Don Alberto (I).

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Un hombre que tiene una empresa transnacional, con mucho dinero, pero pobre en relaciones humanas; de 40 años, muy tímido. A mí me pareció fascinante, pero no por el dinero, él es un hombre guapo, atractivo y con unos ojos verdes hermosos. Me llamo la atención desde que lo conocí porque aparte de lo guapo, es un hombre muy educado y me gustó demasiado. Yo no soy feo, soy esbelto, mido 1.70 lampiño y con cara de niño. (Eso dice la gente que me conoce) tengo ojos negros, piel canela, pestaña larga, en fin, modestia aparte soy un hombre guapo, atractivo y algo masculino. Yo entré a trabajar con él como su chofer. Claro que no solo era su chofer, también hacia otras funciones como era el investigar lo que hacían los buitres de su familia. Éstos son muy ambiciosos y solo le piden dinero. Ya con la confianza que él me fue dando, le comenté que ellos solo quieren su dinero y él estaba de acuerdo conmigo y me dijo:

– ¿Qué puedo hacer Pedro? Todo mi dinero no me da la felicidad, y por lo menos, ellos llenan un poco el vacío que tengo. Si por lo menos alguien me amara… Yo dormía en una habitación para la servidumbre, la casa estaba llena de servidumbre, 2 camareras, una cocinera, dos jardineros, el ama de llaves y yo, el chofer. Pero cuando terminaba mis labores y Don Alberto me decía que ya no me necesitaba, yo sentía un vacío enorme, 6 meses de trabajo con él me llevaron a amarlo en secreto. Soñaba con él, pensaba en él, todo lo que yo hacía era para agradarle, para que me mirara, para que me quisiera un poco, aunque fuera como amigo. Yo con 22 años no tenía ninguna experiencia homosexual y todos mis pensamientos me llevaban a odiarme a mí mismo por tener deseos para con otro hombre. Mi educación, mi religión, todo, todo era muy confuso. ¿Cómo era posible que yo fuera homosexual?. Me sentía realmente mal. Pero al día siguiente, todas esas confusiones y temores se iban de mi lado cuando llevaba a Don Alberto a su empresa. Me gustaba verlo por el retrovisor, y cuando el se daba cuenta, yo hacía como si estuviese viendo un carro, vamos, como si fuera manejando con precaució Una tarde, en su oficina, empezó a platicar conmigo, yo ya tenía mucha confianza con él (claro, no tanta como para confesarle mi amor), e iniciamos una platica sobre música, yo le dije que mi cantante favorito era Alejandro Sanz, el nombre de mi whisky, el color de ropa, comida, etc. Todo, todo se lo fui diciendo sin percatarme que me estaba confesando con él. Después me toco mi turno, pero yo no podía preguntarle todas esas cosas, (además, ya las había averiguado con mis compañeros de trabajo), pero si me atreví a preguntarle:

– ¿Porqué no se casó Don Alberto?

– Porque no encontré a la persona ideal. –me dijo- además, tuve muchos problemas de joven, yo soy… No termina la frase, solo se sonrojó. Bueno, Pedro, soy un hombre diferente. Empezó a reír y su sonrisa me pareció angelical, muy pocas veces reía, era un hombre triste, y le dije que le sentaba muy bien la sonrisa en su rostro.

– Gracias Pedro, trataré de sonreír más a menudo. –Me contestó. Como es normal, yo lo acompañaba a todas sus “parrandas”, y un día, el bebió demasiado, estaba totalmente ebrio, me dijo que no quería ir a su casa, que ahí se sentía solo y lo llevé a un hotel. El hotel era de 5 estrellas, por una noche pago 1,200 pesos y me dijo que lo acompañara. Yo, por supuesto, lo acompañé y cuando íbamos subiendo en el elevador me paso su brazo por mis hombros. ¡Dios mio!, que sensación tan hermosa, pegaba su mejilla a la mía, yo sabía que no había tomado tanto, pero aparentemente estaba muy ebrio. Cuando llegamos a la habitación, me dijo:

– Pedro, estoy muy borracho, sé que eres gay y no quiero que te aproveches de mí. Yo solo me le quedé mirando, ¡me hizo sentirme tan mal!. Me sentí humillado, dolido. Yo lo amaba, pero de verdad lo amaba y … al decirme esas cosas me hizo sentirme un don nadie. Empecé a pensar que era lógico, yo no era nadie al lado de él, yo solo era su chofer, y aunque lo había pillado mirándome eso no significaba que él fuera gay. Me enojé mucho, pero hice lo que me pidió. Me fui a su auto (una limusina blanca), y me acomodé en el sillón delantero, a esperar

a que despertara. Así pasé la noche, despierto y durante un rato llorando por la vergüenza que pasaría al día siguiente al verle la cara. No dormí nada. Cuando el se levantó, fue hacia su coche y yo ya estaba abajo, esperándolo. Me miró a los ojos y me dijo, de forma exigente:

– ¡ Pedro, llévame a casa.! Él nunca había sido tan autoritario conmigo. Siempre fue un hombre muy cortes y siempre me pedía las cosas con un “por favor” y “gracias”. Me sentí mal nuevamente y no se porque, deseaba llevarlo a su casa lo más pronto posible para no tener que verlo. No deseaba verlo o hablar con él. Seguía sintiéndome humillado. Al día siguiente, era el cumpleaños de Don Alberto. Él no quería que su familia le festejara nada. Le dijo al ama de llaves que el quería festejar con la persona que amaba y solo quería que hiciera una cena romántica para dos personas y después dijera a todos los empleados que se retiraran a sus casas; “HOY NO QUIERO A NADIE EN MI CASA, QUIERO QUE SE VAYAN TODOS, QUIERO FESTEJAR CON EL AMOR DE MI VIDA, SOLOS. SIN NADIE”. Yo estaba sentado desayunando en la cocina y pude escucharlo. Eso me llenó de confusión y de dolor. ¡Tenía a alguien con quién festejar!. Mis sentimientos y Yo salíamos sobrando. No terminé de desayunar; el nudo en mi garganta no me permitían pasar bocado. Era tanto mi coraje, mi frustración y mi dolor que a las 5 de la tarde, (después de la rutina diaria oficina – casa) que le dije a Don Alberto que ya no quería trabajar con él. Que le daba un mes para conseguir otro chofer.

– ¿Te molesté de alguna manera Pedro? ¿No te he tratado bien? ¿Me he portado mal contigo?- me preguntó Don Alberto.

– ¿No recuerda nada Don Alberto? –le contesté, un tanto molesto – ¿Ya olvidó lo que me dijo ayer en el hotel?

– No – contestó- no recuerdo si te dije algo, pero si es así, te pido perdón muchachito, estaba ebrio, y aunque sé que no es ninguna excusa, no quiero que te vayas, me haces falta. Me quedé helado. ¿le hacía falta? Mi corazón empezó a latir con fuerza, pero al momento siguiente me dijo algo que me ocasionó otro dolor fuerte, como una punzada en el corazón. – Eres un gran chofer, claro que me haces falta. Al escuchar esto, y sentir nuevamente el dolor, le dije “muchas gracias Don Alberto, pero yo prefiero irme.

– Está bien, como quieras. Me dijo con un tono hosco y mal humorado.Después dijo- Todos lo empleados se irán a las 6 de la tarde pero quiero que tu te quedes porque te voy a necesitar.

– Si señor –contesté- y salí de su oficina. Cuando dieron las 6 de la tarde, les dije a todos los empleados que debían irse, hable con la familia de Don Alberto – por ordenes de él – para informarles que el no estaría en casa, que iba a celebrar en un restaurante con alguien su cumpleaños. A las 7:30 de la noche, seguía yo en la cocina, esperando a que alguien llegara, me sentí mal por Don Alberto. ¡lo habían dejado plantado ! (eso pensé) Salí a la sala de estar, donde vi a Don Alberto que esperaba a su “AMOR”, y le dije:

– Señor, creo que no llegó su invitada, lo dejaron plantado. ¿Quiere que le sirva la cena?

– No muchachito, yo no estoy esperando a nadie. No hay tal plantón. Mejor dicho, si espero a alguien, pero no de fuera. Te he esperado a ti por hora y media. Me quedé helado. Era algo que no esperaba. ¡¿Me esperaba a mi?! ¿Por qué? Acaso…

– A mi señor? Le pregunté. ¿Por qué a mi? Hoy es su cumpleaños, debería festejarlo con las personas que lo aman.

– No creo que alguien me ame mas que tu ¿O si? – Me dijo mirándome fijamente a los ojos.

– No señor, no creo que haya en este mucho alguien que lo ame mas que yo. Cuando me di cuenta, ya lo había dicho. Sentí que mi rostro se ponía rojo, solo bajé la cabeza, apenado pero feliz de haberlo dicho. Por lo menos, ya no era un secreto, ya no era el secreto que me iba consumiendo, ya no era el secreto que me hacía sufrir a diario. Levanté la cabeza y me di cuenta que el ya estaba a mi lado, tan cerca que pude sentir su aliento en mi rostro. Me tomo de la barbilla y me beso. Fue un beso tierno, lleno de calor. Yo sentí que mi cuerpo temblaba; me quedé mirándolo, tan profundamente que me preguntó:

– No esperabas esto?

– No, le contesté, después de lo de ayer… No esperaba esto, pero si deseaba que pasara.

– Lo sé, fui un tonto, – me dijo – pero estaba muy

confundido. Soy homosexual y me gustaste desde el día que entraste por esta puerta. Me gustó tu sonrisa, tus ojos y conforme pasaron los días me gustaste completo. Pero tu no me dabas ninguna señal. No sabía si eres gay o no y por eso tome tanto, deseaba sacarte de mi corazón. Ya en el hotel, cuando estaba acostado, solo me perseguía tu figura, tu sonrisa, tus ojos… (mientras decía esto, me besaba en la boca, los ojos, la nariz , de una forma tan sutil que solo sentía el roce de sus labios) me levanté enojado porque tu no entraste en ningún momento. Te amo Pedro, esta cena es para ti y para mi. Volvió a abrazarme. Yo también lo abrase y lo besé, nuestras lenguas peleaban por ser las primeras en acariciar. Me sentía en la gloria, se apartó de mi con ternura y puso un CD en el aparato, empezó una canción de Sanz, mi canción favorita. Se acercó a mi, me tomo de la cintura y empezó a bailar conmigo, yo lo único que hice fue recargar mi cabeza en su hombro y abrazarlo de la espalda. Así estuvimos mucho tiempo y me dijo. ¿cenamos mi amor? ¡MI AMOR! ¡Esa palabra era tan dulce!

– Sí –contesté- me encaminé a la cocina y él me detuvo.

– Eres mi invitado, siéntate que ahora mismo traigo la cena. Cenamos opíparamente, a media luz, con dos velas encendidas, muy romántico. El me besaba a cada momento, me acariciaba la mano, me ofrecía de su plato, me volvía a besar. ¡Era tan tierno, tan dulce! Cuando terminamos de comer me dijo:

– Mi muchachito, ¿quieres hacer el amor conmigo? Mi respuesta fue un beso en esos labios que me hacía desfallecer. Me tomo de la mano, apago las velas, e iniciamos el ascenso de las escaleras. Cuando llegamos a la puerta de su alcoba, me volvió a abrazar, a besar y me cargó en sus brazos.

– Abre la puerta mi muchachito – me dijo.

Yo la abrí y la habitación estaba a media luz con muchas veladoras en color blanco y rojas, una bandeja con el whisky que a mi me gusta. Me bajo, despacio, con cuidado y empezó a besarme, a acariciarme, pero no tocaba mi pene ni yo el de él. Nunca había tocado otro pene que no fuera el mío, por lo que me daba miedo y expectación el tocarlo. Don Alberto empezó a besarme con más pasión y yo respondía a sus caricias y besos, poco a poco empezó a desnudarme, primero el saco, la corbata, empezó a desabotonar la camisa y conforme lo hacía me besaba más y más. Yo empezaba a exitarme, mi pene estaba medio erecto y cuando el me desabrochó el cinturón y después el broche, el zipper, me bajo el pantalón y el slip. Se dio cuenta de mi semi erección, volteó sus ojos hacia mi y me sonrió. Toco con la punta de sus dedos mi cabeza, sentí desfallecerme, empezé a suspirar y a gemir. Don Alberto me dijo:

– Antes de hacer nada, quiero conocer tu cuerpo y quiero que conozcas el mío. Me pareció una fabulosa idea. Yo deseaba verlo desnudo. En mis fantasías, cuando dejaba de trabajar, me masturbaba pensando en como sería su cuerpo desnudo. Me gustaba imaginarme su espalda ancha, su pecho peludo, sus nalgas redondas y, lógicamente, me gustaba imaginarme su pene. Las mejores pajas me las hice imaginándome su pene. Se desnudó completamente, poco a poco, logrando que me exitara de una manera como nunca lo hice. Cuando quedó totalmente desnudo, se acercó nuevamente a mi, me cargó en sus brazos y me llevo a su cama. ¡Este hombre es fabuloso! ¡toda la cama estaba llena de pétalos de flores blancas! En el aparato había música suave. Todo era como si estuviese soñando. Ni mis mejores fantasías se parecían a esa realidad. Y ahora me asaltaba una pregunta ¿ de verdad era real? ¿ de verdad estaba en la cama del hombre que más amo?. Me depositó, como ya dije, en su cama, muy suavemente e iniciaron los besos, las caricias. Empezaba por mi cara, mi cuello, dando pequeños mordiscos en mi cuello, eso hacía que se me erizara todo el cuerpo. Siguió bajando y cuando llegó a mis tetillas, empezó a besarlas, a succionarlas logrando que se pusieran erectas; siguió bajando y besaba mi abdomen, mi ombligo, pero no siguió bajando, no toco mi miembro, bajó hasta mis piernas y beso y lamió mis muslos. Hizo que subiera mis piernas y las abriera y empezó a besar entre mis piernas, pero no tocaba mi sexo, solo alrededor. Empece a gemir, mi miembro casi explotaba; Don Alberto se dio cuenta y dejó de besarme, me dijo que me pusiera boca abajo, lo hice e inició

nuevamente la sesión de besos y caricias, me besaba el cuello, la espalda, los flancos, las nalgas, con sus dos manos abrió mis nalgas e inició a besarme entre ellas. Yo no aguantaba más y se lo dije, entre gemidos y casi gritos:

– Don Alberto, por favor, no sigaahhhhhh, me, me voy a venir, Mmmmmm, ahhhhhh!.

– No mi chiquito, ahora te toca a ti conocer mi cuerpo. El se recostó en la cama, boca arriba y yo inicié el mismo ritual. Me gustaba su pecho peludo, mordí sus tetillas, las chupe hasta que le arranqué un gemido de placer. Bajé a su abdomen (tenía un poquito de pancita, pues no hace mucho ejercicio) pero aún así era delicioso besarle el vientre, seguí bajando y no pude dejar de ver su pene. ¡Guauuuuuu! ¡Era enorme!, ¡Grueso!, Yo no estoy mal dotado, pero él me ganaba por mucho. A mi punto de vista, debía medir unos 24 centímetros de largo y unos 6 de ancho. Con venas saltadas por la erección que tenía. No puede bajar a sus muslos, de inmediato metí su miembro en mi boca e inicié la mamada más grande de mi vida. Yo no tenía experiencia, pero mi intuición me decía como hacerlo. De hecho, se lo hacía como en mis sueños me lo hacía él a mí. Agarré una de las almohadas de su cama, los pétalos de las flores volaron sobre él, le puse la almohada bajo su cadera y le abrí las piernas hasta lo máximo e inicié a lamerle el ano, lamía, succionaba, mordisqueaba, en fin, lo hacía vibrar. En eso, el empezó a mover la cadera en circulos, de arriba hacia abajo, nuevamente en círculos y me dijo:

– Sepárate mi chiquito, me voy a venir, voy a eyacular. Me estas dando la mamada mas grandiosa de mi vida, ya no aguantoooooooo. Gritó fuerte y se vino en mi cara, yo quería ver como salía su leche, así que me quedé ahí, viendo como se venía. Para mi gran sorpresa, su miembro siguió erecto, no se bajó, y entonces, él me dijo:

– Ahora te toca a ti bebé. Yo solo sonreí y me acomodé en la cama con la almohada en mi cadera Mi pene estaba muy erecto, y el roce de su boca en mi capullo me hizo empezar a moverme igual que él lo hiciera un rato antes. Dejó de mamar mi verga y me miró a los ojos y me preguntó:

– Amor, ¿quieres que te penetre?

– Si Don Alberto, hágame suyo, pero con cuidado, por favor, nadie me ha penetrado antes.

– ¿de vedad? ¿eres virgen? ¿me darás a mí algo tan hermoso?

– Lo amo Don Alberto, quisiera pertenecerle, deseo pertenecerle más de lo que ya soy suyo.

– Mi niño, me haces feliz. Ven, acuéstate así.

Me indicó como acostarme. Quitó la almohada, me subió las piernas hasta que mis rodillas estaban pegadas a mi pecho, me las abrió un poco, me empezó a besar la cola nuevamente, ya que estaba bien lubricada, me puso su gran cabeza en la entrada, empujó un poco y la cabeza entró. El dolor fue terrible mi erección bajo por completo. Mi miembro estaba flácido. – ayyyyyyyyyyy!!!. No, no, sáquelo, no Don Alberto, me duele, me duele, sáquela por favor, Don Alberto, me duele. Pasé mi mano hacia mi cola y me di cuenta que solo había metido la cabeza, no había avanzado y el dolor era insoportable. Cerré los ojos, apretando los dientes y las lágrimas empezaron a rodar por mis mejillas. – ¡Cálmete chiquito! Ya la saque. Se acostó sobre mi y empezó a besarme. Diciéndome palabras como: ” cálmate nene, ya lo saque, trata de apretar la colita y se te quitará el dolor” Hice lo que me decía y, efectivamente el dolor ya no estaba. Me sentí apenado. La erección que él tenía un rato antes había desaparecido. Se acostó junto a mi.

Autor: Marco

marco80 ( arroba ) capitalino.com

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Escrito por Marqueze

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