Blanche (XXVIII)

Este acogió la noticia con una gran alegría, sabía que su heredero estaba en camino y se sintió más útil que nunca. Desde ese momento se dedicó a mimar a Blanche con todas sus fuerzas recordándola continuamente que no debía hacer el menor esfuerzo que pudiera poner en peligro su estado.

Llegó incluso a sugerir que Manua, el carpintero, diseñara para ella una silla parecida a la que él usaba para que no tuviera que hacer siquiera el esfuerzo de desplazarse. Por fin la sensatez de Blanche se impuso y el proyecto fue olvidado.

Era cierto que Blanche hacía pocos esfuerzos habitualmente pero tomó la precaución de suprimir los pocos que hacía.

El único esfuerzo que no consintió en suprimir, al menos en principio, fue el hacer el amor con Richard. En el fondo sentía como si su apetito sexual hubiera aumentado desde que se quedó embarazada.

Mientras su gestación avanzaba, las primeras plantas del jardín fueron plantadas y los cercados de los corrales instalados en la lejana colina.

Blanche y Richard no tardaron en darse cuenta que plantar el jardín había de llevarles varios años. El verano llegó antes de que el trabajo de poner plantas, hubiera llegado ni mucho menos a la mitad de lo que querían, además muchas de ellas, se secaron en los primeros días siendo necesario sustituirlas por otras nuevas.

Durante horas, los negros se afanaban en sacar agua de los pozos volcando los pesados cubos en arquetas, desde donde partían las conducciones de regadío. Pero el sistema reveló rápidamente sus defectos. Proyectado por ellos mismos y, siendo totalmente inexpertos vieron como el agua se salía de las canalizaciones, encharcando grandes zonas del jardín y dejando sin agua otras en la que era necesaria.

Sobre la marcha, Blanche ordenaba hacer las modificaciones que creía necesarias para que el agua corriera apropiadamente pero, se dio cuenta que el asunto no iba a resultar tan fácil, cuando una parte de las acequias se reparaba, éstas se desbordaba por otra zona trasladando el problema al nuevo lugar.

Fue necesario el trabajo de muchos días para que el sistema de irrigación comenzara a funcionar debidamente y, cuando por fin Blanche vio como el agua se repartía apropiadamente, hubo de reconocer que no había un metro de la primitiva conducción que no hubiera sido necesario retocar.

Cuando la tarea finalizó Blanche se sintió orgullosa, en poco tiempo se había convertido en una experta en conducciones hidráulicas. Más fácil fue la construcción de los cercados, ya que los negros con más experiencia, no tardaron en darle la consistencia necesaria.

Finalmente Blanche ordenó construir varias jaulas y cuando todo estuvo dispuesto pidió a Richard la larga lista donde estaban reflejados todos y cada uno de los negros de la plantación.

Minuciosamente hizo una copia de todos los mayores de diez años y sin más dilación entregó la lista a Drum, ordenándole que tomara una gallina y una coneja de cada uno de los integrantes de la lista, y un gallo y un conejo sólo de aquellos a los que había marcado con una cruz.

Drum dio varias vueltas al papel antes de contestar.

– Ama, no sé leer.

Sin poderlo evitar Blanche soltó una carcajada pensando en lo fácil que era que un plan elaborado hasta el más mínimo detalle se viniera a bajo por algo tan insignificante.

Consciente de que tendría que ser ella o Richard quien se encargara de hacerlo se puso manos a la obra y desde primera hora de la mañana siguiente comenzó a llamar a los negros de la lista.

La noticia de que el ama exigía a cada negro o negra de los que llamaba una gallina y un conejo no tardó en extenderse por la plantación. La mayoría de los negros, pero sobre todo las negras acudieron a su llamada con las manos vacías, pretextando que ellos no tenían animales para poder entregarlos.

Blanche fingiendo una calma que no sentía se limitaba a anotar junto al nombre un punto que indicaba que el interesado no había cumplido con su orden.

Por el contrario, cuando alguien cumplía lo tachaba de la lista. El resultado de aquel día de recolección fue decepcionarte, al caer la tarde tan solo unos cuarenta animales se movían agitados entre las dos jaulas cuando Blanche había previsto unos cuatrocientos.

Al d&iac

ute;a siguiente volvió a llamar a una parte de los que no habían cumplido la orden y sin más les dio un plazo de diez días para que cumplieran la orden, bajo pena de quedar señalados en la lista para ser vendidos en el próximo viaje del verano.

Los negros se marcharon pensativos y la noticia debió extenderse como la pólvora, alguien recordó como había tratado a Janoe y a Bare recién llegada a la plantación y, como había tratado a los pocos negros que habían dado problemas más tarde.

El resultado fue fulminante, En los dos días siguientes las jaulas se llenaron a rebosar varias veces y hubo que hacer viajes a los corrales para vaciarlas antes de volverlas a llenar.

Al final del tercer día Blanche contabilizó los animales llevándose una gran sorpresa, según la cuenta de los animales llevados a los corrales le salían más de los que los negros debían haber entregado. De pronto a las tres familias a las que Blanche había ordenado hacerse cargo de los corrales no les faltó trabajo y un primer problema empezó a plantearse. Que hacer con los productos que cada día producían las gallinas?.

En otra situación Blanche no hubiera dudado. Hubiera subido a la carreta y se hubiera encargado de buscar algún comerciante en Bigstone, que diera salida a los productos, pero estando embarazada la medida era totalmente desaconsejable.

En pocos días la cantidad de huevos almacenados comenzó a ser un problema a pesar de que Blanche los regalaba, en parte, a las hembras de la casa que a su juicio lo merecían.

Como coincidiendo con la creación del problema llegó la solución de la forma más inesperada.

Un día llegó un joven con una pequeña carreta tirada por una mula. No eran muchas la visitas que los Benson recibían, tan sólo el reverendo venía a visitarles esporádicamente y, la presencia de un extraño no dejó de ser una noticia.

– Desearía entrevistarme con el señor Benson, dijo el recién llegado, apenas los negros se hubieron hecho cargo de la carreta con la mula.

– El señor Benson es mi marido. Contestó Blanche atraída por la cálida voz del joven y su espigada figura.

– Encantado, señora Benson, soy Norman Haley, vivo habitualmente en Bigstone, desearía hablar con el señor Benson de negocios.

Blanche miró admirada al joven, que no debía pasar de los diecisiete años, por la decisión y franqueza que ponía en sus palabras.

– Señor Haley, no sé si el señor Benson podrá recibirle en estos momentos pero espere, voy a avisarle. Dijo introduciéndole en el recibidor de la casa.

– Señora Benson, su marido no me conoce, dígale que vengo de parte del reverendo Allen.

La mención del reverendo no agradó mucho Blanche, casi hubiera preferido que el joven fuera un desconocido que pasara por el camino, pero tampoco era tan grave como para dejar de oír lo que pudiera haberle llevado hasta Viento del Norte.

Blanche fue a avisar a Richard sorprendiéndolo con la noticia. Dejaron transcurrir un rato e hicieron que una negra fuera a avisar al joven de que sería recibido en unos momentos.

Mientras, Blanche hizo disponer la mesa con un suculento desayuno. Estaba convencida que los negocios se tratan mejor con el estómago lleno.

Cuando hicieron pasar al joven este pareció un poco asombrado por el lujo de la casa de los Benson.

Blanche ordenó a la negra que les atendía que dispusiera un servicio de desayuno para el recién llegado.

El joven Haley no hacia más que mirar a su alrededor, temeroso de no hacer buen papel en la lujosa mesa, pero de vez en cuando su mirada se posaba furtiva sobre Blanche y sobre Richard como no entendiendo que aquellas dos personas pudieran estar casadas.

Después de las presentaciones se produjo un tenso silencio que sólo Blanche se atrevió a romper.

– Querido, dijo dirigiéndose a Richard, el señor Haley al parecer quiere hablarte de negocios.

Entonces Richard, nervioso al saber que su invalidez estaba siendo juzgada por el joven dijo.

– Bien señor Haley que es lo que le ha hecho encaminar sus pasos hasta Viento del Norte?.

– Verá señor Benson, he sabido por el reverendo Allen que han montado o estaban a punto de montar una granja?.

– Es cierto, la granja ya ésta montada y ha empezado a funcionar pero, si es de ella de lo que quier

e hablar, será mejor que lo haga con mi mujer, la idea es suya y es ella la que se encarga de su administración. Contestó Richard dando el protagonismo a Blanche.

– En ese caso señora, permita que la exponga lo que pienso al respecto.

Supongo que ya tienen resuelto el como vender los productos de la granja, quizá mi pretensión sea inútil, pero si puedo colaborar con ustedes de alguna forma, me gustaría que supieran que me encuentro a su disposición.

– La colaboración de cualquier persona bienintencionada siempre será bien recibida por nosotros, señor Haley, pero me gustaría que concretara usted más cual podía ser esa colaboración. Dijo Blanche.

– Había pensado, en sugerirles que me vendieran parte de la producción de la granja, yo a mi vez me encargaría de venderla por los pueblos.

– No hay ningún inconveniente en ello siempre que nos pongamos de acuerdo en el precio.

Antes incluso de terminar el desayuno habían de llegado a un acuerdo por el cual, el joven Haley, debía cargar su carreta al día siguiente con los huevos almacenados en la casa.

Una vez concluido el acuerdo, Norman sacó una bolsa que entregó a Blanche. Eran cincuenta dólares que el joven dejaba como depósito por la mercancía que se proponía cargar.

El resto del día Richard y Norman lo pasaron entre ir y venir a los corrales. Blanche se quedó en casa, no quería arriesgarse a irse tan lejos en su estado.

Hacia ya tiempo que había comenzado a sentir los movimientos de su hijo en el vientre y, era consciente de que su figura comenzaba a deformarse por la hinchazón de la tripa.

Richard y Norman parecieron congeniar desde el primer momento y Blanche les vio varias veces durante el día en animada charla. Al llegar la noche decidieron que el joven se quedara a dormir en la casa y Blanche tuvo buen cuidado de que Lama dispusiera una hembra para que le acompañara durante la noche.

Era ésta una norma en las plantaciones donde abundaban las negras y Blanche no deseaba faltar a la hospitalidad.

No deseaba ver a Norman violando a una negra por los caminos como había visto al reverendo y a sus amigos.

Cuando al día siguiente se levantaron, el joven Norman hacía ya tiempo que había cargado su carreta y había iniciado el camino. Cuatro días más tarde Lama informó que el joven había regresado al amanecer, había vuelto a cargar la carreta y después de dejar la bolsa con el importe de la mercancía a Drum había vuelto a desaparecer. Las periódicas idas y venidas del señor Haley, se repitieron durante más de un mes antes de que volvieran a verle. Siempre lo hacía al amanecer, cuando Blanche se levantaba recibía la noticia de su llegada y posterior marcha. Richard confirmaba poco más tarde que el dinero dejado correspondía exactamente con la cantidad de mercancía cargada. Tanto Richard como Blanche se sentían contentos con la eficacia y seriedad de Norman, al que auguraban un magnífico porvenir de seguir por aquel camino.

Un día Lama la avisó de que el señor Haley deseaba verles cuando fuera posible.

No le hicieron esperar más. Lama fue enviada para que le pasara una vez el desayuno estuviera servido.

Sentados a la mesa esperaron a que Norman dijera lo que tenía que decir.

– Verá señor Benson, si usted no tiene inconveniente me gustaría ampliar nuestro trato a otros animales. Dijo con la franqueza que le caracterizaba. Recorriendo esos caminos uno se entera de cosas y creo que podría ser provechoso para los dos, si usted me vendiera de vez en cuando algún negro que le pudiera sobrar.

Blanche abrió los ojos de sorpresa y entusiasmo, parecía como si aquel joven fuera a ser la solución a muchos de sus problemas. Aquel año habían decidido no realizar el viaje a Natchez para la venta de negros, ya que dado su embarazo, cada vez más avanzado lo hacía totalmente desaconsejable.

– Señor Haley, dijo Richard, siempre estoy dispuesto a un buen negocio y negros es algo que nos sobra.

– En ese caso señor muéstreme aquellos que estén en venta y pongámonos de acuerdo en el precio.

– El caso es que … me pilla usted tan de improviso que en estos momentos no se a cual decirle.

– Yo si, intervino Blanche. Tiara, baja la carpeta de papeles que hay en mi despacho.

La diligente esclava se apresuró a cumplir la orden y momentos despu&ea

cute;s entregaba a su dueña un voluminoso legajo de papeles.

Momentos después Blanche examinaba la larga lista que había servido para la recolección de animales.

Rápidamente sus ojos descubrieron los tres negros que habían dejado de cumplir la orden.

– Prefiere usted, señor Haley, un macho o una hembra?.

– No sé señora Benson, si es posible muéstreme los dos.

Blanche meditó un momento y ordenó a Tiara.

– Trae a Quity y a Runame, no les digas nada, sólo que vengan inmediatamente.

Tiara partió a cumplir su encargo y Blanche se percató, que la negra que les servía durante el desayuno, recogía precipitadamente parte de los cubiertos con intención de llévarlos a la cocina.

– Tu. Dijo Blanche dirigiéndose a la negra, deja eso y ponte en aquel rincón mirando a la pared.

Es para que no les avise de que van a ser vendidos. Dijo al ver la cara de incomprensión de Richard. Si la hubiera dejado ir a la cocina hubiera encargado a cualquier negra que fuera a darles el aviso.

Ambos hombres sonrieron ante la sagacidad de Blanche.

– Cómo le van las cosas señor Haley. Preguntó Richard.

– No van mal, es monótono recorrer solo esos caminos pero al llegar a los pueblos la cosa cambia, se convierte uno en la atracción del día, conoce gente y hace amigos que le informan a uno de cosas interesantes.

Hace ya algún tiempo conocí a un hombre que me encargó que llevara de un pueblo a otro a una negra, bueno aquello más que una negra parecían tres, era tan gorda y con unas patas tan gordas y tan deformes que no era capaz de dar un paso, a lo sumo y con esfuerzo era capaz de mantenerse sentada.

No se imaginan ustedes lo difícil que fue hacerla subir a la carreta.

La aventura, contada en tono jovial hizo sonreír a los Benson.

Yo, en aquellos momentos llevaba la carreta cargada de huevos y al principio pasé un miedo atroz, pensando en cada bache del camino que la negra pudiera caerse encima de los huevos arruinándome la mercancía. Así que tuve que atarla para evitarlo.

Durante el viaje me preguntaba quién podía haber comprado semejante monstruo y para qué?

Al llegar a mi destino me esperaba un joven, más o menos de mi edad que me explicó el asunto.

La negra era un auténtico fenómeno, había parido ya tres veces trayendo al mundo siete mamones que se criaban perfectamente.

– Siete mamones !. Dios Santo !. Se asombró Blanche.

– Si señora, siete, dos en cada uno de los dos primeros partos y tres en el tercero. El joven pensaba que de seguir así nadie podría predecir cuantos negros podría parir cuando fuera por la décima preñez.

Tanto Richard como Blanche corearon con sus risas la divertida historia de Norman. Incluso en el vientre de Blanche se produjeron una serie de movimientos que parecía querer indicar que su hijo se unía a la diversión de los padres.

A través de la ventana vieron como Tiara regresaba acompañada por Quity y por Runame, ambos mostraban una expresión de temor y abatimiento, temiendo ser castigados por no haber cumplido la orden de su ama o por cualquier otra cosa.

La joven e inteligente esclava los hizo esperar fuera de la casa, justo enfrente de la ventana para que pudieran ser observados desde dentro.

A Blanche no la pasó desapercibido que los ojos de Norman estaban mucho más pendientes de Quity que de Runame.

– Son muy jóvenes!. Dijo Norman.

– Lo son, Quity, la hembra tendrá unos quince y Runame unos diecisiete, pero Quity es una hembra cabal que ya nos ha dado un mamón. Dijo Blanche, entrando ya abiertamente en el juego que consideraba que una hembra no lo era hasta que hubiera demostrado que era capa de quedarse preñada.

– Hace mucho?.

– No, hace tan solo unos meses.

Los negros conscientes de que les estaban observando desde la casa permanecían al fuerte sol con la cabeza baja y en una correcta compostura.

– Desea verlos más de cerca? invitó Richard, sabiendo que nadie conpraría un negro sin antes haber palpado y examinado la mercancía.

Continuará…

Datos del autor/a:

Nombre: Adela.

E-mail: aadelaa (arroba) yahoo.com

Fuente: Historia originalmente publicada en la lista de correo "morbo".

Relato protegido e inscrito en el registro de propiedad intelectual.

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