Belleza otoñal

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El te da lo que sobra de su esposa. Ella será siempre la primera en él, y vos te irás transformando en su sombra. Yo no tengo esposa, ni novia, ni pareja. Soy libre, es decir era libre hasta que comenzó lo nuestro. Al lado mío nunca serás una sombra, ni un segundón. Al lado mío serás el primero y el único. Al lado mío y yo a tu lado, nos convertiríamos en dos que quieren construir sin dañar a nadie. Entre tu amante y yo: gano yo por alevosa distancia.


“Voy a recostarme, estoy muy cansado. Cuando llegues me despiertas” y colgó el teléfono. Era mi amante, era 44, me hablaba desde el Sebastiano, nuestro departamento escondite. No teníamos sexo hace 5 días y estábamos calientes. Ingresé despacio y me dirigí a la habitación. La calefacción estaba prendida. Allí estaba él. Hermoso como un dios. Dormía plácidamente, estaba desnudo. Sus cabellos castaños y lacios caían sobre su frente dándole a ese cuarentón una apariencia de adolescente.

Sus largas pestañas ocultaban totalmente sus ojos verdes. Su brazo derecho se curvaba paralelo a su cabeza, sostenido por la almohada y el otro caía en un costado llegando más allá que el borde de la cama. Su pecho velludo miraba el techo, su cintura de atleta hacía juego con sus musculosas piernas y en el centro: sus testículos como formidables bolsas se distribuían entre su pierna y el acolchado. Su verga, su  enorme pene, dormía como su dueño. 44 era una belleza otoñal.

Me quedé en la puerta contemplándole, y me preguntaba si alguna vez podría dejar de amarle. Ese es mi drama: que quiero dejar de amarle. Odio amarle tanto. Me gustó desde el primer día en que lo conocí. Lo seduje y ahora años después estoy seducido por ese monumento que duerme como Hércules. Comenzaba la tarde, era las 2 p.m. las ventanas cerradas no pudieron obscurecer del todo la habitación. La luz natural de pleno día permitía visibilizar cada detalle de ese cuerpo.

Mientras lo miraba comencé a desnudarme. Soy Emmanuel. Mi piel blanca no obedecía a la semi penumbra de la habitación. Mis cabellos negros terminaron en remolino cuando me saqué la camiseta y mis ojos claros se clavaron en el torso desnudo del gigante  dormido. Me saqué el pantalón y el slip. Mis gruesas piernas y mis redondos glúteos ya estaban a su disponibilidad. Las curvas de mis nalgas, piernas y brazos expresaban mis juveniles 24 años y estaban al servicio total para saciar el hambre de 44.

Me acerqué y quise despertarlo suavemente con un beso, pero al dar el primer paso hacia la cama, abrió sus ojos y me regaló su sonrisa que siempre muestran sus espléndidos dientes. Cuando me vió, se puso de pie y parado me llevó a su cuerpo. Fue él quien me besó, fue él quien posó sobre mi cuello sus labios tibios. Mis brazos lo enlazaron  y mis manos disfrutaban de los cabellos de su nuca. No decíamos nada.

Gozábamos del contacto de nuestros cuerpos. Me sostenía de la cintura y apretaba mi vientre sobre el suyo. No había palabras. Solo los sonoros gemidos de ambos, cuando nuestras caricias nos llevaban al éxtasis. Sus brazos dejaron mi cintura porque sus manos gruesas comenzaron a frotarme las nalgas y yo le llevaba de las mandíbulas hacia mi boca arrancándole un beso profundo con intercambio de salivas y mucho amor.

No solo el dios griego había despertado, sino su verga también. Su falo al que contemplé fláccidamente dormido, ahora me hacía sentir toda su dureza en el mismo lugar donde mi pene estaba hinchado, caliente, con ganas de 44. Me abrazó por la espalda y sentí su pene de hierro posarse en mis nalgas, pasear sobre la raya de mi culo, mientras no dejaba de lamer mi cuello.

44 me estaba llevando a 1000 grados de temperatura y lo hacía concientemente. La fiebre invadía todos mis deseos y clamaba en silencio que me penetrara. Quería tenerlo adentro, una manera de sentirlo  solo mío. Él también estaba ganado por la calentura y me llevó a arrodillarme en el piso, tumbó mi vientre al borde de la cama y él se agachó a hacer lo que siempre le gusta: morder mis nalgas y meter su lengua en mi esfínter.

Después de casi una semana de ayuno, el placer era doble. La lengua de ese macho exploraba casi hasta entrar a mi recto. Lubricaba los anillos de mi agujero. El placer que sentía me hacía morder esas colchas que todavía olían a 44. Luego comenzó a hurgar mi culo con sus dedos. Jugó un poco mientras me mordía la oreja.

Dominado por el placer, solo sentí el dolor acostumbrado cuando su glande atraviesa sin pedir autorización alguna. La cabeza de su pija llegó más allá donde habían llegado su lengua y sus dedos. Entró bien al interior. Mi bramido de dolor y la mordida que recibí en mi cuello eran la expresión exterior de que su pene me había ensartado hasta los huevos. Fue entonces que me tomó de la cintura y comenzó a pujar.

Penetrado yo, él se fue incorporando y me fue levantando. Enculado como me tenía nos pusimos de pie. Un movimiento brusco hizo que se saliera de mí, pero entonces me llevó contra la pared, se inclinó nuevamente. Adivinando que iba a penetrarme de nuevo, abrí con mis manos las nalgas y él con la suya orientó su falo y con movimiento de cadera comenzó a bombearme.

Esta vez no entró de golpe sino serruchándome. Cada envión y cada movimiento de su pelvis era el avance de su poderosa verga sobre mi generoso culo. Ahora mis manos arañaban la pared mientras el gigante entraba y salía serruchando mi esfínter. Como otras veces, en un momento determinado, me levantó de la cintura y sentí nítidamente la explosión de semen que bombardeaba mis entrañas. Mis pies en el aire, mi cara en la pared y 44 que me rascaba con sus dientes la espalda.

Cuando mis pies otra vez tocaron el piso, me puse de frente y lo empujé. El estaba rendido, cayó pesadamente en la cama. Comencé a lamerle cm. a cm. el cuerpo. Ahora estaba llevando a cabo el deseo que sentí al entrar a la habitación. 44 estaba como desvanecido. Me dejaba hacer. Recibía mis lengüetazos, mis besos, mi caricia. Incapaz de defenderse. El gigante estaba sin poder recuperarse del orgasmo recién vivido. Sus brazos cayeron pesados cuando lo puse vientre abajo sobre la cama.

Solo escuchaba sus gemidos cuando lo penetraba con mi lengua, y lamía copiosamente los anillos de su agujero. 44 me dejaba hacer como un luchador vencido. Había llegado mi turno. Puse la almohada sobre su vientre y quedó con su culito levantado, me ensalivé la pija y comencé a jugar con mi glande en su orificio. Parecía que él estaba dormido de nuevo, pero en realidad era más pasivo que nunca.

También el pegó el gritito de dolor cuando le introduje el miembro y luego gimió nuevamente expresando su dolencia. Finalmente  quedó en silencio y se dio cuenta de que yo estaba disfrutando mi eyaculación. Recién entonces se escucharon las palabras, rendidos por el encanto mutuo, nos dijimos nuestras intimidades. Luego nos bañamos y cada uno fue a lo suyo. Lo suyo era su trabajo y lo mío, una abundante cabellera rubia llamado Uriel, hijo de 44.

¿Por qué odio amar a 44? ¿Por qué quiero dejar de amarle?: un motivo es que junto a él, siempre estaré engañando a su esposa, a Salomé mi amiga. Otro motivo es porque a veces quisiera tener una pareja con quien compartir mis días, y con él solo puedo estar a solas, nada más que una hora. Y otro de los tantos motivos, es la creciente relación, intimidad y sentimientos que provoca en mí la seducción ejercida por su hijo menor, Uriel.

Si. Soy amante del padre y novio del hijo. Como lo he relatado, ninguno de los dos sabe que estoy relacionado con el otro. Mi drama es: todo en secreto, todo a escondidas. Con Uriel he tenido relaciones sexuales menos frecuentes a causa de un pacto que le propuse: que vayamos lento. Que seamos novios.

El muchacho es parecido a su papá. Bronceado de piel y con ojos verdes, pero semejante a su mamá: posee una larga y ondulada cabellera rubia. Generalmente se la sujeta con vincha, o se hace una colita con un cordel, o una gruesa trenza que le cae por la espalda. El chico es atlético y extrovertido, sumamente simpático, sociable y estudioso empedernido. El hijo de 44 y Salomé es el rostro masculino de la primavera.

Nos habíamos citado a las 4 p.m., llegaba puntual. Estacioné el coche en el Café y allí estaba leyendo. Le pregunté: “¿puedo compartir su mesa?”, levantó la vista y sonrió, nos dimos un beso en la mejilla y me dijo: “puede compartir la vida si Ud. quiere”. Sus ojos resplandecían de ternura y picardía a la vez. Mirando al mostrador me dijo: “¿qué quiere servirse el joven?”. Le seguí el juego: “un rubio tal vez, pero por ahora puede convidarme un café”.

Mientras tomábamos el café, Uriel avanzó: “no fue una broma. Emmanuel compartamos la vida. Vos me crees un pendejo, puede que sea joven pero como te dije la vez pasada, no soy inmaduro. Puedo ser atrevido y espontáneo pero no soy precipitado. También una vez te pedí que confiaras en mí. Presiento que no tienes idea lo que significas para mí. Sé que te das cuenta de lo enamorado que estoy de vos, y yo descubro día a día, que en tu corazón me estás procesando, no ya como un adolescente sino como un hombre capaz de competir con quien sea.

La vez pasada imaginaba que era real ese pretexto tuyo de que tienes un amante. Me dijiste también que ese amante era casado. Pensaba en él, y me decía: Emma, él no te merece, ya que te esconde. En cambio yo estoy dispuesto a gritar al mundo entero, si me lo permites: ¡amo a Emmanuel! Él no tiene agallas de mostrarse en público contigo, yo estaría orgulloso de decirle a todos: ¡él es mi novio!

El te da lo que sobra de su esposa. Ella será siempre la primera en él, y vos te irás transformando en su sombra. Yo no tengo esposa, ni novia, ni pareja. Soy libre, es decir era libre hasta que comenzó lo nuestro. Al lado mío nunca serás una sombra, ni un segundón. Al lado mío serás el primero y el único. Al lado mío y yo a tu lado, nos convertiríamos en dos que quieren construir sin dañar a nadie. Entre tu amante y yo: gano yo por alevosa distancia.

Emmanuel, conmigo no serías un amante sino mi pareja. No haríamos daño a nadie porque tendríamos la libertad y salud para amarnos. El es tu amante imaginario y yo puedo ser tu pareja real. Esfúmalo porque él –si existe- es fantasía. Aunque exista no te merece y yo, si le conociera no tendría problemas de decírselo. Aunque después no quieras hablarme y me rechaces.

Pero me habré dado el gusto de decirle a ese sujeto: que se ocupe de su esposa, que no te explote, que no te cosifique, que vos vales una situación más digna…y si no me escuchara, al menos me daría el gusto de darle una trompada. Sería una manera de decirle: “No te sigas haciendo el vivo con él”. Pero ese amante es pura fantasía, el pretexto que te buscaste para detener lo nuestro. Emma mira mi rostro, mira mis ojos, toma mis manos…éste, real de carne y hueso está decidido a compartir toda la vida”

Como yo no levantaba la vista, me puso una mano en el mentón, para mirarme  a los ojos. Estos llovían. Gruesas gotas de lágrimas se escabullían en mis mejillas y de allí al suelo. Uriel veía que yo estaba llorando. El no imaginaba hasta donde habían llegado las verdades dichas. No imaginaba que el supuesto amante era real, era su padre y su esposa, su mamá, Salomé.

Dejó el dinero del consumo en la mesa, y con discreción me llevó de allí. Llegamos al auto, Uriel me pidió las llaves y me dice: “manejaré yo por tres motivos: uno es que estás llorando, estás emocionado, otro es que en una pareja siempre maneja el macho (se largó a reír) y el tercero, porque quiero llevarte a un lugar donde voy a decirte algo breve y darte algo simple.” “Uriel vas a llegar tarde a la facultad” le dije. Me respondió: “no me calienta la facu, me calentás vos”.

El auto avanzó hacia un parque enorme que tiene la ciudad, en el que existe un jardín zoológico. Cerca hay un mirador de la ciudad. Estacionó el auto. No había nadie allí. Me abrazó, me apretó sobre su costado y con un brazo indicaba el centro de la ciudad que se veía hermosa. Como no había nadie en el lugar permití que se pusiera a mi espalda y me abrazara desde atrás. Cuchicheó en mis oídos: “te amo”.

Luego me puso de frente, comenzó a arreglarme las solapas de la campera, y me dijo: “¿Te di las gracias por el regalo de cumpleaños que me hiciste en mis 19 años?”. Le respondí: “Si, lo hiciste, me diste las gracias”. Entonces dijo “Pero nunca de la manera deseada”, estábamos en la baranda del mirador: a lo lejos la ciudad. A nuestras espaldas la soledad y el silencio. Sin titubear, me tomó de la cintura me apegó a su cuerpo, y puso sus cálidos labios  en los míos. Bajó las manos, me acarició los glúteos.

Me tomó delicadamente de los hombros y me dijo: “Nadie te ama como yo”: avanzó lentamente hacia mis labios que se abrieron para recibir el beso. Toda la ciudad era testigo mudo del largo beso que se dieron Emmanuel y Uriel.

Autor: Emmanuel

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Escrito por Marqueze

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7 Comentarios

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  1. ¡Como siempre me ha encantado tu relato! Deseo que te decidas por Uriel. Porque tiene toda la razón; deja todos tus miedos y no temas al que dirán. Quedate con él.
    Tú amigo Fernando. ¡Un abrazo!

  2. Gracias por sus comentarios….graciasel tatuado por valorarque este punto se vuelve interesante, Gracias Bonito, por leerm y valorar a 44. Gracias Juliano:por valorar a Uriel, y que deberia escaparme con él….no no te lo presento, porque Uriel es mio. Un beso

  3. Hola, por las dudas no te llegue el 1º mensaje…mi comentario es: fugate con Uriel…y que te echen los perros….Por Uriel antyes que te lo quite otro.

  4. Hola Emmanuel: yo no lo pensaría 2 veces…hace rato que me hubiese escapado con Uriel. Antes de que a él le comience a gustar algún otro amigo, porque en esta vida hasta el amor mas grande se enfria cuando no es correspondido. Suerte

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