Cena de Empresa de Navidad

Un año más había llegado la semana en la que se haría la cena de Navidad de la empresa. Todos los empleados estaban invitados, y este año, por cortesía del jefe, corrían rumores de que iba a ser una de las mejores. Pese a la crisis económica, el propietario de la empresa no se podía quejar ya que no sólo habían tenido beneficios, sino que habían ampliado la plantilla.

Sara, de 29 años, se estaba tomando un café con las otras compañeras de trabajo. Cuchicheaban sobre qué sorpresas podría tener guardadas su jefe, Don Gregorio.

El día de la cena de empresa de Navidad Sara se vistió acorde a las circunstancias. Lucía un vestido corto, negro, acabado en palabra de honor, junto con medias y tacones. Dada su delgada figura, la prenda le quedaba como un guante. Puesto que no tenía mucho pecho se puso un sujetador con relleno el cual le realzaba un pequeño escote. Su culo era una obra de arte gracias a la estrechez de la tela y el tanga que escondía en su interior.

Llegó algo tarde al restaurante, aunque tuvo la suerte de que aún quedaban sitios vacíos en alguna mesa y no tendría que sentarse en la siempre aburrida mesa de los jefes. En su mesa no había más chicas, y para sorpresa suya resultó ser bastante aburrida. Los chicos hablaban sólo de trabajo, y de no haber sido por su compañero Sergio, de más o menos su misma edad, se habría aburrido como una ostra.

Justo al lado suyo estaba la mesa de los jefes. Se arrepintió de sus pensamientos y perjuicios anteriores, ya que parecía que era la mesa más animada. Todo el rato se oían risotadas provenientes de Don Gregorio y sus allegados.

Antes de que trajeran los postres, hubo mucha gente que salió a fumar, o simplemente se cambió de sitio para hablar con la gente con la que tenía más confianza.

Sara le comentó a Sergio el contraste de una mesa a otra, y lo alegres que estaban los jefes.

–          ¿A qué sí? ¡Vente, vamos a sentarnos con ellos, ya verás qué bien! – dijo Sergio animados.

–          ¡Qué dices! ¿No parecemos pelotas? – preguntó Sara con el ceño fruncido.

–          ¡Qué va! La gente está muy equivocada con ellos. ¡Son unos cachondos!

A regañadientes, Sara se levantó y siguió a su compañero hasta la mesa.

–          Bueno, bueno. Qué tenemos aquí. ¿No habrás venido a pedir un aumento de sueldo aprovechando que nos hemos tomado una copa de más, verdad? – dijo muy serio Don Gregorio.

–          Ehhh, yo…. – balbuceó Sara.

–          ¡Es broma! Ja, ja, ja. – Dijo el obeso jefe riendo con fuerza.- ¡Sentaros, que no mordemos!

La compañía era tan grata, que ambos treintañeros se quedaron en aquella mesa a tomar los postres. Para sorpresa de Sara, se lo estaba pasando mejor con aquellos carcamales que con sus compañeros coetáneos o más jóvenes que ella. Aquellos hombres no paraban de contar chistes y hacer bromas.

–          Doctor, doctor – contó Sergio – Últimamente me siento más gordo y feo, ¿qué tengo…? – tras unos segundos de pausa. – ¡Mucha razón!

Todos se rieron, pero pronto los chistes cambiaron de color y se volvieron más verdes.

–          ¿Por qué a las mujeres les viene la menstruación? – preguntó Antonio, un jefe de departamento – ¡Porque la ignorancia se paga con sangre!

El grupo estalló en carcajadas y Antonio pasó un brazo por los hombros de Sara para disculparse ya que sólo era un chiste, y no nada personal.

–          Un marido le dice a su esposa: ¿hacemos un 68? ¿Y eso qué es lo que es?, le dice ella. – Andrés empezó a reírse antes de acabar, y entre risas dijo – Tú me la chupas y yo te debo una.

Más y más risas inundaron la mesa. Sara se reía como uno más y finalmente contó un chiste por petición popular.

–          Esto era una calle oscura en la que se acerca un hombre a una esquina donde hay una mujer despampanante apoyada y le dice: “Buenas noches. ¿Aceptaría usted mi compañía”. A lo que la puta le dice: “claro mi vida, son 60 € un completo”. – Sara miró a todos sonriente y pegando un grito dijo – ¡Joder qué chollo! De acuerdo señorita. ¡Compañíaaaaaaaaaaaa, ar! ¡En fila de tres! ¡Adelante, arrrrrrrrrr!

Sorprendidos, todos los hombres se rieron hasta soltar lágrimas.

Terminada la cena, el jefe anunció que para los que quisieran ir, invitaría a una ronda en un pub famoso de la zona. Por el mero hecho de que lo hubiera dicho el jefe, muchos se excusaron e hicieron planes a parte para salir con sus grupitos de amigos dentro de la empresa. Para decepción del dueño, sólo el grupito de su mesa y pocos más fueron al pub.

Tras la primera copa, casi todo el mundo se fue dando las más variopintas excusas. Don Gregorio se quedó solo con una copa en la mano y la compañía de Antonio, Andrés, Sergio y Sara.

El grupito siguió con el buen humor de la cena, pero quizás gracias al alcohol, con un contenido cada vez más picante.

–          ¿Por qué no nos haces un bailecito? – increpó Andrés a Sara.

–          ¡O un strip tease! – dijo Gregorio ante las sonrisas de asentimiento del resto.

–          ¿Aquí? ¡Qué va! ¡Eso en privado! – contestó Sara con sonrisa coqueta.

Sergio se acercó al sonriente Gregorio, y tapándose la boca con la mano le dijo algo oído. El jefe le respondió sin dejar de sonreír y levantando las cejas, a lo que Sergio le volvió a cuchichear algo hasta que el aludido respondió con una risotada.

–          ¡Eh! ¿Qué tramáis? – dijo Sara con un falso enfado.

–          Nada, nada – le respondió Sergio.

–          Venga, ahora dilo. Ahora no estamos entre jefes y empleados, sino entre amigos.

–          Le decía a Gregorio, que dudo mucho que te atrevieras a hacer un strip tease. No lo he dicho en voz alto porque no quería ofenderte.

Sara se quedó quieta sin responder unos segundos, y con un arrebato de honor patrocinado por las copas que se había bebido le respondió:

–          ¡Claro que sí! ¡Pero aquí no!

–          Pues vamos al piso piloto que nuestra empresa tiene aquí al lado, y nos lo demuestras.

Sara hizo un amago de coger un bolso pensando que allí terminaría el cachondeo. Para sorpresa suya, sus compañeros de trabajo se estaban todos levantando y cogiendo los abrigos. Con la respiración entrecortada, les imitó y siguió hacia la calle, donde se despidió de Antonio, que se iba a casa.

Los cuatro llegaron al citado piso piloto. El apartamento estaba totalmente amueblado, aunque para disgusto de los componentes masculinos del grupo, en el frigorífico sólo había una botella de agua que usaba el comercial como refrigerio cuando enseñaba el piso.

Pusieron la calefacción y tras quitarse los abrigos, los tres hombres se acomodaron en el sofá.

–          ¡Vaya! ¡Qué caballerosos! No me habéis dejado sitio…

–          Claro, para que puedas bailar – dijo Sergio mientras que buscaba una canción en el APP de Youtube de su móvil. – ¿Qué te parece ésta?

Desde su móvil, a todo volumen, sonaba una canción de striptease por el que todo el mundo aplaudió.

Los chicos le vitoreaban para que bailara. Ella no sabía muy bien qué hacer. Pensó en coger el bolso e irse de allí, pero las inhibiciones del alcohol empezaron a dar ritmo a sus caderas. Se colocó a la izquierda del sofá, pegada a unas largas cortinas blancas y comenzó a contonear su cuerpo, lentamente, al ritmo de la música.

No se atrevía a mirar a sus compañeros de trabajo, quienes seguro no le quitarían ojo de encima. ¿Cómo podría volver al trabajo el lunes siguiente? Daba igual. De perdidos al río, se dijo.

Cogió los bordes de las cortinas, y las incluyó en su baile empleándolas como si fueran un chal.

Los chicos aplaudían, y ella se animaba cada vez más. Se subió un poco la parte de abajo del vestido, sin llegar a dejar ver su ropa interior, ante los gritos de júbilo de sus compañeros.

Animada, se escondió tras las cortinas, y rotó dándoles la espalda. Sonriendo a sabiendas de lo que iba a provocar, fue subiendo de nuevo la parte baja de su vestido hasta enseñar a su audiencia su pequeño y prieto culo enmarcado en un pequeño tanga.

Los hombres gritaron como si hubiera marcado su equipo de fútbol y pidieron más y más. Sara contoneó su culito al ritmo de la música a sabiendas que el ambiente se estaba caldeando por momentos.

Se acarició las piernas y las nalgas y se giró para ver la reacción de sus compañeros de trabajo. Éstos estaban muy animados y no paraban de hablar entre ellos y relamerse al verla.

–          ¿Queréis más?

Todos gritaron un “sí” al unísono.

Sara bailó de lado y se fue bajando lentamente la parte de arriba de su vestido. Una vez con el sujetador a la vista de todos, se giró hacia ellos y se llevó un dedo a la boca provocativa.

–          ¡Otra cosa te daba yo para que te llevaras a la boca! – gritó Andrés.

Contoneándose como una profesional, se terminó de quitar el vestido, quedándose en ropa interior frente aquellos cuatro hombres.

Bailó sensualmente mientras los chicos le pedían que se quitara más prendas.

Totalmente desenfrenada y algo excitada, se quitó el sujetador y se lo pasó por la entrepierna antes de lanzarlo al sofá. Sus pequeños y níveos pechos apuntaban al cielo con los pezones duros como el granito.

Se quitó el tanga, y todos  aplaudieron al ver su sexo depilado. Justo en ese momento, se acabó la canción, y se quedó quieta sin saber qué hacer.

 

Todos la aplaudieron y Gregorio, el jefe intervino.

–          Muy bien Sara. Nos has puesto muy cachondos a todos. ¿No hay nada más que sepas hacer?

–          ¿Vestirme? – contestó provocando risas.

–          Je, je. No me refiero a eso. Ya te hemos visto todos desnuda, y guardaremos el secreto. Puestos a guardar secretos… ¿No te animas a hacer algo más para alegrarnos?

–          ¡Don Gregorio! ¡Qué está casado! ¿Es que no hay límites?

–          ¿Por qué no lo compruebas, pequeña?

Sara se acercó al orondo jefe de su empresa y se arrodilló frente a él en el sofá. Deslizó sus manos desde las rodillas hasta su entrepierna, donde se detuvo.

–          ¿Sigo, o no te atreves?

Don Gregorio asintió sonriente, y Sara le acarició el paquete por encima del pantalón. ´

–          Qué piel tan suave tienes – le dijo el hombre mientras le acariciaba la espalda.

Ella sonrió, y le bajó los pantalones. Su calzoncillo escondía un bulto, que presta, Sara empezó a acariciar.  Le dio mordisquitos y lo acarició, ante la excitada mirada de su jefe.

Gregorio le acariciaba el pelo con ternura, mientras Sara seguía a lo suyo. La chica notó la mano de Andrés en su culo.

–          ¡Vaya culo tiene! – dijo Andrés.

Sergio, le palpó la nalga a la que llegaba y se unió a los comentarios de aprobación de su compañero. Los dedos de Andrés se aventuraron más allá de las nalgas, rozando la entrepierna de la joven con cada caricia. Ella se movía revoltosa entre aquel mar de manos sin dejar de excitar a su jefe.

Lentamente, Sara peló el envoltorio del platanito de su jefe y sacó su pene a la luz. Era pequeño y estaba lleno de pelo. Lo lamió de arriba abajo y agarrándolo con dos dedos, empezó a succionarlo como si fuera un chupete. Don Gregorio cerró los ojos de gusto mientras su empleada le chupaba la polla.

Andrés y Sergio se dedicaban en conciencia en masturbar a su compañera. Con el coñito rosado y depilado delante de su cara, Sergio hundió su cabeza entre las nalgas de la joven y empezó a chupar como un cachorro hambriento. Andrés le pidió turno y le imitó. Sergio se volvió a sentar al lado de Gregorio y alargando las manos empezó a tocar las tetas de Sara. No eran muy grandes, pero eran naturales, bien proporcionadas mirando al cielo y duritas. Le apretaba las tetita que danzaban al ritmo de la mamada que le hacía al jefe.

Sin soltar el pene de su jefe, Sara agarró el de Sergio y plantó sus labios sobre su potente pene. Éste era mucho más grande y rico que el anterior. Lo mamó también como pudo, dado su tamaño, mientras que Andrés, tumbado en el suelo, se masturbaba a la par que le comía el coño.

La chica llegó a meterse las dos pollas en la boca y chuparlas como si tocara algún tipo de extraño instrumento musical.

Gregorio se levantó del sofá e invitó a Sara que se sentara en su sitio. Una vez se colocó en posición, el jefe se arrodilló frente a ella y le comió el coño. Ella gemía fuertemente de placer, y él paraba de vez en cuando para masturbarla con dos dedos.  Los otros dos chicos se coordinaron colocándose a los lados de la chica y acercando sus pollas para que ella se las chupara.

–          Soy el más veterano, así que seré el primero – dijo Don Gregorio.

El hombre se agachó y colocó la punta de su pene sobre la entrada a la vagina de Sara. Empujó, y su pequeña polla entró fácilmente en aquella húmeda caverna. Don Gregorio la aplastó con su barriga e inmenso cuerpo y empezó a moverse como un muñeco con las pilas recién cargadas. Sara estaba sorprendida del vigor de aquel hombre. Le abrazó el cuello mientras él, como un oso, la follaba en la postura del misionero dándole besos en el cuello. Con cuatro embestidas finales apoteósicas, el hombre se corrió dentro de Sara llenándola con más semen del que se podría haber imaginado que aquella pequeña manguera pudiera dejar fluir.

No tuvo tiempo para recobrarse porque Andrés la agarró y la colocó encima de él para que le cabalgara.  Aquel pene era de un tamaño normal, y Sara disfrutó mucho más pese a tener la vagina empapada de semen. Sara cabalgaba y al mismo ritmo que sus tetas saltaban, ella se la chupaba a Sergio.

Sergio, el chico más joven, le pidió que le cabalgara también a él. Ella se sentó dándole la espalda y empezó a cabalgar aquel pollón sin parar de gemir. Sus gritos cesaron cuando Andrés le metió la polla en la boca. Sergio le manoseaba rozando la bestialidad los pechos y se la metía con fiereza. Cambiaron, turnándose, varias veces de postura ante la atenta mirada del jefe: de lado, misionero, con las piernas levantadas y a cuatro patas. En esta última postura Sergio le estaba dando muy duro y ella estaba con todo su peso apoyado en el sofá gritando como una poseída.

–          Ufff, no aguanto más, voy a correrme. – dijo Sergio.

El chico ayudó a que Sara se arrodillara, y tanto el como Andrés empezaron a masturbarse frente a ella, quien daba chupaditas periódicamente. En una de estas chupadas, agarró el pene de Sergio y empezó mamarlo como una desesperada. Sergio estalló en su boca al tiempo que Andrés disparaba un chorro hacia la cara de la chica. El resultado fue que de la boca de Sara caían borbotones de semen y saliva mientras que su cara y su pelo estaban siendo trazados por las líneas blanquecinas de la corrida de Andrés.

Los tres descansaron en el sofá hasta que Sara se levantó para ir a limpiarse al baño. Cuando salió, los otros entraron por turnos en el baño y ella pudo volverse a vestir recogiendo las prendas dispersas por el comedor y recomponerse.

Sergio se ofreció llevarla de vuelta a casa. Al despedirse en el portal de la casa de Sara y su novio, ella le dio dos besos.

–          ¿Estás de broma después de lo que hemos hecho?

El chico le cogió la barbilla y le dio un beso metiéndole la lengua en la boca y jugueteando con ella dentro de la de Sara.

Sara entró en su casa, e hizo más ruido del que se dio cuenta, pues todavía estaba bajo los efectos del alcohol. Al llegar al cuarto, encendió la luz de su mesilla y vio como su novio se desperezaba y le preguntaba qué tal. Respondió que aburrido, como siempre.

A la mañana siguiente, Luis, el novio de Sara se despertó mucho antes que ella, quien dormía plácidamente. Al salir del cuarto se tropezó con algo tirado en la puerta. Lo recogió y pudo ver que se trataba del tanga de Sara. Estaba totalmente manchado de lo que habrían sido los flujos de ella. El chico sonrió pensando que quizás la noche no habría sido tan aburrida como ella decía. Justo al lado de donde había estado el tanga, encontró el vestido de ella. Lo recogió para llevarlo al cesto de la ropa sucia y algo le sorprendió. Por un lateral destacaban manchas como de salpicadura de una sustancia mucosa. Lo olfateó, y detectó el olor del semen.

Sara tenía que contarle cómo había ido aquella cena, supuestamente aburrida, de empresa…

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Escrito por jovenes_alegres

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