El cazador Cazado

pensando en ti, cazador cazado
pensando en ti, cazador cazado

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Hetero. Polvazo. No puedo dejar de pensar en ella, y yo que me creía.. no se que me creía…

Mi nombre es Joan, y voy a relataros mi vivencia con Marta. Sucedió hace poco más de un año, cuando yo empezaba la treintena y Marta la abandonaba. Ella es una preciosidad a la que la edad sólo ha hecho que resaltar su atractivo: cabello negro y rizado, cuerpo proporcionado y delgado (unos 50 kilos para una estatura de poco más de metro sesenta) y una sensualidad que flota en el aire como un perfume embriagador. Es, además, muy inteligente. Vamos, lo que se dice una “mujer interesante”. Yo soy también moreno, de complexión atlética y mido 1,75; me han dicho varias veces que tengo unas manos preciosas. Esa noche pensaba que “acabaría” con Marta, que le daría una “lección”, atendiendo a la diferencia de edad y a mi experiencia en el campo del sexo. Pero me equivocaba…

Decidimos cenar en el suelo y a la luz sólo de velas, sentados el uno frente al otro, delante de varios platillos con las típicas cosas para ir picando; una botella de vino serviría para ligar los diferentes sabores. Poco a poco, sin yo darme cuenta, Marta se fue acercando a mi; al cabo de un rato me la encontré cara a cara sentada sobre mis piernas y nos estábamos besando con una suavidad y un cuidado extremos. Más que besos era un juego de miradas, deseo, salivas, lenguas y labios.

Sin cambiar de posición, nos desnudamos de cintura para arriba -primero yo y después ella- y nos seguimos besando lentamente, pero ahora sintiendo nuestros pechos el uno contra el otro, como una prolongación de las bocas. El roce de nuestros cuerpos calientes y suaves era tan excitante como los besos que nos prodigábamos. Marta tenía unos pechos preciosos, caídos por la edad pero que conservaban un erotismo fascinante: aureolas gruesas y pezones turgidos y morenos. Empecé a besar y mordisquear lentamente los pechos, a lo que ella respondió con pequeños gemidos y susurrando mi nombre una y otra vez. Podía sentir su cuerpo apretándose al mío y notaba que su cadera empezaba a cobrar vida propia. Hasta el momento yo llevaba la iniciativa, y estaba convencido de que sería así toda la noche.

Nos tumbamos sobre la alfombra, que servía de mantel, con lo que aproveché para empezar a masajear el sexo de Marta por encima de sus finos pantalones de hilo: podía notar cómo de excitada estaba, sentía su sexo ardiente y su pelvis se movía a un ritmo suave, como una ola. Me encantaba frotar suavemente los labios mayores de su sexo, el uno contra el otro, por encima de su ropa; este movimiento era sencillo por cómo de lubricada estaba: mis dedos se deslizaban sobre su sexo, que desprendía un olor penetrante que estaba deseoso por probar.

Cuando estaba en el clímax de excitación, le quité los pantalones y las bragas, poniéndola boca arriba, deslizándolas lentamente con las dos manos. Apareció su sexo: recortado en un precioso triángulo que su ropa interior ocultaba perfectamente. Después de empapar con la lengua el vientre, recreándome en el ombligo, empecé a lamer su sexo como si fuera un helado que, literalmente, se derretía. Como noté que estaba excitadísima, empecé a succionar su clítoris sellando con mi boca el espacio alrededor y chupando para que entrara por entero en mi boca. Con cada movimiento ella apretaba mi cabeza contra su sexo y gemía con una voz muy suave, interior. Estaba completamente ida.

Di un paso más: además de chupar y lamer su sexo empecé a introducir muy suavemente en su sexo mis dedos: primero uno, y después dos. Con mi índice buscaba los pliegues de su vagina, ese famoso guisante que algunos llaman punto G. Marta se contorsionaba, estaba teniendo orgasmos… era la primera vez que yo estaba con una mujer multiorgásmica, ¡y era increíble! Empezaba a ver que tenía guerra para rato; por la manera de recibir y dar sexo, Marta se desvelaba como una verdadera experta.

Probé a introducir, mientras continuaba comiéndome su sexo, suavemente la falange de mi índice en su ano, lubricado por su propio flujo: su cuerpo respondió con una convulsión. Un nuevo orgasmo. Y decidí probar algo que nunca había probado: lamer su ano. Su culo era precioso: pequeño y apretado como un melocotón, y su ano era de un color oscuro, como de chocolate. Gemía en voz baja y repetía mi nombre sin parar. Pero ahí empezaron a cambiar las cosas: Marta se sentó incorporándose lentamente, me dio un profundo beso y me empujó el pecho con la palma de la mano indicándome que me echara; yo quería continuar con ella, pero insistió nuevamente en que me tumbara. Obedecí.

Después de darme un profundo y largo beso puso su cara a un palmo de la mía y me dejó caer una enorme gota de su -nuestra- saliva. Después, recogió con su índice la saliva que tenía alrededor de su boca y la introdujo en la misma, guiñándome el ojo. Empezó a chuparme y mordisquearme los pezones, mientras con las manos masajeaba mi vientre: yo estaba enloqueciendo, jamás había estado tan excitado. Sin dejar de masajearme introdujo mi pene en su húmeda, pequeña y caliente boca. Me llamó la atención que no lo tomara entre las manos; no desperdiciaba ninguna parte de su cuerpo para darme placer. Su forma de realizar una felación era increíble, se veía que era toda una experta: que tenía experiencia y, lo más importante, que sabía recibir y dar placer. Inteligencia, sexo y experiencia forman un cóctel explosivo. Mientras me succionaba lentamente y con fuerza el pene, pasaba sus dedos por mi vientre y el espacio entre el escroto y el ano… hasta que introdujo un dedo. Era la primera vez que me lo hacían y era una sensación extraña sentir sus dedos dentro de mi cuerpo. Pero lo hacía con maestría y yo ya estaba, a esas alturas, completamente rendido: me sentía como un muñeco en sus manos, me dejaba llevar, la dejaba hacer.

Intenté, sin embargo, retomar la iniciativa y empezamos a hacer el amor en la postura del misionero, muy lentamente empecé a penetrar a Marta, sacando completamente mi pene para volver a penetrarla de nuevo, introduciendo solamente el glande, que a estas alturas parecía un fresón: cada vez que hacía esto ella tomaba aire por la boca produciendo un sonoro y rápido gemido. Aumenté el ritmo y la profundidad de penetración, con lo que ella agarró mi culo -he de decir que tengo un precioso culo– con las dos manos marcando el ritmo. Cuando ya no podía mantener más mi eyaculación, indiqué a Marta que cambiásemos de postura: ahora yo estaba echado sobre la alfombra y ella me cabalgaba. En esta nueva postura pude confirmar un hecho que había notado mientras penetraba a Marta en la postura del misionero: era capaz de mover su pelvis además de la cadera a la vez que contraía su vagina sobre mi pene. La sensación es indescriptible, sólo puedo decir que me sentía completamente poseído por aquella maravillosa mujer.

Después de varios nuevos orgasmos de Marta decidí que ya había llegado mi hora. Estábamos completamente empapados en sudor, saliva y jugos. Cuando alcancé el clímax, Marta me deparaba una nueva sorpresa: tuvimos un orgasmo final simultáneo. Mi orgasmo fue fabuloso debido a la eyaculación contenida durante varias horas y a la excitación a que me había llevado aquella hembra… el de Marta fue causado por un sabio movimiento y a la excitación de notar cómo se hinchaba mi pene dentro de su cuerpo y a cómo se llenaba con mi semen, que empezaba ya a salir por las comisuras de sus labios y nos estaba humedeciendo aún más. A estas alturas ya éramos dos cuerpos fundidos en uno solo, retorcidos despojos de un naufragio.

No nos hemos vuelto a ver desde entonces pero no puedo olvidarla (“No hago otra cosa que pensar en ti”). Si alguna marqueza (mujer o pareja) quiere contactarme seguro que será un placer.

¡Valoralo! ¿Qué te ha parecido?

Escrito por Marqueze

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