Desde que me llamaste

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Desde aquel día en que me llamaste, no pude aguantar las ganas de ir a verte. Aquel día, en que llegué por primera vez a Mazatlán, sabía que algo iba a pasar, por lo cual, me llevé ropa interior atrevida. Nuestro primer encuentro fue tal cual me lo esperaba, no nos miramos más que unos minutos y ya estábamos besándonos apasionadamente.

Discretamente nos dirigimos a tu casa y en cuanto cruzamos la puerta, apretaste tu bulto contra mis nalgas, se sintió delicioso. Mientras tanto, tú masajeabas mis pechos y me besabas locamente.

No tardaste en quitarme la blusa que traía, dejando al descubierto mis enormes pechos, sostenidos por un brassiere tan pequeño que parecía que mis senos explotarían.

No pudiste resistirte y de inmediato te deshiciste de mi prenda y comenzaste a lamer mis pezones, mientras yo me sentaba en la mesa del comedor y cruzaba mis piernas alrededor de tu cuerpo. Continuaste lamiendo, pellizcando y masajeando mis pechos, mientras yo gemía levemente por el placer que me provocabas.

Cuidadosamente, desabroché tu pantalón y tu miembro saltó hacia mi cara y sin dudarlo ni un minuto más, te bajé la ropa interior y me introduje tu pene en la boca. Tú empujabas mi cabeza para que me cupiera todo y yo lo jalaba con mis manos y lo lamía como mi alimento favorito.

Mientras yo te lamía, desabroché lentamente mi falda, dejando al descubierto una tanga negra muy ajustada que apretaba mis glúteos de igual manera que lo hizo el brassiere con mis pechos.

Al verme así, casi desnuda frente a ti, no lo dudaste ni un minuto más, me ayudaste a sentarme en la mesa, me quitaste mi última prenda, y perfilándote, introdujiste tu miembro en mi vagina. Sentí un gozo tremendo, al tenerte dentro de mí. Y comenzaste a moverte velozmente, empujando tu miembro cada vez más dentro de mi sexo.

Yo gemía y mis pechos rebotaban, mientras que mis piernas estaban sobre tus hombros y tenías a tu merced mi parte más íntima. Poco después de esta posición, me pusiste en el suelo y me puse de 4 patas.

De nuevo, tu miembro se introdujo en mi vagina, haciéndome gritar de placer. Mis orgasmos me hicieron perder la fuerza y no pude detenerme más, por lo cual, mi ano quedó a tu disposición. Y sin dudarlo más, ensalivaste tu miembro y me introdujiste ese pedazo de carne por atrás.

Grité de dolor al principio y conforme tus embestidas se hacían más frecuentes, ese dolor era reemplazado por gozo, gozo que no pude contener y mi vagina chorreó jugos, los orgasmos me llegaban uno tras otro y mis grandes pechos se zarandeaban de lado a lado.

Finalmente, después de unas buenas embestidas, sacaste tu miembro de mi ano y me llegó el turno de ser la que controlara el acto. Te tiré boca arriba y lamí tu pene, lo chupé y una vez que estuvo aún más duro y la erección fue aún mayor, me monté sobre ti.

Colocaste tus manos sobre mis pechos y yo comencé a montarte como loca, dejando caer mi vagina sobre tu miembro una y otra vez, gritando de placer, mientras tú no dejabas de jugar con mis pechos, hasta que finalmente, después de una cabalgata final, tu semen inundó mi vagina y sentí como se mezclaba en mi interior.

Los dos acabamos rendidos y quedamos dormidos tú aún dentro de mí.

¡Valoralo! ¿Qué te ha parecido?

Escrito por Marqueze

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