CRÓNICAS DE UN ASCENSO (IV): UNA MAESTRA (I)

Continuación de "Crónicas de un ascenso (III)" publicado en Marqueze.net el 30/12/01

Estimados lectores / as:

Cuando ya empezaba a superar mi pena por la separación de Lara, y mi sobrexcitación por la idea de acostarme con Eva, me pasó algo muy especial, que paso a relatar.

Todo empezó en casa de Esteban (ver el capítulo 2). Yo andaba por aquella casa “como Pedro por su casa”, con una total confianza por mi parte y por parte de toda su familia. Y un día, habiendo ido a escuchar música y a terminar unos trabajos, mi amigo tuvo que irse, quedando yo un rato más a lo mío. Así me encontré al salir con que sólo estaba su padre, hablando por teléfono. Lo que en principio no me pareció relevante, pero he aquí que el buen señor pensaba que estaba sólo, porque el tipo de conversación no era.. .. como decirlo.. .. No era precisamente para menores.

Yo me quedé quieto, más por temor a incomodarle o a dejarle en evidencia. Pero pronto me picó la curiosidad. Parecía estar hablando con uno de sus amigos, al que yo conocía de vista, sobre las excelencias de una mujer que no era la suya. Y la descripción sobre su belleza y educación o el volumen y consistencia de sus pechos, su cinturita de avispa o la delicia que resultaba mamándola. Luego extrajo una agenda y dijo nombre y número de teléfono, animándole a llamarla.

Se llamaba Fanny (supuse que era su “nom de guerre”, puesto que hablaba sobre una prostituta) y el teléfono era fácil de recordar. Es más, se grabó a fuego en mi memoria.

Me sorprendió que ese hombre, al que creía conocer y respetaba, pudiera recurrir a los servicios de una señorita de compañía, pero me excitó mucho la idea. Y yo andaba muy salido pero con pocas ganas de poner en juego mi pobre corazoncito después de lo narrado en el capítulo anterior, de modo que a los pocos días había decidido que iba a hacer una visita a aquella mujer a la que había oído poner por las nubes.

Cuando llamé al teléfono en cuestión, me respondió una voz de mujer, dulce y melodiosa. Muy seductora y agradable. Tras hacerme pasar por amigo del padre de Esteban no tuve problema en concertar una cita para aquella misma tarde. Estaba tan ansioso por la idea que tuve que dominarme para no hacerme una paja antes de salir de casa. En aquellos tiempos en que estudiaba era habitual que tuviera algún trabajo a tiempo parcial, de modo que podía permitirme algún pequeño lujo ocasional. Y por lo que había oído, aquella chica era tan selecta y cuidadosa a la hora de aceptar clientes que no pensaba que pudiera tener ninguna enfermedad. Por tanto me puse guapo y fui a la dirección indicada.

Vivía en un piso caro, pero sin exageración. Llegué antes de tiempo, de modo que esperé unos minutos antes de llamar, paseando por la zona. Cuando me abrió, me encontré ante una mujer joven. Mayor que yo, que contaba con 19 añitos, pero joven. Y enormemente hermosa. Larga melena castaña y ondulada. Ojos luminosos, entre verdes y marrones. Labios carnosos y suculentos. Apenas maquillada (sombra de ojos y un leve lápiz labial) exhibía un cutis perfecto y un rostro bellísimo. Vestía una bata fina de seda que revelaba unas curvas más que generosas, y calzaba zapatos de tacón muy alto, de modo que quedaba poco más baja que yo. Sonrió y me invito a pasar con una gracia y encanto que me impresionaron. Por suerte acostumbro a dar una imagen pétrea, aunque interiormente esté muy agitado. Saber eso me ayuda a mantener el autodominio, de modo que pude entrar con calma (aparente, porque no estaba nada tranquilo). Una vez dentro, se acercó y me echó los brazos al cuello, envolviéndome en un perfume suave y exquisito, susurrando:

-Soy Fanny. Bienvenido. ¿Cómo te llamas?

Al terminar de hablar me besó en la mejilla con suavidad, casi mimo. Podía notar sus pechos duros apretados contra mí, al igual que su vientre. Y su aroma me envolvía embriagador. Rodeé su cintura con mis br

azos y correspondí a su beso de saludo, un poco más tranquilo. Después dije:

-Me llamo Néstor. Me alegro de conocerte. Sabía que eras muy guapa, pero si llego a saber hasta que punto, hubiera venido mucho antes a conocerte.

Ella sonrió complacida, y se interesó por el modo en que había sabido de ella. Yo no pude mentir (es algo que me cuesta un gran esfuerzo y que me desagrada, de modo que no lo hago. Por tanto no tengo costumbre y no me siento capaz de mentir, como si fuera un círculo vicioso) y conté como me había enterado de su existencia y "virtudes". Ella me miró a los ojos, sonrió maravillosamente y me dijo:

-No importa. Me gustas, de modo que voy a aceptarte provisionalmente como cliente. Tengo pocos, porque no permito a muchos que me toquen, pero puedo permitirme el lujo de ofrecerte un poco de cariño y mimo. Dime, guapo, ¿qué edad tienes?.

Mientras decía esto me recorría de la cabeza a los pies, fijándose especialmente en mis ojos, labios, pectorales y paquete. Creo que también midió mi cintura de un vistazo, pero sentí claramente que le gustaba, y mucho.

– 19. Espero que eso no sea un problema.

Ella se sonrió antes de decir que todo lo contrario, que la mayoría de sus clientes eran caballeros adinerados y entrados en años (y a menudo en kilos), de modo que era una novedad tener un joven como yo. Y que por tanto no me iba a cobrar, sólo por aquella ocasión.

Lo dijo con una dulzura, suavidad y aplomo tales que quedé fascinado. Si me hubiera pedido una cifra imposible a cambio, hubiera removido cielo y tierra para conseguir ese dinero, con tal de tenerla. Luego supe que todo el dinero que tenía ahorrado, y que llevaba encima, no me hubiera bastado para pagar más que un breve suspiro a su lado, de modo que me alegré inmensamente de resultar de su gusto.

Me tomó de la mano y me guió a un salón muy bien decorado, donde aconteció como sigue (antes debo decir que no sé que tiró con más intensidad de mí: su mano, su melena ondeante o el cimbreo de sus caderas):

-¿Qué deseas tomar, corazón?

-Sólo a ti, reina entre las bellas- (respondí muy en mi papel y dado que no me apetecía beber nada).

-Adulador- dijo ella sonriendo, mientras se quitaba la bata despacio. Cuando terminó, sólo tenía el sujetador, la braguita y las medias, sujetas por un portaligas. Toda la lencería negra, muy fina y elegante. Pero también muy seductora y provocativa. Nunca había visto así a una mujer antes. Sólo había estado con chicas jóvenes que no vestían de ese modo, excepto Carmina, que tampoco lucía de ese modo. Cuando terminó se llevó las manos al torso, justo bajo sus espléndidos pechos y realzándolos desde abajo dijo:

-¿Qué te parece, mi amor? ¿Te parezco hermosa?

-Mucho. Me embelesas.

-¿Y que opinas de mis pechitos?

Esto lo dijo sonriente y con tono de broma, muy pícara, porque tenía un busto espectacular y muy desarrollado, que lucía divino emergiendo turgente por encima del sujetador. No le hubiera hecho ninguna falta ese gesto, porque no podía resaltar aquellas tetas más de lo que ya resaltaban, pero fue un gesto delicioso y muy seductor. Por toda respuesta empecé a besar la parte que el sujetador dejaba libre, mientras acariciaba su esbelta cinturita.

Ella ronroneaba feliz, mientras se quitaba el sujetador para dejar toda aquella carne al alcance de mis besos. Cuando encontré el primer pezón, que ya estaba durito y era una gozada, llevé al otro seno la mano con la que podía alcanzarlo, y empecé a amasarlo con suavidad e insistencia, apretando el pezón con cuidado al principio, pero con más fuerza después. Acabé por morder literalmente sus pezones (con poca fuerza, por supuesto), cosa que la puso a mil, aunque me susurró pidiendo suavidad.

Luego me tomó de nuevo de la mano y me arrastró hacia el dormitorio, con paradas cada pocos metros para darnos besos largos y que me gustaron casi tanto como los de Lara. Puede que no tan fogosos, pero mucho más dulces y cálidos.

Al llegar al dormitorio, decorado sobriamente pero muy amplio, me desnudó con rapidez y soltura, hasta que cuando me bajó el pantalón mi miembro pugnó también por salirse solito del encierro que era el slip. Me bajó

los calzoncillos y en ese momento paro y se quedó mirándolo unos instantes mi vara, que estaba a medio punto pero mostraba lo que puede llegar a ser. Entonces se la metió en la boca mientras abrazaba mi trasero, como si no quisiera que me escapara. Estuvo unos minutos chupando y succionando de modo delicioso, hasta que empezó a resultar imposible que le cupiese en la boca toda mi polla. Entonces se levantó y me miro con un gesto cálido y travieso, diciendo:

– Vaya, por un momento me he olvidado de que la higiene es lo primero. ¿Te apetece que nos demos una ducha?

Yo hubiera ido a donde pidiera o hecho lo que hubiera querido, así que la seguí una vez más. Nos metimos en un plato cuarto de baño como no había visto antes. Bañera redonda, que también era jacuzzi, plato de ducha de casi dos metros de lado, sin cortinas ni puertas sino sólo cristal, con entrada en forma de caracol para evitar mojar. Amplio y muy espacioso.

Paró un momento para quitarse las medias y el portaligas y entramos en la ducha, yo desnudo y ella en braguitas.

Una vez dentro se agachó para bajarse las braguitas y exhibir su soberbio trasero, provocación que no resistí, de modo que la tomé por la cintura y apreté mi rabo, ya tieso del todo, entre sus nalgas perfectas. Cuando se levanto, ella misma aumentó la presión, y tirando las braguitas fuera de la ducha, murmuró mientras yo llevaba mis manos a sus pechazos:

-Parece que estás muy atareado. Ya me encargo yo del agua.

Dicho y hecho. En un instante tomó la ducha, graduó la temperatura y cuando me esperaba que empezara a rociarnos pulsó un botón en el que no me había fijado y empezó a salir agua calentita de varios aspersores en la pared. Nos llegaba agua desde todas las direcciones, de modo que para enjabonarnos tuvo que parar el chorro. Disfruté como un loco enjabonando aquel cuerpazo, que me traía loco. Son sus pechos lo que más me impacto. Eran firmes, muy firmes. Macizos y grandes, tanto que no los podía cubrir con mis manos. Sin embargo, lo que más me gustaba de aquella pareja era su forma de pera, que los hacía aparentar estar ligeramente caídos cuando no era así, en un efecto que me encantaba. Y sus pezoncitos, duros como piedras en el centro de sendas grandes areolas, parecían rogar todas mis caricias, pellizcos y apretones.

Con todo el jabón no pude evitar empezar a follarme los cachetes de Fanny, frotándome contra ellos como había hecho con Lara muchas veces. Entonces ella se dio cuenta de que me tenía a tono y conectó el agua para aclararnos. Salimos de la ducha entre besos, nos secamos rápidamente (dedicando especial atención y cuidado a nuestros genitales) y volvimos al dormitorio.

Se sentó en la cama, tomó mi rabo, rígido como una barra de hierro, y empezó a besarlo y lamerlo. Luego se metió el capullo en la boca y me masturbó, mientras chupaba golosa, metiéndose algo más de media polla. Creo que quería beberse mi semen, pero como a ese ritmo puedo mantener la erección casi indefinidamente, después de un buen rato se la sacó, me miró a los ojos y pregunto si no me corría. Entonces le hablé de mi aguante y del modo en que puedo correrme, alternando ratos de ritmo frenético con breves descansos hasta alcanzar una meseta desde la que puedo llegar al orgasmo casi a voluntad o retenerme por tiempo casi indefinido. Cuando escuchó esa disquisición casi doctoral se quedó boquiabierta, luego, se rió un minuto mientras se levantaba, diciendo que eso lo tenía que probar con calma. Fue a la mesita, tomó un preservativo, lo abrió y volvió a mí. Se arrodilló y lo siguiente que noté fue como ponía el preservativo al mismo tiempo que se metía mi tranca en la boca. ¡Se había puesto el condón en la boca y me lo colocaba con los labios! Nunca nadie ha igualado el arte que tiene Fanny en ese aspecto, salvando que los últimos centímetros me los tuvo que colocar a mano.

Entonces se apartó contoneándose y se tumbó boca arriba en la cama. Abrió sus piernas y me ofreció una rajita totalmente depilada, de labios sonrosados y no demasiados abultados. Los pétalos de sus labios mayores se veían separados, como si anticiparan lo que les iba ocurrir y lo estuvieran deseando. Levantó los brazos hacia mí y me sac&oacu

te; del embeleso que esa estampa me ofrecía, llamándome y diciendo:

– Penétrame, te quiero dentro de mí.

Ya lo creo que salí del trance. ¡Como para resistirse a una mujer así! Salté entre sus piernas y me tumbé sobre ella, que tomó mi rabo duro y lo guió entre sus muslos. Así fui entrando dentro de ella, lentamente pero sin parar. Cuando estuve dentro de esa cuevita estrechita y cálida, ella suspiró quedamente y yo empecé el metesaca al ritmo que sé que me pone cerca de la "meseta" que antes mencionaba pero sin peligro de correrme en un descuido. De vez en cuando paraba, cambiaba el ritmo o el modo en que la embestía, para que no fuera siempre igual, pero dentro de ese ritmo diabólico que me permite hacer gozar a una mujer sin desgastarme.

En cuestión de minutos había empezado a murmurar, diciendo cosas típicas, como: sigue así; no pares; si, si; oh,oh… Y otras del estilo. La verdad es que me llamó la atención la variedad del repertorio que tenía. Mientras, yo le comía besos toda la cara, volviendo a su boquita juguetona cada poco. En una de esas noté como su excitación crecía y aceleré el ritmo, regalándole el primer orgasmo de la tarde, que me agradeció con un beso de tornillo, largo como su orgasmo, entre gemidos.

Cuando acabó paré, dentro de su coñito, y nos quedamos abrazados. Empecé a cabalgarla de nuevo, despacito, y pregunté maliciosamente:

– Aún hay más, si quieres seguir…

-Cabronazo. Si paras te mato. Fóllame otra vez.

Dicho y hecho. Empecé a notar un cambio en su vocabulario, que se tornó más soez, de modo que a lo que decía mientras la cabalgaba antes del primero, habría que añadir auténticas voces pidiendo más, o diciendo que no le sacara "ese pedazo de polla". Que si era un cabronazo follador, que si la estaba matando de gusto…

Después cambiamos de postura, a petición mía. Me tumbé boca arriba y ella se sentó sobre mi dándome la espalda, encajándose despacito mi tranca. Parecía estar disfrutando con intensidad del momento. Cuando la tuvo toda dentro de su rajita encharcada, se tumbó sobre mi pecho. De ese modo nos movíamos los dos y mis manos quedaron libres para tocarla por todos lados, así como las suyas. Puede que no entrara tan profundamente dentro ella, pero con mis 22 cm tampoco era mucha la pérdida, y ella se arqueaba y convulsionaba para encajarse más pedazo.

Al cabo de un rato estaba tan caliente que incluso quiso meterme en el juego, preguntándome directamente:

– Dime que soy tu puta, la mejor puta de todas. Dime que te gusta follarte a esta puta viciosa…

Siguió así hasta que empecé a decirle lo que quería oír. En ese momento se puso frenética y tuvo su segundo orgasmo, con mis manos amasando su pechos, mi boca en su cuello y sus manos enterradas entre sus muslos, en frotación desesperada. Yo tuve que dominarme para no correrme, de modo que me quedé rígido. En el momento desesperado ella se levanto, se sentó empalándose todo mi palo y cabalgó como loca, gritando de gusto.

Creo que tuvo una serie de orgasmos encadenados, aunque no puedo asegurarlo. El caso es que no pude resistir más y levantándome y alzándola a ella la puse a cuatro patas y le di caña de verdad hasta que descargué en el mejor orgasmo que había tenido hasta entonces. Luego caí sobre ella y nos quedamos abrazados de costado, relajados después de horas de cabalgada casi constante (al ver la hora supe que más de dos).

Al rato, cuando notó que mi miembro perdía rigidez, se lo sacó y giro, encarándose a mí. Nos dimos un morreo como es debido y se levantó, me invitó a ducharme de nuevo con ella y me tomó de la mano. Lo cierto es que habíamos sudado mucho, y teníamos los bajos encharcados, porque aquella hembra fabulosa había derramado miel en cantidad.

Volvimos a la ducha, relajados, y repetimos el mutuo enjabonado, costumbre que desde entonces me encanta. Yo seguí comiéndole a besos toda la cara y el cuello a cada oportunidad en que ella me lo permitía, aunque notaba alguna reticencia si me acercaba a sus labios. Al terminar me invitó a probar el jacuzzi, así que nos metimos juntos, yo primero para disfrutar viéndo

la entrar. Y fue un espectáculo digno, porque es el tipo de mujer que resulta tentadora y espectacular en cualquier ocasión y circunstancia. Metió una pierna, ofreciéndome la visión memorable de su precioso conejito, luego la otra, se acercó a mí, plantando su coñito dos palmos de mi cara y giró, ofreciéndome la visión de su trasero bien formado y deliciosamente suave (en ese momento no pude resistirme y agarré sus caderas dándole un mordisco cariñosa a aquella manzana perfecta que tenía por culo, agarrándola por las caderas). Ella se rió y me dejó hacer por un momento, hasta que se desprendió de mi acoso y se sentó en el hueco que quedaba entre mis piernas, muy cerca. Endiabladamente cerca. Cuando recostó su espalda sobre mi pecho y reclinó su cabecita sobre mi hombro, girándose la melena hacia el otro lado, me apoderé de sus pechos y empecé a besar su cuello y cara. Está claro que le gustaba, porque después de suspirar un rato me pidió que parara, so pena de empezar de nuevo. Abandoné sus tetazas y la rodeé por la cintura, pero no dejé de besarla. Incluso le pedí la boquita. Me sorprendió mucho que me la negará, después de los morreos que nos habíamos dado, tornillo incluido. Entonces me contó brevemente la historia de su vida y el porqué de su negativa.

Había empezado a prostituirse de la mano de una tía suya, a los 17 años, que primero vendió su virgo por una buena suma y luego se dedicó a enseñarla el oficio, pero sobre todo como volver locos a los hombres, lo que incluyó educación y cultura para entretenerlos dentro y fuera de la cama. A fe mía que aquella tía suya fue excelente maestra en esas artes.

Luego me explicó que tenía un reducido grupo de clientes, todos habituales, a los que recibía con una frecuencia de uno o dos al día previa cita. Había días que ninguno aparecía y ocasiones en que alguno quería dormir con ella o se la llevaba de viaje con él, por poner un caso.

Lo cierto es que pasar una hora con aquella mujer costaba más dinero del que había imaginado siquiera, muchísimo más. Cierto que lo valía, no sólo porque era increíblemente bella, sino porque en la cama era impresionante y maravillosa y fuera de la cama daba gusto charlar con ella, o sencillamente admirarla.

También me contó que no acostumbraba a morrearse con sus clientes, que eso era algo que le gustaba mucho y que por lo general se reservaba por parecerle muy especial. Se limitaba a darles algún beso rápido en los labios, nunca con lengua. No pude evitar recordarle el modo en que nos habíamos besado en varios momentos durante la tarde, a lo que respondió:

– Bueno, si. Es que me he puesto muy tonta, ¿sabes? No suelo disfrutar con mis clientes, y contigo ha estado muy bien.

– Claro. Como que no soy tu cliente. No te he pagado, me has invitado a follarte, por lo que he sido tu amante. Es natural que disfrutaras y que me dieras tu dulce boquita.

Entonces intenté, sin éxito, comerle aquellos morros regordetes y sabrosones. Digo sin éxito porque parecía tener más interés en seguir charlando:

– ¿Entonces no he sido tu puta? ¿No te he hecho feliz?

Eso lo dijo con un deje mimoso y contrariado, lo que me impulsó a decir que era la hembra más bella y espectacular que había conocido, la zorra más caliente y la puta más viciosa y complaciente. Que era imposible que disfrutara tanto con otra mujer. Lo dije intuyendo que le gustaba ese tipo de trato, a tenor de lo que había oído a lo largo de la tarde. Y acerté, porque su carita linda se ilumino en una sonrisa de las que roban corazones y encandilan a los más firmes y serios

– ¿De veras? Eres un encanto. – Respondió regodeándose, para seguir negándome su boquita como una niña mala, entre chanzas y bromas, recordándome que una puta que se precie puede comerle la polla a su cliente, pero no le come la boca.

Luego la conversación continuó derivando por sus andanzas, sobre cómo su tía la enseñó a satisfacer a los hombres y a pasarlo bien, o al menos a no pasarlo mal. Me contó como acostumbró su ojete a recibir consoladores cada vez más gruesos, empezando con los dedos y mucho lubricante, poco a poco, hast

a habituarla a encajarse un trasto realmente grande en cualquier momento y sin más preparación que un poco de lubricante.

Ahuecándose un poco y metiendo su mano en el agua me agarró mi miembro viril y dijo:

– Como estaba esto hace un rato de hermoso y duro, así era el consolador que mi tía usaba para abrirme bien el culito, hasta que vendió la virginidad de mi culito en unas cuantas ocasiones, porque puedo hacer creer a un hombre que me está estrenando el culo y disfrutar con ello. Luego me puse por mi cuenta, cuando mi tía se retiró, ahora selecciono con cuidado a quien atiendo.

Luego se colocó mi rabito, que ya se había puesto un tanto morcillón, bajo su chochito, frotándolo entre sus labios vaginales y el fondo del jacuzzi. Con tanta burbujita resultaba muy placentero, de modo que se fue poniendo a tono, haciendo más presión contra sus partes íntimas, hasta que empecé a acariciar con suavidad sus muslos y entrepierna hasta encontrar su clítoris. Cuando me dediqué a titilar y frotar aquel botoncito, si que se puso tonta, como decía ella. Y entonces volví a comerle la boca sin que protestara ni un poquito. Cuando le pregunté si me daba su culito, se giró mimosa hacia mí y me pregunto si de verdad me apetecía probar su culito. El beso que le di fue respuesta manifiesta, de modo que salimos del jacuzzi y nos secamos rápidamente. Aquella preciosa mujer se lubricó el trasero ante mí, en un instante, y salió para el dormitorio. Al llegar al dormitorio volvió a ponerme un condón, con la misma habilidad que antes. Al levantarse y dirigirse a la cama la abracé desde atrás, diciendo:

– Te voy a perforar el culo, zorrita guapa.

– Ay, por favor, no. Nadie me lo ha hecho por el culito, me harás daño. – La carita de niña mimosa y asustada que puso me encantó y me puso más caliente si cabe, de modo que seguí con el juego que parecía plantear.

-Si, pequeña. Me has puesto la polla dura, así que te voy a violar ese culito precioso que tienes.

Acto seguido la empujé sobre la cama, a cuatro patas, y penetré su orificio más estrecho sin esperar nada. Lo cierto es que al principio entró con dificultad, ahora sé que intencionada, para luego encajarse todo de un empujón. Y vuelta a cabalgar, gemir y decir burradas cada vez mayores (las más suaves que decía la ardorosa Fanny eran del tipo de "¡Pero mira que te gusta follarte mi culo vicioso, macho mío! Dime como te gusta violarle el culo a tu puta favorita!"). No estaba acostumbrado a ese uso del lenguaje en mitad de los momentos estelares, pero le tomé gusto. Me parece muy excitante usar la palabra cuando hago el amor, unas veces con ternura y cariño, otras de un modo más soez y violento, según ocasiones y según la hembra que me reciba en su interior.

Tras unos minutos en la gloria de ese esfínter estrechito, mi hembra se derrumbó, dejando de apoyar los codos en la cama para pasar a masturbarse furiosamente, dejando su culazo respingón en pompa para que siguiera batiéndole el agujero trasero. Cuando terminó de correrse, me dijo que le apetecía mi polla en la boca.

Así de directa y clara fue que salí de su ano mientras ella se giraba y me quitaba el preservativo con un pañuelo de papel que tomó de la mesilla.

Cuando engulló el pedazo que podía y me pajeó el resto me sentí en el séptimo cielo, porque daba igual por que agujero, aquella hembra divina daba un gustazo tremendo.

Me tumbé boca arriba y me dejé hacer. Un ratito después ella se colocó mi rabo tieso entre sus magníficos senos, follándome de ese modo entre sus dos montañitas de carne prieta y suave. Cuando me miró a los ojos su belleza, la intensidad de su mirada y la excitación de la pose, con mi miembro asomando por su canalillo me hizo estremecer de placer, poniéndome al borde del orgasmo. Ella lo notó, engullendo mi glande al momento y empezando una paja rápida que me desbordó dentro de su boca. Acostumbro a correrme generosamente, pero no dejó escapar ni una gotita (cosa que prefiero a dejarlo todo perdido). Después se relamió y pasó su lengua por el agujerito en el extremo de mi capullo, para luego recorrer todo mi miembro a besos y lametones. Acto seguido nos duchamos de nuevo, pero sin empezar nada, que y

a estábamos más que satisfechos.

Me vestí mientras me comía con la mirada. Entonces la invité a cenar y al cine, deseoso de gastarme el dinero que ella no había aceptado de mí.

Se sorprendió, porque pensaba que yo me iría sin más, como cualquier cliente. Luego me confesó que no se avergonzaba de lo que hacía, pero que le dolían las miradas que algunos le dirigían en ciertos momentos y le apenaba el modo en que la mayoría desaparecía en un instante una vez terminado todo.

He conocido a varias meretrices desde entonces, con las que he llegado a charlar de los temas más variados, y como soy buen "escuchador" y conversador, no hace falta demasiado trato o confianza para que una mujer se sienta a gusto conmigo, hable con total libertad y me haga confidencias. Me consta que casi todas las prostitutas lo son por tres motivos: la mayoría empujadas por la necesidad económica, algunas forzadas u obligadas de algún modo y unas pocas (las menos) por auténtico gusto. Fanny, como la gran mayoría, lo hacía para ganarse la vida. En cualquiera de los casos, nunca he despreciado a una mujer por ello. Al contrario, pienso que la dureza de la vida que a menudo llevan las hace merecedoras de más respeto y cariño.

Mi propuesta la pilló desprevenida, de modo que seguí adelante, acercándome a ella por detrás y tomándola por la cintura la estreché contra mí, pegando mi cara a la suya. Entonces le dije:

– Pero sólo si me permites que te vista yo.

Se rió y dijo que de acuerdo. Entonces me tomó nuevamente de la mano y me guío por todo el apartamento hasta una cortina, que apartó para pasar a otro pasillo (en realidad otro apartamento contiguo). Llegamos a su verdadero dormitorio, mucho más cálido y acogedor que el otro, y sacó algo de ropa juvenil y deportiva del armario para que yo se la pusiera, cosa que hice con placer pero algo de torpeza. Lo que más disfruté fue cuando metí las braguitas por sus piernas y las subí hasta sus caderas esculturales. Y cuando coloqué las copas del sujetador en su sitio… Ufffff. Si no lo hubiéramos hecho repetidamente durante las horas anteriores, allí mismo la habría asaltado de nuevo.

Luego cenamos algo ligero, paseamos charlando de lo humano y lo divino y terminamos en el cine. Luego la acompañé a casa. En su puerta me dio un beso largo y muy dulce en los labios, detalle que me trastornó profundamente. Cuando se apartó para entrar en casa me dijo que le apetecía invitarme a pasar de nuevo, pero que tenía una cita importante a la mañana siguiente. Se despidió pidiéndome que la llamara de nuevo.

Tardé un par de días en hacerlo, pero me citó de inmediato. Ni que decir tiene que acudí presto y raudo para hundir mis manos en sus pechos, mi cara en su melena fragante y mi pene en todos sus agujeritos. Y cuando me recibió con un beso de tornillo, me sentí en la gloria, anticipando lo que iba a ocurrir. No me pidió dinero, y como no sabía si debía ofrecérselo o no, le pedí que me dijera que consideración le merecía: amante o cliente.

Después de la carcajada me confesó entre sonrisas que era el mejor amante que había tenido, que no me preocupara por precio ni dinero, que no pasaba nada. Me sentí un poco estúpido, de modo que le pedí perdón por ser tan torpe y le di un beso en la mejilla. Ella me miró intensamente, antes de responder con un morreo de impresión, lengua incluida., aunque compartiera alguna pequeña tristeza, como la vez en que al llegar tuve que curarle los golpes un cliente nuevo le había propinado. Aquello me sublevó, pero ella supo calmarme, prometiéndome tener más cuidado en lo sucesivo. Rara vez aceptaba un cliente que no tuviera recomendación de otro ya conocido, lo que provocaba pocos cambios en su cartera de clientes. Aquella vez se equivocó, porque nunca incluyó nada de sadomasoquismo en su repertorio.

De ese modo, además de amantes, nos hicimos amigos. No llegamos a enamorarnos, pero nos quisimos, de algún modo muy especial. Incluso llegué a ser su confesor. Ciertamente me hizo muy feliz.

Llegados a ese grado de confianza empecé a participar en su negocio, aunque no del mismo modo que ella. Una vez claro que yo no tenía celos ni problemas por su trabajo, me

preguntó si podría acompañarla a conocer a un cliente nuevo, para evitar lo ocurrido. Así lo hice, encandilado por sus ojazos verdosos. La acompañé, esperé en su coche y a la hora acordada llamé al timbre de la casa.

Pero lo ocurrido entonces lo contaré en otra ocasión, que hoy es tarde.

NÉSTOR

Para comentarios, si son interesantes, podéis escribirme a: nestor_anonimo (arroba) hotmail.com

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Escrito por Marqueze

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