Convivencia con mi tía Helena I

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Esta circunstancia de estarla espiando me hacía latir fuertemente el corazón, tanto por los nervios como por el deseo de contemplar al desnudo aquel cuerpo escultural. Pero también me provocó una especie de sentimiento de culpa, y me hizo sentir muy estúpido: “observar a mi tía, pariente de mi madre, ¡que mente pervertida!”, pensé para mis adentros. Me dio miedo por si me llegaba a descubrir.

De los que les voy a relatar aconteció cuando me fui a vivir a la capital, con el fin de estudiar en la universidad.

Por entonces yo tenía 18 años de edad. En diciembre concluí los estudios secundarios en mi ciudad natal, y a fines de enero (pleno verano) me fui a la capital para realizar el curso de ingreso a la facultad de medicina. Allí viviría por el transcurso de ocho años aproximadamente.

Sucedía que aún no tenía departamento donde vivir. Debía alquilar o comprar un departamento, pues al ser hijo único no tenía hermanos y ni tampoco primos ni amigos que estuvieran en la capital no tenía con quien compartir. Mis únicos parientes vivían todos en mi ciudad natal, a excepción de una tía segunda, prima hermana de mi madre, cuyo nombre es Helena. Es soltera, de 35 años.

La tía Helena se había radicado en la capital desde hacía diez años y desde entontes que no la veía. La causa de su cambio de ciudad era que ella siempre había modelado y viajaba por ello a distintas partes del país, pero luego le ofrecieron un buen contrato en una conocida agencia de modelos de la capital, por lo cual tuvo que trasladarse definitivamente a ella. Cuando llegué a la capital ella ya era una de los gerentes de dicha agencia.

Llegué a la terminal de la gran ciudad a las 19 horas, tomé un taxi y me dirigía a casa de mi tía. Ya mi madre había arreglado todo con ella con respecto a mi estadía en su casa. Mi tía se mostró con gran alegría por el hecho de que yo fuera, pues había lugar de sobra en su departamento. Asimismo me vendría muy bien para no estar solo en una ciudad tan grande; pero a ella también le haría bien para sentirse acompañada por uno de su familia que hacía tanto tiempo no veía.

A las 20 horas estaba tocando el portero de su edificio. Vivía en el piso 10 de una lujosa torre de 30 pisos, con cámaras de seguridad y personal de guardia, en uno de los barrios de mucha categoría de la ciudad. Todo demostraba que mi tía tenía una buena posición económica. Me atendió llamándome directamente por mi nombre:

-Mariano, subí por favor- me dijo muy vivazmente, a la vez que habría la puerta con el portero eléctrico.

Pasé y me dirigí directo al ascensor (eran de esos modernos, como los de las oficinas importantes). Todo era muy brilloso. Mientras subía estaba muy nervioso, pues soy una persona muy tímida, y pensaba que tal vez podía ser un estorbo para mi tía. También me preguntaba si me iría a llevar bien con ella, ya que hacía mucho que no la veía, y desconocía su forma de vida. En una palabra me preocupaba como iba a ser nuestra convivencia.

El ascensor se detuvo. Al abrirse la puerta pasé al palier, que tenía dos puertas de departamentos enfrentadas. Me acerqué al “B” y toqué el timbre. En eso se abre la puerta y apareció una mujer hermosa y sonriente. Una mujer de rostro joven, ojos claros, nariz recta, labios carnosos; con una piel suave de tez bronceada por el sol de verano; morocha, con el pelo ondulado por los hombros; alta (un metro ochenta aproximadamente); flaca, pero con unas curvas muy sensuales que dibujaban un cuerpo bien formado, mantenido seguramente por el deporte constante. Llevaba puesto un Jean azul apretado, el cual no dejaba a la imaginación las hermosas y largas piernas que envolvía, sutilmente torneadas por el ejercicio físico, que culminaban en unas nalgas ni grandes ni chicas, justas diría, redondas, paradas, todo producto de la naturaleza y no de las virtudes del calce del Jean, el cual, es cierto, acentuaba su hermosura.

Dado que hacía mucho calor, arriba tenía puesto una remera sin mangas, roja, que parecía muy chica para el cuerpo que pretendía cubrir, pues dejaba casi todo su vientre tostado y liso a la vista, como así también sus largos brazos, su cuello y parte de sus pechos, el comienzo de unos senos sugerentes, bien puestos, aparentemente duros, pues se notaba que no llevaba sostén y sin embargo caían muy levemente, pegados a la remera. Por último, sus pies eran delicados, al tono con semejante cuerpazo, cubiertos apenas por las tiras de un par de sandalia.

Toda esa mujer era mi tía Helena. Aclaro que la descripción que hice de ella, ahora ya ha pasado el tiempo, fue en base a esa primera impresión, pero después corroborada con los días sucesivos en que no perdí detalle de su cuerpo. La describo de entrada tal cual es para que se imagine el lector de entrada como era ella.

Al verme se alegró enormemente y me abrazó por el cuello. Yo le correspondí también, y la abracé por la cintura de avispa. Sentí su cuerpo tibio por el calor veraniego, fundamentalmente sus senos, comprobando su dureza natural. Luego me hizo pasar y me mostró su departamento: era muy moderno, todos los detalles cuidadosamente diseñados y pensados.

Constaba de un gran living con sofás y almohadones blancos, una cocina amplia, un baño espacioso con grandes azulejos color crema, con una bañera con mampara de vidrio transparente y todas las canillas de bronce, y dos habitaciones: una grande, la que ocupaba ella, con somier, y otra más pequeña, la mía, con una cama de plaza y media. Todo el departamento estaba muy bien iluminado y con las paredes revestidas de cuadros y adornos. Mi tía me dijo que estaba ansiosa de verme.

-¡Qué alegría sobrinito, qué felicidad que me da verte! Debés estar con mucha hambre después de tanto viaje. Así que vamos a comer que la cena ya debe estar lista.

Me hizo sentar a la mesa del living y ella se fue a la cocina a buscar la comida. Vino con una bandeja en la cual traía dos platos de espagueti con una salsa de crema, dos copas y una botella de vino tinto.

-Me imagino que ya a tu edad tomás vino- me indagó sonriente.

Yo asentí encantado. Mientras cenábamos charlamos de todo un poco. Me preguntó por todos los parientes, por mi familia, por la ciudad que ella había dejado hace años. Ella extrañaba todo eso, pero su vida estaba indefectiblemente aquí.

-Pero contame de vos. ¿Así que vas a estudiar kinesiología?- me preguntó. -Así es -respondí- tengo muchas ganas. Pero estoy muy nervioso, tanto por la carrera como por la ciudad. No vino ninguno de mis amigos y tengo miedo de sentirme un poco solo. -Pero no temas -me dijo mi tía, tomándome del brazo- que yo te voy a ayudar en todo lo que pueda. Te voy a presentar amigos y amigas mías que son muy divertidos, ya vas a ver. Pero también vas a vivir aquí, conmigo, y no te vas a sentir solo para nada. De paso vos también me hacés compañía, pues vivir sola ya me tenía un poco cansada.

Luego de una pausa, y cambiando de tema, me preguntó:

-Pero contame: ¿cuántas novias dejaste allá en tu ciudad?

Esa pregunta me hizo poner colorado, era como muy íntima, y sólo pude decir:

-A ninguna, tía. -¡Pero como puede ser eso, un chico tan lindo y apuesto como vos! La verdad que no lo puedo creer.

En lo que ella decía había un poco de verdad. No es por mandarme la parte, pero mucha gente me ha dicho que soy apuesto (alto (un metro ochenta y cinco, pelo castaño, rostro muy masculino, buen cuerpo atlético, músculos y abdomen marcados producto de mi deporte favorito: el Rugby), y me había enterado que algunas chicas de mi edad, compañeras del colegio y conocidas del boliche había preguntado por mí.

-Pero bueno -prosiguió mi tía- aquí ya vas a conocer a muchas. Las hay muy lindas. Ellas no se van a poder resistir a un hombre tan apuesto -dijo ella acentuando la palabra “hombre”.

Siguiendo la charla, ahora fui yo el que le pregunté a ella:

-¿Y vos tía, qué es de tu vida? -Te digo la verdad, así sola me siento muy bien. No te voy a mentir, he salido más que con otro tipo, pero hasta ahí, ninguno me convenció como para noviar o convivir. Además hace tiempo que nadie me invita a salir, nadie se me acerca, es como que no le gusto a nadie, o por lo menos esa es mi sensación.

Mi tía se había puesto seria, más bien triste. Entonces traté de consolarla.

-¡Pero tía, la verdad que no te puedo creer, con lo linda que sos y nadie te invita a salir!

Mi tía alzó su rostro, me miró con una mirada triste y me dijo:

-Gracias Mariano, la verdad que sos un divino. Pero no hagas cumplido, yo sé que lo hacés para consolarme y porque soy tu tía. Pero es que ya me siento vieja.

-¡No tía! -le dije con firmeza- te digo la verdad, no es ningún cumplida. Sos muy linda, muy atractiva. No puedo creer que una mujer así como vos me diga lo que me estás diciendo. Si hay algo que es verdad es que no sos ninguna vieja, es más, con tu cuerpo cualquiera te daría unos 25 años. Aparentás mucho menos, te lo aseguro.

A esto lo dije tan serio, tan firme, sin ningún tipo de vergüenza, tan sinceramente, que presentí que había convencido a mi tía de mis palabras. Estas no tenían ninguna rara intención, era el puro amor que un sobrino puede tener por su tía, triste y alejada de su familia.

-¿En serio me lo decís? -me dijo media sorprendida- ¿En serio te parezco linda?

-Pero claro que si. Me imagino que muchos desearán salir contigo, lo que sucede es que por ahí pensarán que porque sos una mujer muy hermosas les vas a rechazar, por lo menos así pensamos los hombres muchas veces.

A esto último se lo dije muy tímidamente, pero le hizo cambiar el rostro a mi tía Helena.
Me abrazó fuertemente y me dijo:

-Sos un divino. Me haces muy bien, ¿sabés?. Me alegra mucho que hayas venido. Creo que la vamos a pasar muy bien conviviendo juntos.

Ahora era otra, su rostro sonreía muy alegremente.

Levantamos la mesa, y me dijo que si quería que vaya a ver la televisión, que ella mientras tanto lavaría los platos. Así lo hice. Al rato apareció ella y me dijo que se iba a acostar. Se fue a su habitación. Yo a los cinco minutos decidí ir a la mía a ordenar mis cosas. Mi habitación queda al final de un pequeño pasillo, precedida por la habitación de mi tía. El baño queda al frente de ambas habitaciones.

Al pasar por la puerta del cuarto de mi tía advertí que estaba entreabierta, por lo cual no pude dejar de mirar hacia dentro. Allí estaba mi tía ordenando ropa suya sobre la cama. El pasillo estaba oscuro, por lo cual no me podía ver desde allí dentro, que estaba abundantemente iluminado. En un momento se quedó un rato parada, abstraída, como pensando.

Esta circunstancia de estarla espiando me hacía latir fuertemente el corazón, tanto por los nervios como por el deseo de contemplar al desnudo aquel cuerpo escultural. Pero también me provocó una especie de sentimiento de culpa, y me hizo sentir muy estúpido: “observar a mi tía, pariente de mi madre, ¡que mente pervertida!”, pensé para mis adentros. Me dio miedo por si me llegaba a descubrir. ¡Qué papelón sería! Así que me fui a mi cuarto. Ordené mis cosas, y me acosté a dormir desplomándome en la cama, pues la verdad es que estaba agotado.

Continuará…

Autor: Josefo

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Escrito por Marqueze

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