Con una travesti

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Fue muy gentil y poco a poco lo fue introduciendo, mi ano acostumbrado a los fríos vibradores explotaba de placer al sentir algo vivo y cálido. Arremetió poco a poco pero sin detenerse hasta que el movimiento era fluido, mi cuerpo gritaba de placer y de satisfacción de sentirme toda una mujer deseada y penetrada, hasta que no pudo más y llegamos al clímax del placer físico y emocional.

Todo sucedió aquella tarde de septiembre, aquel día yo estaba decidido a dar aquel emocionante paso en mi vida, aquel que debido a los prejuicios e inseguridades nunca me había atrevido a dar.

Preparé algunas cosas en mi maleta, algunas ropas sexys, aquella minifalda negra, dos pequeñas tangas y sus respectivos bras, medias, ligueros, en fin; todas aquellas cosas que me producen un gran placer tanto al verlas y tocarlas, como al ponérmelas y sentir e imaginar como me transformo en una mujer sexual y deseosa de placer.

La naturaleza me dotó con un cuerpo varonil, espalda ancha, brazos musculosos, pero en los momentos en que me visto, me olvido de eso y no pienso más que en sentirme bella y deseada.

Durante toda mi existencia he vivido y actuado como el hombre que soy, pero siempre he guardado esos momentos para sentirme toda una dama y aquella tarde estaba decidida a cumplirlo.

Llegué al motel que había escogido, me asignaron mi habitación y me comuniqué al teléfono de la [email protected] que había previamente seleccionado, durante la media hora en que prometió llegar me di un baño, me perfumé, me depilé y me vestí con algo de esa ropa que me hacia volverme loca; después de media hora sonó el timbre de la habitación, la recibí pagué por sus servicios y pasamos a la habitación.

Era bellísima, con una cinturita que se enmarcaba en un redondo y abultado trasero, sus pechos redondos, querían salirse de su escote, era una soberbia morena con unas piernas largas y torneadas.

Sin preámbulos me quité la ropa mostrándole mi tanga, mi liguero con mis medias y mi brasier de media copa, me miró sorprendida pero pícaramente y me dijo “cariño, esta noche serás mía” y sin más me tumbó a la cama boca abajo, y comenzó a acariciarme y besarme desde mis pies hasta mis nalgas

Poco a poco abrió mis piernas e hizo a un lado mi tanguita para besarme y acariciarme mi hoyito.

Fue algo indecible estar ahí indefensa a merced de aquella preciosa travesti que había comprendido que en ese día yo seria su nena.

Me hizo levantar mis nalgas para que al mismo tiempo que me besaba mi trasero agarraba mi miembro, que por esa noche solo era mi clítoris, o intercalaba e introducía sus dedos. Fueron momentos inolvidables hasta que no resistí y exploté derramando mi semen en la cama.

Tiernamente me pidió que me volteara y me dijo “ahora nena, es tu turno de que me devores” se quitó su blusa saltando al aire un par de hermosas tetas, se quitó su falda ajustada, mostrándome pícaramente su trasero y su tanguita rosada y se dio la vuelta para mostrarme su miembro, media 15 cm y era un tanto grueso y me lo ofreció a mi boca…

Yo nunca le había tocado el pene a nadie, pero era tanta mi calentura y mi deseo de sentirme mujer, que sin más lo introduje en mi boca, mientras mis manos acariciaban sus nalgas y sus tetas, confundiendo a la mente ya que al mismo tiempo estaba gozando a un hombre así como a una mujer.

Hice simplemente lo que a mi me gusta que me hagan y ahora en mi papel de dama no podía quedarme atrás, lo lamí, lo chupé, lo introduje todo en mi boca mientras mis manos jugaban con sus testículos y su ano, no solo parecía, era una experta, luego de unos minutos ella me dijo “cariño ha llegado el momento de hacerte mujer”

Me pidió que me apoyara en la cama boca abajo y que levantara mi trasero, mi tanga fue hecha a un lado de nuevo pero ahora no fue su lengua o sus dedos los que introdujo, sino su pene duro, erecto.

Fue muy gentil y poco a poco lo fue introduciendo, mi ano acostumbrado a los fríos vibradores explotaba de placer al sentir algo vivo y cálido. Arremetió poco a poco pero sin detenerse hasta que el movimiento era fluido, mi cuerpo gritaba de placer y de satisfacción de sentirme toda una mujer deseada y penetrada.

Yo acariciaba mi clítoris, hasta que no pudo más y llegamos al clímax del placer físico y emocional.

Se recostó junto a mí, me abrazó y yo solo atiné a hundirme en su escote y a sentirme protegida en aquel par de tetas hermosas.

Autor: Trasa Carbajal

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Escrito por Marqueze

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