paso del tiempo; y sin embargo lo consiguen, ese es el oficio). Y los pilares del oficio son la tramoya de la presencia (vestimenta o falta de ella, y cosmética),  las artes de la seducción y las técnicas del placer. Todo esto iba quedando claro para Belle, aunque era consciente del camino que le quedaba por recorrer.

Se dio cuenta de que en la mayoría de los casos esto se dejaba a la improvisación, a la “intuición femenina”, a los consejos de las compañeras con mayor experiencia, o de la “madame” de turno … y al paso del tiempo y de las experiencias personales, pero también apreció que su caso no era como el de sus compañeras: ellas, incluso en este caso, de prostitución “selecta”, habían llegado a su situación por motivos muy diferentes del suyo; ellas habían caído en el oficio deslizándose, “resbalándose”, y en el fondo aborrecían su trabajo; ella no.

Pero Severine era en todo consecuente y racional: debía superar esta etapa inicial de improvisación “a lo que se le ocurriese” y acceder a una forma de afrontarlo mucho más activa y positiva, más profesional y menos “aficionada”. Varios eran los frentes:

1)     Su cuerpo en sí, aún estático.

2)     La tramoya: cosmética y vestimenta.

3)     Su cuerpo como reclamo: La coquetería, la seducción.

4)     El arte de dar placer: posturas, técnicas, tipos de jodienda.

1. El cuerpo que sus genes y su vida acomodada, sana, deportiva, sin vicios -hasta su reciente prostitución-, le habían dado era un material de primera clase: una hermosura clásica, elegante, algo fría, digna de brillar en fiestas y reuniones de la buena sociedad y hasta de atraer a don Juanes con pretensiones de amante, pero no era la belleza explosiva de la vedette o la diva del stars system. No era el cuerpo lúbrico de la “tía buena” que se explica por sí mismo sin mayores averiguaciones. Entre esos dos extremos había que buscar un equilibrio de manera que, sin renunciar a sus prendas innatas ni contaminarlas con abundancias zafias, aumentase un poco los signos de exhuberancia sexual en los sitios habituales: senos, caderas, nalgas, labios, etc. Esto sería tema para un buen centro de tratamiento estético, sobre lo cual Severine empezó a informarse. El único problema era buscar referencias y elegir bien, ya que los centros de este tipo abundaban.

Escogió uno que le recomendaron sus amigas del club de tenis, de nombre extrañamente sugerente “Aphrodite Stetic Center”. El primer día la atendió una mujer, la doctora M. Tras exponerle sus deseos de manera muy general, la doctora pasó a examinar y anotar sus medidas, peso, datos de edad, profesión, practica sexual, etc. Obviamente sobre estas dos últimas cuestiones Severine se cuidó mucho de ocultar su “desenvuelta” realidad. Después la doctora la hizo desnudarse y la tomó varias fotos desde diversos ángulos para el expediente. A la vista de todo ello la dijo:

-La verdad es que tiene usted un cuerpo excelente, unas medidas muy clásicas, buenas proporciones … Quizá senos y nalgas sean algo sobrios sin ser en modo alguno mal parecidos. Honradamente debo decirla que muy bien la dejaría como está, salvo que usted desee otra cosa porque en esto de la estética los criterios son siempre muy subjetivos.

-Pues mire usted, así sucede poco más o menos, pero no por mí sino por mi pareja, mi marido. Yo sé, sin que me lo haya dicho directamente, que a él le gustaría de mí que fuera … otro tipo de mujer … más desbordante, más seductora, mucho más sexy; aunque esté mal decirlo, le gustaría ir presumiendo de hembra y que los hombres se me fueran comiendo con los ojos: me exhibe, me hace llevar ropa muy ajustada y provocativa, a pesar de que sabe que soy de natural tímido, me ha inducido a depilarme y a hacerme estos tatuajes que ve…, pero lo cierto es que lo amo con locura y accedo a todo ello con tal de satisfacer sus deseos más o menos morbosos, y aquí me tiene, empujada a pedirle que me ayude a lograr un cuerpo “más glamouroso”.

-Comprendo, comprendo, y es más común de lo que usted creería: exhiben a la pareja para indirectamente exhibirse ellos, es decir, se exhiben como poseedores de lo que se llama “una real hembra”, pero ¡ojo con la pareja si sobrepasara alguna raya roja! … No hablemos más, he captado su mensaje. No obstante para no incurrir en excesos chocarreros podríamos proceder gradualmente: en principio podríamos probar con una dieta y un tratamiento de hormonas femeninas. La dieta que le recetaré va a ser rica en azúcares y grasas, pero, para prevenir cualquier naciente obesidad, debe contrapesarlo con mucho ejercicio; conviene que se apunte al gimnasio que le indicaré y al que daré instrucciones muy concretas sobre el tipo e intensidad de los ejercicios que haga, de manera que el crecimiento adiposo se controle y su cuerpo crezca en músculo y no en grasa en las partes deseadas: caderas y senos. Las hormonas femeninas estimularán y dirigirán el proceso, aunque, eso sí, pueden hacer crecer de manera importante el deseo sexual, que usted deberá ver como controla.

Solo mucho más adelante podríamos considerar la cirugía, en especial en senos y nalgas, si a usted le apetece … o a su pareja.

Y la evolución de la figura de Belle fue:

1. De anoréxica a tía buena tras la dieta.

2. De tía buena a despampanante tras pasar por quirófano.

3. De despampanante a chica de portada tras el objetivo de un buen fotógrafo.

O sea, ¡todo un éxito! De belleza purísima … a exuberante odalisca de burdel o estupenda calientapollas de portada. Fiertè d’être une chienne!

 

EL FILÓSOFO

 

[CONTINUARÁ]

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