Con mi Tío, Navidad sobre Ruedas

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La cena de Navidad  tenía todos los alicientes para ser una más. Las mismas situaciones incómodas en familia, compromisos y conversaciones triviales.

Siguiendo las rotaciones de casa anuales, aquel año le tocó a Sara y Luis hacerlo en su casa.

Tras el maratón de preparación, pronto la casa estuvo llena de padres, tíos, primos y niños pequeños. Sin más emociones que las típicas de una cena de Navidad, al final del ágape llegó el turno de los licores  y otros cócteles.

Arturo, tío de Sara, hizo una foto a la feliz pareja. Se sentó en su sitio y se la enseñó a su hermano Raúl, que pudo ver lo guapos que estaban Luis y Sara. Ésta, realzaba su delgada figura de treintañera, con un contraste entre su piel clara, melena oscura y vestido negro, corto y escotado dentro de lo posible. Ambos la encontraron bella, más allá de los lazos familiares, y disfrutaron viendo la imagen que encajaba perfectamente en la pantalla de la cámara al casi igualar en altura Sara a su novio debido a los zapatos de tacón.

El fotógrafo aficionado apuró su vaso de whiskey y le sirvió uno a Luis. Raúl esgrimió una sonrisa resignada a sabiendas de que ni siquiera le ofrecerían una copa debido a su medicación. Y es que cuando Raúl se fue al baño, no se levantó de la silla. No es que arrastrara parte del comedor al retrete, sino que estaba impedido en una silla de ruedas.

 

Desde el cuarto de reflexión, Raúl escuchó una mezcla de despedidas de algunos familiares que se despedían junto con las risotadas de Arturo y Luis. Sonrió para sí y se alegró, pese a todo, de tener una familia así.

 

La madrugada había avanzado cuando Arturo, visiblemente tocado, se despidió y se alejó en el taxi al que había llamado.

Sara no padecía de la pesadez del alcohol, al contrario que su novio, sino que estaba iluminada por una verborrea que había atrapado a Raúl en un ambiente cómodo en el que se sentía muy a gusto.

–          ¿Te quedarás a dormir, verdad tío? Tenemos la habitación del ordenador con una cama para invitados.

–          Como queráis Sara. No quiero molestar.

–          ¡Para nada! No te irás a ir a estas horas. Bueno, no has bebido, pero igual algún loco sí que lo ha hecho y a nosotros no nos importa que te quedes. ¿Verdad, Luis?

–          Claro, lo que él quiera. – Dijo con cierta pesadez en la lengua.

–          Espero no cortaros el rollo…

–          ¿El rollo? – dijo Sara divertida – Ja, ja, ja. Si fuera por él habría rollo todos los días. A ver cariño, ¿con los whiskeys que te has tomado tú crees que estás para algo? – dijo Sara sin tapujos por la confianza que siempre había tenido con Raúl.

–          Eh… a mí ya sabes que me da igual quién nos oiga ja, ja, ja.

–          ¡Qué animal! Tú ni caso Raúl. Te quedas.

–          Gracias chicos.

–          Tío, te voy a hacer un mojito sin alcohol que te mueres. A una de mis amigas le gusta más que con alcohol.

–          Gracias Sara.

La joven se fue a la cocina, e inconscientemente, los dos hombres se quedaron mirando cómo se alejaba moviendo de lado a lado su pequeño culito.

–          Bueno Raúl, con tu permiso – dijo apurando el vaso de whiskey – me iré al sofá.

El hombre se quedó solo en la mesa del comedor, mirando el móvil.

 

–          ¡Chachán! Aquí están los mojitos. Me he hecho otro para mí con alcohol.

–          ¡Gracias! – dijo Raúl.

–          ¿Y Luis? ¿Ya estás en el sofá?

–          Sí, ahora voy, déjame descansar un poco.

 

Sara se sentó a la derecha de Raúl y apuró un sorbo de su mojito con sus carnosos labios.

–          Mírale, seguro que en nada está sobando.

–          Bueno, estáis en vuestra casa, es normal que os pongáis cómodos.

–          Ya, pero un día es un día. Tampoco iba a cenar hoy con toda la familia en pijama – respondió riéndose.

–          No, con lo guapas que vas, mejor que no.

–          Gracias tío. Y tú qué ¿alguna novia? – dijo mirando su móvil  posado sobre el mantel.

–          Pues no. En la asociación en la que estoy hay bastante folleteos entre unos y otros, pero creo que soy bastante exigente.

Un ronquido desde el sofá les hizo girarse.

–          Me parece a mí que tanto tú como yo, hoy nos vamos a quedar a dos velas.

–          Je, je, je. Yo en mi caso ya lo daba por hecho.

Sara le dedicó una mirada condescendiente cargada de comprensión, y en cierta medida pena. Ese tipo de mirada a la que Raúl estaba acostumbrado y de las que había aprendido a pasar.

–          Me parece a mí que tenías más ganas tú que Luis de hacer algo hoy, ¿eh?

–          ¿Tanto se me nota tío? – El tirante izquierdo de su vestido se cayó, y ella lo recolocó despacito, inconscientemente. – Igual es cosa del alcohol. Mira, apenas has empezado tu mojito y yo ya me he acabado el mío.

La chica se levantó en uno de sus rápidos movimientos felinos y se dirigió al sofá. Tapó a su chico con una manta y volvió.

 

Tío y sobrina alargaron una hora más su conversación.

–          Cuando quieras irte a dormir, avísame.

–          Yo creo que me retiraré ya, lo que necesitaré un poco de tu ayuda para subir a la cama.

–          Lo intentaré.

 

Se dirigieron al cuarto de invitados y Sara se inclinó hacia su tío para ayudarle.

–          Entonces ¿qué hago? ¿tiro de ti? – Raúl se fijó en el escote que formaba su top y el canalillo que formaban sus pequeñas tetas.

–          No creo que puedas conmigo.

–          ¡¿Qué no?!

Sara le agarró de las manos y tiró sin éxito. Trastabilló con los tacones y Raúl la agarró para evitar que cayera. La chica fue a parar contra su tío entre risas.

–          Creo que te voy a hacer un favor – dijo agarrándola por su fina cinturita.

–          ¿El qué?

–          Sobrinita, estás más cachonda que un conejo. Ven aquí.

–          Qué… yo…

Raúl tiró hacia sí, y ella, con cara de sorpresa, se subió a sus piernas. La parte baja del vestido se subió, dejando a la vista casi el 100% de sus largas, blancas y suaves piernas.

Él amerizó sus manos sobre aquellas piernas y fue subiendo lentamente.

Sara, confusa por la mezcla de emociones e instintos, se dejó hacer con cara de sorpresa. Sus tirantes volaron, y sin saber en qué momento había ocurrido, de repente se sintió libre de la presa de su sujetador.

–          Tío, yo….

–          Calla déjate llevar, que lo estás deseando.

Su sujetador negro de encaje voló y Sara se encontró con sus erguidos, y pequeños pechos de azucena apuntando hacia su tío. Excitada, hizo lo único que sentía hacer. Colocó sus manos en la nuca de Raúl, y apretando levemente, pronto tuvo la cabeza de su tío entre sus tetitas.

El hombre disfrutaba entre aquellos pechos de adolescente. Apretándolos por los laterales le lamió el canalillo y mordisqueó sus pequeños pezones rosados.

Con la mente totalmente despejada, pudo notar como su sobrina movía de forma apenas perceptible su cadera. Estaba excitada y se estaba restregando contra él.

–          Las pierna son las siento, pero esto sí – dijo lanzando un impulso nervioso a su pene para que ella notara palpitar su erección.

Ella, silenciosa, sonrió y le besó en los labios aumentando sus balanceos de cadera.

Con total control de la situación, Raúl enganchó sus manos en las nalgas de su sobrina y apretó. El culo era terso, duro y suave, tanto al roce de la piel como de las braguitas.

 

Sin necesidad de mediar palabra, entre los dos consiguieron bajar lo justo el pantalón y los calzoncillos del hombre. Su pene parecía un poste esperando a que le izaran la bandera. Sin decir nada, Sara se inclinó, lo agarró y se lo metió directamente en la boca. El prepucio entraba lentamente dentro de su boca al son de sus cabeceos.

Raúl le recogió el pelo para no perderse detalle, y con la excusa de tenérselo agarrado empujó hacia abajo la cabeza de la chica. Sacó la polla al aire libre con un sonido de succión, y tras masturbarle un poco, volvió a mamársela con devoción.

–          Ven aquí.

El hombre la giró, y la hizo sentarse de espaldas a él, apoyada en sus disfuncionales piernas.

Su mano voló pasando a ras sobre sus piernas hasta llegar al vértice en el que se juntaban. Sara gimió instintivamente cuando su tío empezó a acariciarle las braguitas.

–          Se nota que estás muy cachonda….

Ella le contestó gimiendo mientras él la masturbaba por encima de su prenda íntima. Raúl tenía los dedos empapados por la humedad que había transmitido su sobrina.

–          ¿Tomas la píldora?

–          S… sí – logró a responder sofocada.

–          Pues métete mi polla, que lo estás deseando.

Ella logró a sonreír mientras que, apartando su braguita a un lado, se introducía la punta de aquel duro pene en su interior.

–          Tendrás que moverte tú…

No hizo falta que se lo dijeran dos veces. Sara empezó a cabalgarle de espaldas entre los sonidos de sus gemidos y sus tacones golpeando el suelo.

–          Ohhh sí, Sara, qué coñito tienes…

La chica se paró, se levantó, y tras darse la vuelta se encaró a su tío.

Le besó, y sin que ambos se dieran cuenta de cómo ocurrió, al momento él ya estaba en su interior. Saltaba sobre tu tío mientras este le chupaba las tetitas como si no hubiera cenado nada en toda la noche.

Cuando Raúl notó que su amante estaba próxima al orgasmo, le dijo cruelmente que se bajara un momento.

–          Ponte a cuatro patas en la cama.

–          Pero… no vas a llegar…

–          Tú hazme caso.

Ella obedeció. Raúl se acercó como pudo, y terminó de quitarle las sucias braguitas.

–          ¿Pasa algo? – dijo ella al esperar un rato sin que pasara nada.

–          No… ahora verás.

Sara pegó un gemidito y contrajo inconscientemente el culo al notar algo extraño.

–          ¿Qué es eso?

–          Tranquila, lo he limpiado con saliva y papel – dijo enseñando uno de los tacones de ella en la mano.

–          ¿Estás loco?

–          Cállate y acércate más al borde.

Ella, aún muy excitada obedeció. Sara notó como uno de sus tacones entraba frío en su interior. Era una sensación rara, pero estaba tan excitada que más que molestarle, le hizo desear más. Su tío se acercó como pudo, y le lamió el ano.

–          Eres un cerdo.

–          ¿Y tú qué eres, que lo estás disfrutando?

El hombre introdujo la punta de su lengua lo que pudo, y sorprendiendo a Sara, cambió su boca por el otro tacón.

–          ¡Cuidado!

–          Tranquila…

 

Precavido, sólo introdujo un poco del ensalivado tacón en el culo de la chica. Raúl inició un movimiento de pistones con los tacones. Pronto ella se relajó y gimió de tal forma que él se asustó por si su novio pudiera despertarse.

–          Ven preciosa, quiero que te corras sobre mi polla.

Ella se lanzó sobre la silla de ruedas y se montó sobre su tío. Se metió su polla rápidamente y le cabalgó en cuclillas apoyando los pies en la propia silla.

–          Mmmm, oh sí Sarita…. – gruñía Raúl mientras le apretaba el culo con fuerza hacia abajo.

Ella aceleró, y el hombre no lo pudo resistir. Al sentir el primer chorro de esperma en su interior, Sara aceleró y se corrió junto a su tío. Quedaron abrazados unos segundos hasta que ella se retiró.

 

Al regresar, tenía puesto un pijama de algodón de color rosa.

–          Bien, veo que estás arreglado. Voy a despertar a Luis para que te ayude a pasar a la cama. – Le dio un fugaz pico y desapareció por la puerta.

 

Medio dormido y remugando, Luis llegó al cuarto. Entre él y su novia ayudaron a Raúl a subir a la cama.

 

 

Era tarde en la mañana cuando Raúl se despertó al oír un ruido. Se debió de quedar dormido enseguida una vez en la cama. El rítmico sonido era incuestionable. Sonrió al pensar en lo insaciable que era su sobrinita.

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Escrito por jovenes_alegres

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