EL CHICO DE CHICO CANDELA

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Cuando era niño, los hombres que se dedicaban a la lucha libre eran, para mí, seres superiores que despertaban mi gran admiración, ya fueran héroes o villanos, blancos o negros, rudos o técnicos, para mí todos eran grandes personajes a los que admiraba sincera y profundamente.

Al llegar a la adolescencia, entendí que aquello era una profesión que nada tenía que ver con cuestiones de índole moral, simplemente eran unos deportistas dedicados a dar espectáculos en donde lucían su excelente condición física y demostraban su habilidad para sobresalir buscando los puntos débiles del contrincante para vencerlo en una lucha, cuerpo a cuerpo. Ahora, ya adulto, tengo la opinión de que son magníficos actores con la suficiente capacidad histriónica para aparentar furia o miedo, sadismo o dolor, asumir el papel de héroe triunfador o de víctima lastimada y convencer, en cada actuación, que aquello que fingen es verdad y, poco a poco, dejé de interesarme en el espectáculo.

Por eso, cuando mi amigo Alfredo me invitó a una función de lucha libre dudé en aceptar.

-Es una lucha interesante -me aseguró- pelean, en la estelar Chico Candela vs. El Gran Colorado. No puedo faltar porque mi amigo El Gran Colorado me regaló los boletos y yo, a cambio, le prometí invitarlo a cenar. Él, seguramente invitará a un amigo y así la cena, en algún buen restaurante, será más amena. Acompáñame, te aseguro que te vas a divertir. Te lo prometo. No estaba totalmente convencido, pero acepté.

La lucha resultó bastante espectacular y emotiva y, por supuesto, la disfruté desde un punto de vista diferente; no vi a los héroes o villanos de mi niñez, ni a los convincentes actores que simulaban agredir o ser atacados; castigando con saña feroz o sufriendo estoicamente el ataque del adversario, como en mi adolescencia; en lugar de eso, vi. dos esculturas de musculatura perfecta frotando su cuerpo uno contra el otro, resbalando sus manos y sus brazos sudorosos por la anatomía del contrario, frotando con su cuerpo el cuerpo del otro, no como ante un enemigo, sino como a un ser amado; no luchando con agresividad, sino trenzados en apretados abrazos, como dos amantes que buscan satisfacer una desmedida pasión; no vi una exhibición de lucha libre sino una demostración de enorme sensualidad que me resultó sorprendentemente excitante.

Para empezar, ambos luchadores resultaron ser unos verdaderos atletas. El Gran Colorado era un tipazo de pelo lacio, pelirrojo (de ahí el nombre de batalla) de alrededor de 1.90 de estatura, cara de niño inocente y una impresionante musculatura con la que hubiera ganado el título de Mister Mundo si se lo hubiera propuesto; Chico Candela, de unos pocos centímetros menos de estatura, era de abundante y rizado pelo oscuro, piel bronceada y el mismo impresionante desarrollo muscular.

Y ahí estábamos ahora, comentando el resultado de la reñida pelea el cual había sido un justo empate que ahora festejaban con sonoras carcajadas mostrando un regocijante sentido del humor.

Las mesas del restaurante eran lo suficientemente pequeñas para que el roce de nuestras piernas con las de los luchadores fuera constante lo que me produjo una inquietud que se estaba transformando en una imperiosa necesidad de "sexooooo", el amigo aquel, cabezón, pelón y con un solo ojo, que habita en medio de mis piernas me enviaba constantes señales de que quería entrar en acción y luchaba por hacerse notar abultando ostentosamente mi pantalón.

En determinado momento, ya terminada la cena, Alfredo se levantó disculpándose para ir al baño y, segundos después, sonó mi celular. Contesté.

– ¿Sabes Al? -Escuché a mi amigo Alfredo- Se me ha ocurrido la idea de invitarlos a mi casa a tomar una copa. Quiero advertirte que al Gran Colorado ya me lo he llevado antes y no hay problema con él, es un amante maravilloso, siempre dispuesto y jalador, pero El Chico Candela es la primera vez que sale con nosotros y temo que se vaya a fruncir (hacerse el reacio) ¿Tú que opinas? ¿Nos lanzamos? El problema es que vaya a armarnos una bronca y no me gustaría que tuviéramos que enfrentarnos a esa mole de músculos, lo que sería evidentemente muy peligroso. ¿Lo intentamos? Espero que si hay bronca el Gran Colorado nos apoye. ¿Qué opinas? ¿

Lo intentamos?

Mi cerebro me dictó un rotundo y categórico "NO", pero aquel inquieto amigo, que estaba en mi entrepierna, se había erectado ya y, dando un entusiasta respingo, exigió imperioso "Claro que Sssssiiiiiiiiii" -Hay que intentarlo, vale la pena -contesté, esperando que ellos no hubieran prestado atención a la llamada telefónica y apagué el celular.

Regresó Alfredo del baño, pedimos la cuenta, nos apresuramos a pagar y salimos.

Al llegar al estacionamiento donde había quedado el auto, Alfredo se instaló frente al volante; yo quise subirme a la parte de atrás para ir junto a uno de los luchadores, pero cuando reaccioné ya estaban los dos sentados atrás por lo que me resigné a ir de copiloto.

– ¿Aceptarían ir a tomar una copa a mi departamento? -invitó Alfredo.

– ¿Cómo crees? -contestaron los dos al mismo tiempo, mandando mi ánimo a los suelos. .

– ¿Cómo crees que no? -aclaró El Gran Colorado y el ánimo regresó a mi cuerpoCon una sonora carcajada festejaron la broma los dos. Definitivamente tenían un gran sentido del humor. Nos dirigimos hacia el departamento de Alfredo.

Mientras subíamos en el elevador vi que El Gran Colorado, tratando de disimular la acción, apretaba el redondo trasero de mi amigo Alfredo, eso me animó y me hizo esperar que la noche iba a ser placentera; pero el Chico Candela no pareció darse por enterado.

-Pasen, están ustedes en su casa -nos dijo Alfredo en cuanto hubimos cruzado la puerta del departamento- En ese mueble -lo señaló- hay vasos y bebidas, dispongan de ellos como si estuvieran en su casa. El Colorado y yo vamos a mi recámara a practicar unas llaves, especialmente una que me ha metido varias veces y que pienso practicar tantas veces que voy a terminar haciéndola mía.

Me hizo un leve guiño con un ojo y se retiró por una puerta, seguido de El Gran Colorado.

– ¿Qué sugieres que hagamos? -me preguntó Chico Candela en cuanto nos quedamos solos- yo siempre, después de una pelea, apetezco algo que me haga relajarme de la tensión pasada y este parece ser un sofá-cama vamos a extenderlo y ponernos cómodos.

En un momento el sofá quedó convertido en una cómoda cama, sin mediar palabras (no eran necesarias) Chico Candela empezó a despojarse de la ropa. Yo me quedé inmóvil y mudo, con la vista fija en la maravillosa figura de Chico Candela que iba apareciendo ante mi vista al irse desnudando, brazos, piernas, pecho y espalda, un redondo y bien formado culo y, en el lugar preciso una espectacular verga que colgaba pesadamente adherida a un hermoso par de sabrosos huevos que formaban un apetitoso conjunto rodeado de una maraña de pelo negro, brillante y ensortijado. Su cuerpo era una verdadera escultura por la proporción de sus partes que fueron apareciendo poco a poco, el juego de sus músculos bajo la piel era un verdadero poema; lo disfruté, con la mirada primero, con mis manos después y, al final, lo recorrí con mis labios. A punto de llegar a su espléndido pene que colgaba enorme y pesado rodeado de aquella tupida maraña de vello, Chico Candela me detuvo, con un gesto me indicó que me terminara de desnudar, lo cual hice con toda la rapidez posible; él apagó la luz y nos tendimos en la cama.

Fue entonces él el que se dedicó a recorrer mi cuerpo con sus manos, labios y lengua llegando hasta mi verga erecta que estaba tan hinchada que parecía a punto de estallar. Después de chupar mis abultados huevos, se metió el tronco en la boca y, una vez ensalivado se volteó de espaldas y acercándome su culo caliente húmedo y abierto.

-Métemela, métemela ya, no aguanto más la calentura, métemela hasta el fondo, taladra mi culo que por esta noche es tuyo, papito, para que lo goces.

No me hice del rogar y empujé, con decisión pero sin prisa.

Sentir que mi verga iba entrando poco a poco, centímetro a centímetro en aquel cálido y apretado agujero fue una experiencia deliciosa. A pesar de la imperiosa necesidad de empujar hasta el fondo, me controlé para ir disfrutando, para ir paladeando, para ir prolongando el delicioso placer que intensamente me invadía.

Lo abracé y estirando mi mano palpé su verga y la empecé a masajear lo que la hizo reaccionar pasando, de la flacidez en la que estaba, hacia una cada vez más firme erección; su respiración se iba acelerando y su verga empezó a crec

er cada vez más grande y más gruesa…

-Métemela más, métemela toda, la quiero sentir hasta el fondo, toda, por favor toda. Así, así -repetía mientras abría las piernas, empujando hacia atrás para lograr una mayor penetración.

Cuando sintió que ya mis huevos tocaban su hermosísimo y redondo culo acariciando sus nalgas, gritó.

-Ya está toda, qué rico me la metiste. Ahora muérdeme, muérdeme fuerte la espalda, quiero que me muerdas aunque me saques sangre…

Rocé su espalda con mis dientes apretando para que los sintiera.

-Muerde fuerte, cabrón, muerde fuerte para venirnos rico.

Apreté mis dientes mientras metía y sacaba mi verga con furia y en ese momento su verga, que unos minutos antes estaba flácida, alcanzó su máxima dimensión y dureza.

-Así, mi papito sabroso, muerde más fuerte mi rey, métemela toda, así, así, empuja más fuerte. ¡Qué rica cogida me estás dando, cabrón! Te adoro, no te detengas, sigue, sigue. Más fuerte, muerde fuerte y síguela metiendo -y aumentando poco a poco el tono de su voz hasta llegar al grito- Ya me voy a correr, ya viene, ya viene, me estoy corriendo, ¡Ahoooraaaa!

Y, mientras mi mano sentía su verga respingar y lanzar chorros de esperma, mi agradecida verga se vació, dentro de su hermosísimo y delicioso culo, con una abundancia fuera de lo común. Me sentí en el paraíso mientras su verga y la mía expulsaban aquellos grandes chorros de esperma.

Descansamos unos breves momentos después de los cuales Chico Candela se levantó y aprovechando la luz que entraba por la ventana se dirigió al baño para traer una toalla y limpiarme la verga para darme una última chupada, luego limpió los grandes chorros de leche que había expulsado sobre el sofá; la delicadeza de ese detalle contrastaba con la imagen del perfecto atleta y fiero luchador que había visto unas horas antes en el local donde había luchado.

Antes de salir a tomar un taxi (habíamos llegado en el carro de Alfredo) para ir a dejar a Chico Candela en su casa y retirarme a la mía, me asomé a la recámara de mi amigo y lo vi todavía engolosinado devorando la robusta verga de El Gran Colorado.

Las tres imágenes que, de aquella noche, me han quedado firmemente grabadas en la mente son: 1.-La huella de mis dientes en la espalda de Chico Candela..

2.- Mi gran disfrute del "chico" de Chico Candela (en mi país le llaman chico al ano) y 3.- A mi amigo Alfredo saboreando goloso, con muchísimo deleite, El Gran Cañón del Colorado…

Autor: Aquel

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Escrito por Marqueze

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