Convivencia con mi tía Helena II

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No podía dejar de pensar en el cuerpazo de mi tía, no tuve mejor idea que hurguetear en los cajones de la cómoda, abrí uno donde estaba toda su lencería; revisé las bombachitas. No eran todas normales, estas eran tangas, algunas transparentes, y todas muy atrevida diría, muy pequeñas, negras casi todas, un triangulito pequeño por delante y casi un hilo por la parte de atrás.

Los primeros días pasaron normales. Cada vez éramos más compinches con mi tía. Pero también ocurría una cosa que me preocupaba un poco: al ser tan hermosa, su cuerpo esculturalmente hermoso, me estaba obsesionando por ella de una manera vertiginosa.

La observaba más detenidamente, no me perdía detalle, y mi sueño era verla aunque sea en paños menores, dado que ver más ni se me ocurría. Vivir con ella bajo el mismo techo, separados nuestros dormitorios tan sólo por una simple pared, compartir el mismo baño, levantarnos juntos, cenar juntos. Su imagen estaba casi siempre presente en mi cabeza, despierto y dormido, pues había tenido un par de sueños donde ella era la protagonista. Me tranquilicé diciéndome que ello era normal por esa situación, que pasaría con el tiempo.

Pero claro, había días que mi tía andaba por el departamento con ropa muy liviana, short muy pequeños y ajustado con sus largas piernas desnudas y resaltando su hermoso trasero, o con remeras o muy ajustadas que dejaban sugerir sus grandes pechos, o muy abiertas que dejaban ver algo de ellos.

En las noches no descuidaba de observar dentro de su habitación al pasar por su puerta, y una vez, pero fue muy fugas, logré pescarla en ropa interior, pero muy de pasada. Todo ello, como se imaginará el lector, colaboraba en mi obsesión por ella. También la circunstancia de encontrarnos más de una vez en el baño, o ver colgados en el tender sus calzones y corpiños. Me extrañaban lo pequeños que eran para su cuerpo, no podía imaginarme muy bien como les quedarían, pues parecían hechos para un cuerpo de una contextura más pequeña, no para el cuerpazo de mi tía, con esas caderas y ese trasero impresionante (que se entienda, no desproporcionado, ni grandote, sino esbelto, líneas y curvas fascinantes, con altura, etc.). Sin embargo, en los días sucesivos, llegaría a sacarme de estas dudas.

Un día sábado que los dos estábamos en el departamento, mi tía llevaba puesta una remera larga, que le llegaba hasta el comienzo de sus piernas. Andaba de aquí para allá por el departamento. Yo pensé que debajo llevaría un short, pero me había equivocado. Estaba en la cocina ordenando y limpiando. Yo estaba en el living leyendo, sentado justo en frente a la puerta de la cocina. En un momento ella se puso a limpiar la alacena superior, sacaba vaguillas y comestibles, limpiaba y luego ordenaba nuevamente las cosas. Tarea para lo cual se debía poner en puntas de pie, con lo cual, y al alzar, a su vez, los brazos, la remera se le había subido considerablemente, dejando al desnudo parte de su hermoso trasero… no lo podía creer, esa visión me distrajo de mis lecturas… sólo la veía a ella.

No llevaba short alguno, y en un principio me imaginé que directamente no tenía nada puesto, completamente desnuda debajo de su remera. Pero en un momento, en que se estiró más aun para llegar al fondo de la alacena, la remera se le subió más aun, dejando ahora todo su trasero al aire, completo. Entonces pude comprobar que llevaba puesta una de esas diminutas tanguitas: dos tiritas que abrazaban sus caderas y que en el comienzo de la raya del trasero sostenían un pequeño triángulo de tela, y que dado los movimientos de sus piernas y glúteos se le perdía completamente entre las nalgas. Sus largas piernas culminando en ese redondo culo casi desnudo. Sentí mi corazón palpitar fuertemente, y mi miembro erguirse, endurecerse con la imagen que mi tía me proporcionaba. Traté de contenerme, era mi tía, no podía ser tan estúpido. Me ayudó a tranquilizarme el hecho de que ella terminó al fin de ordenar la alacena, y se fue a su habitación. Al pasar por mi lado me miró y me sonrió.

– ¿Estudiando mucho?– me dijo. –Bastante– le contesté con la voz media entrecortada. Me hice el tonto, como si nada hubiera pasado. –Espero no haberte distraído con mi trabajo y los ruidos en la cocina– me dijo con una sonrisa rara, y se perdió en el pasillo.

Dejé de leer. Lo que había pasado había sido muy fuerte para mí, y me hizo pensar en muchas cosas: ¿sabía que yo la estaba mirando? ¿Hizo todo a propósito? ¿Sabía que me estaba calentando con el pasar de los días, y por eso mismo sucedió lo que hoy pasó? ¿Y si yo también la estaba calentando a ella, al tener a un joven apuesto como yo dentro de su misma casa, y más que andaba soltera?. Todas estas dudas eran muy profundas, que me trastornaban la cabeza. Pero luego me relajé, todo estaba más que bien con ella, nos llevábamos de maravilla. Si ella estaba jugando yo seguiría su juego. No me iba a quedar atrás como un tonto. Pero, y esto fue lo último que me dije, con cautela, siempre con cautela, dejaré que ella arme el juego, yo aceptaré las reglas. Otro día sucedió más o menos lo mismo, pero en otro contexto.

Mi tía se iba por la mañana al trabajo y regresaba pasada las siete de la tarde. Yo comencé desde la primer semana de estar en la capital a ir a la facultad, pues ya había comenzado el curso de ingreso. El horario era generalmente a la mañana, sólo un día tenía que ir a la tarde.

Una mañana sucedió algo que me hizo acelerar mi corazón de la “emoción”, tanto o más que aquel día. Como a eso de las 8, me despertaron unos ruidos de pasos y de agua. Era mi tía que ya se había despertado, y seguramente estaba en el baño preparándose para irse a trabajar. A pesar de mis sentimientos contradictorios, de que era mi tía, que me perturbaba, mi curiosidad fue más fuerte, y me llevó a querer espiar, por si lograba verla en paños menores, por lo cual me senté en la cama apoyándome con el brazo e irguiendo la cabeza. ¡Qué sorpresa la mía, pues la puerta del baño, que estaba directamente enfrente de mi cuarto, estaba totalmente abierta! Al advertir eso, y presentir que podría llegar a ver algo “fuera de lo común”, me moví sin hacer ruido y me acerqué a mi puerta. Se veía el lavatorio y parte del baño muy iluminado.

En eso aparece mi tía… que estaba vestida tan sólo con una remera sin mangas muy corta (esta vez no tapaba nada) y holgada, y abajo con una… como decirlo… una de esas diminutas tanguita, que se le perdía en sus bellísimas carnes. Ahora la podía contemplar mucho mejor. La podía ver de cuerpo entero y con todo su trasero a la vista (no como aquel sábado). Se estaba arreglando el cutis en el lavatorio, frente al espejo, dándome la espalda. Tenía el pelo recogido con una cola sobre su cabeza, como una palmera, dejando su nuca y cuello al desnudo, ello para pintarse mejor la cara sin mancharse el pelo. Tenía la cara casi pegada al espejo pintándose las pestañas y los ojos con una sutileza que casi ni se movía su cuerpazo.

Al estar echada hacia adelante, la remerita que le daba muy por arriba de la cintura, se le abría por debajo. Me acerqué aún más por la puerta que casi me salía de mi cuarto, pero siempre con extremo cuidado. Así pude ver, claro que no muy bien por la sombra que hacía su propio cuerpo, como se asomaban sus pechos, dos melones redondos que caían fascinantes, inspirando un respeto que mi dios. Por lo que podía ver no eran esas tetas grandotas sino de esas bien puestas, que caían firmes, naturales. Así también puede contemplar su vientre totalmente liso. Eso, y más…

Al estar en puntas de pie, se remarcaban los músculos de sus largas piernas, de sus apetecibles muslos y pantorrillas, con lo cual se alzaba aún más su hermoso trasero, casi al desnudo si no fuera por ese trocito de tela de su tanga que se le metía de una manera tan hermosa entre sus nalgas.

Esa imagen nunca voy a poder borrarla de mi mente. Mi tía era un monumento a la feminidad, una mujer fina y bellísima que en ese instante la tenía casi desnuda a pocos centímetros de mí, tan sensualmente vestida con esa remerita y esa diminuta tanga. Mi verga fue tomando vigor hasta llegar un punto en que estaba durísima. Instintivamente llevé mi mano a ella y la agarré sobre mi calzoncillo. No quería masturbarme sino más que nada ver, como cambiaba la posición de sus piernas, de sus brazos, moviéndose sensualmente. Ese instante duró unos cinco minutos que fueron un vida entera para mí, y que no quería que pasen jamás.

Cuando vi que mi tía ya estaba terminando de arreglase, mirándose al espejo dando los últimos retoques a su dulce rostro, que ahora pintado era mucho más atractivo, y soltándose el cabello, el cual caía espléndido sobre sus hombros…, regresé y me metí en la cama. Ella siguió arreglándose en su habitación… mis oídos estaban atentos a todos sus movimientos. Pasados unos veinte minutos siento que me llama desde la puerta. Haciendo como que recién me despertaba le dije que pasara. Ella entró para despedirse. Estaba vestida de una manera infernal, toda una ejecutiva: una camisa blanca que hacía resaltar sus grandes y firmes pechos, una falda negra que le daba por la mitad de los muslos, dejando sus largas piernas desnudas, sin medias, y con unos tacos de aguja que completaban la escultura de mujer perfecta.

-Me voy a trabajar -me dijo- El departamento es tuyo, haz todo lo que tengas que hacer, y nos vemos a la tarde, ¿si? Yo vengo como a las 19. Si querés y no tenés nada que hacer, podes pasar por mi trabajo, así te presento amigas mías y ya empezás a conocer gente, ¿te parece?

Me dio un beso y partió. Allí, esa misma mañana, sumados los hechos de aquel sábado, se acentuó mi obsesión por ella. Estuve todo el día pensando en lo que había pasado. Yo me levanté, desayuné, y me fui a la facultad a hacer todo el papeleo burocrático, lo cual me llevó toda la mañana. Me desocupé temprano, y a eso de las 14 ya estaba en el departamento. Almorcé unas sobras que había en la heladera y me acosté en el sofá del living. Estaba totalmente sólo en la casa, había mucho silencio, y me puse a pensar en mi situación. Que suerte tenía de estar viviendo como lo estaba en la casa de mi tía, era todo un rey: linda casa, y mi compañía… qué decir… era la ideal, tanto por lo amiga y buena que era como por su hermosura.

No sabía que hacer y me puse a andar y observar, hasta que se me ocurrió entrar en la habitación de mi tía. Estaba perfectamente ordenada. Me sentía como que estaba invadiendo, violando un pacto de convivencia, pero eso me daba a su vez más intriga. No podía dejar de pensar en el cuerpazo de mi tía, en lo hermosa que era. Sentí que mi verga se endurecía como en la mañana. No tuve mejor idea que hurguetear en los cajones de la cómoda, los abría y cerraba tímidamente, hasta que abrí uno donde estaba toda su lencería; lo contemplé largo rato, mi corazón latía, y mis manos temblorosas comenzaron a meterse dentro del cajón.

Revisé las bombachitas. No eran todas “normales”, o como las que yo veía en mi casa colgadas en el tender. Estas eran tangas, algunas transparentes, y todas muy atrevida diría, muy pequeñas, negras casi todas, un triangulito pequeño por delante y casi un hilo por la parte de atrás y la cintura. A pesar de que a la mañana la había visto con una de esas prendas, ahora que las tenía en la mano no me imaginaba, nuevamente, cómo era posible que ese trocito de tela pudiera cubrir algo del cuerpo de mi tía, sus partes íntimas. Más que nada sus vellos.

Esos pensamientos me calentaron de una manera impresionante. Saqué conclusiones: seguro que los debería tener prolijamente cortados, si es que tenía. Todo mi cuerpo hervía, un cosquilleo en la dureza de mi pene. Recordar e imaginar a mí tía vestida con sólo alguna de esas tanguitas, por delante un pedacito de tela que se hundía entre sus muslos, y por detrás apenas otro pedacito de tela arriba, al comienzo del canal de su trasero y nada más. Era algo que me calentaba mucho… Sentí que podría acabar en cualquier momento. Estaba fuera de mí. Casi sin pensarlo me dirigí al baño con una de esas prendas. Allí me desnudé.

Pude ver mi miembro hinchado, la cabeza morada. Era grande, unos veinte centímetros así bien parado como estaba, algo gruesa  y venosa. Dejé chorrear un hilo de saliva en mi mano y la esparcí a lo largo de ese trozo de carne que palpitaba al recordar la imagen de esta mañana, sumada la del sábado pasado. Veía la tanguita que ahora colgaba entre mis dedos, recordaba como una muy parecida se perdía en las carnes de mi tía cubriendo apenas su vagina, y su ano. ‘Y qué cuerpazo! apreté mi miembro con fuerza, subía y bajaba con mi mano con movimientos primeros suaves, que resbalaba por la saliva. La sensación era fabulosa, estaba que hervía de la calentura… Mi miembro se hinchaba más aun… Las piernas y el culazo de mi tía, casi desnudo… me palpita el corazón… su culo y la hermosa tanguita…

Aceleré el movimiento, firme, apretado, mis testículos se contrajeron al máximo… la eyaculación subía con una presión sin igual… La tanguita cubriendo a duras penas su vagina y su ano… su cuerpo… su vagina tal vez depilada, su ano redondito y depilado… Y no pude más, apreté más mi verga y exploté: chorros espesos de leche brotaron como un manantial de fuego, una sensación como pocas veces había sentido al masturbarme, era la calentura extrema por esta situación… el semen salía sin parar a borbotones, caía en el piso, contra la pared, en mi mano… no paré hasta la última gota… Me senté en el inodoro, cansado, los latidos se relajaban… Había sido la mejor paja de mi vida, en conmemoración a la mujer más hermosa y sensual del mundo: la tía Helena.

Continuará…

Josefo

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Escrito por Marqueze

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