CARITA DE ANGEL I

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Esto sucedió hace ya mucho tiempo. En aquella época era yo un joven de 22 años, lleno de vitalidad, energía y ganas de divertirme. Mi altura, mi físico y mi simpatía me convertían en un muchacho codiciado por las chicas, aunque era muy sensible. No me gustaba (ni me gusta) jugar con los sentimientos ajenos. Eso le agregaba interés a las mujeres ya que me hacía rogar y las tenía a todas a mí alrededor. No era una estrategia sino que actuaba según sentía.

Durante un viaje de estudios con la Universidad, conocí a Susana. Era una rubia hermosa, con una carita de ángel y un cuerpo de infarto. Todo sucedió muy rápido. Ella tenía en ese entonces 20 años. Susana era espectacular. Sus ojos proyectaban una mirada profunda, inquietante, misteriosa. Me enamoré de ella perdidamente… y ella se enamoró de mí con locura. Estuvimos el resto del viaje, juntos y nos conocimos y compenetramos tanto que en poco tiempo nos necesitábamos el uno al otro, casi con desesperación. Teníamos sexo a diario… varias veces el mismo día. Incluso muchas veces faltábamos a reuniones o clases por estar en la cama el uno sobre el otro.

Luego de quince días, cuando terminó el viaje, volvió la rutina diaria. Ella vivía en un barrio elegante y caro de Buenos Aires, en una mansión lujosa. Yo vivía en un barrio de clase media, en un apartamento sencillo. Ella disponía de un par de automóviles. Yo me movía en transporte público. Me di cuenta que no teníamos nada que ver el uno con el otro. Ella le restaba importancia a la cuestión, pero para mí era un desequilibrio imposible de solventar. Decidí dejarla. Sufrí. Sufrí mucho. Tanto que estuve cerca de dos meses sin salir con mis amigos ni frecuentar los sitios a donde iba habitualmente. Incluso perdí peso. No tenía apetito, ni ganas de juerga.

Estaba todo el día pensando en Susana, en su piel suave, en su melena rubia, en su mirada. Recordaba su cuerpo desnudo sobre mi cuerpo desnudo y mis manos acariciando sus pechos, su boca besando mi boca y mi sudor mezclado con su sudor. Después de dos meses, supuse que lo mejor sería salir y conocer otras chicas que me hicieran olvidar a Susana. Volví a un pub donde tenía una barra de amigos. Apenas me vieron se juntaron a mi alrededor a preguntarme que me había pasado que estaba desaparecido… Les di excusas. Inventé mentiras hasta que el dueño del local, un hombre mayor, dijo ante todos cual era el misterio de mi desaparición.

– “Yo se lo que le pasó a este. Decime una cosa ¿quien es la rubiecita preciosa que viene todas las noches a buscarte? Decime la verdad porque si no me la levanto yo… ¡está buenísima la rubiecita!” ¡Susana iba a buscarme todas las noches!

Mis amigos se dieron cuenta cual era la rubia de la que hablaba Aníbal, el dueño del Pub. Todos me tomaban el pelo y me preguntaban que había hecho para tener una chica así detrás de mí… yo solo sonreía. En esas estábamos cuando la volví a ver. Fue como una aparición. Entró. En cuanto me vio, se quedó de pie en el medio del marco de la puerta de entrada. Mis amigos hicieron silencio y una brisa desde el exterior, levantó el cabello de Susana como si esa misma brisa la hubiera traído de nuevo a mi lado… Caminé unos pasos, la tomé de las manos y le di un beso en los labios.

“¿Que te pasó?” me preguntó. Le dije la verdad… la amaba… ¡La amaba más que a mi mismo! Pero era imposible nuestro amor. “¿Por qué? Volvió a preguntarme… “¿No lo entendés? Pertenecemos a clases sociales distintas… vos y yo no tenemos nada que ver”. Me agarró de la mano y nos sentamos. Me preguntó si alguna vez mientras hacíamos el amor había notado la diferencia de clases. Le dije que no. Pero eso no quería decir nada… lo nuestro no tenía futuro. Me destrozó con una reflexión. Me dijo: “No tendrá futuro…pero tiene presente. Entonces ¿Por qué no lo vivimos y nos disfrutamos el uno al otro? Podríamos ser pareja… buenos amigos con derecho a algo más. Me enloquece tener sexo contigo. Lo pod

ría tener con cualquier otro…hombres no me faltan… pero yo te quiero a vos ¿Me entiendes? Sin compromiso. Luego el tiempo dirá”.

Me estaba proponiendo tener sexo… solo sexo. Luego el tiempo diría lo que nos tocaba vivir. ¿Quién podría decir que no a semejante propuesta de semejante diosa? Mi respuesta no podía ser una negativa. Nos fundimos en un beso delante de todo el mundo. Esa misma noche nos fuimos a un hotel. Apenas entramos en la habitación nos apuramos a desvestirnos. Ella se puso de rodillas delante de mí y con desesperación y lujuria comenzó a comerme la polla, como si dependiera su existencia de ello. Me enloquecía. La tomé de los hombros y la recosté sobre la cama. Mientras no dejaba de comérmela. Me acerqué como pude a su depilado y suave coño. Empecé a comerle los labios… pasándole la lengua suavemente, rodeando y salivando su clítoris. Enseguida tuvo un orgasmo. Dejó lo que hacía y se sentó sobre mi polla con desesperación… Me decía cosas soeces. Que era un cabrón…que era un imbécil…que cómo iba a dejarla… que ella quería ser mi puta particular… sus comentarios me distraían y me excitaban a la vez. Se me ocurrió una idea.

Me incorporé y mirándola a los ojos, le dije: “¿quieres ser mi puta?” “¡Si!…pero no parés… seguí cogiéndome…” “Date la vuelta que quiero que ese culo sea mío” “¡No el culo no! Me va a doler” “¿Cómo lo sabes? ¿Alguna vez lo intentaste? Si lo deseas y lo hacemos con cuidado te gustará” “no… no… no… Mejor no… Dicen que las mujeres que lo prueban y les gusta… ¡se convierten en unas viciosas empedernidas!” “¿que más te da? ¡Vos ya sos una viciosa empedernida!” “¡que malo! Bueno, inténtalo…pero tené cuidado. Hacémelo despacio. No quiero dolor… quiero solo placer”. Nos dimos un beso y casi si soltarla, le di la vuelta dejándola en cuatro patas sobre la cama. Me puse detrás de ella. Le dije que se masturbara mientras le hacía el culo. En realidad nunca lo había hecho hasta entonces. No sabía muy bien como hacerlo. Suponía que debía tener mi polla bien lubricada… o su culo.

A falta de vaselina, me acerqué a su hoyito y empecé a chupárselo, pasándole la lengua muy suavemente a la vez que le tocaba los labios de su coño. Susana, mientras se masturbaba, se corría con gritos desesperados, que no sabía muy bien si eran frutos de mis caricias o de las suyas. Con mi lengua, saqué un poco de sus jugos vaginales y los transporté hasta la entrada de su culo. Luego hice lo mismo con mi polla y con mis dedos. Metí un dedo en su coño. Lo saqué mojado de sus flujos y lo metí en el culo… mientras metía mi polla en su coño… Luego con otro dedo y así seguí hasta que entraron dos dedos con facilidad. A esta altura del evento estaba tan dilatada de las corridas que llevaba que entraba y salía con mucha facilidad. En su culo entraban mis dedos sin dificultad… primero uno… luego dos… al final tres dedos.

Suficientes como para dilatar el culo al grueso de mi polla. Al final, acerqué mi polla en la entrada de su esfínter y ella dio un pequeño respingo. No dejaba de tocarse el clítoris y de gritar como una poseída. Yo estaba a punto. Empujé un poco… y tuve una ocurrencia. La agarré de los pelos tirando con fuerza de ellos hacía mí, cayendo hacia atrás, sentándome. Susana se incorporó y en cuanto lo hizo por la propia fuerza de la gravedad se dejó caer sobre mí, enterrándose toda mi polla de un solo envión… La tenía toda enterrada en su culo. Me moví un poco en círculos, dentro de la dificultad, pegándole con mis huevos en la entrada de su coño. Susana resoplaba como si le faltara el aire.

Se movió en círculos contrarios a los míos mientras gritaba como si estuviera por morir. Era increíble. Finalmente me vine dentro de ella, cayendo exhaustos los dos uno encima del otro… Susana seguía corriéndose a medida que bajaba mi erección. Finalmente saqué mi polla sintiendo los latidos de su corazón en su culito. Se dio la vuelta y llorando me dijo que jamás había sentido algo semejante… que iba a ser difícil olvidar un polvo como ese… que nunca ningún hombre la había llenado tanto. Eso me volvió a calentar y lo seguimos haciendo toda la madrugada. Salimos del hotel a las 10 de la mañana… no recuerdo cuantas veces más lo hicimos. Lo que si m

e acuerdo es que esa noche todos sus agujeros fueron míos.

Todos supieron cual era el sabor de mi semen. Al día siguiente la llamé y me dijo que quería verme. Tenía algo que contarme. Lo que sucedió entonces me llevó a entender un poco mejor a las mujeres… a comprender que a pesar de lo bellas que son, de lo delicadas y de lo elegantes que pueden ser… en el corazón de una mujer siempre se encuentra inserto el vicio y la perversión que las convierte a todas en simples rameras. Solo falta la ocasión y el hombre adecuado para que cualquier mujer se convierta en una puta arrastrada.

Por eso. A las mujeres que lean mi relato les aconsejo que no juzguen a ninguna otra mujer. Todas sois iguales… solo depende de que estéis en el sitio adecuado, con la persona que os motive, en el momento oportuno para tener la experiencia de sentiros y de actuar como unas rameras… solo es cuestión de suerte.

Autor: TROLOMEN

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Escrito por Marqueze

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