Desesperación I

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Noelia tenía cuarenta años y llevaba casada con Martín Del Valle más de diez años. Martín Del Valle, de cincuenta y nueve años, era un importante empresario de Madrid con negocios petrolíferos repartidos por todo el mundo. Era una persona influyente, con amistades en los círculos más selectos de la sociedad. En su empresa trabajaban más de mil personas y se le consideraba un hombre honesto y bondadoso, muy amigo de sus amigos y muy enamorado de su mujer. Casi siempre se encontraba de viaje.

Vivían en una mansión en la zona más distinguida de la ciudad, una zona residencial de ricachones donde todo era ostentación.

Noelia era una mujer guapa y elegante. Alta, delgada, aunque de caderas algo pronunciadas, de piernas largas y vientre liso, aunque destacaban sus pechos, con forma de pera y base ancha, culo de nalgas abombadas y con un rostro muy hermoso. Llamaban su atención sus ojos marrones, sus labios gruesos y sensuales y su cabello de un tono dorado, de melena larga y ondulada. Siempre vestía con finura, como una niña pija y encaprichada, casi siempre a la última moda, bien maquillada, con las uñas de las manos y de los pies pintadas, casi siempre de un tono azulado.. No le costaba gastarse un dineral en un vestido de las mejores firmas. La cuenta corriente de su marido parecía inagotable. No habían tenido hijos, principalmente por un severo problema de Martín.

Sufría impotencia sexual, quizás debido al estrés, desde hacía ya más de siete años. No se le empinaba y el apetito sexual era nulo. Los mejores médicos no habían sido capaces de establecer un diagnóstico para resolver el problema. Se había gastado dinerales en las mejores clínicas del mundo sin resultados positivos. Como consecuencia de ello, las relaciones de pareja se habían reducido a la nada y la abstinencia se había convertido en una rutina. Y Noelia era una mujer joven, que a veces escenificaba fantasías sexuales en su mente. No podía remediarlo. Sintonizaba canales pornos en ausencia de su marido para masturbarse y apaciguar así sus deseos. Le amaba, pero tenía sus necesidades. Nadie sabía del problema de Martín, salvo sus dos mejores amigas, Rosa y Pilar, otras dos pijas que vivían en el mismo residencial y que la compadecían.  Sentía envidia de sus amigas cada vez que narraban las aventuras sexuales con sus maridos. A veces lo intentaba con Martín, pero siempre se imponía la desgana. Tenía escondido en la casa un consolador para sofocar sus ardientes sensaciones. Si no había contratado ya los servicios de un prostituto era por vergüenza y por el amor que sentía por su marido. No quería engañarle.

Pero su crepitante lujuria pudo con ella una tarde de verano. Visitaba unas páginas web en Internet de contenido pornográfico cuando se encontró con un lugar llamado Cielo, frecuentado por mujeres solteras, divorciadas y casadas aburridas que buscaban un poco de placer. Parecía ser un sitio de encuentro de mujeres desesperadas, quizás en situaciones muy similares a la suya. Daba la impresión de ser un sitio discreto, ubicado a las afueras de la ciudad. Necesitaba desahogarse. Su marido estaría de viaje hasta el día siguiente. Nadie se enteraría. Todo quedaría entre ella y su conciencia. Ni siquiera a Rosa y Pilar les revelaría el secreto. Decidida, se vistió para la ocasión. Se vistió con una túnica de manga corta a modo de vestido, con la base muy por encima de las rodillas, de una tela muy versátil, de punto, color plateada brillante, como de seda, con un profundo escote en forma de V que dejaba visible parte de sus enormes tetas, cortada bajo el pecho por una banda anudada a la espalda. Se colocó unos pendientes de aros, un collar de perlas y anillos en todos los dedos, con las uñas pintadas de azul marino. No se puso sostén ni medias, se calzó con unos zapatos de tacón aguja y bajo el vestido un tanga de satén, color blanco. Parecía una princesa. Iba demasiado atractiva para ir a sola a un tugurio como el Cielo.

Condujo con su Mercedes con los nervios a flor de piel. Se adentraba en una aventura arriesgada. Acudía a Cielo para ligar y echar un polvo con cualquier desconocido, todo por saciar sus ardientes deseos. Se trataba de un club a rebosar de gente. Llegó en torno a las once de la noche. Enseguida se percató del ambiente, del tipo de mujeres que rondaba por allí y la clase hombres que merodeaba en busca de una presa fácil. Había reservados en la penumbra con parejas morreándose. Grupos charlando, la pista de baile llena y un gran bullicio. Algo angustiada, se dirigió a un recodo de la barra y se sentó en un taburete. Cruzó las piernas y encendió un cigarrillo. Le sirvieron un whisky solo. Trató de serenarse bebiéndoselo de dos tragos y pidió una segunda copa. No se atrevía a mirar hacia ningún sitio. Sólo llevaba un cuarto de hora y los nervios le palpitaban bajo la piel. Sintió que alguien se sentaba a su lado. Era un hombre. Pidió un coñac. Levantó la vista hacia él y se miraron a los ojos. Tenía más o menos su edad, pero de aspecto terco, más o menos de su altura, repeinado hacia atrás y con una barriga fofa. Destacaba un abultado bigote. Llevaba la camisa muy abierta dejando a la vista sus peludos pectorales, cubiertos por un abundante vello oscuro. Poseía varios collares de oro y vestía unos pantalones finos muy catetos, como de mil rayas, muy anticuados.

– Hola, guapa, ¿estás sola? – le preguntó con una voz ronca
– Sí – sonrió nerviosa.
– Invita a la señorita a una copa – le ordenó al camarero.
– Gracias – le correspondió ella. No le gustaba aquel tipo, resultaba asqueroso, pero su ninfomanía le impedía rechazarle.

Volvió el taburete hacia ella y con gran descaro la devoró con la mirada, centrando su vista en el escote y en los muslos de sus piernas.

– ¿Cómo te llamas?
– Noelia.
– Yo, Pedro, encantado -. Se inclinó hacia ella y se saludaron con un beso en las mejillas. Apestaba a tabaco y alcohol. Pedro no podía ni creerse que estuviera ligando con una tía tan guapa -. ¿Estás casada?
– Sí.
– ¿Has venido sola?
– Sí.

Pedro extendió el brazo y la acarició bajo la barbilla con las ásperas yemas de sus dedos. Ella sonrió bajando la vista.

– ¿Es la primera vez que vienes?
– Sí.
– Estás nerviosa.
– Un poco…
– Quieres echar un polvo -. Noelia le miró a los ojos y tragó saliva. Pedro volvió a extender el brazo y deslizó los dedos por su hombro -. ¿Por qué no vamos a un sitio más tranquilo? -. Seria, Noelia respiró hondo. Vio que Pedro se levantaba y apuraba la copa -. Acompáñame, preciosa.

Recogió su bolso de encima de la barra y le siguió entre el gentío. El placer se mezclaba con el remordimiento y el temor a lo que pudiera suceder con aquel tipejo. No era el ideal de hombre que había imaginado, pero en momentos tan tensos se conformaba con cualquier cosa. Los reservados en la zona oscura estaban atiborrados de gente. Las parejas se besuqueaban y se manoseaban por todas partes. Se adentraron en un pasillo donde existían numerosos habitáculos cubiertos por cortinas. Se oían gemidos y jadeos por todos lados. Aquello parecía un matadero, una zona de tortura. En uno de los habitáculos pudo ver dos mujeres mamándosela a un viejo. En otro una mujer desnuda bailaba para un grupo de hombres que se masturbaba. Recorrieron todo el pasillo y Pedro se volvió hacia ella.

– Está todo ocupado, joder. Vamos al lavabo.
– ¿Al lavabo?
– Vamos…

Empujaron la puerta y entraron en un sucio servicio que parecía un zulo. Había preservativos por el suelo y trozos de papel. Sólo vio una taza, un pequeño lavabo con un espejo redondo y un orinal para hombres. La mujer de Martín Del Valle en un lugar tan patético como aquél, pensó arrepentida, con un desconocido de la talla de Pedro. Sin saber qué hacer, se sentó en la taza y cruzó las piernas. Pedro se puso a desabrocharse la camisa delante de ella y a exhibir sus pectorales de denso vello y su barriga blandengue.

– ¿No quieres desnudarte? – le preguntó al quitarse la camisa y colgarla en el pomo de la puerta.
– No, quiero irme a casa – afirmó a modo de súplica.
– No tengas prisas, mujer, aquí todas vienen a lo mismo. ¿Dónde está tu marido?
– De viaje.

Pedro se desabrochó el pantalón y lo dejó caer. Noelia se quedó atónita al verle el slip y el tremendo bulto de la parte delantera. Se notaba el relieve del pene echado a un lado y gran cantidad de vello sobresaliendo por la tira superior. Caminó hacia ella. La barriga y el bulto le botaban con los pasos. Tenía su rostro a escasos centímetros del paquete. Le pulso la palma de la mano derecha en la frente y tiró de su cabeza hacia atrás para obligarla a mirarle. Noelia le miró a los ojos asustada y tragó saliva. Le acarició con sus ásperas yemas bajo la barbilla.

– Vas a portarte bien conmigo, ¿verdad? -. Las caricias se extendieron a la cara y el cabello -. Eres muy guapa.
– Quiero irme – suplicó sin dejar de mirarle.
– Chssss.

El tipo se inclinó y bruscamente le abrió el escote hacia los lados dejando libres sus dos hermosas tetas, que se balancearon débilmente. Pedro se fijó en sus pezones empitonados y en la aureola que los rodeaba, una aureola que abarcaba gran parte de la base. Se las tocó muy suavemente, sólo palpándolas con los dedos, zarandeándole muy despacio los pezones, cada una con una mano. Aquel tacto le produjo un serio escalofrío en la vagina, un ardor. Aquello no estaba bien, su marido no se lo merecía, pero necesitaba un desahogo, incluso aquel cerdo estaba poniéndola cachonda. Llevaba mucho tiempo sin probar el sexo. Nadie tenía por qué enterarse, sería una experiencia. Retiró las manos de sus pechos para bajarse el slip. Lo hizo muy despacio, descubriendo lo que se escondía tras la tela. Era una polla regordeta, no muy larga pero muy ancha, con venas pronunciadas en todo su tronco, con un glande muy abultado. Los huevos eran gordos de piel muy abrupta, salpicada de largos pelillos. La tenía erecta hacia arriba.

– ¿No piensas tocármela? -. Noelia alzó su brazo derecho y la rodeó con su manita delicada de uñas azules. Estaba dura. Deslizó muy despacio la mano hacia la base y volvió a subir hasta el glande -. ¿Te gusta?
Sí – contestó comenzando a sacudirla algo más deprisa. Notaba el grosor de las venas y la carnosidad del glande. Llevaba mucho tiempo sin probar algo así y empezaba a notar la humedad en su vagina.

– Mírame…

Levantó la mirada hacia él sin dejar de meneársela. Él introdujo los dedos de sus dos manos por su cabello sedoso y dorado, masajeándole la cabeza con las yemas. Allí se encontraba, masturbando a un desconocido en los servicios de un bar de mala muerte, exhibiendo sus dos tetas que se movían como flanes al son del brazo. La agitaba cada vez con más ritmo. Sus huevos se mecían al compás.

– ¿Por qué no te la metes en la boca?

Llegaba el momento de probarla. Acercó los labios y sacó la lengua sin soltarla para lamer el glande en círculos. Tenía un sabor amargo y seco. A la vez se la meneaba, aunque más despacio. Acercó más la boca para babosearla más con la lengua entera y los labios. Se la mamaba como si estuviera chupando un helado. Pedro resollaba observando la forma en cómo se la ensalivaba. Parecía disfrutar, no paraba de saborearla, de pasar repetidamente su lengua alrededor del glande. Vio que subía la mano izquierda y empezaba a sobarle los huevos con pequeños estrujamientos. La muy guarra se está animando, pensó él. A veces apartaba la boca para sacudirla y levantaba la mirada hacia él, con babas unidas a la punta, pero enseguida acercaba su boca para volver a succionar. Estaba gozando como una loca mamando de aquella porra. Las gotas de su saliva resbalaban por el tronco o goteaban al suelo desde la comisura de los labios.
Lo estás haciendo muy bien…
Se la pegó a la barriga con la mano y bajó con los labios hasta sus huevos. Comenzó a lamérselos a mordiscones, bañándolos en saliva por todos lados, metiéndose uno de los testículos dentro de la boca y saboreándolo como un caramelo. Pedro observaba su cabeza bajo su porra lamiendo como una descosida. Cuando apartó la cabeza para sacudírsela de nuevo, numerosas gotas de saliva caían al suelo desde los huevos. Pedro ya respiraba acelerado. Ella le miraba meneando la verga a escasos centímetros de su cara. Volvió a subir la mano izquierda para achucharle los huevos. No quería desperdiciar ningún momento. Notó su chocho lleno de flujos vaginales mojándole la braga. Vio que fruncía el entrecejo y que despedía su asqueroso aliento sobre ella. Apretó más la polla y le dio más fuerte. Pronto escupió gelatinosos pegotes de semen amarillento sobre su rostro. Uno le cayó en la frente y resbaló por su sien. Otro le cayó en los dientes superiores, goteando al labio inferior y la barbilla, para gotear después sobre sus tetas. Y numerosos salpicones le mancharon la mejilla. Cesó los movimientos del brazo y retiró la mano de la verga. Se pasó el dorso por el labio para limpiarse algunos restos y degustó algunas gotas esparcidas por su lengua.

– ¿Qué buena mamada? ¿Te ha gustado mi verga? -. Ella sonrió como una tonta -. Venga, dímelo.
– Sí.
– Levántate.

La cogió por la axila para ayudarla a levantarse y se lanzó a sus labios para besarla, probando restos de su propio semen. Ella le correspondió uniendo su lengua. Sus tetas se aplastaron contra el vello denso de aquellos pectorales fofos y notó la blandura de su barriga. Ella le rodeó abrazándole y deslizó sus manitas por su espalda hasta llegar al culo. Le manoseó sus nalgas encogidas y peludas. Él también le tocó el culo por encima de la tela. El beso se demoraba, unas espumillas de saliva se formaban en las comisuras de sus labios. Ella estaba muy cachonda, se notaba en la forma de tocarle el trasero y la espalda. Pedro se apartó de ella y se acercó al orinal para mear. Mientras lo hacía volvió la cabeza para mirarla. Aguardaba de pie junto a la taza, con las tetas al aire y el rostro manchado de semen. La muy pija estaba muy buena. Debía de estar muy desesperada para irse con él. Tampoco Noelia podía creerse en aquel sitio con un cerdo de cuerpo deforme como aquél, pero la lujuria se había apoderado de su mente y era incapaz de arrepentirse. Vio que se volvía hacia ella. De la porra le caían gotas de orín.

– Quiero follarte.

La obligó a darse la vuelta, contra la pared, la sujetó por la nuca y la forzó a inclinarse sobre la cisterna. Sus tetas quedaron colgando hacia la taza. Se aferró a los cantos de la cisterna. Tras ella, Pedro le subió la tela de la túnica hasta el lazo de la espalda, a la altura de la cintura. Se regodeó con su ancho culo de nalgas carnosas y sonrosadas. Las manoseó con las palmas muy abiertas. Vio la tira del tanga en el fondo de la raja. Bajaba las manos por sus muslos y ascendía hasta su cintura. Muy lentamente, le fue bajando el tanga hasta las rodillas. Vio su enorme coño en la entrepierna, con una raja bien diferenciada, profunda y abierta. Vio que de entre los labios le brotaba un líquido viscoso y transparente. La muy perra se estaba corriendo. En el fondo de la raja se apreciaba su ano, un agujero rosado de carne tierna y arrugada.  Se agarró la polla y acercó el glande a las profundidades de la raja. Pegó la punta en el ano y empezó a hundirla despacio. Ella le miró por encima del hombro con el ceño fruncido y la boca muy abierta. Se la iba a meter por el culo. Notó cómo le introducía el glande y poco a poco todo el grosor de la polla. Desprendió un jadeo profundo de dolor. Pedro empujó aún más hasta hundir la verga entera dentro de su culo. Los huevos se pegaron al chocho. Tenía el agujero tremendamente dilatado. Y se puso a follarla analmente con diligencia, extrayendo media verga y hundiéndola hasta el tope. Enseguida ella se puso a gemir y a soltar alaridos. La dilatación le producía pequeños calambres en las caderas. Apoyó la frente en la cisterna y llevó sus brazos hacia atrás para abrirse el culo, para apaciguar la dilatación que le producía el grosor de la verga. Aferrado a sus nalgas, Pedro la embestía con energía. Sentir su porra presionada le producía unas dosis de placer embriagadoras. Ella gritaba de placer en cada penetración. La estuvo follando analmente cerca de dos minutos, hasta que retiró la verga de golpe. Noelia cerró los ojos para respirar más tranquila y retiró sus brazos de las nalgas para volver a erguir la cabeza. Le miró por encima del hombro. Sudaba a borbotones por todos lados.

– Necesitas más, ¿verdad, guarra? Te voy a romper el coño.

Pedro se fijó en su ano dilatado y enrojecido. Acercó la polla al chocho y se la clavó secamente hasta el fondo. Ella gimió como una perra. Enseguida se puso a follarla con velocidad, embistiéndola salvajemente, enrojeciéndole las nalgas por el choque de las caderas. Ella gemía sin parar. Todo su cuerpo se movía con las embestidas. Pedro le sacudía con fuerza y de manera veloz, hasta que frenó en seco con la polla dentro. Noelia notó cómo le vertía una gran cantidad de leche en su interior. El hijo de puta se había corrido dentro. Aguardó inmóvil bastante segundos, hasta que decidió retirarse. Se agachó para recoger el slip. En ese momento, Noelia se incorporó volviéndose hacia él. Notaba cómo le brotaba leche entre los labios vaginales, pero no quería pararse. Se puso el slip y los pantalones y ella se subió las bragas. Se bajó la falda del vestido y se la alisó mientras él se ponía la camisa. Cuando se cerraba el escote, Pedro abrió la puerta y abandonó el habitáculo sin ni siquiera despedirse. La había follado, que era su único objetivo. Se sintió como una vulgar prostituta, pero era mejor así, todo discreto, al fin y al cabo, ella estaba allí para lo mismo. Abandonó aquel tugurio a toda prisa entre nuevas insinuaciones de otros tipos. Quería irse a casa. En cierto modo, estaba arrepentida.

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Escrito por Marqueze

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