CON LA SOBRINA, POR VENGANZA

¡Comparte!

La venganza esta inmersa en la condición humana. Desde los orígenes del mundo se han sucedido incontables hechos de mayor o menor entidad, de todo tipo que podamos imaginar, nadie está exento de albergar alguna vez ese sentimiento malsano.

Al momento de los hechos que hacen a este relato, tenía un socio, un amigo de esos que se meten en el afecto, tanto que nuestras familias se habían hecho muy amigas, a punto tal que las hijas de Roberto me prodigaban el tratamiento de un tío. Mi socio y quien relata, teníamos la misma edad y una amistad que devenía desde la escuela secundaria, rondábamos los cuarenta y cinco, él tenía dos hijas, Rosario de flamantes dieciocho y Nené de veintiuno, casada; la primera habitual colaboradora en el negocio por las tardes, a la salida del la escuela, la otra en forma esporádica.

Roberto, un mal nacido y desleal como nunca me había imaginado, lo descubrí por una confidencia de un empleado y un proveedor, que me estaba robando de lo lindo, desde por lo menos un año atrás. Comprobados los dichos, lo encaré, reconoció el hecho, se declaró insolvente y adujo que lo venía haciendo para sobrellevar deudas por su afición compulsiva al juego, para reparar el daño económico inferido y poder seguir asistiendo su economía hogareña, rogó que le permitiera seguir trabajando. Como el negocio marchaba, decidí echar un manto de tierra y continuar de ahí en más, tomando yo el control mientras le asignaba tareas que no implicara el manejo de dinero.

Pero cuando una persona padece tal compulsión, no hay promesa que lo haga desviar de su adicción. Evaluando el daño causado y los beneficios que nos daba el negocio, sumado la imposibilidad de romper el vínculo societario, estuve pensando una forma de tomarme venganza y poder joderlo.

A poco de pensar se me presentó un objetivo: Seducir a Rosario, la menor y más apetecible de ambas.

Rosario es una preciosa criatura llena de gracia y con todos los encantos propios de su gloriosa juventud, si bien es cierto que me gustaba muchísimo me había juramentado no poner mis ojos en ella en aras del respeto hacia mi socio y amigo, ahora la realidad echa por tierra y hace aflorar lo peor de uno. De ahí en más apunté toda mi astucia y poder de seducción para seducir a la menor de ellas. Al cabo de un mes de iniciada la estrategia de conquista salí a visitar proveedores, como quien no quiere la cosa, ella fue quien me acompañó.

Era de tarde, recién llegada del colegio, estaba más bonita que de costumbre, una minifalda, muy mini.

Esa tarde calurosa por demás, hicimos un alto, para tomar una coca cola, riendo de las bromas que nos hacíamos. La charla se alejó de lo habitual, por primera vez, entrando en diálogo más adulto. Ella fue la que me hizo notar que la estaba tratando como a una mujer, se sentía gratificada por el trato más directo y adulto, no paraba de reafirmar lo bien que la hacía sentir, que la forma de trato difería totalmente de su grupo de amigos, hasta llegó a poner un gesto mezcla de adulto y picardía: – sabés Jorge, que hablando contigo me siento más mujer ahora.

Acicateado por sus últimas palabras, fui directo al tema, pregunté por sus gustos y preferencias respecto de los hombres. Lo directo de la cuestión la descolocó un poco, queriendo aparentar mayor experiencia dijo que sabía lo que hay que saber de la relación con un hombre, hacía todo lo posible para aparentar que no era una novata en el amor.

Vueltos al hábitat que nos proporcionaba el auto, y para “moverle el piso”, a modo de intentar sacarle el caparazón de mujer mundana, la miré directo a sus hermosos ojos y dije que me resultaba muy atractiva, y en ese momento deseaba más que nada en el mundo besarla. Desconcertada, dudo y perdió. Haciéndome cargo de aún estaba un poco descolocada,

tomé su cara en mis manos y besé esos tiernos labios. No la solté, le permití sobrevivir al contacto, sin retirarme, abriéndoselos para introducirle la lengua, hurgar ansioso en su joven humedad.

La sorpresa se trastocó en furibundo beso de lengua: el que me propinó la nena. Yo era el absorto, ahora, una mujer, con todo lo que hay que tener emergía de los ropajes escolares.

La calentura que nos superaba, yo sorprendido, ella como esperando que escribiera el nuevo capítulo en su inexperto diario de erotismo. Ese diario se abría para dejar impresas mis mejores dotes literarias, tan solo era cuestión de preparar la pluma de tal forma que no pudiera olvidarse de la firma, pero aún no había llegado el momento y la ocasión para dejar fluir todo el caudal de acalorados deseos de poseerla ahí mismo, en ese mismo momento. De aquí en más, otra historia comenzó a escribirse, como si ese primer encuentro hubiera modificado mis objetivos, el calor de ese cuerpo había atravesado como una saeta mi corazón haciendo brotar un sentimiento por ella que trataba de contener al amparo del deseo sexual más primario.

Cuando pasaba por detrás de ella no perdía ocasión de estirar la mano y acariciarle la cola, si venía por la oficina del fondo, subía la mano entre las piernas hasta llegarle justo, dejándola cada vez más caliente. La diablita no perdía oportunidad de ponerme la cola, apoyándola contra mi sexo, dejándome “al palo” con una carga erótica insoportable, el juego de seducción llegaba a niveles increíbles, el juego del gato y el ratón nos estaba poniendo al límite. Yo seguía madurando la espera, el dulce momento del ataque, como el gavilán que está al acecho de la indefensa paloma.

Después de dos semanas, consideré que era hora de cerrar el lazo. Una tarde la arrinconé en la despensa, la besé y metí mano por todo el cuerpo, y en la rajita tan húmeda. Caliente, se hubiera dejado ahí mismo. Pasé por ella la tarde siguiente, a recogerla en la salida del colegio, venía a llenar una de las fantasías más comunes de los hombres maduros, verla con el uniforme de colegiala.

Se presentó tal como la había imaginado en mi calentura más atroz, camisa blanca, los dos botones superiores abiertos ofrecía el balcón para mirar el panorama de las blancas y turgentes carnes, la faldita escocesa se subió bien arriba de la rodilla, displicente y casi imperceptible gesto hecho adrede. Sentó en silencio, haciendo que miraba al frente, pero sin perder uno solo de mis gestos y esperando el zarpazo grosero de la calentura apenas sofrenada.

Se quedó con las ganas, solo un beso y llevar su mano sobre mi muslo, para no darle tiempo a reaccionar me dirigí raudo al hotel más cercano. Había estudiado y preparado todos los movimientos, esta vez sería a todo o nada, sin darle tiempo a nada entramos a un hotel. Tan pronto cerré la puerta de la habitación hubo un instante en que el mundo parecía detenerse, como cuando el depredador acecha a su presa, los dos quietos, esperando el movimiento del otro. Se quedó expectante, avancé hacia ella desprendí los botones faltantes de la camisa, con leve movimiento de hombros se liberó de ella, ahora era turno del soutién, liberé los hermosos pechos, perfección y equilibrio de formas, rematados en pezones rosados, erizados por el roce.

Ella facilita la tarea, aflojándose el cinturón, la falda se desliza por sus piernas cayendo sobre la camisa, mis manos recorren el vientre plano, bajo por las caderas llevando en su trayecto la tanga como trofeo. Ante mis incrédulos ojos exhibe la oculta mata de vellos enrulado que me transportaba al más alto grado de erotismo que podía soportar mi pobre humanidad. Con las manos en la ingle, los pulgares extienden la piel para que entreabra los labios vaginales perlados de incipiente humedad, el nácar rosado del interior asoma como cebo para la presa masculina.

Excitada, el rubor asoma en sus mejillas, respira a bocanadas, agitación manifiesta, haciendo subir y bajar en cada movimiento a los apetitosos senos. Ojos brillantes de deseo fijados en el bulto de la verga, a punto de explotar espera bajo la tela de bóxer entrar en acción cuanto antes.

En la cama nos besamos con intensidad y tórrida excitación, mi boca se llenaba con sus senos. Lamí los pezones,

arrancando profundos gemidos plenos de calentura, saltando de uno al otro, sin descanso. En simultáneo una mano se ocupaba de buscar el camino de la “chocha”. Con la palma froto, muy suave, sobre la mata de vello, luego desbrozando la suave espesura hasta encontrar la cueva que rezuma su deseo al frotarle los labios con mis dedos.

Me instalo en la vulva, inundada de jugos, la abertura se sentía estrecha, vibrante al contacto digital. Al intentar el avance al interior dela vagina, me detuvo la mano, con susto.

– ¡Pará, pará!, ¡soy virgen! – ¿Cómo? – ¡Soy virgen!

Dejé en suspenso el avance. Me explicó, avergonzada, culposa, con lloriqueo auténtico. Que mintió, nunca tuvo una relación sexual, nunca llegó más allá de los toqueteos y alguna que otra paja al primo. Como le gusté mintió, fingió, actuó y me dejó hacer, para no espantarme, volvió a lloriquear, para afirmar que todo lo que le hacía la estaba volviendo loca y la hacía calentar como nunca había sentido antes.

Ordené como pude las ideas, serené la calentura a niveles controlables. La tranquilicé, asegurándole que no pasaría más allá de que ella permitiera, que no tenía nada que temer. La besé toda, por todo el cuerpito agitado, me posé sobre sus labios trémulos, metí la lengua en su boca para disfrutar del efecto que producía en ella.

Se dejaba llevar por los nuevos senderos del placer, tenía todo por descubrir, todo por experimentar, me dejó ser su lazarillo que la conduzca por los senderos del amor carnal. Cuando concentré mis mejores dotes de lamedor en los ávidos pechos juveniles, comenzó una interminable cadena de gemidos, dificultaba la respiración y el corazón parecía que quisiera salírsele del pecho, cuando mi mano derecha completó el ciclo erógeno, haciendo las delicias de su conchita ansiosa, devino en un intenso orgasmo, tanto que después de un par de estertores quedó laxa, indefensa, expuesta y entregada a lo que viniera después, sin más voluntad, dejarse incondicional a mis deseos.

Pero aún no había llegado el momento era necesario despertar ese deseo de hombre inédito, que sintiera tal deseo que fuera ella la que reclamara ser poseída.

Aprovechando el desconcierto y el atolondramiento del imprevisto orgasmo, fui directo al centro neurálgico de la joven amante, su preciosa cueva que seguía rezumando los jugos del deseo. Despejé de vellos la entrada y me uní a la de ella, fue un beso intenso y profundo, luego desplazando mi lengua de abajo arriba, recorriendo cada pliegue, cada rinconcito de esa abertura, haciéndole vivir en cada movimiento una sensación nueva y placentera. Su memoria registraba y acumulaba nuevas y gratas sensaciones, cuando veía que estaba llegando a la cima del placer, disminuía y aún detenía mis jugueteos para prolongar el momento supremo.

Ahora era el momento del asedio final, acosarla hasta hacerla sufrir de placer, el clítoris prisionero de mis labios y lamido hasta torturarlo de placer. Con los dedos dentro de la conchita producía la sensación de ser penetrada, un nuevo orgasmo se adueñó de su voluntad y la llevó al cielo sin escalas, un par de contracciones intensas y sonidos guturales daban cuenta de su entrada al paraíso, luego fueron decreciendo hasta dejarla quieta. Se quedó quietecita, los ojos fuertemente cerrados, la boca deformada por el placer dejando escapar un hilo de baba por la comisura derecha, las piernas fuertemente apretadas, como si quisiera retener los latidos vaginales que la llenaban de feliz agotamiento.

Tardó en volver a estar dispuesta, era el primero sin su mano, el primero a manos de un hombre. Reanudé el acoso a su sexo con la lengua en el clítoris. Sin desatender la concha, le hice agarrarme la verga, pajearla suave y hasta darle algún beso, de chuparla ni hablar. Costó tiempo y saliva convencerla, para poder acomodarle la pija en los labios de la vulva.

Estaba tan mojada, que se metió sola entre los labios, una almohada debajo de la cola favorecía la penetración. Afirmé todo mi cuerpo para empujarla, con cuidado, al primer intento se resistió escapando hacía arriba en la cama. La sujeté con fuerza y calentura, acomodé para entrar un poco en ella, al segundo intento, entró toda la cabeza, no sin gemidos de dolor.

Un poco de distracción y de un soberano pijazo entré en su virginidad, deshecha, quejidos de dolor saludaron al intruso de la vagina. La pija abría los estrechos caminos del sexo, la conchita era una constrictor por la fuerza ejercida sobre ella, dificultaba la cogida, pero ¡qué deliciosa!, esta cualidad siguió durante todas las veces que cogimos, suerte que le dicen.

Se la entraba con todo, su expresión era de gusto y dolor, convulsionada por las entradas en toda la profundidad de su sexo. Estaba próximo a la eyaculación, con la verga incrustada en ella, pregunté dónde quería que le dejara mi leche. -¡En la concha!, ¡dentro de la concha! -dijo que hacía tres días que terminó de menstruar, como es muy regular en sus ciclos por otros siete u ocho al menos no hay problemas.

Terminar adentro, otro motivo más para ponerme feliz. La apuré con la movida, tocando el clítoris, tanto, que llegó al orgasmo antes que yo. Durante el delirante orgasmo de ella, se agregó el mío. Con un fuerte y caliente chorro de semen llené la vagina virgen.

Quedamos abrazados, enchufado en ella, no quería salirme de ella, quería quedarme por toda la vida.

Nos repusimos, estaba dichosa, pero dolorida, con la concha latiendo aún a consecuencias de la brutal cogida soportada. Solo un poquito de sangre salió, lo notó cuando estábamos regresando, en el auto, un pañuelo en la concha fue suficiente para no mancharse, recién ahora fluía la sangre que yo provoqué. Cuando bajó, unas cuadras antes de la casa, caminaba despacio, dolorida, recuerdo de su primer hombre, mi ego de macho henchido de orgullo era un motivo más para hacerme gozar.

A los dos días repetimos, resultó menos doloroso, y más placentero para los dos. La relación fue creciendo, relaciones sexuales con regularidad, nos habíamos convertido en amantes ocultos. Le enseñé cuanto pude, de chuparla ni hablar por el momento, hasta un beso nada más.

En nuestro primer año de amantes, como siempre en un hotel, pero ese día estaba indispuesta. La joven amante sabía como afrontar esa contingencia, no fuera que me quedara con ganas de sexo y le llevara la calentura a mi esposa. Me hizo desnudar mientras fue al baño, al salir se presentó con un gran moño de seda color rosa en la cola.

Dándose vuelta, dijo:

– Desatá el moño, es para vos.

Estaba indispuesta, me ofrecía la cola, que siempre defendió con todo, tenía miedo a sentirse destrozada por el grosor de la verga pero sabía de mi consideración y cuidado, por eso la ofrenda de aniversario. Al desatar el moño, solo una brevísima tanga. De bruces en la cama, sobre una almohada eleva hacia mí su culito tantas veces pedido, como negado.

Había pensado en todo, trajo un pote de crema para que la encremara. Aparté la fina tira de encaje, coloqué crema en el ano, friccioné con ella toda la superficie del esfínter y un poco en la cabeza de la verga. Apoyo en el aro humectado, presiono con mucho cuidado, fuerza el músculo anal, otro poco y apenas entra, vuelta a presionar en él, cede otro poco entrando la cabeza. Sostengo firme la presión para evitar que se salga, tomo de los hombros y pido que aspire fuertemente, por la boca. En el momento adecuado, la penetro con todo, entré y detuve el movimiento. Acostumbrada a la presencia de la verga, pero dolida, me disculpo por no haber sido todo lo delicado que merece, no puedo aguantar sin moverme con velocidad en su culito.

Da vía libre para que lo disfrute, que haga lo que tenga ganas, “es tu regalo, usalo cuanto quieras, te aguanto”

La hice mía con todas las ganas, con toda la furia, entrando toda la leche en el canal virgen. Rosario no acabó, pero gozó con mi goce. En el segundo polvo que le eché, la ayudé con la mano en la conchita, llegando también ella al clímax.

En las veces siguientes le enseñé a chuparla. Obligué a chuparla, se la puse en la boca, entró en la cavidad bucal. Para lograr que abriera la boca, verga contra los labios, tapé la nariz, para no ahogarse abrió los labios y se la mandé adentro, empujé, se la dejé adentro hasta acostumbrarse.

Pronto mamó, a la tercera mamada, completa, con tragada de leche y todo. Los próximos polvos se culminaban dentro de la argoll

a, si la fecha permitía, sino en la boca. Decía que “no debía tirarse tan rica lechita, y por sobre todo, es tuya”.

Esta relación de amantes duró por más de nueve años, de entrega total. Hoy no estamos juntos, nos separamos.

Me sorbe el seso, pasaron diez años, mi corazón sangra de amor por ella la recuerda cada día, no hay rencor solo agradecimiento.

Todo esto se inició como victimario, y terminé siendo víctima. Esta relación se puede definir con una frase de una canción que siempre repetía “…pobre tonto, fui paloma, por querer ser gavilán”

El relato precedente en absolutamente real, me gustaría conocer la opinión de alguna mujer que haya transitado por hechos parecidos y poder intercambiar opinión al respecto, para lo cual las espero en mi dirección de correo que figura al pie, desde ya agradezco haberme leído, si lo han disfrutado mejor aún.

Autor: Arthur arthurk1986 (arroba) yahoo.com.ar

¡Valoralo! ¿Qué te ha parecido?

1 voto
Votaciones Votación negativa

Escrito por Marqueze

¿Te gustan nuestros relatos? No olvides compartir y seguir disfrutando :P

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.