COMENZO COMO UN JUEGO

Comenzó como un juego, por pura travesura. Te agradó, de siempre, revolver cajones. Estabas sola en casa. Te aburrías. ¿Por qué no entretenerte registrando la habitación de tu hermano? Pensado y hecho. Primero, la mesita de noche.

Pañuelos, calcetines, papeles, un reloj de pulsera con la correa rota, nada inusual. La cómoda. Sin novedad en los dos primeros cajones. El tercero, al fondo y a la izquierda, ofrecía algo interesante. Revistas de tetas y culos, camufladas bajo unas camisas. Vaya con el hermano. Dieciocho años bien aprovechados. Tomaste la primera y la ojeaste. Las consabidas rubias de pechos inmensos. Al desplegar el póster central, cayó una foto al suelo. Te inclinaste a recogerla. Le echaste una ojeada distraída mientras intentabas colocarla donde estaba antes. Te quedaste de piedra.

Eras tú. Tumbada en la cama. Cara arriba. Casi desnuda. Solo unas braguitas azul celeste. Nada más. Diecisiete esplendorosos años con unas minúsculas braguitas azul celeste. Tragaste saliva. No era para menos. ¿Cuándo te hizo esa foto tu hermano Pascual? Estabas dormida. Tenías los ojos cerrados. Los ojos cerrados y los muslos abiertos. Pechos blancos, pezones color fresa oscuro, aspecto de total abandono. Erótica. Casi pornográfica.

La jovencita de ojos verdes y labios carnosos que atiende por Edurne Gutiérrez Apalategui, último curso de bachillerato, uno setenta de estatura, cincuenta y ocho kilos de peso, alma de las funciones de teatro, base del equipo de baloncesto del colegio, dormía desnuda como un gusanito en el fondo del tercer cajón de la cómoda del dormitorio de su hermano Pascual. Para morirse.

Examinaste la fotografía con cuidado. Sí. Eso era. Fue después de aquella fiesta en casa de Arantxa en que asaltasteis el mueble-bar de su viejo. Llevabas esas braguitas, seguro. Te pasaste con la bebida y, al volver a casa, hacías eses. Tus padres no estaban en casa. Casi nunca están. Salen noche sí noche también. Acostumbráis a estar solos tu hermano y tú y cenar fiambre o encargar unas pizzas. Él te acompañó a tu habitación y no recuerdas más. Entonces te hizo la foto. Seguro.

Sigues rebuscando. Otra revista. Otra más. Todavía más fotos de la nena. Toda una colección. Las nueve sinfonías de Edurne con braguitas azules. Ponga el azul celeste en su vida. Mastúrbese a la salud de los pechos de su hermana mayor. Pascual, dale al manubrio que la vida es corta.

Lo matarías. Suerte tiene tu hermano de no estar en casa, porque lo matarías. ¡Abrasé visto el guarro! Te ha robado las fotos para menearse la verga mientras las mira. Mientras te mira. A ti. Mientras se llena los ojos de tu vientre. De tus muslos morenos abiertos. De tus pezones oscuros.

Te vas calmando aunque te sigue fastidiando la forma en que hizo lo que hizo. No debió aprovecharse de tu inconsciencia. Eso no tiene perdón. Pero te da morbo imaginar a Pascual excitado, con la respiración entrecortada, acariciándose el sexo mientras se deshoja contemplando un cartoncillo con tu imagen robada.

Hasta se te va la mano a la entrepierna pensando en esa fraternal masturbación. Está mal. Muy mal. ¿Será que todo lo malo atrae? Porque te atrae pensar en su verga palpitante, dura y caliente. Tú se la pones así, Edurne. El tercer cajón de la cómoda te dio la clave. Te reveló el secreto.

Un momento. Lo que ha hecho Pascual es imperdonable. Merece un escarmiento. Vuelves en ti. No te molesta que te vean desnuda. Más de una vez te has cambiado de ropa junto a la ventana imaginando que alguien te miraba desde las casas del otro lado de la calle. Lo intolerable es el modo en que ha actuado tu hermano. Con nocturnidad y alevosía. Con premeditación.

Cavilas en como darle su merecido. Se merece un buen susto. Un efectivo electroshock. Ya está. Simularás. Por algo eres la mejor actriz del colegio. Repetirás, paso por paso, lo del día de la fiesta. Luego, cuando Pascual ande más descuidado haciéndote fotos, fingirás que recobras el conocimiento y lo pillarás co

n las manos en la masa. Le armarás el escándalo y cada mochuelo a su olivo.

Has de apresurarte. Pascual está por llegar. Rebuscas hasta dar con una botella de brandy. La abres. Haces buches. Te derramas algo de licor por la blusa. Aprovechas para desabrocharte tres botones. Antes has tenido cuidado de eliminar pruebas e indicios de tu incursión en los cajones de la cómoda. Te miras en el espejo. Mejor cambiarte la falda. Una mini. Las minis causan estragos cuando una está sentada y abre las piernas como al descuido. Un último repaso. Perfecta. Estás de cine. Solo resta esperar.

Cinco minutos. Diez. Él te encuentra en el sofá. Derrengada. Desmadejada. Como dormida.

– Nena…-el muy borde te llama nena. ¿Por qué no angelito? Haces como que medio despiertas.

– No me encuentro bien.

– ¿Has estado de fiesta? Apestas a coñac.

– Estoy mareada. Acompáñame al cuarto.

Trastabillas. Medio caes. Pascual te agarra por la cintura. Te ayuda. Lástima que no tengas más público. Te hubieran nominado a varios Oscar. Entráis en tu habitación. El enciende la luz. Te sientas en la cama. Empiezas a desabrochar botones y bajar cremalleras con gestos torpes. Tu hermano no te quita ojo.

– ¿Te ayudo? – sonríe.

– Desabróchame el sujetador y vete- hablas como si tuvieras que pegarte a brazo partido con cada palabra.

Le tiemblan los dedos mientras manipula el corchete.

– Buenas noches- le despachas.

No se va. Queda en la puerta. Haces como si no lo vieras. Sujetador fuera. Falda fuera. Braguitas fuera, que le vas a llenar la boca de caramelos antes de darle la patada. Estás desnuda como tu madre te echó al mundo, pero no igual. Ahora tienes carne y redondeces donde es bueno tenerlas. No apagas la luz.

Te dejas caer como un saco sobre el cobertor y cierras los ojos, aunque no del todo. Sigues mirando a tu hermano por el rabillo. Da un paso cauteloso hacia ti. Otro. Un tercero. Está de pie a tu lado. Te mira. Te contempla. Alarga la mano.

Notas su calor. No su tacto, sino su calor. Imaginas -y aciertas- que tu hermano no se atreve a tocarte. Su mano permanece a un milímetro escaso de tu piel. Su calor pasea por tu cintura. Se desliza por tu estómago. Modela en el aura del aire la forma y contorno de tus pechos. Salta electricidad de la yema de sus dedos a tu piel. Retienes la respiración. Comienzas a saborear el doloroso acicate de su proximidad. Comprendes, de golpe y porrazo, que el deseo, aparte de antesala de placer, es placer en sí mismo. La angustia y la impaciencia, de tanto serlo, pierden su identidad y se trasmutan en gusto. Entreabres los párpados. Su mano está muy próxima, tanto, que la entrevés desenfocada.

Casi te acaricia, con cercanía atormentadora y atormentada, el óvalo del rostro, la línea de las cejas, los labios llenos y jugosos. Esto es el erotismo: su mano bajando por sobre tu cuello, aproximándose a tus pezones que se agrandan y endurecen.

Sospechas que tu hermano va a comprender, por tu reacción, que no estás tan dormida como aparentas. Nada de eso. Pascual no está para razonamientos deductivos. Respira fuego. Le palpita la verga. Le golpea en el ombligo. Sus dedos descienden sobre el aire que nimba tu vientre. "Tu vientre es acervo de trigo rodeado de azucenas. Tus pechos, dos cervatillos mellizos de gacela". Si Pascual fuera sabio como el Rey Salomón reescribiría el Cantar de los Cantares. No es tan sabio. No reescribe. Solo te adora. Te desea. Intuyes el hambre poderosa de su mano. Es hierro dulce. Tú, el imán.

Te remueves. Un momento atrás, la mano de tu hermano pensó -porque las manos piensan- que, de atreverse, hubiera sido la primera que te tocara los pechos. Erró. Tú misma te los tocas a menudo. También tu prima Laura en aquella siesta que comenzó como un juego y culminó en gemidos. Y dos, no, tres chicos más. Pascual te hace más ingenua de lo que eres.

Das la vuelta y quedas boca abajo. Incluso retienes la respiración. Ahora no puedes verle. Juegas a adivinar donde está su mano y en qué momento cruzará la frontera del aire para descansar en tu piel. Justo entonces consumarás la venganza. Gritarás. Chillarás. Apartarás sus sucias zarpas de tu cuerpo.

Armarás el escándalo. Expulsarás a Pascual del paraíso y le harás descender a los infiernos. Estás preparada para tu momento de gloria. Pero no te toca todavía. Continúa, a un milímetro escaso de tu carne, modelando tu figura en el aire. Sigues no

tando su calor que viaja por sobre tus omóplatos, se desliza siguiendo el canalillo de tu espalda, remolonea cerca de los hoyuelos de tu riñonada, te dibuja la curva de las caderas, se hace uno con tus nalgas redondas y blancas, explora el nacimiento de tus muslos. Se tensa la cuerda del deseo. Te remueves de nuevo como al desgaire. Se te hace la luz, Edurne.

Confiésalo. Estás buscando a ciegas su mano. Sabes que está ahí y que, a poco que cambies de posición, entrarás en contacto con ella. Deseas que te toque. Cuando lo haga terminará la espera.

Estás acalorada. Se te desboca el corazón. El cobertor, a la altura del sexo, se empapa de tus jugos. Otra vez te remueves. Su mano te roza de refilón la cintura. Es solo un instante. Un relámpago de alta tensión. Un sueño quizá. La retira de inmediato. Escuchas como traga saliva.

Imaginas cosas. Calientes. Sofocantes. Excitantes. Aquella primera película porno que viste con tus amigas en casa de Arantxa. "¿Tan grande tienen su cosa los chicos?" se asombraba Iciar. "Debe hacer mucho daño" reflexionaste tú, con las mejillas ardiendo.

Ahora también te arden. La primera vez te dolió un poco. Luego no. ¡Que va! Luego te encantó. Te encanta. Te hace subir hasta las estrellas. Más alto incluso. ¿Cómo tendrá la verga Pascual? De niño se la viste a menudo, pero ahora es distinto. ¿Cómo la tendrá?

No aguantas más boca abajo. Das la vuelta. Miras a tu hermano por el rabillo del ojo. Al moverte, ha dado un salto atrás. Mucho miedo y poca vergüenza. No podéis estar así toda la noche. Pascual no parece cansarse de mirarte. Ni siquiera ha buscado la cámara digital. Se olvidó de las fotos. Has caído en tu propia trampa. ¿Cómo armarle el escándalo si no te toca siquiera? Tampoco puedes pasarte la vida desnuda sobre el cobertor. Hay que hacer algo y pronto. Pero ¿qué?

Y de pronto lo ves. Cada cosa ocupa su lugar. El mundo recobra sus exactas proporciones. Abres los ojos de par en par. Te sientas en la cama y le dices a tu hermano con una voz ronca que no reconoces como tuya:

– ¿No vas a decidirte a follarme de una vez, mamón?

Autor: trazada30

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Escrito por Marqueze

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