CURIOSA COLECCION

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La autovía se perdía entre un puñado de olivos clavados en el horizonte, mientras un sol de justicia bañaba esa llanura infinita que tan sólo la presencia de algún cerro desnudo impedía otorgarle el epíteto de "manchega". Del motor del coche surgía un zumbido constante al cual se le sumaba el producido por el tórrido viento que torpemente trataba de introducirse por la ventanilla de Lorena. Muchos kilómetros nos separaban ya de nuestro origen, pero no menos lo hacían de nuestro destino. Y entre un punto y otro tan sólo había eso, kilómetros.

Y silencio, un silencio atronador. Un silencio que yo trataba de cargar de contenido, pero siempre ignorando en qué medida era recibido por aquella pelirroja de bote que había logrado cautivarme, o se esfumaba por la ventanilla para ir a parar a cualquier ladera rocosa. Cualquiera que fuese su paradero, de nada servirían aquellos suspiros que yo cargaba emocionalmente si no eran acompañados, antes o después, de una declaración de intenciones.

Yo me había declarado a Lorena mil y una veces. En el parque de Cembreros, en varias playas del Cantábrico, en los pastos de Valle Estrecho e, incluso, en aquel coche. Pero en todas esas ocasiones sin la barrera que en este momento me impedía hacerlo: su presencia. El castillo de Sax dominaba al municipio como el astro rey lo hacía sobre aquel paraje desértico.

Joder, qué calor… – fueron sus primeras palabras en más de 150 kilómetros. Aceptó mi propuesta de hacer un alto en el camino en el próximo hostal de carretera que encontrásemos.

Aquel dichoso bar de mala muerte se hizo esperar, pero a cambio nos brindó una pequeña arboleda donde poder aparcar mi fatigado Opel Kadett sin que las altas temperaturas le incordiasen durante un rato. Una vez me aseguré de que la sombra cubría por completo al vehículo, apagué el motor. Con el cantar de la chicharra y el ruido de los camiones que circulaban por la autovía, nos desabrochamos los cinturones.

Nuestros cuerpos estaban entumecidos por las largas horas de viaje y hasta abrir la puerta para salir se había convertido en una empresa irrealizable. Fue entonces cuando noté que Lorena había fijado su mirada en mí, y un escalofrío me recorrió desde mi sudorosa frente hasta mis acaloradas piernas.

Sin desviar mi vista de los pinos sylvester que crecían unos metros más adelante, le pregunté si no quería salir a tomar algo fresco en el bar, pero no hubo respuesta a mi cuestión. Lorena había captado mis silencios durante el trayecto, y los estaba dando réplica. Nos dijimos muchas cosas, y todas de una belleza tal que si hubiesen tenido que ser expresadas con palabras, habrían perdido toda su plenitud. Ya no cantaba la chicharra, ni los camiones circulaban por la carretera. Ya no hacía calor, ni nos encontrábamos cansados del viaje, porque el viaje estaba a punto de comenzar.

Aquel páramo alicantino podía compararse con un auténtico horno, donde unos cuantos millones de vatios torturaban impunemente a un puñado de matorrales agonizantes. Ni fuerza tenían ya para resistirse con un quejido a las perversas voluntades del astro rey. El sol, Lorena. Los matorrales, yo. El cazador cazado por sus propias balas, por sus propios silencios. Silencios resultantes de los propios gritos abortados. Abortados por la lengua de Lorena, la cual recorría cada oquedad de mi boca, succionando todo líquido que en aquel desierto pudiesen segregar mis glándulas salivales y engullendo todo sonido que de mis cuerdas vocales, o de algún lugar más profundo, pudiese surgir.

Aquella hierba seca que yacía bajo los agostados árboles cumplía a la perfección el rol para cuya interpretación había nacido: formar un cómodo colchón sobre el cual nuestros cuerpos enredados pudiesen revolverse de manera confortable. Y así lo hicieron, puesto que ni una gota del sudor de nuestra piel se iba a derramar, a partir de entonces, por causas meteorológicas. Lorena se despojó con facilidad de su camiseta, así como de su sost&ea

cute;n, mostrándome su par de esbeltos y sudorosos senos. Los froté con delicadeza, mientras ella me restregaba su culo, aún vestido, por el bulto que sobresalía de mi pantalón.

Quise besar sus rosados pezones, pero ella me lo impidió retirándose hacia detrás para acercar sus dientes a mi pantalón. Alcé un poco la cintura para facilitarle la empresa de despojarme de mis bermudas con su boca. Le costó un poco más de lo esperado, pero cuando por fin lo logró, mi verga salió disparada con tal violencia que golpeó en su cara.

De inmediato, aquella estudiante de Derecho se tomó la justicia por su mano y se vengó de mi inocente miembro devorándolo despiadadamente. Aplicó sus labios contra mi glande de una manera casi caníbal, produciéndome una mezcla de placer y dolor totalmente desconocida para mí. Sin embargo, una vez ejecutada su sentencia, se negó tajantemente a verse correspondida con un frenético cunnilinguis, tal vez por temor a mi revancha. Prefirió masturbarse ella solita antes que ver su clítoris estrujado por mi lengua, y una vez se consideró suficientemente lubricada me cabalgó de manera apoteósica.

Lorena tomó mi polla con sus delicados dedos y se la introdujo muy lentamente. Yo sentía cómo las convulsiones que agitaban todo su cuerpo manaban de aquel delicioso tesoro. Un gemido de protesta salió de su garganta al comprobar que su garaje no era capaz de cobijar por completo a mi automóvil. Sin embargo, nada podía ya rebajar su estado de excitación. Aunque un trailer se saliese de la autovía y nos arrollase, el cuerpo inerte de aquella veinteañera seguiría abalanzándose sobre mi sangriento trozo de carne, posiblemente separado de mi cuerpo.

Mi sorpresa fue mayúscula al comprobar que mi polla se estaba introduciendo totalmente en su vagina, cuando al comenzar aquel trance amoroso eran al menos cuatro los centímetros que inevitablemente quedaban a la intemperie.

No quise ni pensar qué tipo de tejidos se habrían rasgado en el interior de Lorena, con los párpados cerrados y entregada totalmente al coito. Sentí de manera clara cómo se corría. Noté que un escalofrío la recorrió el cuerpo, el cual se arqueó de manera que su cabello acarició mis tobillos. Parecía ida, sumida en un sueño del cual despertó cuando las sensibles paredes de su vagina apreciaron el engrosamiento de mi pene que precedía al momento que estaba esperando.

Rauda, se extrajo mi polla y la colocó frente a sus manos abiertas. Viendo que ella no modificaba su posición, me la meneé lo necesario para que mi semen desbordase sus palmas abiertas y se derramase, en pequeñas cantidades, por sus brazos. Tan pronto como el chorro cesó, propinó una deliciosa lamida a mi glande y salió corriendo hacia el coche. De su bolso sacó un frasquito en el cual vertió la gran parte de la lefa que con sus propias manos había recogido. Aquel bote estaba ya muy colmado de un "gel" amarillento con el cual se mezcló la preciada crema que había surgido de mis testículos.

Quise preguntarle acerca de su curiosa colección, pero me lo impidió arrodillándose sobre mi cabeza y tapándome la boca con su calenturiento coño.

Empecé a lamer como no había podido hacer anteriormente cuando me percaté de que el líquido que mi lengua extraía de su interior y que se esparcía por toda mi cara poseía un tono rojizo que era… muy inquietante.

Autor: Pisoraka

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Escrito por Marqueze

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