BILLETE DE ANDÉN

Cuentos. Aferrado a la promesa de ella de volver, acudía a la estación todos los años

El ambiente era frío, como siempre por estas fechas. Las aceras, calles, incluso las marquesinas de los autobuses, mantenían una especie de película limosa y húmeda, consecuencia esta de las escarchas matinales que el tibio sol de diciembre no conseguía evaporar en todo el día. El paisaje a través de los cristales de mi alcoba era taciturno y sombrío, hasta donde alcanzaba mi vista los tonos grises y ocres del invierno envolvían parques y edificios.

Al caer la tarde, la brisa gélida de la cercana sierra se hacia más recalcitrante aun si cabe. La cara se acartonaba y los dedos de las manos se agarrotaban a pesar de los guantes y la bufanda, había que agarrarse bien los machos y agenciarse una buena zamarra si se quería salir a la calle y yo debía hacerlo.

Tapado hasta las orejas salí del vetusto caserón en el que vivía y me encaminé con paso firme a la estación. Hacía ya varios años que me había trasladado a ese barrio, más que nada para economizar y de esta forma estar relativamente cerca de lo que sin duda se había convertido en una obsesión para mí, todo debido a una vieja promesa que no quería dejar de cumplir.

Dentro de esta gran mole de cemento y hierros se respiraba otro aroma, incluso hacía más calor. Ya sé que esto parece imposible, dado que gran parte de la estación está a cielo raso, pero la proximidad de la gente ayudaba a que el ambiente fuera más confortable.

La zona comercial era como un hervidero de seres humanos de todas las razas y condición social en un ir y venir de andén en andén buscando su tren de partida o el de llegada para reencontrarse con alguien amigo, pariente o querido. Un sinnúmero de caras sin nombre atravesaban los pasillos, flanqueados por pequeños comercios, sin prestar mucha atención a los reclamos publicitarios de estos, que por otra parte estaban abarrotados de más almas en busca de la baratija, el pañuelo o el recuerdo de última hora

Los únicos que disfrutaban a raudales eran los niños, corriendo de escaparate en escaparate, pidiendo a sus padres todo cuanto veían o eran capaces de imaginar y poniéndoles al borde mismo del ataque de nervios por el descontrol que estos ocasionaban.

Caminando entre aquella marea humana me tropecé con un mimo que tenía la cara pintada de blanco impersonal y la mirada perdida. A veces estático y otras ejecutando extraños malabares, intentaba llamar la atención de todos cuantos concurrían por su pequeña parcela y de esta forma conseguir unas monedas para continuar sobreviviendo un día más. En mi largo deambular por aquella edificación donde se mezclaba lo nuevo con lo viejo, los armazones de hierro fundido y remachado de principios de siglo con las megafonías, cristaleras y escaleras mecánicas de un mañana que ya empezaba a ser ayer, me fui cruzando con una legión de personajes a los que la necesidad acuciaba de igual manera. Encontré a un africano, que a salto de mata entre policías y vigilantes, hacía de un trozo de suelo su escaparate particular en el que mostraba toda suerte de ropajes y cachivaches de marcas increíbles (sobre todo por el precio)con la esperanza de vender lo suficiente como para que al día siguiente no le hiciera falta pasar tanto frío y aplacar así, con unas migajas, el hambre que le había obligado a dejar tiempo atrás su tierra y a sus gentes, en la creencia de que aquí seria más fácil, más sencillo ser un hombre libre y con trabajo.

Andaba yo con estos pensamientos cuando me sobrevino un mal presagio que me recorrió todo el cuerpo como si de una descarga eléctrica se tratara. Tan fuerte fue la sacudida que tuve que sentarme para no caer al suelo. Alrededor de donde me encontraba había un bosquecillo tropical que gracias a la tecnología y a la buena voluntad de algún jardinero casi parecía real.

Sentado allí intenté recapitular. El pálpito martilleaba todavía mis sienes, me sentía sin ánimo y sin apenas fuerzas para continuar hasta el andén donde habría de llegar el expreso de Andalucí

a. ¿Qué hacía yo allí?, ¿ Por qué seguía yendo a la estación?, a fin de cuentas, mejor o peor vestido y con más o menos posibles era exactamente igual que toda aquella fauna con la que me había cruzado esa tarde, por lo menos toda aquella comparsa circense tenía un motivo tangible para reunirse todos los días en el mismo sitio, pero yo, ¿ yo que motivos tenía para ir todos los días de todos los diciembres, desde hacía diez años?. ¿ Por qué seguía aferrado a la vaga esperanza de que ella volvería como me prometió?.

Traté de calmarme. Respiré profundamente durante varios minutos el aroma de aquellas flores que, al igual que yo, habían hecho un largo peregrinaje (yo en el tiempo y ellas en la distancia) para acabar en aquella vieja terminal, hoy reconvertida en un fantástico vergel. Me incorporé pausadamente, me encaminé a la taquilla donde adquirí mi billete para acceder a la zona de andenes; todavía faltaban quince minutos para que el desvencijado convoy ferroviario procedente de Cádiz, Sevilla y alguna ciudad andaluza más, efectuara su entrada por la vía catorce.

Los primeros momentos los empleé en recorrerme palmo a palmo el enlosado hasta el final, donde casi nunca hay nadie o en cualquier caso algún otro impaciente. Después, por segunda vez, me senté en un banco metálico, rojizo y frío, para matar los eternos minutos que faltaban, apure un pitillo hasta las letras de la marca, y esperé… esperé como la primera vez que acudí a esta cita de uno solo.

" Pero mi vida, no estés triste, cuando te quieras dar cuenta habrá pasado este año, y en este día y en este sitio nos volveremos a encontrar, antes de que te dé tiempo a pensarlo; me verás bajar de este mismo tren que hoy me aleja de ti, me arrojaré en tus brazos y besaré hasta el último pliegue de tu cara, amor mío, no lo olvides, dentro de un año…"

Cada palabra, cada letra de esta despedida aún resuena en mi cabeza como una condena para la que no hubiera apelación posible.

Por fin llegó el tren, hizo su entrada majestuoso. Lentamente fue deteniendo su marcha, y un murmullo de voces, pasos y carreras se apoderó de aquel trozo de acera largo y estrecho. Los mozos de maletas, con sus interminables filas de carritos se fueron acercando, llenaron sus carros, sus pequeños trenes de mercancías y se marcharon. Hubo risas y lagrimas, abrazos y apretones de manos, algún despiste que otro y después, igual que había empezado, se fue apagando el alboroto. Todos aquellos que segundos antes se abrazaban, se reían o lloraban se fueron alejando hacia las distintas salidas de la estación, en animada conversación, intentando explicar en instantes todas sus experiencias, todo su viaje. El tren, igual que vino, se alejó a una vía de repostaje y mantenimiento donde lo pondrían guapo para partirle el alma a otro confiado enamorado como yo.

Cuando el silencio y la soledad lo invadían todo, llore. Llore como un niño pequeño. Guardé mi billete en la cartera, me alejé de aquel lugar y busqué un bar. Al día siguiente era año nuevo.

Pol Ainas Enero de 2001

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Escrito por Marqueze

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