Educacion Cristiana (IV).

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Irene sorprendió a los chicos leyendo su relato sado. Estaba a mitad de la escalera y se había puesto una camiseta de tirantes en lugar del bikini mojado, además llevaba algo metálico en la mano. -He estado escribiéndola estos días-, dijo ella mientras los chicos cerraban azorados la carpeta y ella terminaba de bajar las escaleras. -No me molesta que miréis, pero me gustaría leérosla yo misma-, dijo Irene depositando el objeto metálico encima de la mesa. Se trataba de dos juegos de esposas. -¿Qué es esto?, preguntó Juan – Eso que estáis leyendo son mis deberes del colegio-. Esteban pensó que les estaba tomando el pelo, mientras miraba alelado el brillo de las esposas. -Esto no pueden ser tus deberes, no me digas que se lo das a leer a las monjas-. -No, a las monjas no, pero sí a Don Gabriel. Irene se sentó entre los dos chicos y cogiendo la carpeta empezó a contarles. -Don Gabriel es mi nuevo profesor de religión. Veréis, a mí nunca me ha gustado estudiar y por eso he repetido un montón de cursos. Sin embargo, lo del profe de religión es distinto. Todo comenzó hace dos meses- Los muchachos miraban a Irene intrigados, mientras la tormenta seguía tronando en el exterior. -Uno de los temas favoritos de Don Gabriel-, prosiguió la chica- es el de las persecuciones contra los cristianos y los primeros mártires. Así, suele poner mucho interés en contarnos cómo martirizaron a tal o cual santa. Lo hace con todo lujo de detalles morbosos y se regodea demasiado en éstos. Es un cerdo pervertido- comentó Irene con cara de asco. -Siempre está esperando a ver cuáles son nuestras reacciones a sus historias. Algunas de mis compañeras ponen gestos de asco al oír las historias de tortura que nos cuenta, pero yo percibo que a muchas de ellas en el fondo les gusta- ¿Les gusta?-, preguntó Juan incrédulo. – Por supuesto, en mi clase hay mucha masoca reprimida. Un día Don Gabriel se superó a sí mismo y nos estuvo contando el Martirio de Santa Eulalia. ¿Sabéis lo que le hicieron?-. Los chicos negaron con la cabeza. Estaban alucinados de lo que les contaba la bella Irene. -Pues la ataron desnuda a una cruz en aspa y le torturaron los pechos con tenazas al rojo vivo-, y mientras lo contaba, la propia Irene cerraba los ojos y gimiendo se arañaba los pechos por debajo de la camiseta. Juan y Esteban la miraban completamente empalmados-Más de una que yo me sé mojó las bragas al oír esa historia, aunque la muy guarra lo disimuló delante de Don Gabriel, seguro que le faltó tiempo para ir al baño y menearse su cosita. -¿y tú?-. Le cortó Juan de repente. -¿qué hiciste?. -¿yo?. Para mí fue una auténtica inspiración, por fin encontré un motivo para interesarme por los estudios. Durante una semana entera , tuve el mismo sueño cada noche. Me imaginaba a mí misma como una cristiana a la que los soldados romanos iban a detener a su casa. Me encontraban desnuda en la cama y no me permitían ponerme ninguna ropa, sino que brutalmente me ataban los brazos a la espalda, me amordazaban y me arrastraban por las calles completamente desnuda hasta el pretorio. Allí mis guardianes me violaban y después me llevaban a la cámara de tortura donde sufría tormento días y días. Después de esto me llevaban a la plaza donde unos verdugos enormes y feos como un demonio me esperaban para torturarme delante del pueblo-. Irene miró entonces a Esteban que la miraba sin pestañear. -¿Sabes lo que hice?. Fingiendo que se trataba de la historia de una santa mártir, escribí una redacción a Don Gabriel en la que le contaba mi sueño. -Estás loca mosca. Desde fuera oí su voz autoritaria que me invitaba a pasar. Entré y cerré la puerta tras de mí. Siéntese Irene, me dijo. Así lo hice y entonces empezó el discurso. Don Gabriel parecía muy enfadado y serio, me acusó de haber cometido un grave pecado al suponer que las santas mártires gozaban con el sufrimiento de su martirio. Me dijo que era una pervertida y que mi actitud era inaceptable en aquella escuela. Así siguió más de media hora, mientras yo permanecía con los ojos bajos y roja como un tomate. Ni siquiera sabía por qué había escrito aquello, sólo pensaba en que me había gustado mucho hacerlo y que deseaba ardientemente que él

lo leyera. No sabía qué decir o hacer pero el tiempo pasaba y él seguía con el chorreo. Yo calculé que para entonces el colegio ya estaría completamente vacío y yo me encontraba a sólas con él en aquel lugar enorme. Al darme cuenta de eso experimenté un escalofrío. Por fin Don Gabriel dijo. Muy bien jovencita, ¿está usted arrepentida de lo que ha hecho?, mentí, pues dije que sí con la cabeza para que me dejara en paz de una vez. Muy bien, siendo así seré indulgente con usted y, por el momento, me conformaré con aplicarle un castigo suave. ¿Castigo? Pregunté yo alarmada. ¿Qué clase de castigo?. Don Gabriel no contestó, sino que abrió un cajón y de él sacó unas esposas. La voy a azotar en el trasero jovencita, creo que bastará con veinte azotes, dijo sin alterarse lo más mínimo. En ese momento me quedé sin habla. Quería mandarle a la mierda, pero simplemente las palabras se negaban a salir de mi boca. ¿Acepta usted su castigo?, me preguntó. Yo quería decir que no y que me quería ir a mi casa, pero al mismo tiempo estaba excitada, no podía quitar la vista de las esposas, suponía que eran para mí, y nunca antes me habían puesto unas de esas. Don Gabriel volvió a preguntarme impaciente. Vamos, no tengo todo el día. ¿Acepta su castigo sí o no?. Si no lo acepta tendré que poner este escrito en manos de sus padres y naturalmente será expulsada de la escuela. Eso no, pensé, me moriría de vergüenza -¿Qué le contestaste? Preguntó Esteban muy excitado. -Dudé mucho y al final le dije que sí, que aceptaría mi castigo, pero le pedí que lo redujera a sólo diez azotes pues no estaba segura de poder soportar más. El me dijo que no, que el verdadero arrepentimiento sólo se consigue aceptando el castigo en su totalidad fuese el que fuese y que, por tanto no debía regatear. Yo dudé un rato, pero por fin afirmé con la cabeza. Muy bien, dijo él, ahora levántese y desnúdese. ¿Cómo?, contesté yo indignada. Que se quite toda la ropa, vamos rápido. Pero ¿por qué desnuda?, pregunté yo. -Porque yo lo mando. -No lo haré. -Sí lo hará, me dijo agarrándome del pelo, y si no, recibirá el doble de azotes. Quise volver a negarme, pero ya no pude. El estirón de mi pelo me dolió, pero curiosamente también me gustó, además encontré que someterme a sus órdenes me causaba cierto alivio e incluso placer. De este modo, bajé la cabeza avergonzada y empecé a desabotonarme la camisa. No llevaba nada debajo así que en pocos segundos estaba con el torso desnudo delante de ese cerdo. ¿De modo que no usa usted sostén?, me dijo paseándome las esposas por las tetas, es usted una indecente, eso serán otros diez azotes más, pero esta vez en los pechos. No sé por qué, pero me encantó sentir el frío metal de hacer, y procuré taparme con mis manos, me ardían los carrillos y me notaba nerviosa e indefensa. Las manos atrás, me ordenó. Así lo hice, bajé la mirada, junté los tobillos y crucé los brazos a la espalda proyectando mis pechos hacia delante. Muy bien, Irene, así me gusta, que sea usted obediente. ¿Es usted virgen?… y no me mienta o yo lo sabré. Yo dudé un momento y negué con la cabeza. No, no lo soy, no me castigue por eso, por favor. Eso no es posible Irene, debe usted purgar todos sus pecados, pero quizá podamos dejarlo por ahora. Perder la virginidad merece un castigo más intenso, no se puede dejar pasar sólo con unos cuantos azotes. Supongo que por eso no usa sostén, ¿verdad?, está acostumbrada a que el primero que llegue le meta mano bajo la blusa. ¿No es cierto?, me dijo eso gritando. Yo afirmé con la cabeza. Sí, sí señor. Es usted una zorra, ponga los brazos delante. Yo lo hice y sin decirme nada me puso las esposas. Después me obligó a levantar las manos y ponerlas sobre mi cabeza. Póngase a dar vueltas sobre sí misma, tengo que inspeccionarla a fondo. Lo hice, y entonces él me dijo. Nunca la han azotado ¿verdad?. No señor, ésta va a ser la primera vez. Entonces el muy cerdo empezó a sobarme la espalda y sus manos se deslizaron lentamente hacia abajo. va a ser una pena fustigar una piel tan suave, me decía mientras deslizaba sus manos por mis nalgas. Yo no me movía mientras el tío me magreaba a placer. Me daba mucha vergüenza, p

ero estaba realmente cachonda. Entonces, abriéndome bien el culo me preguntó. Dígame, ¿ha practicado alguna vez el sexo contra natura?. Dios, pensé, no puedo creerlo. ¡Mi profesor me estaba introduciendo el dedo por el agujero del culo!. No le entiendo, señor, ¿por qué me toca ahí?. Cállate cerda, me dijo, las preguntas las hago yo, contesta, ¿ lo has hecho?. Es que no sé a que se refiere dije yo con lágrimas en los ojos y pero dejándole hacer en mi ano. Le pregunto si le han sodomizado alguna vez, vamos que si ya se la han metido por el culo. No, no señor. ¿Cómo puede pensar eso de mí?. O sea que todavía es virgen por el culo. ¿Desea que la sodomicen?. Sí señor, pero nunca me he atrevido, me da miedo que me hagan daño. Entonces me cogió de la mano y me dijo que le acompañara. ¿A dónde vamos?, pregunté. Ahora lo verá me dijo él. Yo no me resistí pues desde hacía unos momentos había decidido obedecerle y someterme a todo lo que quisiera hacer conmigo. No obstante me daba vergüenza andar desnuda y esposada por los pasillos del colegio. Cierto que estaba vacío, pero en cualquier momento esperaba que apareciera alguna monja, o compañera de clase y estaba muy inquieta por ello. Don Gabriel no me soltó de la mano en ningún momento a pesar de que anduvimos un buen rato. Por fin llegamos al gimnasio. Allí Don Gabriel me llevó hasta el centro donde había varias barras horizontales de madera con ganchos. Entonces se subió a una especie de escalón y me obligó a subir mis brazos hacia arriba hasta que tuve que ponerme de puntillas. Colgó la cadenilla de las esposas del gancho y me dejó así colgada, descansando todo mi peso sobre las puntas de los dedos de mis pies y haciendo esfuerzos por no lastimarme las muñecas. Entonces Don Gabriel sacó del bolsillo otro objeto. Se trataba de una bola de goma de color rojo, unida a unas cintas. – ¿Una mordaza de esclava?, dijo Esteban. Exactamente.Al principio me resistí, pues no quería meterme ese objeto en la boca, pero entonces el me dijo que era importante ponerme la mordaza para no morderme la lengua sin querer durante mi delantera de mi cuerpo. Además no podía dejar de pensar en el castigo que me esperaba. Repentinamente me di cuenta de que Don Gabriel quería que me sintiera como la heroína de mi historia, y mi excitación subió de tono. En ese momento deseé tener una mano libre para masturbarme o que Don Gabriel me violara en esa posición. Me hubiera corrido de inmediato. Por fin, después de una eternidad, volvió mi profesor, pero no para follarme. Un silbido vino de repente de la puerta y volví la cabeza muy inquieta. No podía creerlo, Don Gabriel traía una fusta y un látigo de colas. Inmediatamente comencé a gemir y negar con la cabeza. pensaba que me iba a azotar con la mano, pero enseguida comprendí que con eso mi castigo iba a ser mucho más doloroso. Grité y lloré, le supliqué que no me hiciera daño, que ya no aceptaba mi castigo, pero sólo salían balbuceos de mi boca. Seguro que ese cerdo sádico entendió lo que le decía, pero le dio igual, se acercó a mí y haciendo silbar la fusta me dio el primer azote en el trasero. Recuerdo que grité como una loca. Noté como una descarga eléctrica recorría todo mi cuerpo y tensé todos mis músculos y tendones. El segundo fustazo me dio de improviso, y después vino el tercero, el cuarto, el quinto. El dolor y el escozor eran insoportables. Yo gritaba y me agitaba, intentando evitar los nuevos golpes sobre mis heridas, pero la punta de la fusta acertaba en mi trasero, en mis caderas, en mi vientre. Además me daba rabia no poder protegerme con las manos. ¡Joder!, ni siquiera podía gritar o insultarle a gusto. La flagelación no debió durar más de tres minutos, pero a mí me parecieron horas. El contaba los fustazos sin inmutarse, siguió haciéndolo y siguió impasible a mi sufrimiento, golpe tras golpe. Cuando terminó con la fusta, yo estaba llorando, cubierta de sudor y de mi propia baba. Mi trasero me quemaba y escocía horriblemente. Irene levantó entonces su trasero, y enseñándoselo a los chicos les dijo. Si os fijáis bien aún quedan restos de las marcas. No me pude sentar en una semana. Ni siquiera me podía poner unas bragas sin ver las estrellas.- Sigue Irene, dijo Juan muy excitado. Aún quedan diez azotes. Don Gabriel se acercó a mi rostro antes de se

guir. ¿Duele, verdad?, me dijo. Ahora ya sabe lo que es la tortura, muchacha. Pero debe usted tener más entereza. Aprenda de las mártires que soportaban cosas infinitamente peores sin gritar. Yo seguía gimiendo y sollozando, le suplicaba que me dejara marchar de allí, pero él no se apiadó y me dijo que lo siguiente era bailar al ritmo del látigo. Después de esto no se dejará sobar las tetas, al menos durante unos días, me dijo desenrrollando el látigo delante de mí. Don Gabriel cumplió su amenaza y me azotó en los pechos con tanta saña que perdí el conocimiento. No sé cuánto tiempo pasó pero cuando me desperté estaba echada sobre la lona del gimnasio. Me habían quitado las esposas y mi ropa y mis libros estaban junto a mí. Don Gabriel había desaparecido. Me dolía todo, y empe cé a recorrer mi piel con las manos temblorosas. Unas marcas rojas alargadas recorrían mis pechos, mi vientre, mis caderas y mi trasero. No podía tocarme pues el más mínimo contacto con las heridas me hacía dar brincos de dolor. Sin querer, mis manos se dirigieron a mi entrepierna y comencé a acariciarme, primero suavemente, y cada vez con más intención hasta que comencé a masturbarme. Mientras me masturbaba, volvía a sentir sobre mi cuerpo la sensación No aparecí por el colegio en las siguientes semanas, me fingí enferma, pero al mismo tiempo me negué a que me viera ningún médico, pues no quería que nadie descubriera las marcas de mi cuerpo.

Era incapaz de salir de mi cuarto ni hacer nada, pues no podía quitarme de la cabeza esos instantes de tortura. Veía el rostro duro y cruel de Don Gabriel en todo momento. Contaba los latigazos impasible, mientras me llamaba zorra y me decía que iría al infierno. Todas las noches soñaba con que Don Gabriel me flagelaba. Le odiaba pero al mismo tiempo deseaba que me hiciera más y más daño con su látigo. Entonces, en medio del castigo me corría una y otra vez. Era una obsesión, no me lo podía quitar de la cabeza, pero al final llegué a una conclusión evidente. – ¿Cual?, dijo Juan, intrigado. – Que soy una masoca.- ¿Quieres decir que te gusta el dolor?. -No, no es eso, odio el dolor intenso, pero el recuerdo de lo que sentí mientras Don Gabriel me flagelaba me excita enormemente. Irene miró a los dos chicos que a su vez la miraban alelados. Quiero que Don Gabriel me vuelva a castigar, pero esta vez de verdad. Para eso tengo que darle un motivo, por eso estoy escribiéndole esta historia. ¿Queréis que termine de leerla?. Los chicos asintieron sin decir nada más, e Irene siguió con la historia de Claudia. Mientras tanto afuera seguía tronando y todo ello hacía que la lectura fuera más íntima y sensual. Irene empezó desde el principio, y en sus labios todo adquirió un tono más apasionado. La historia de Claudia era terrible, Irene se había imaginado a la joven cristiana soportando una sesión de tortura despiadada, en la que el sádico Cayo se quedaba a solas con ella y la sometía a refinados tormentos. Los chicos no encontraban una postura cómoda mientras Irene leía con toda frialdad cómo él le clavaba agujas candentes en sus pechos impasible a los alaridos de su indefensa víctima. “Claudia estaba atada y amordazada a la mesa del potro de tortura y su cuerpo desnudo se mantenía estirado y expuesto a los refinados suplicios del centurión, quien los aplicaba lenta y concienzudamente”. Irene se había parado en los más pequeños detalles de la tortura de la joven. Asimismo, la crucifixión de Claudia fue narrada por Irene con toda la intención. Los chicos podían imaginarse a la propia Irene, cuyas características físicas encajaban con la tal Claudia, mientras la clavaban en la cruz, completamente desnuda, con los pezones y el clítoris anillados, retorciéndose sobre el madero y aullando de dolor a cada martillazo. Por fin, el relato terminaba cuando levantaban la cruz de Claudia junto a la de su esclava negra que había sido crucificada momentos antes. Repentinamente, Irene dejó de leer y dijo. Ya no he podido escribir más. – ¿Por qué?, dijo Esteban que se estaba masturbando. – Ahora es cuando empieza el verdadero tormento de Claudia. La muchacha tardará unas ocho horas en morir en la cruz y tengo que describir lo que siente durante su agonía. Conozco en teoría el tipo de sufrimientos que produce la crucifixión, pero no

puedo describirlos verazmente sin experimentarlos yo misma. – No entiendo, dijo Esteban. – Necesito vuestra ayuda para… Irene hizo una pausa intencionada durante la cual se levantó, cogió los dos juegos de esposas y se los entregó a los muchachos. Hecho esto se quitó la camiseta quedándose completamente desnuda y mientras cruzaba sus brazos a la espalda para que la esposaran dijo – Quiero que me crucifiquéis.

Autor: Wittman

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Escrito por Marqueze

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