El atraco

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María dejó que le bajaran las bragas, el intruso la empalmó por la vagina desde atrás, aunque quería evitarlo no dejaba de gemir de placer, la veía con un movimiento cadencioso y acompasado. Igual pasaba con Paola, el otro muchacho hacía con el misionero las maravillas que quizás Roberto nunca lograba. Ella tenía los ojos en blanco y estaba en verdad gritando de placer.

Ese día nos encontrábamos mi señora y yo con una pareja de amigos en nuestra propiedad rural localizada a unas dos horas en automóvil de la ciudad donde vivimos. Era una noche en verdad fría y los cuatro estábamos alrededor de la chimenea, tomando un poco de ron y escuchando música.

Paola la esposa de mi amigo es una morena encantadora con cara de pícara y notablemente caderona, con un trasero levantado y respingón; tiene muy buenas tetas y normalmente no las disimula con su estilo de ropa que las realza. Roberto en cambio es recatado y tímido, tiene un tufillo de intelectual universitario y sería incapaz de matar una mosca. Mi señora María es delgada, cabello trigueño, con piel muy blanca, tiene un cuerpo armonioso, casi perfecto con una cara de aire angelical. Aquella noche como siempre yo fantaseaba en como sería estar con la dos mujeres al mismo tiempo. Eran varios años de pensar obsesivamente en el mismo tema y como siempre terminaría en la cama haciéndole el amor a María y pensando que Paola estaba con nosotros.

Oímos un ruido afuera, pero con tantos perros en el vecindario jamás imaginábamos que algo malo pudiera estar sucediendo. Luego de otros ruidos adicionales que terminaron por inquietarnos, abrí la puerta de la calle para ver lo que pasaba; me encontré de súbito con tres hombres que me amenazaban con escopetas. Eran dos hombres jóvenes con cara de curtidos campesinos y un hombre mayor que sin duda era el jefe. Nos preguntaron por el dinero, las joyas y las armas. Pero aparte de unos pocos pesos de las billeteras, los anillos y pulseras de las chicas y nuestros relojes, los hombres no encontraron nada adicional de valor. Procedieron a amarrarnos a Roberto y a mí con las manos en la espalda usando una soga que traían y dejaron a las mujeres juntas en el centro de la sala, sentadas espalda con espalda, apenas si atadas con una sábana que volvieron trizas.

Los hombres fueron a la nevera siempre guiados por las órdenes del señor de edad al que le decían Don Antonio. Hicieron sándwiches de jamón y tomaron leche a pico de botella; pronto parecieron saciar un hambre antigua que portaban. Luego sorprendí a los jóvenes campesinos mirando a nuestras mujeres con inusitado interés. Sus miradas ardían. María mi mujer estaba con una falda de jeans que permitía ver un poco más allá de la mitad de sus muslos blancos y apetitosos; sentada con las piernas dobladas hacia un lado era inevitable que cada vez mostrara más y más de lo que sería aconsejable en una situación tan delicada como esta. Paola, del otro lado, tenía un pantalón negro muy ajustado, con una camisa blanca que permitía ver el vértice de sus tetas de tamaño no menor a 36 y su brassier que era un suspiro de encajes.

Los hombres se veían en cada vez más excitados y Don Antonio pronto se percató del hecho. Con una orden seca les ordenó hacerles el amor, mejor dicho, les dijo: “Adelante muchachos, que no solo de pan vive el hombre”, siempre dominando la situación con una escopeta que a leguas se veía era más moderna que las de los otros dos. Los muchachos se acercaron con cierta respetuosa timidez; mi mujer me miró a los ojos, como implorando ayuda o ¿pidiendo autorización?, pero era poco lo que yo podía hacer en esta situación. Algunas veces me había manifestado en la intimidad su deseo de ser tomada por un hombre desconocido que le hiciera el amor con fruición.

Vi que ambos se quitaron los pantalones quedando con la ruana que les cubría cómicamente las piernas desnudas. Las separaron dejándolas atadas con los retazos de sábanas. El que admiraba a mi mujer se le acercó con suavidad por detrás y levantó su falda dejando a la vista unas pequeñas bragas rosadas que parecieron enloquecerlo aún más. En el forcejeo se levantó la ruana dejando ver una verga erecta de buen tamaño y grosor. Mi mujer estaba tumbada de lado, con las manos atrás, la falda totalmente levantada y los cachetes de las nalgas escapando por los bordes de su prenda íntima. Sin duda se veía más que apetecible, así el hombre la olía por detrás y le enviaba lengüetazos a su coño que la hacían retorcer en el suelo.

Roberto estaba de espaldas, mirando hacia la pared, por tanto era yo el que miraba este espectáculo de frente.

El otro muchacho llegó donde Paola, secundado por don Antonio que no dejaba su actitud amenazadora y con la verga también enhiesta comenzó a forcejear con el pantalón de la muchacha. Ella estaba sentada en el suelo pataleando y gritando que no la tocaran. Cuando el hombre terminó de bajarlos dejó a la vista un cuerpo moreno aún más espectacular de lo que yo había proyectado, con unas impactantes bragas negras minúsculas que se clavaban en la piel. Los hombres eran toscos, pero tenían una evidente practica sexual; ambos comenzaron a frotar sus vergas contra el cuerpo de nuestras esposas y estas sin poderlo evitar pronto estaban también excitadas.

María tenía esa mirada que yo le reconozco cuando está de verdad interesada en el sexo. Dejó que le bajaran las bragas, con débiles protestas de su parte, el intruso la empalmó por la vagina desde atrás, aunque quería evitarlo no dejaba de gemir de placer. Pronto la veía con un movimiento cadencioso y acompasado, por momento buscaba mi mirada como pidiendo perdón. Pero yo la comprendía, por supuesto que sí. No era la hora de celos y otras barrabasadas inoportunas.

Igual pasaba en el otro lado. Paola estaba ahora boca arriba, con las bragas negras abajo y el otro muchacho hacía con el misionero las maravillas que quizás Roberto nunca lograba, quizás por una eyaculación precoz nunca tratada. Ella tenía los ojos en blanco y estaba en verdad gritando de placer. El muchacho arremetía furioso mientras le manoseaba las tetas que había sacado de la camisa. De manera increíble todavía tenía las manos atadas atrás, lo que le daba un aire de indefensión aún más excitantes. Sin embargo lo aupaba a que continuara en cada vez más rápido.

Mi señora comenzó a gritar en las convulsiones del orgasmo, el hombre le acariciaba las tetas desde atrás. Paola aún no llegaba, pero sus gritos podían oírse a muchas cuadras a la redonda. Mientras tanto don Antonio se había sacado una verga gordota y se estaba masturbando con evidente satisfacción.

La función duró unos diez minutos, máximo quince, que nos parecieron horas, finalmente don Antonio le acercó la verga a la cara de Paola que estaba más excitada que mi mujer y eyaculó abundantemente en su cara. Paola le daba lengüetazos sin poderse contener y la leche continuaba saliendo a raudales. Luego de dar las gracias y sin hacernos daño se retiraron tan silenciosos como vinieron…

Autor: JUAN 23

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Escrito por Marqueze

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