Crónica de una seducción

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Saboreaba el primer orgasmo, las entradas por la nueva posición la llevaron a una seguidilla de orgasmos, imparables, estaba insaciable.  Gozaba una nueva serie de orgasmos, igual de ruidosos, en un instante de lucidez sentí la proximidad del momento culminante: – Puedo venirme dentro. Como respuesta me tomó de los glúteos y me atrajo hacia ella confirmando cuanto me necesitaba dentro.

Siguiendo el ejemplo de otros lectores, me decidí a escribirles esta historia que me está sucediendo, es lo que podría llamarse la profecía auto cumplida.  Tenía una vecina, cuarentona y muy atractiva, tanto así que la primera vez que nos cruzamos, la miré y le dije “vas a ser mía” (solamente con los ojos).  También nos encontrábamos en el ascensor, en la calle o en algún otro sitio, no disimulaba en mirarla de forma harto descarada e insinuante, para que no tuviera ninguna duda de cuanto me gustaba, siempre le “decía” lo mismo y fantaseaba con ese momento.

Mis primeras experiencias en el sexo, fue con una mujer de cuarenta, me enseñó todo y muy bien, fui su alumno más aplicado.  Me enseñó a conocer el cuerpo y el alma femenina. Cada mujer tiene su momento, pero hay que estar en el lugar preciso, en el momento preciso, cuando se produce ese quiebre que nos permite acceder a ella.  Si se detiene el tren, subir ya, sino sigue su marcha y es probable que no se detenga más en tu estación.  No perder el tren debe ser la premisa indiscutida.

La mujer en cuestión se llama Liliana (Lily) desde que la primera vez que la vi pasó a ser la mujer de mis sueños, me la comía con los ojos, formaba parte de mis fantasías cotidianas, en especial las nocturnas.  La tenía en la mira. Me llenaba el ojo, me calentaba el seso y me endurecía el sexo.

Indagué sobre su vida y su entorno, me interesé por conocer sus gustos y preferencias, quería saberlo todo.  Llegué a conocer tanto de ella como ella misma, conocía su gusto por la música melódica, las rosas rojas, el vino borgoña, las frutillas, los bombones de licor y la literatura erótica: Una irremediable romántica.

El encargado del edificio (son el gran hermano que sabe todo de todos los habitantes de su edificio) me averiguó, favor mío mediante, que Lily estaba pasando por una crisis marital, él creía que debía estaba separada, al menos por este tiempo, porque al marido hacía un tiempo que no se dejaba ver.

Conociendo sus horarios, empecé a llegar a su misma hora, para encontrarnos (casualidad estudiada). Un día, viajando juntos y solos, en el ascensor, puse en ejecución el “plan B”.  Llamo su atención una vez más, cuando paramos en el cuarto, la retengo de la mano, y entrego una rosa, roja.  Sorprendida, sonríe y acepta. A cambio pido tomar juntos un café.

Espero la respuesta, quedamos ambos unidos por la flor. Se detuvo el tiempo. Nos miramos. No hay palabras, de repente dice:

-Está bien…, pero no tengo tiempo para salir.  Excusa, para zafar. -No es necesario, subís al 14 y lo preparo. -Sí que sos persistente.  Bueno… el catorce…-“B”, catorce B, de buena, como vos.-¡Bueno, me cambio y subo! -¿Con crema no?  Conocía ese detalle.

Se sonríe nuevamente, sabe que sé como lo toma, sonríe y dice:

-¡Sí!, ya sabes como me gusta.  Espérame.

Subo veloz como el viento.  Esta es la mía, hoy sí.  Llegó el momento, la tengo que seducir.  El escenario estaba listo para cuando se diera, el café está listo cuando llama a mi puerta.

-Pasá, ¡te estamos esperando! -¿Quiénes? -El café y yo.

La hago pasar a la kichinet, se escucha una suave melodía.  El aromático café y el reducido espacio dan a la situación un toque intimista y romántico.  Le alcanzo la taza y pregunto:

–  ¿Está a tu gusto? – ¡Totalmente!, exquisito, como me gusta.

La invito a pasar al living, mientras escuchamos el CD romántico, la convido con bombones de licor.  El golpe final. Ceden las murallas, relajan las defensas, se está rindiendo la fortaleza, pienso en el próximo paso. La conversación discurre por varios temas, hasta que de incursiona por los gustos, aficiones y la vida personal de cada uno.  Primero yo, le cuento que estoy divorciado, sin actual pareja, comerciante y desde que me mudé a este edificio ella me movió la estantería, me desestabilizó emocionalmente.

Ella está casada, una hija de veinte, recientemente casada.  Trabaja en la empresa familiar con su esposo, de momento separados por una crisis de pareja.   Está sola, un momento de transición en su vida. Tomamos la segunda copa.  Libre de la mochila al revelar su intimidad, se va relajando y poniendo más mimosa y confiada.  Se quita los zapatos de tacos altos, recoge las piernas y se sienta sobre el sillón en una actitud de sensual intimidad.  La veo hacer y me arrodillo a su vera, tomo sus manos y las beso, apoyo mi cabeza en su regazo.  No hablamos, para qué, no es necesario.  Me acaricia la cabeza, con ternura.  Se estremece cuando acaricio sus muslos.

Cierra los ojos, mira con el alma.  Los pechos se le elevan, agita la respiración, estremece el cuerpo por mis caricias, se hacen más osadas y ardientes.  Estamos transitando un camino sin regreso, mi deseo tiene boleto de ida por el cuerpo de Lily. El ambiente, es propicio.  La tomo en brazos, llevo sin preguntar ni esperar respuesta, al dormitorio.  La deposito sobre el lecho.  Nos miramos por primera vez, nos leemos el deseo y la pasión contenida.  Nos entendemos.

Con tácito acuerdo, se levanta y me regala el espectáculo de su desnudo.  Se va sacando una a una las prendas, el vestido ajustado, las medias, con portaligas. Quedan solo el soutién y una breve tanga también negra. Vestida para matar, pensé.  Se desprendió el soutién y después la tanga, dejando el ambiente impregnado con su aroma de mujer, qué caliente la sentía.  Se muestra para que regocije mis ojos anhelantes.

Ahora, es mi turno, me desnuda.  Primero la camisa, luego cae el pantalón, ahora el slip derrotado por sus manos a mis pies, acompañan en la caída final.  Las recorren el camino inverso, llegan al miembro erecto, acaricia y a los acompañantes también. Arrodillada ante el tótem fálico, rinde su adoración, besa con avidez y deseo.  Prodiga una profunda e intensa mamada, metiéndose cuanto pudo del aparato en su cavidad bucal, halagando al huésped con la lengua.

Es mi turno.  De espaldas, sobre el lecho, espera.  Me acerco con manos ansiosas y labios sedientos de ella, voy dejando un rastro de saliva en su cuerpo.  Inicio en el cuello, paso por los pechos agitados, descanso en cada uno de los pezones gruesos, rosados y erectos por la calentura.  Salgo del oasis para incursionar en el páramo del vientre plano y endurecido por el gimnasio, me extasío en la orilla de sus olas.  Llego al triángulo angelical, negro follaje enrulado que cubre el prólogo de la entrada dulce y secreta.  Un beso mágico dice el: “Sésamo ábrete”.   Se abre, entro en ella, beso y con la lengua tomo el delicado elíxir del cáliz de su sexo.

Saciada la sed en el jugo de su ser, voy a los labios afiebrados por las sensaciones, la boca reseca en este trance lleno de ansiedad.  Unimos las bocas y las lenguas.   Dejo en su boca sus sabores femeninos, para que lo degustemos juntos. Intensa lucha de lenguas, mucosas en contacto, transfusión de salivas en la profundidad del beso.  Sus manos se adueñan de mi espalda, dejando las huellas de su calentura.  Mis manos se agarran a las nalgas con intenso deseo, se van perdiendo en el hueco producido en la unión de los glúteos con los muslos; buscando en la oscuridad, encuentran el camino hacia el húmedo túnel del amor.

Separados un instante nos miramos, en sus ojos está la rendición incondicional.  Le manifiesto que estoy perdido de deseo por ella, que quiero tomarla, toda, toda. Asiente nuevamente, dejando expedito el camino para mi deseo y dice:

– Amor, yo soy y me siento toda una señora, pero en la cama, cuando el deseo me puede, como ahora con vos, quiero ser una “perra”.  ¡Soy “tu perra”!, ¡haceme tu perra, por favor! – Tu deseo es el mío.  Tu ¡deseo será cumplido, mi cielo!

Sellamos el pacto con un profundo beso de lengua, hasta agotar el aire. Abro sus piernas, toma la poronga (pene) y se la mete en la vulva, presiono más en ella.  Nos besamos nuevamente y en simultáneo se la mando toda de un golpe, hasta el fondo.  El beso ahoga el quejido por la entrada tan profunda, lo mojado de la vagina permitió deslizarse con relativa comodidad aunque el recinto es bastante estrecho, tal vez por falta de uso. Totalmente introducido en ella, me abrazó cuanto pudo, nos movíamos con desenfreno, nos sacudíamos en cada embestida, sentía todo el rigor de la penetración, esto la motivaba para tomar nuevos ímpetus y colaborar en la cogida hasta hacerla brutal y violenta, por momentos.  Disfrutamos a rabiar esta forma de “cogernos”. En la calentura indescriptible asomó la “perra” que tenía dentro y pidió, gritando y gimiendo:

-Me gusta, ¡cómo me gusta! -¿Tanto, amorcito? -¡Más, más!… me gusta, ¡cómo me gusta!  Siguió vociferando ansiosa: ¡Reventame, matame!, haceme lo que quieras de mí, dejame la concha hecha flecos.  ¡Soy tu perra, rompeme toda, hasta el fondo!

Acicateado por estas dulces obscenidades, empujé como para partirla en dos.  Mi pija es bien gorda para expandirle las paredes de la “canaleta”, y vaya si estaba sintiendo que quería partirla, pero no aflojó, desafiaba más.  Se aguantaba todo. Levantó su cuerpo apretándose al mío, acabó ruidosamente, más de una vez.  Seguimos, me pongo sus piernas en los hombros, para acceder más profundo en ella.  Empujo con fuerza, se queja, empujo más fuerte tomándola de las caderas, quedamos como soldados.

Saboreaba el primer orgasmo, cuando las entradas más violentas por la nueva posición la llevaron a una seguidilla de orgasmos, imparables, desbordando su razón y descontrolando sus movimientos.  Estaba insaciable.  Gozaba una nueva serie de orgasmos, igual de ruidosos, en un instante de lucidez en la vorágine de excitación sentí la proximidad del momento culminante: – Puedo venirme dentro. Como respuesta me tomó de los glúteos y me atrajo hacia ella confirmando cuanto me necesitaba dentro.

Me vine dentro de ella, me dejé ir, con el fluido iba una parte de mi ser.  La besé para ahogar los gritos, hasta me mordió los labios, desesperada por la intensidad de sensaciones producto del contacto con la leche calentita que ahora formaba parte de su intimidad.

Quedamos “regalados”, rendidos de fatiga por lo intenso de la entrega, unidos por el miembro que cesó en su transfusión de esperma.  No queríamos salirnos, cansados pero seguíamos calientes, más calientes que nunca.  De costado, pero enchufados, quedamos hablándonos, y gozando el estado post polvo.  En este estado de cosas el miembro fue retomando su tonicidad por el afrodisíaco verbal que me daba.  Salí de ella más caliente.

La coloco boca abajo, de bruces.  La cola se me ofrece fantástica, quedo pasmado mirándola.  Con las manos voy abriendo el camino, separo las nalgas.  El dedo trae jugos y semen para lubricar el “redondito”.  No dice nada, solo espera.  Sabe lo que viene ahora, espera y volteando la cara dice:

-Es tuyo, ¡te quiero adentro!  Solo una vez me lo hizo, mi marido, como dolió no quiso repetirlo. ¡Haceme tuya!

Con la cremita que le puse, el dedo se introdujo, fue haciendo camino.  Puse la cabeza en el ojete humedecido, era estrecho el conducto, pero cedía a la presión y pronto pude penetrarla completamente, cambié por el pulgar, luego fueron dos y girados para comprobar como se relajaba, sin apremios, la calentura regía los tiempos de espera. Gocé mucho cuando entré todo en ella, quedé un ratito moviéndome muy poquito, pero todo a fondo. Placer de puta madre, inigualable, lo máximo.

-¡Duele!, ¡duele! pero te estoy gozando como me lo agrandás, ¡hijo de puta, rompeme el culo!

A un pedido así no se puede negar. La cogida fue inolvidable, doblaba el vientre sobre la almohada, empinaba lo glúteos, presionaba las rodillas contra el lecho, para que la cola acompañara mis empujones.  Nos mecíamos, movimiento acompasado inverso, parecía que cada vez entraba un poco más adentro. Culeamos como locos, no sé cuanto duró el increíble traqueteo pero se sintió lo más parecido a la eternidad, dolorosamente magnífico diría más tarde a modo de agradecida queja. La mano de ella y la mía se unían debajo para ayudarse en el masaje del clítoris.  La manipulación del clítoris hizo lo suyo, y tanto que girando la cabeza un poco dijo con voz ahogada:

-¡Ya!, ¡ahora, dame!

Era el vía libre para liberar el dolor de huevos producido este largo polvo.  Apuré el metisaca y llegó la liberación en la intensidad de la acabada.  El angustioso quejido de ella anunciaba la suya. Descansé al fin, dentro de ella.  Nos derrumbamos, de costado, forzando la unión, abraza por el vientre descansamos.  Cuando retomé la conciencia estaba afuera de ella. Nos levantamos, bañamos, comimos algo frugal, quien puede sentir apetito luego de tamaño manjar, ya era de noche.  Nos acostamos y dormimos, bueno es una forma de decir, porque hicimos nuevamente el amor, más suavemente.  Pasamos juntos la noche. Al despertar, “el buenos días” fue una chupada de pija y la respuesta un polvo en su dulce conchita.

El recuerdo de Liliana en esa noche de amor, es como un dios extraño forjado en mis recuerdos. Un reflejo de mi mismo, suave, terso y grande por mis deseos, estatua erigida en mi alma a la memoria de esa noche de amor. Qué noche aquella, llena de ternura y de misterio.  Jamás podré borrar el encanto doliente que había en su mirada, sintiéndome en sí cuando mi sangre convertida en cálido semen se derramaba en su intimidad de hembra en celo.

Volvió el marido al hogar conyugal, pero lo nuestro pervive.  Nos amamos, nos pertenecemos en cuerpo y alma.  Cuando cumple con el débito conyugal, siente que soy quien la posee, ambos sabemos que su pasión me pertenece. Sé que estoy tan presente, como lo está en mí en todo momento.  Historia con final abierto, el amor continúa.

Quisiera conocer la opinión de una mujer de cuarenta que haya pasado o esté pasando por una historia como esta, las espero en mi correo.

Autor: Nazareno Cruz

[email protected],com.ar

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Escrito por Marqueze

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