Crónicas de Diana II

Jóvenes y cachondas, Dominación, Exhibicionismo.

Conseguí dormir más de lo que habría podido imaginar. Sinceramente, después de lo acontecido la noche anterior, esperaba una noche de insomnio por los nervios y el miedo. Pero no fue así.

Episodio II: Encantado de Conocerte.

Por la mañana, a las 9:00 am me desperté, un poco más tarde que de costumbre. Seguía pensando en quién era aquél hombre misterioso que había encontrado mi Disco Duro y consecuentemente mis fotos. Seguía pensando en mi situación y en cuanto tiempo pasaría hasta poder recupera lo que era mío y mi dignidad volver a estar a salvo. Obviamente, mi cerebro me traicionaba a veces con imágenes de mí, postrada contra la pared en ese callejón, y ese viandante suertudo que pudo ver el espectáculo que era dicha situación. Y la desafortunada foto que me saco… Todo esto no me impidió levantarme de la cama y mirar mi móvil a la espera de que no hubiera ningún mensaje de aquél desconocido. Para mi tranquilidad, de momento estaba libre de sus jueguecitos, aunque no duro mucho, el suficiente tiempo de paz como para almorzar mi bol de cereales Especial K y dirigirme de nuevo a mi habitación a prepararme para mi rutina diaria.

–          Diana, quería disculparme por lo ocurrido ayer noche, no pensaba que fuera a pasar nadie.

–          Prefiero olvidarlo – le respondí pensando en que pasar de él me podría traer problemas mayores.

Hoy me tocaba día de gimnasio y playa, a la espera que por la tarde, Laura me llamara para decirme algo sobre mi ordenador. Como ya os había comentado, cuido bastante mi físico, y como muchos sabrán, si olvidas tu rutina, es muy difícil reengancharla. Así que cogí mi bolsa de deporte y coloque mis leggins grises, unos que me encantan, ya que tienen escritos la palabra “fuck off” en un lateral, mi top deportivo de color blanco y mis zapatillas de deporte. A eso le incluí un bikini monísimo de color azul sumado a ropa limpia y ropa interior.

Mi gimnasio se encuentra en la Barceloneta, y para quién no lo sepa, es el barrio marítimo de Barcelona, justo a primera línea de mar. Es normal que cada vez que saliera del gimnasio, aprovechara para darme un bañito rejuvenecedor.

–          ¿Qué planes tienes para hoy?

–          Gimnasio y playa. – Respondí a un nuevo mensaje del conocido desconocido.

–          ¿Y a qué gimnasio vas?

–          ¿No tuviste suficiente ayer?

–          ¡Qué hombre más fácil de contentar sería entonces!

Dada la circunstancia me vi obligada a contarle donde se encontraba mi gimnasio y a que playa iba, algo que no me hizo especial gracia, pero menos gracia me hizo cuando me obligo a dejar la ropa interior limpia en casa. Por suerte, le convencí que para el gimnasio es necesario llevar como mínimo bragas, por comodidad al menos. Esto me hizo perder el pobre sujetador, pero como llevaba el top, no pensé que fuera a ser un problema. Obviamente esas bragas terminaron siendo un bonito tanga a gusto del desconocido. Por último me hizo pasarle fotos de la ropa de calle que iba a llevar, y como era de esperar no le gusto ninguna de las prendas. Después de discutir un rato sobre la ropa que tenía en el armario me hizo decidir entre dos modelitos demasiado exagerados los dos. El primero constaba de una bonita blusa escotada de temática floral acompañada de la minifalda del día anterior. Obviamente, aunque la blusa era muy bonita, y no daba problemas, no iba a pasar por la experiencia del día anterior con esa falda de cuando tenía 15 años, y mucho menos sin bragas. Por ende, me decidí por el segundo modelo, que constaba de unos shorts, muy cortitos, prenda que me gustaba especialmente vestir, y una camiseta de tirantes ancha gris con un estampado del Golden Gate de San Francisco. El problema estaba en no llevar sujetador, echo que me preocupaba en sobremanera por la posibilidad de que alguien viera algo por el ancho agujero de las mangas. Pero era sin duda un mal menor.

Así que cogí mi longboard y me dirigí hacía mi gimnasio pensando en todas las concesiones que estaba haciéndole a ese desconocido. Realmente al salir a la calle, lo primero que hice fue montar en mi long para ir lo más rápido posible y evitar que la gente se diera cuenta de mi falta de sostén. Tarea que al final resultó imposible por las caras de una o dos personas que se quedaron embobados mirándome en un semáforo. El tiempo se me hacía eterno a la espera de que el semáforo se pusiera verde. El aire corría y se metía por el agujero de las mangas, que endurecían mis pequeños pezones oscuros. Los chicos no dejaban de mirar, y avergonzada intente cubrirme con un brazo, cuando el semáforo se puso verde y uno de ellos grito.

–          Great boobies!

–          Fuck off! – le respondí yo al giri de mierda.

Aunque por dentro me moría de la vergüenza, sabiendo que ahora más gente me miraba mis pequeños pechos. Por suerte no tarde en llegar al gimnasio, donde recibí el siguiente mensaje.

–          ¿Preparada? Estoy dentro, dime en que taquilla has dejado las cosas, y deja la llave escondida bajo la pata del banco, tengo un regalo para ti.

¿Cómo podía saber constantemente donde estaba y adelantarse a mis pasos? Era algo que no podía entender… Pero pensé que ese regalo seria mi Disco Duro y esta idea me hacía coger con más fuerza el reto que me quedaba por delante.

–          De acuerdo.

–          Puedes llamarme Amo.

No! Mejor Señor

No! No! Maestro!

–          Estoy en la taquilla 28B

–          ¿Qué más?

–          Maestro… – dije contrariada.

Me cambie y deje todo preparado como había acordado, la llave bajo la pata del banco y comprobé que no llevar sujetador no se notara especialmente. Y así me pareció. Así que me dirigí hacia lo zona de máquinas, donde me encontré a Silvia, una amiga del gimnasio, y me puse a la máquina de correr de su lado, pensando que una charla amena me haría olvidarme de la situación.

Mala idea.

La cosa empezó bien, la charla era divertida y yo no estaba especialmente cansada, pero el aire acondicionado de la sala empezaba a poner duros mis pezones, y sufría cada momento pensando en que alguien se iba a dar cuenta. Cuando quise ponerle solución, ya se había dado cuenta un par de personas que me miraban de reojo. Acelere la velocidad para entrar en calor, e intentar reducir los bultito marcados en mi top. Cada vez iba más rápida, y definitivamente mi cuerpo estaba caliente y sudoroso, rebajando la erección de mis pezones considerablemente. En ese momento observe a uno de los que me había mirado de reojo, estirando contra una pared, y mi cara se puso roja al ver como se podía ver una erección en su pantalón. Pare la maquina al instante avergonzada y nerviosa. Silvia me pregunto que qué pasaba, a lo que le respondí tartamudeando que nada, que iba a otra máquina. Deambule un rato por la sala tapándome un poco con el brazo y me senté a la primera máquina que encontré: un de deltoides. Concentrada en mis pensamientos empecé el ejercicio cuando David, un entrenador personal se acercó a mí corrigiéndome la posición como hacia a menudo. Ponía las manos en uno de mis brazos colocándomelo recto, luego acerco la mano peligrosamente arriba de mi muslo, abriéndome las piernas y colocándolas en la postura idónea. Por último la mano en mi vientre para ayudarme a no separarme del respaldo…

Entonces termino toda esa tranquilidad de sentidos cuando abrí los ojos y vi como su cara sonriente enfocaba directa a mi pechos, que goteando sudor habían transparentado totalmente el top. No solo se me veía claramente todo mi pecho pegado a la tela, sino que todos me veían y observaban como si eso se hubiera convertido en un espectáculo público. Me levante a prisas cubriéndome los pechos observada por más de diez tíos que habían sido capaces de avisarme y ahorrarme tal vergüenza. De golpe David dijo: Espera Diana! Agarrándome sin querer del top, que sin romperse se desplazó lo suficiente hacia arriba como para exponer mis pechos aún más de lo que ya estaban, sumado a un tropiezo que me tumbo al suelo, donde casi rompo a llorar.

Por suerte Silvia rápidamente me levanto del suelo, ayudándome a cubrirme y llevándome al vestuario.

–          ¿Pero como se te ocurre no llevar sujetador?

–          No lo sé Silvia… Supongo que se me olvido…

–          Eso no se olvida, estos tíos vienen cada día al gimnasio, si antes nos miraban prepárate a partir de ahora…

–          Ya lo sé… Ha sido un error, tendré que asumir que ha pasado e intentar olvidarlo.

Pero aunque dijera eso, por dentro no me creía lo que acababa de ocurrir… Mis pechos habían quedado expuestos delante mucha gente que me ve cada semana tres veces… Esto iba a costarme meses de dolor de cabeza… Rápidamente observe a mí alrededor localizando la llave y cogiéndola disimuladamente para que Silvia no me viera.

Por fin termino todo, pensé.

Ingenua de mí, pues cuando abrí encontré un bikini rojo, que si a tamaño lo tengo que juzgar, no superaba el de esa minifalda mía de cuando tenía 15. Eso sin duda sería imposible de anudar, siendo el bikini de los que llevan cordeles para anudarlos y evitar que se te caigan. Al final, no estaba mi Disco Duro, solo una prueba más…

El móvil vibro…

–          ¿Te gusta?

Vaya espectáculo has montado jaja

–          No voy a poder anudarme esto, y ha sido por tu culpa.

–          Perdona, pero deberías haberte fijado más e ir con más cuidado.

Obviamente no puedes usar el otro bikini, debe ser este, ok?

Nos vemos en la playa guapa.

PD: Tienes unos pechos preciosos J

–          Imbécil.

–          Yo también te quiero.

Si no fuera porque en su posesión están esas fotos, en mi vida haría lo que estoy haciendo hoy…

–        Diana… ¿Estás loca, vas a usar este bikini? – pregunto Silvia con los ojos abiertos como platos.

–        Si… Los otros los tengo a limpiar.

–        Bueno, allá tú, parece que hoy te has dejado todo lo importante Dianita, Dianita – dice como si cantara una cancioncilla riéndose.

–        Pues a mí no me hace gracia.

Me anude como pude ese bikini que al conseguir anudar, me apretaba la cadera y en la espalda notaba el fuerte nudo que aguantaba mi parte superior. Obviamente, no había espacio para lazos, un nudo simple es para lo que daba. Y no quiero comentar lo que cubría… de mi culo, poco, pues mis morenas nalgas estaban tres dedos más visibles de la raya del moreno. Y mi pecho, que aunque pequeño, sobresalía por la parte de abajo e intentaba asomar por arriba.

–          Pues que morbo me daría salir a la playa a mí así – dijo Silvia al verme.

–          Pues yo estoy odiando mi lavadora ahora mismo – intentaba disimular yo como podía.

–          ¿Vamos?

–          Sí, claro.

Y me aleje de mi zona segura, donde nadie me juzgaba ni me veía mientras Silvia hacia bromas sobre mi aspecto, hablando sobre un lado morboso y juguetón, escondido de mí. Le pedía que se callara constantemente cuando al pasar por unos chicos que se quedaron mirándome boquiabiertos decidió darme un azote en la nalga, que resonó por todo el pasillo que daba a la playa, haciendo que los chicos se giraran mirando la marca roja de su mano.

–          Estas loca? – Grite yo.

–          No, disfruta Dianita. Mira cómo te miraban! Qué morbo – Dijo sonriendo toda roja.

–          Silvia estás loca por Dios…

El tiempo en la playa paso sin más accidentes jugando con Silvia, mientras más de un chico me miraba, algo que tampoco era inusual. Y no sabría decir que fue, si sentirme más observada de lo normal, sentirme expuesta con ese bikini ridículo o que Silvia tenía razón con mi lado oscuro lo que hizo deslizar una gotita de mis jugos por mi muslo a pleno sol. Rápidamente le dije a Silva de ir al agua, idea que resulto horrible cuando una ola que rompía me embistió y soltó el minúsculo nudo que unía la parte superior de mi bikini. Eso era lo último ya. Silvia se reía y yo no lograba encontrar la parte de arriba de mi bikini. Estaba asustada y roja. Y mis piernas temblaban de excitación y miedo pensando en el camino de vuelta al vestidor.

Obviamente no lo encontré. Silvia quiso estar más rato tomando el sol, algo a lo que yo me negaba aunque ella argumentaba que muchas hacían topless sin problema. Acepte veinte minutos más que se redujeron a diez cuando observadas por todos los tíos de la playa, Silvia me extendió crema en los pechos como juego en el que solo se divertía ella. Entonces, mientras me dejaba hacer a regañadientes, vi que no todos los que observaban eran chicos jóvenes, pues un viejo de unos sesenta años no había conseguido esconder su erección y me miraba fijamente sin disimulo mi piel y pechos morenos. Me levante roja y temblando, y me dirigí directa al vestuario seguida por Silvia. Todos con quien me cruzaba miraban como me cubría los pechos con los brazos y adivinaba en sus pensamientos imágenes de cómo me follaban de diferentes formas cuando de golpe otra gotita se deslizo por mi muslo y mis piernas fallaron por un temblor. Un chico me agarro del brazo en intento de ayudarme, y mirándome a los ojos me pregunto: Estas bien?

–          Si, gracias… – Respondí.

Y sin duda no me importo que ese chico pudiera disfrutar de la vista de mis pechos… así que coloque los brazos en su forma natural, y me erguí de nuevo para reanudar mi camino, viendo como miraba mis pechos de reojo. Silvia me adelanto susurrando:

–          Disfrutas de esto aunque no lo aceptes, eres una guarrilla, como yo jaja.

Volviéndome a cubrir llegué hasta el vestuario, donde me duche con agua bien fría que se mezclaba, aunque quisiera negarlo con un poco de mis jugos. Estaba cachonda, y no quería aceptarlo, así que sin aliviarme lo más mínimo salí de la ducha y me vestí con ese modelito, que ahora deseaba ponerme, ya que tras lo vivido esta mañana, me sentía mucho más cubierta.

Salí del gimnasio y me monte en mi long cuando note vibrar mi móvil, y al abrirlo observe cuatro fotos: una en el gimnasio en la máquina de deltoides donde se podía apreciar mis pechos pegados al transparentado top blanco. Otra tumbada en el suelo con el top levantado y mis pechos al aire, seguida de una en la playa levantada con ese bikini enano, y la marca del azote de Silvia en mi nalga. Y por último, una foto en primera persona… agarrándome un brazo, directamente enfocando a mis ojos aunque desenfocados se viera mis pechos descubiertos. Mi cara sonrojada en el pasillo hacia el vestuario del gimnasio.

Y un mensaje que cerraba esta foto:

–          Encantado de conocerte Dianita.

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