Continúa el romance de Clara y Teresa

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Abrí mis piernas, ella se paró a los pies de la cama a observar mi humedad, luego se acostó a mi lado y me acarició suave y amorosamente hasta que me corrí en su mano. Toda su mano estaba en mi vagina, y se movía, giraba, entraba y salía. Sus ojos no se apartaban de los míos, su respiración se confundía con la mía. Era como si el tiempo nunca hubiera pasado, una comunión perfecta.

Luego de aquel fin de semana increíble, de un reencuentro que nunca pensé tuviera tanta pasión, me volví a casa. Los siguientes días, fueron interminables, la extrañaba mucho, si bien hablábamos todos los días y nos decíamos lo mucho que nos queríamos y nos hacíamos falta, yo no resistía la soledad. Lloraba en el teléfono como una niña.

Todo lo bueno del reencuentro, se tornó en una pesadilla de soledad y ansiedad sin control.  Una noche la llamé muy tarde, y hablamos hasta la madrugada. Ella no podía dejar su trabajo, y quería que yo me fuera a vivir con ella. Yo estaba confundida, pero la necesitaba mucho, finalmente decidí pedir unas vacaciones para poder pasar más tiempo juntas y ver como funcionaba todo.

Nosotras ya habíamos vivido juntas en nuestra primera etapa, y nunca tuvimos problemas de convivencia, pero ya no éramos las mismas y estábamos muy acostumbradas a las mañas de la soledad.

Yo tenía casi todo listo para viajar, cuando una mañana, tocaron timbre de mi casa y al abrir estaba allí parada mi Tere. La felicidad, me inundó, fue un momento sublime, aquel abrazo, aquel beso no los podré olvidar jamás. Pasamos unos días en mi casa antes de viajar a B.S., hicimos un par de reuniones para que se reencontrara con viejas amistades, visitamos a mi familia, nos escapamos una tarde a un hotelito que solíamos frecuentar en La Paloma. Después de esa semana de sueño, viajamos a su casa, pues tenía que volver al trabajo. Cuando llegamos noté algunos cambios, básicamente tenía un dormitorio nuevo.

Clara – Ay Tere que lindo, cambiaste los muebles. Teresa – Mi amor, no te olvides que estamos comenzando una nueva vida. Yo espero que te quedes conmigo para siempre, y que te sientas la dueña de casa. Clara – (sumamente emocionada) Te amo como nunca amé a nadie.

En ese momento me desnudé, y ella al mirarme hizo lo mismo. Luego, durante varios minutos, nos miramos hasta el último rollito, la última arruga. Las miradas eran caricias amorosas que mostraban entrega total y absoluta. Su cuerpo era para mi el más hermoso y deseable del mundo. Mi cuerpo era para Teresa el más adorado y ansiado.

Me acosté en nuestra cama, y abrí mis piernas totalmente, ella se paró a los pies de la cama a observar mi humedad, luego se acostó a mi lado y me acarició suave y amorosamente hasta que me corrí en su mano. Toda su mano estaba en mi vagina, y se movía, giraba, entraba y salía. Sus ojos no se apartaban de los míos, su respiración se confundía con la mía. Era como si el tiempo nunca hubiera pasado, una comunión perfecta. Ella tomó mi mano y la llevó a su sexo, para masturbarla duro, como a ella le gusta.  Primero utilicé mi mano, pero después deseaba comer su sexo y hundí mi cabeza entre sus piernas, hasta que sentí mi rostro bañado por su licor.

Corazones agitados, jadeos incesantes, besos, olor a sexo caliente, nuestra habitación era la gloria.

Después de un rato, nos sentamos enfrentadas y trenzamos las piernas para poder chocar nuestros sexos uno contra el otro. Muy abrazadas, con los pechos apretados, sudorosas y anhelantes, fue un momento maravilloso, un delirio. Era clarísimo que teníamos que seguir juntas y que no haberla seguido la primera vez que se fue del país fue un gran error. A partir de allí formamos una pareja sólida en todos los sentidos. Durante varias semanas vivimos una luna de miel, puede que alguien piense que es una ridiculez: dos veteranas, con mil batallas peleadas, viviendo un romance. No sé, puede ser, pero la verdad es que nos sentíamos de veinte, en todos los sentidos.

Salíamos a bailar, a caminar, nos reíamos sin razón aparente, y reavivamos la pasión. La pasión era por momentos incontrolable, una tarde cuando volvió de trabajar, yo estaba haciendo algunos ejercicios de yoga en el living. Se sentó muy en silencio a observarme y cuando terminé ya no estaba. Me levanté medio sorprendida a buscarla y la encontré en la ducha. La puerta del baño estaba abierta, como la mayoría de las veces, observé su figura mojada, fresca, deseable y no pude contenerme, me quité la ropa y entré a la ducha.

A partir del momento en que rocé su piel, ella giró hacia mí y nos besamos mucho, apretadas una contra la otra.

“Dame toda tu mano”, le pedí. Ella se agachó muy lento, acarició mis piernas, besó mi escaso vello púbico y su mano fue lentamente ubicándose, en mi sexo buscando mi vagina. De a poquito y con un leve y dulce dolor, su mano entera se movía en mi interior, generando en mi ser, oleadas de placer, calor, mucho calor, mi sexo ardía en deseos de ser suya. No quería que se saliera, yo la deseaba como nunca antes.

Finalmente salimos del baño, y yo seguía ardiendo en deseos de ser suya. Me tendí en la cama, abrí mis piernas, y solo tuve que mirarla, para que Teresa comprendiera. Bañó su mano con lubricante y nuevamente guardó su mano en mí. No quería que usara el arnés, quería sentir sus dedos, nudillos, su puño entero en mi interior. Creo que finalmente me desmayé de tanto gozar, cuando desperté era de madrugada y ella estaba dormida sobre mi pecho, su mano olía a mi sexo, estaba sobre mi vientre.

Me volví a dormir, absolutamente feliz, y satisfecha. En la mañana, se fue muy temprano, la llamé pero estaba ocupada y no tenía tiempo de almorzar. Hasta la tarde no nos vimos.

Cenamos temprano y nos llevamos el postre a la cama. Hacía semanas que dormíamos desnudas, y esa noche no fue la excepción. Siempre había querido comer sobre el cuerpo de una mujer, increíblemente nunca lo había hecho.

Coloqué crema batida y frutillas sobre todo su cuerpo, Teresa, no podía parar de reír, pero cambió las risas por suspiros y jadeos cuando comencé a comérmela completita. Uffff, que fiesta, su piel encremada, su sexo húmedo y las frutillas azucaradas. Se retorcía en la cama de placer y yo me sentía a tope. Lo más sabroso fue su coño caliente, ufff ¡que gloria!

Nuestra vida era fabulosa, nos entendíamos tan bien, en todos los sentidos. Cualquier cosa que hayamos pasado, para llegar al reencuentro, sin dudas valió la pena. Aún hoy, luego de años de convivencia, seguimos tan seguras y felices.

Autora: Amandaz

[email protected]

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Escrito por Marqueze

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Un comentario

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  1. Entiendo que es la continuación del otro relato, y me sigue gustando. Esas mujeres son unas hembras maravillosas. Hasta me da un poquito de envidia. Gracias por el relato.

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