Con esta mujer no perdí la oportunidad

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Acerqué mi boca a su coño y empecé con mi lengua. Cuanto más lo chupaba más húmedo estaba. Ella se estremecía y gemía continuamente. Introduje con fuerza mi dedo en su vagina, todo ello sin dejar de chupar y chupar su clítoris, cada vez más duro y más mojado. Finalmente, se corrió en mi boca. Fue la primera vez que me bebía literalmente un orgasmo, y fue un magnífico elixir.

Soy pintor decorador, tengo 34 años; soy alto y me considero bien dotado tanto en lo físico como en lo que respecta a mi miembro viril. Voy a trabajar allí donde me llaman. Lógicamente me encantan las mujeres, como creo que a todos los hombres. Ésta es la primera vez que escribo un hecho cierto que me ha pasado; leo relatos y me he animado a dar a conocer el mío. Yo  creo en la veracidad de todos los relatos por que yo soy incapaz de mentir.

Vivo y trabajo en Madrid. Ésta es la segunda vez que una señora me llama para hacerle algún trabajo. En esta ocasión, es para pintarle la alcoba y una habitación. La primera vez le arreglé el pasillo del piso y mi tiempo de trabajo transcurrió como en otras muchas casas a las que ya había ido: que si le veo los pechos, que si le veo unas hermosas piernas, que si me parece que me desea, que me toca con sus manos… pero en fin…siempre he pensado que son imaginaciones mías y yo me debo a mi trabajo como profesional y además estoy casado.

Esta señora tiene una buena vivienda, su marido trabaja en el banco y tiene dos bebas que son mellizas. En el primer trabajo que le hice, se comportó de forma… no sé cómo decirlo, melosa y excesivamente cariñosa conmigo. Yo le quité importancia y no sucedió nada más; quedó contenta y otra vez volvió a requerir de mis servicios profesionales.

Llamo a la puerta, la saludo y acto seguido me abraza y me besa, restregándose mucho en mí.  Es la primera vez que  me ocurre con una cliente, pero bueno…Noté enseguida cómo mi entrepierna creció de tamaño y seguí adelante, me informó de su proyecto y del color ya habíamos hablado por teléfono.

Entre los dos retiramos los muebles. Ella tenía un escote demasiado abierto, en cualquier inclinación de su cuerpo podía ver algo más de la mitad de sus delicados y preciosos pechos. Notaba su roce constante, me cogía el brazo, me miraba fijamente, su voz cada vez me parecía más femenina. Y excitada.

Una vez pintada la alcoba matrimonial hicimos lo mismo con la otra habitación, entre los dos la dejamos sin muebles. Pero ocurrió algo que me puso tremendamente nervioso; al inclinarse ella para tirar del somier de la camita, vi cómo le colgaban las tetas tan lindas, no llevaba sujetador. Ella se dio cuenta y permaneció inclinada unos segundos. Me dijo:

-¿Te gustan?

Más que gustarme, me estaban volviendo loco. Me olvidé un poco de mi profesionalidad y le dije que eran muy bonitas. A ella debió gustarle que por fin yo mostrase algún signo de debilidad, le gustó mi decisión de piropearla. Tanto es así que debió de perder cualquier atisbo la vergüenza o pudor que aún conservase hasta aquel momento y, riendo, me dijo: -Mama de mis pezones que seguro que aún queda algo de leche.

Lamí, chupé y succioné sus pezones, y saboreé el alimento dulce, como si yo fuese un niño pequeño. Nuevamente, mi polla volvía a cobrar vida. Mientras saboreaba tan rico manjar, ella no paraba de reírse. Tanto que me sentí nervioso, y avergonzado me fui a continuar pintando las paredes. Tenía la sensación de que se estaba burlando de mí.

Tenía que preguntarle algo y fui de la habitación pequeña a la grande. Y allí estaba ella, de rodillas, fregando el suelo.  Difícilmente podría olvidar nunca aquella escena maravillosa. Bajo el borde de su corta pero ancha falda, asomaban dos fantásticas y largas piernas, algo rellenas y blancas pero perfectas. No llevaba tanga; su culo, balanceándose de atrás para adelante en los movimientos necesarios para fregar el suelo, era una gigantesca provocación. Por debajo asomaba el chocho, dos labios sabrosos y unidos por donde asomaba una lengüita rosada y húmeda.

Ante tal circunstancia, hubiese hecho lo de siempre: cerrar los ojos y marcharme a continuar con mi trabajo. Pero mi polla estaba ya muy dura, necesitaba darle un consuelo, y mi boca se hacía agua pensando en el placer de saborear aquella rosada almejita. Me acerqué a ella, con la polla dura, me agaché en el suelo. Con una mano la cogí fuertemente de la cintura, invitándola a que continuara en aquella magnífica postura. Y con la otra mano, empecé a acariciar su coño. Ella dio un respingo, quizás por la sorpresa, pero permaneció allí, a cuatro patas.

Con mis dedos, toqué su raja, de arriba abajo. Luego froté su carnoso clítoris, la misma suavidad con la que le acariciaba yo sus mamas. Introdujo mi polla en su boca y me la estuvo chupando con pasión y una gran maestría. La introducía toda entera, la sacaba y se la volvía a meter. Cuando parecía que yo iba a estallar, se la sacaba y chupaba mi capullo como si de un rico helado se tratase. Me gustaba ver mi polla entrando y saliendo de aquella boca, notar su lengua trabajarla como si de una profesional se tratase.

No pude más y me corrí, llené toda su boca. El semen se le escapaba por las comisuras de los labios y ella, con una mirada muy pícara, se lo relamía. Seguí corriéndome por toda su cara, y se le restregué la polla por toda la cara, como si se tratase de una brocha dibujando en él círculos concéntricos, primero suavemente, luego presionando más sobre él. Enseguida estuvo completamente mojada. Pero aún necesitábamos más. Dado que en aquella situación no disponíamos de ninguna cama, me senté en una silla. Ella se sentó encima de mí y sentí cómo mi polla entraba toda entera en su chocho.

Ella se movía como una diosa. La giré y la dejé tumbada en el suelo boca arriba. Entonces acerqué mi boca a su coño y empecé a hacer lo mismo con mi lengua. Cuanto más lo chupaba, más húmedo estaba. Ella se estremecía y gemía continuamente. Introduje con fuerza mi dedo en su vagina, todo ello sin dejar de chupar y chupar su clítoris, cada vez más duro y más mojado. Finalmente, se corrió en mi boca. Fue la primera vez que me bebía literalmente un orgasmo, y fue un magnífico elixir.

Cuando acabé, ella se levantó y se quitó la blusa. Sus tetas, ayyyyyy, sus tetas eran como dos campanas, tiernas, blancas, con una fina y suave piel. Las cogí delicadamente, cada una con una mano. Me puse de pie y ella, aún el suelo. Ella ya no reía; me dio un beso eterno, fantástico, que parecía robarme el aire, y empezó a desabrochar con maestría la bragueta de mi pantalón.

Cogió mi pene entre sus manos y empezó a menearlo, primero con del erotismo, provocando en mí espasmos cada vez mayores. Estaba a punto de correrme nuevamente, cuando me levanté e hice que ella se levantara también. La puse de espaldas a mí, y con mi mano incliné su nuca y su espalda que era la primera vez que la follaban por el culito, y por su calentura al hacerlo noté que lo había disfrutado.

Antes de marcharme, me repitió dos veces que los hombres perdemos muchas oportunidades. Yo, desde luego, aquella había sabido aprovecharla.

Quedé con ella un jueves y también hicimos el apasionado amor. Esto fue en el verano. No hemos vuelto a juntarnos.

Autor: Ramón

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Escrito por Marqueze

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