CUANDO CONOCI A MI MUJER

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Por aquella época yo salía con mi amiga Esperanza que, para qué engañarnos, era más puta que las gallinas. Yo quería respetarla e intentaba no echárselo en cara, porque, al fin y al cabo, ella era muy libre de hacer lo que quisiera, pero el problema era que yo estaba enamorado de ella como un mochuelo. Esperanza también lo había estado de mí, sí, pero los buenos tiempos ya habían terminado y, aunque prolongábamos la relación y yo sabía positivamente que ella aún sentía algo por mí, las cosas ya no eran como habían sido.

Cierto es que no me los restregaba por el morro, pero yo sabía que tenía más de un rollo (y más de dos) con otros hombres. Tampoco me los ocultaba. Simplemente, las cosas eran así.

Si yo hubiese tenido un poco de sentido común, lo que tendría que haber hecho era cortar nuestra historia muchísimo antes, pero me resultaba imposible. Y además, follar con Esperanza era todo un placer, porque Esperanza estaba pero que muy buena: un buen cerebro, unas buenas tetas y un buen culo, y todo ello a pleno rendimiento. Y en la cama era un animal salvaje que conseguía hacerme olvidar, aunque sólo fuera por unos momentos, que otras pollas visitaban regularmente sus preciados agujeros, que otras lenguas acariciaban aquella piel y que otras manos se cogían de las suyas en los amaneceres de la playa. Como se dice vulgarmente, me tenía sorbido el seso, roto el corazón y cogido por los huevos.

Esperanza estaba loca por las estrellas del rock (aunque mayoritariamente solían ser "estrellitas"). No me preguntéis por qué, ya que nunca llegué a comprenderlo. Con lo inteligente que era, y aunque me llegó a aceptar que estos personajillos, en su inmensa mayoría, son todo ego y fachada, el morbo que le producían era superior a sus fuerzas. Y, para más inri, consiguió un empleo de camarera en el Palladium, una de las principales salas de conciertos de la ciudad. Ahí sí que empezó su desmadre total y, en consecuencia, mi particular infierno. Ella estaba en su salsa (a cada concierto, carne fresca que conquistar) y yo desesperado porque veía que cada vez se me escapaba más. Llegué incluso a pasarme noches enteras sentado a la barra, donde ella servía, para intentar que, al terminar, no se fuese de fiesta con los músicos…o con los técnicos, porque de todo hubo.

Pero fue inútil y yo además hice el ridículo más espantoso como cornudo lloriqueante que la perseguía hasta la puerta de los camerinos, donde me la cerraba en toda la cara cuando se disponía a agasajar al guitarrista de turno.

Ahorraré al lector el relato de las miserias y humillaciones sin fin que sufrí por el amor de Esperanza y me centraré en los hechos que condujeron a que conociese a la que ahora es mi mujer, porque todo esto, aunque no lo parezca, tiene relación, como en seguida se verá.

Un sábado actuó en el Palladium un conocido grupo heavy y, temiéndome lo peor, tomé la decisión de pasar de Esperanza y no ir a verla. Ya estaba bien de sufrir. Sin embargo, como buen macho ibérico cabezón, presa del dolor, no se me ocurrió otra cosa que agarrarme a la botella y cogerme un pelotazo de padre y muy señor mío. De madrugada, vagando por las calles, con el alcohol nublándome el sentido, no sé cómo me encontré ante la casa de Esperanza. Y se veía luz en su ventana. Sin pensarlo, llamé al timbre, se abrió la puerta y subí. No sé qué tenía en mente, la verdad, si abofetearla e insultarla y cortar con ella o si arrastrarme a sus pies pidiéndole que me follara una vez más.

La sorpresa fue cuando llegué a su piso y, encontrando la puerta entreabierta, me dirigí a la sala principal, donde se oían voces. Nada más entrar me quedé petrificado. Esperanza estaba en el sofá, desnuda, y tenía a dos tíos foll&a

acute;ndosela, también desnudos, tatuados y melenudos. Uno se la metía por el chocho y el otro por la boca. Como si fuera una peli porno, vamos. Y a un ritmo endiablado, los dos ayudándose con las manos, el que le trabajaba la boca cogiéndole la cabeza y moviéndosela adelante y atrás mientras la polla salía y volvía a entrar hasta el fondo de su garganta; y el otro igual, remetiéndole con fuerza las caderas y haciendo sonar sus huevos a cada embestida contra el coño de Esperanza: ¡plas! ¡Plas! ¡Plas!…

Cerca, en un sillón, otro melenudo desnudo se machacaba la polla mientras contemplaba el espectáculo y le daba a una botella de JB. "Si te quieres follar a la puta tendrás que ponerte a la cola", me dijo con malas pulgas.

Me quedé mudo del asombro y sin saber qué hacer. Evidentemente, se trataba de los rockeros del concierto, y parecía que Esperanza se había ligado a toda la banda. Hipnotizado por la situación e incapaz de marcharme de allí, me quedé sin apartar la vista de lo que le estaban haciendo aquellos dos a Esperanza, que parecía totalmente ida: vete a saber lo que se habría bebido, fumado o metido.

El tipo que la estaba perforando se corrió con fuertes jadeos y se cayó sobre ella, que perdió el equilibrio y soltó la polla del otro. Este, totalmente empalmado, apartó a su compañero del sofá, le abrió las piernas a Esperanza cogiéndoselas por las pantorrillas y se la metió hasta el fondo de un único viaje.

Cabalgándola a empellones y mientras ella gritaba, se corrió también dentro de mi chica.

Fue aquí cuando me recuperé un poco y llegué incluso a pensar que los tíos estos la habían drogado y que lo que realmente estaban haciendo ahora era violarla, no que se los hubiera ligado. Me acerqué a ella, que seguía tumbada en el sofá, adelantándome al rockero de la botella, que, dando traspiés, iba a reclamar lo suyo.

Pero cuando le pregunté si estaba bien y si quería que nos marcháramos de allí (evidentemente, yo contra todos estos no iba a poder y la única opción era la huída), ella se enfadó y me gritó que la follase si así lo quería pero que, si no, que la dejara en paz.

De un empujón, el tercer rockero me envió al sillón, cogió a Esperanza, le dio la vuelta violentamente y metió la polla en su agujero. Ella cogió enseguida el ritmo y culeó con ganas, mientras los pezones se le erizaban y la baba le caía de la boca. Un hilillo se quedó colgando de sus labios hasta el respaldo del sofá, y se fue balanceando al ritmo de la cogida, hasta que su cara lo aplastó cuando el tipo se corrió y se le vino encima. Yo, me hice con la botella de whisky.

Esperanza continuaba con ganas de guerra, sin embargo: no había tenido bastante con las folladas de aquellos tres tipos, que ahora estaban tirados por el suelo, uno de ellos liando un porro. Ella me miró con ojos furiosos y me gritó "ven para acá medio-hombre, fóllate a tu novia de una vez, no me seas maricón y métemela, siente la leche que tengo en el coño, dame tu leche también, es tu turno".

Estaba para que la encerraran, la verdad, pero consiguió ponérmela tan dura como sólo ella sabía hacer. Me abrí la bragueta y me saqué la polla y -excitado completamente por sus gritos- ya me disponía a hacer la locura de jodérmela allí mismo, ante los putos rockeros aquellos, cuando oí que, en otra parte del piso, alguien tiraba de la cadena del wc y entraba al cuarto en que estábamos. Me volví y vi al que debía ser el cuarto integrante de la banda de los heavys, una inmensa y peluda mole humana, un tío gordo, desnudo, con unos brazos y unas piernas como troncos y una enorme panza de bebedor de cerveza. Su polla era descomunal. Así como suena. Yo nunca había visto ninguna tan gorda como aquella, y eso que aún no tenía una erección completa.

El tío me miró desdeñoso y dirigió sus ojos brillantes de lujuria a Esperanza. Despacio, se acercó a mi novia -que tenía los suyos como platos de ver lo que el tipo llevaba entre las piernas- la cogió del pelo y la obligó a tragarse su tranca.

Esperanza lo pasó mal, porque la polla empezó a aumentar de tamaño rápidamente dentro de su boca, tanto que se ahogaba, hasta que consiguió doblar la cab

eza y hacer que penetrase por la garganta. Ella no podía ni moverse y tenía que ser el tío quien, tirando del pelo, la llevase adelante y atrás. Cuando el gordo se corrió, Esperanza no pudo resistirlo y le vinieron diversas arcadas que le hicieron vomitar la leche y algo más sobre los huevos y los muslos del tío.

A éste no pareció importarle ya que, resoplando y sin darle tiempo de recuperarse, la cogió en brazos y, de pié, manteniéndola en vilo, la ensartó. Ella dio un grito por el dolor que seguro le causaba pero, ante mi sorpresa, acogió toda la polla en su interior y, más pronto de lo que yo pensaba, empezó a culear. El gordo le daba unas embestidas tremendas, cogiéndola de las axilas y levantándola y agachándola mientras el enorme pene trabajaba como una taladradora. Los pechos de Esperanza se bamboleaban a cien por hora y de su boca, de la que aún manaba algo de vómito, surgieron unos profundos y estremecedores gemidos. La estaba gozando a lo grande y eso, imbécil de mí, me puso a cien y empecé a machacármela.

El gordo se corrió allí de pié, con mi chica retorciéndose en sus brazos, ensartada por el pollón y gritando como un animal. Él, sin embargo, permaneció en silencio, casi sin inmutarse, y sólo supe que se había corrido por la leche que empezó a manar del coño, hacia sus huevos y el suelo. Mi semen cayó por el sillón, unas gotitas de mierda comparadas con la cascada del burro aquel.

La descargó y la dejó tendida sobre la mesa, le quitó el porro al otro de los rockeros y, sin decir nada, volvió a irse al wc, supongo que a volver a cagar. Ya lo podía hacer, ya, que satisfecho se había quedado.

El que se había quedado sin porro se acercó a Esperanza, que jadeaba con los ojos entrecerrados, aún sobre la mesa. El tío le abrió las piernas y dejó a la vista su enrojecido coño, totalmente mojado. Con los dedos empezó a frotarlo con fuerza, apretándole el clítoris -no sé cómo lo podía resistir ella- y pellizcando los labios vaginales. Sus dedos entraban y salían de la hendidura. Ella, aunque me pareciese imposible, se empezó a calentar otra vez, se chupaba los dedos, se cogía y estiraba los pezones, se acariciaba los pechos y el vientre y le murmuraba al otro algo así como "fóllame más, fóllame más, dame tu polla…".

Aquel no se hizo de rogar y la tomó allí mismo, encima de la mesa. Y para mí fue ya el caer en un pozo sin fondo, porque veía como los otros se acercaban, se preparaban, le decían cosas, jaleaban al que follaba, tocaban a mi novia, la mordían, "eres la tía más puta que me he tirado nunca", "cómo te gusta joder guarra", "te llevaremos en nuestra gira y te follaremos todos los días de la semana"…

No llegué a perder el sentido ni a dormirme, pero el resto de aquella noche es para mí una sucesión de imágenes confusas, producto del alcohol y del shock, en las que entre neblina y duermevela, veía flashes de los macarras aquellos jodiéndola, ahora uno, ahora dos, el gordo que volvía a aparecer por allí y desaparecía, ella cabalgando sobre uno en el suelo, jadeando, gimiendo, gritando, susurrando, gruñendo…

Cuando me desperté, el sol estaba ya alto y me daba en los ojos, que entreabrí como pude debido a la resaca. Yo seguía en el sillón, con la botella vacía a los pies, pero no había ni rastro ni de los heavys ni de Esperanza. Me asusté, porque pensé que habían cumplido su palabra y se la habían llevado en su gira, para follársela a gusto y reírse juntos del cornudo de su novio, pero enseguida la encontré en el dormitorio, tendida sola en su cama. Parecía que los rockeros se habían largado, aunque habían dejado allí su señal: el olor de semen que desprendía era impresionante.

Se despertó un poco más tarde y se acercó desnuda hasta donde yo estaba un poco asustada. Me enseñó su coño y lo que vi me preocupó a mí también: estaba todo irritado y muy hinchado, aunque por suerte no vi heridas ni desgarros. Pero casi parecía aquello una sandía abierta por la mitad, de lo rojo que estaba. Y encima le dolía. En el pecado está la penitencia, pues tanto folleteo y tanta polla descomunal le habían produ

cido una irritación de caballo. Aunque pensé que, con el tiempo, la inflamación se le bajaría y no tendría ninguna secuela, la vi tan preocupada que creí que lo mejor sería ir al médico, a que le echaran un vistazo. Yo era así de buenazo, pese a la cornamenta que llevaba.

Al ser domingo, no tuvimos más remedio que ir a urgencias, al hospital, donde la atendió un ginecólogo que confirmó mi inexperto pero acertado diagnóstico: la inflamación bajaría con los días, y podíamos ayudar en el proceso aplicando bolsas de hielo. En un aparte, el ginecólogo, que me tomó por el autor de la fechoría (ya que Esperanza no le había contado nada, obviamente, de su particular orgía), me echó una buena reprimenda y me dijo que otra vez no fuese tan bruto ni tan fogoso y que respetase más a una chica tan delicada. Era para joderse, encima de cornudo, apaleado.

Evidentemente, aquello fue el final de nuestra historia. Visto lo visto, yo conseguí asumir por fin que con aquella tía iba a llevar una vida desgraciada y llena de dramas, y que lo mejor era alejarme de ella. La invité a cenar una noche para explicárselo y despedirme. Todo muy civilizado: yo soy así. Y así fue, más o menos, porque, en realidad, ella pensaba como yo: no podía darme más pruebas de ello.

La noche en cuestión la llevé a un restaurante, situado en las afueras. Esperanza, que se veía venir por dónde iba a ir el tema y como es así de mala puta, se puso un vestido impactante, súper corto, súper suave y súper pegado al cuerpo, con un gran escote, destacando sus pechos y los pezones, que estuvieron erectos por el roce con la tela durante toda la cena.

Nada más sentarnos en la mesa que teníamos reservada descubrí con espanto que justo al lado estaba el ginecólogo que la atendió en el hospital, acompañado de una tía estupenda. Naturalmente nos reconoció y no tuvimos más remedio que saludarlo, Esperanza riéndose a mandíbula batiente y yo rojo como un tomate. Cenamos más o menos en paz, pese a lo tormentoso del tema de conversación, pero yo no dejé de observar cómo me miraba aquel puñetero médico, cómo le hacía comentarios a su acompañante y como ésta me miraba y se reía. Seguro que le estaba contando lo bruto que yo era y en qué estado había dejado las intimidades de mi novia. Los ojos de aquella chica me dejaron fascinado.

En un momento dado fui al wc y, al salir, justo a la puerta, en una especie de discreta salita que comunicaba con el comedor, me encontré a la chica del médico que, aparentemente, también salía del otro lavabo. Para mi sorpresa, se me puso delante, acercó su cara hacia la mía y en un susurro me dijo: "Ya me ha comentado mi marido que estás hecho todo un semental…" y me mordió el lóbulo de la oreja, al tiempo que sentía sus pequeños senos en mi pecho y que su mano se cerraba sobre mi polla.

Me quedé parado, sin saber qué hacer, y ella se giró y regresó rápidamente a su mesa. Por mi parte, esa noche, ya no pude tragar nada más de comida y sólo me preocupé en disimular y en que ni Esperanza notase mi erección ni aquella chica tan atrevida mi azoramiento. Pero pude comprobar que ella dedicó toda la atención a su marido y ni una sola vez volvió a mirarme, justo hasta que Esperanza y yo dimos por terminada la cena y nos levantamos de la mesa, cuando sus ojos se posaron en los míos y una tenue sonrisa se dibujó en sus labios.

En el parking del restaurante, sentados en el coche, a oscuras, terminamos como pareja. Lágrimas de tristeza bañaban nuestros rostros y al final, para consolarnos mutuamente, nos abrazamos y nos besamos. Pero una cosa llevó a la otra y Esperanza, como despedida, acabó montada sobre mí, en el asiento del copiloto. Se había levantado un poco el vestido y descubrí que, como la mala puta que es, no se había puesto ropa interior, y ya estaba bajándome la bragueta y sacándome la polla, que brincaba toda tiesa, ya que había estado así desde el toqueteo de la chica misteriosa. Se la intentó meter en el coño, que ya tenía mojado, pero la inflamación aún no se le había curado del todo y le dolió.

Esto me hizo recordar todas las putadas que me había hecho y, especialmente, lo que pasó la noche de los roc

keros, por lo que, con un poco de mala hostia, le di un empujón violento y con un certero caderazo se la metí por el culo. Esto también le dolió, porque no lo tenía dilatado, y protestó, pero yo ya la tenía dentro y empecé a moverme, bajándole la parte superior del vestido, por los tirantes, y mordiéndole al mismo tiempo los pezones.

La postura era incómoda y, para darle más espacio, abrí un poco la puerta del copiloto, por lo que pudo sacar una de sus piernas, apoyarla en el suelo y abrirse más. Ella empezó a masajearse el clítoris y yo seguí jodiéndola con rabia, con golpetazos secos, con los ojos fuertemente cerrados, recordándola cogida por aquellas bestias infernales de la semana anterior, recreándome en mi humillación e intentando hacerle daño en su puñetero agujero del culo.

Ella se me corrió encima, jadeando y gruñendo como una cerda, como la cerda que era, mojándome el cuello con las lágrimas que aún no se le habían secado y con la saliva de sus morreos y sus mordiscos, y yo sentía su esfínter apretándome la base de la polla con unas contracciones que me empeñé en contestar a golpe de timón, hasta que dejé ir mi leche en su interior. Cuando abrí los ojos, lo primero que vi fue al ginecólogo, que nos miraba con los ojos y la boca muy abiertos, mientras buscaba las llaves de su coche, situado muy cerca del nuestro. A su lado, su mujer sonreía mirándome. Tierra, trágame, es lo único que llegué a pensar.

"Hola, semental", escuché que alguien me decía y, al volverme, allí estaba ella, la chica misteriosa, la esposa del ginecólogo. Sucedió tres o cuatro semanas después que ella y su marido nos pillaran in fraganti en el parking del restaurante. Ahora, los dos estábamos en una galería de arte, en la inauguración de una exposición.

Yo no solía ir a este tipo de eventos, pero desde que me separé de Esperanza decidí cambiar un poco mis costumbres, para conocer otro tipo de gente e intentar olvidarla cuanto antes. "Me llamo Cristina", me dijo y, al ver cómo yo miraba por encima de su hombro, prosiguió "No, mi marido no ha venido. Estoy sola". Y su mano, disimuladamente, volvió a cogerme la polla. "Quiero comprobar por mí misma si es cierto lo que dicen…".

Terminamos haciéndolo en mi casa, esa misma noche, y yo no la saqué de su error ni le confesé la verdad de lo sucedido con el coño de Esperanza y que no había sido mi "superior fuerza sexual" la que se lo había dejado como un bebedero de patos. Y lo cierto es que no quedó defraudada para nada. Tanto es así, que ahora estamos casados, Cristina y yo, después de diversas vicisitudes que, la verdad, en este momento no vienen al caso.

Autor: Hydrozinc

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Escrito por Marqueze

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